Cine/Teatro General

El jardinero fiel

“El jardinero fiel”, la espléndida película de Fernando Meirelles, basada en la novela homónima de John Le Carre inspirada en hechos reales ocurridos en Nigeria en 1996, denunciaba la corrupción y el crimen organizado que los grandes labotarotorios farmaceúticos implantan en África, a la que han convertido en una especie de laboratorio gigante  donde pueden ensayar impunemente con vidas humanas amparados en una legislación ineficaz y unos regímenes políticos corruptos  hechos a medida y manipulados por los propios laboratorios. La historia es escalofriante. Contada a través de los atónitos ojos de un tímido y apocado diplomático inglés (Ralph Fiennes)  que, impulsado por la vitalidad de su joven e idealista pareja (una Rachel Weisz  fantástica, como siempre), poco a poco va descubriendo la realidad, una monstruosa realidad que hasta entonces él, impoluto diplomático del Foreign Office británico, no sabía que había estado contribuyendo, sin querer, a crear.

La manipulación de la población a nivel mundial por parte de los laboratorios farmaceúticos es aterradora. Si en África operan disfrazados de altruístas ONG´s que acuden prestas y desinteresadamente a paliar las necesidades de los más pobres cuando en realidad lo que están haciendo es utilizar a esos pobres desgraciados como conejillos de indias humanos para sus experimentos, en el mundo que autodenominamos “civilizado”, el nuestro, la estrategia no es menos efectiva para sus intereses: nos meten el miedo en el cuerpo para que papá estado venga a salvarnos comprando millones y millones de vacunas que no sirven para nada. Lo hicieron hace unos años con la gripe aviar, lo volvieron a hacer el año pasado con la gripe A, y el año que viene lo harán con cualquier otra pandemia que, desde los siempre bien “engrasados” medios de comunicación, a buen seguro se inventarán. Son miles de millones de euros los que están en juego y esos grandes laboratorios, gestionados las más de sus veces no por científicos sino por expertos financieros, están orientados, única y exclusivamente, al resultado económico, al beneficio de la última  línea de la cuenta de resultados.

Para ellos poco o nada vale una vida humana, Quienes dejan morir a miles de personas a diario, quienes pleitean jurídicamente contra el tratamiento a base de genéricos contra el sida en los países más pobres de África para defender el fabuloso negocio que les dan sus patentes, quienes orientan sus investigaciones a las enfermedades más rentables, es decir, las de los ricos que generosamente pagarán por su tratamiento y no a las más extendidas y acuciantes, no son más que unos asesinos desalmados que operan impunemente amparados en las inútiles leyes dictadas por sus propios asesores en la mayoría de los casos y en esa ley de la jungla que es el mercado, anónimo ente tras el que se escudan para justificar sus actos más abominables.

Aquí tenéis el trailer en inglés de “El jardinero fiel” (“The constant gardener”), donde los que no la hayáis visto os podréis hacer una idea de la película y los que ya la hayáis visto, disfrutar recordando alguna de sus impresionantes escenas.

Pero no penséis que la corrupción de los grandes laboratorios solo ocurre en los lejanos y pobres países del tercer mundo.  Esa corrupción está a nuestro alrededor, está aquí y ahora conviviendo con nosotros. ¿Os imagináis lo que habrán hecho esos laboratorios para “convencer” a la OMS (Organización Mundial de la Salud) sobre las terroríficas consecuencias de la temible pandemia de gripe A que iba a asolar el mundo el año pasado? La propia OMS está podrida con representantes directos o indirectos de todos los grandes laboratorios ocupando sus órganos de gestión, intrigando y haciendo que se tomen las decisiones que más favorecen a los laboratorios que les pagan. No debe sorprenderos tanto esto. Sin ir más lejos, a otro nivel mucho más  pedestre, desde luego, no tenéis más que pensar en los congresos médicos que organizan los laboratorios. Siempre suelen ser en lugares idílicos y turísticos, en temporada alta (una buena estación de esquí suiza para los amantes de la nieve o una paradisíaca playa tropical para los del mar). A esos congresos nuestros médicos van con todos los gastos pagados, desde luego, y no es necesario que acudan a las ponencias (pesadas y aburridas en la mayor parte de las ocasiones y que no son más que la excusa para poder agasajar legalmente a esos médicos). Para que os hagáis una idea de la proporción que tiene esta forma de “contentar” y “obsequiar” a nuestros médicos con congresos no tenéis más que fijaros en cómo están distribuidas las oficinas de las principales delegaciones de todos los grandes laboratorios en el mundo: en todos hay un departamento interno específicamente creado para gestionar eficazmente estas dádivas, una agencia de viajes propia del laboratorio. Sí, sí, como suena, una agencia de viajes dentro de las oficinas de los laboratorios. Tras una maravillosa semanita de esquí en Suiza con todos los gastos pagados y la promesa de una más en una preciosa playa caribeña dentro de pocos meses, ¿cómo no recetar pues los fármacos fabricados precisamente por ese generoso y altruísta laboratorio que tantas atenciones tiene con nosotros?

 El Centro para el Control y la Prevención de Enfermedades (ECDC), encargado de vigilar la expansión de la temible pandemia de gripe A del año pasado, nos advertía incansablemente de que sólo en Europa el número de muertos al año a causa de la gripe A podría llegar a la terrorífica cifra de 40.000. Sin embargo, la realidad de los números, como la de la vida, es testaruda: el número total de muertos en todo el mundo no llegó a diez mil, a trescientos en Europa y a cien en España. La gripe normal, la de toda la vida, causa más de 40.000 muertes al año solo en Europa. Aún así los Gobiernos de los países del Primer Mundo compraron millones y millones de vacunas.¿Sabéis cómo ha acabado el stock de vacunas para la gripe A que tanto nos costó comprar el año pasado? Nos lo están inyectando junto con la vacuna de la gripe normal este año, sin darnos siquiera la opción, como nos dieron el año pasado, de elegir si queríamos vacunarnos contra la gripe A o no. Este año quien quiera vacunarse contra la gripe normal lo tiene que hacer también, sí o sí, contra la gripe A. ¿Os imagináis lo que se podría haber hecho en el mundo con todos los miles de millones de euros que se dilapidaron comprando esas vacunas que no han servido para nada? ¿Cuántas vidas se habrían salvado en el tercer mundo?.  En África 3000 niños mueren al día por culpa de la malaria, son más de un millón los que mueren cada año por culpa de esta enfermedad que es curable. El coste de la vacuna para la gripe A se acerca a los 8 euros, el de la malaria no llega a los 50 céntimos…

La semana pasada tuve la oportunidad de conocer personalmente a una de las personas más fascinantes que he conocido en mi vida. Se trata del doctor Manuel Elkin Patarroyo. Rezuma luz y humanidad. Su mirada, siempre alegre y vivaracha, te escruta hasta lo más hondo. Como todos los grandes sabios, es humilde, generoso y capaz de reírse de sí mismo. Tuve la oportunidad de conocerle estos días en los que vino a recibir el premio que la Fundación Aisge otorga cada año a personas o instituciones que hayan destacado por su labor humanitaria.

Nacido en 1946 en una humilde familia colombiana, no aprendió a leer y escribir hasta los 9 años. Su mente privilegiada le permitió destacar en los estudios y obtener una beca para doctorarse en la Universidad Rockefeller de Nueva York, donde entre sus maestros había nada menos que 12 premios Nobel. Fascinado por la investigación y sensible como pocos al dolor y al sufrimiento humanos, decidió dedicar su vida a ayudar a los demás en el campo en el que él más destacaba: la inmunología. Descubrió la primera vacuna sintética contra la malaria que, en lugar de vender a los laboratorios farmacéuticos, donó desinteresadamente a la humanidad a través de la Organización Mundial de la Salud.

Esta primera vacuna permitía reducir considerablemente los costes de fabricación y contribuir a luchar contra la malaria de forma muy eficaz permitiendo que los más pobres pudieran tener acceso a ella. Eran, son, millones las vidas que esta vacuna puede salvar en el mundo. Sin embargo, los grandes laboratorios no están interesados en desarrollarla porque no dará grandes beneficios económicos. Recuerdo que el Dr. Patarroyo nos contó la anécdota de su visita al vicepresidente de uno de los laboratorios farmacéuticos más importantes del mundo que le había invitado para intentar orientar su carrera profesional. “Mire, Patarroyo”, le dijo aquel alto ejecutivo perdido en la inmensidad de su amplísimo y lujoso despacho, “todo eso de dedicarse a luchar contra la malaria o la tuberculosis está muy bien, pero no da dinero porque los pacientes son pobres, dedíquese usted a la artrosis reumática, la enfermedad de los ricos, que eso sí que da dinero…”

A pesar de haber donado la patente de su vacuna, se ha encontrado con todas las trabas habidas y por haber y con muchas dificultades para poder fabricarla y donarla a los más necesitados. Por ello ha seguido investigando desde entonces en el desarrollo de esta vacuna y ha anunciado que en un par de meses se hará el anuncio oficial de que va a poder fabricarse una nueva versión que eleva la fiabilidad hasta el 95% y que necesita un solo pinchazo, lo que abarata todavía más los costes y facilitará su distribución. Pero esta vez, nos dijo con esa inteligente mirada de pillo que pone cuando habla de su quijotesca lucha contra los grandes laboratorios multinacionales, esta vez no voy a donar la patente, sino que voy a encargarme personalmente de controlar todo el proceso de fabricación de la vacuna para que pueda llegar a los más pobres.

Aquí tenéis al Dr. Patarroyo en una entrevista reciente hablando sobre su compromiso con los demás, un compromiso al que nunca va a renunciar porque su lucha no permite la rendición, porque rendirse, no hacer todo lo que podemos por los demás, como él dice, es permitir que los otros mueran.


El doctor Patarroyo es ese jardinero fiel, ese jardinero que constante y pacientemente cuida todas las plantas de su jardín, las pone al abrigo de las plagas y catástrofes que les amenazan permanentemente. Él mismo está constantemente amenazado, pero sigue ahí, en la amazonía colombiana, luchando en solitario contra todos esos gigantes asesinos capaces de matar y dejar morir con tal de que no les toquen sus astronómicos sueldos, sus escandalosas primas y sus jugosos bonus anuales.  Ejemplos como el del Dr. Patarroyo son hoy más necesarios que nunca y nos recuerdan que, a pesar de los pesares, como diría el gran Machado, todavía quedan personas que son, en el buen sentido de la palabra, buenas. Para todos ellos, para todos los que creen que otro mundo es posible y dedican su vida a que al fin llegue a serlo, aquí tenéis, sobre un fondo de imágenes de la película, el tema Kothbiro (“Que llueva”), de Ayub Ogada, incluído en la inolvidable banda sonora de “El jardinero fiel”.

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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