General Pintura

El Bosco y Patinir, Eros y Tánatos…

El Museo del Prado es, sin duda, uno de los mejores lugares donde uno puede perderse para encontrarse a sí mismo. Siempre se aprende algo nuevo al visitarlo, nunca defrauda, siempre hace que algo cambie en nuestro interior. Es tanta la belleza que hay entre sus paredes, que es imposible no salir reconfortado tras visitarlo. Pero no solo es la belleza la que habita entre esas paredes. El misterio, la magia, el surrealismo más avanzado hecho hace nada menos que quinientos años está ahí, esperándonos, invitándonos a entrar y a hacer todas las cábalas y las conjeturas posibles, porque, allí, expuestos, dialogando entre ellos más allá de la prisión del espacio y del tiempo o de la de nuestro pobre entendimiento, están dos de los cuadros más impresionantes que ha pintado el alma humana: “El jardín de las delicias”, de El Bosco y  “Caronte cruzando la laguna Estigia”, de Patinir. Ambos retratan el eterno encuentro entre eros y tánatos, el abrazo entre el impulso a la vida del erotismo y el insondable silencio de la muerte…

Para adentrarnos en este viaje te sugiero que, si quieres, invitemos a J.S.Bach para que nos acompañe.

“El jardín de las delicias” de El Bosco nos ofrece un tríptico en el que vemos el llamado jardín de las delicias, o el mundo de los placeres mundanos donde el erotismo domina las escenas, flanqueado por  una representación del paraíso universal, a su izquierda, y otra del infierno, a su derecha. Pintura enigmática donde las haya, “El jardín de las delicias” encierra multitud de mensajes ocultos a veces y no ocultos las más. Es fabulosa la utilización del color que hace El Bosco, dejando que los suaves verdes y, sobre todo, los etéreos azules, prevalezcan en la tabla del paraíso y en la central, especialmente en su parte superior, mientras que en la tabla de la derecha, la que representa al infierno, son los ocres y negros los que se adueñan de la escena.  El primer mensaje que ofrece el cuadro parece muy claro: en función de lo que elijamos hacer en nuestra vida, en nuestro particular jardín de las delicias, iremos a la tranquila paz del paraíso o al violento terror del infierno. Sin embargo, cuando intentamos profundizar algo más en los mensajes que encierra este cuadro, entramos en un mundo plagado de símbolos, enigmas y misterios. En la representación de El Paraíso, por ejemplo, vemos a Dios presentando Eva a Adán, pero se trata de un Adán que, sorprendentemente, está despierto (en la mayoría de las representaciones de la época estaba dormido porque le habían quitado la famosa costilla). Si nos fijamos con mayor detalle, podemos ver que ese paraíso que ha pintado El Bosco no es tan idílico como nos lo habían presentado hasta ese momento: hay animales comiendo a otros animales, un león derribando a un  ciervo para comérselo, un ave que devora una rana, etc. En el panel central, el del jardín de las delicias, el erotismo domina por completo la escena. La carga erótica de esta tabla es impresionante y de una gran fuerza plástica. Todo en ella está relacionado con el sexo y la lujuria. Sin embargo, al analizar un poco más allá de lo obvio, enseguida notamos cosas que llaman la atención: si esa tabla representa el mundo, ¿cómo es que no hay niños ni viejos en él?, ¿Por qué el único personaje que aparece vestido en todo el cuadro mira directamente a los ojos del espectador, ajeno totalmente a la escena?, ¿Qué representan esas extrañas construcciones de cristal que, a veces, encierran a los seres humanos: la fragilidad  y lo efímero de los placeres mundanos quizá…?, ¿Por qué un pintor tan detallista como El Bosco rompe con todas las leyes de la proporcionalidad al representar a las aves, que son inmensas comparadas con el resto de las figuras?, ¿Qué representan las figuras humanas que, a lomos de extraños animales, vuelan en la parte superior del cuadro…? Y si la simbología que encontramos en las representaciones del paraíso y de los placeres mundanos es extraordinaria, la que vemos en la representación del infierno sobrepasa cualquier límite de la imaginación. No hay que olvidar que este cuadro está pintado hace… ¡quinientos años! En ese universo sombrío de ocres y negros, las figuras representadas presentan formas y acciones totalmente desencajadas, terroríficas, lúgubres y crueles. Dividida claramente en tres planos (el superior con la imagen de una ciudad en llamas, el medio, donde aparece la única figura que, enigmáticamente, mira a los ojos del espectador y que sostiene un plato en su cabeza sobre el que bailan figuras monstruosas y tiene el torax hueco, donde encontramos más seres extraaños, y la parte inferior, donde parecen estar representados todos los pecados capitales. Esta forma de dividir verticalmete el cuadro en tres partes claramente diferenciadas, puede obedecer a la importancia simbólica que el número tres tenía como representación de la perfección, de lo que está completo, de lo que todo lo abarca, de lo que incluye el principio y el fin. Del mismo modo, la elección de pintar este cuadro con una estructura de tríptico sugiere precisamente eso, la importancia del tres, sobre todo si tenemos también en cuenta la representación del mundo que aparece cuando cerramos las “puertas” del tríptico, que hace que el tres, la Santísima Trinidad, quede dentro del Uno, Dios. En la parte externa de esas puertas, la que no vemos cuando el cuadro está abierto, El Bosco ha pintado una extraña representación de la bola del mundo en la que sólo aparecen elementos vegetales y minerales, no animales ni humanos, y siempre en tonos grises, sin la luz de la luna ni la del sol, sugiriendo que se trata del tercer día de la creación, aunque hay quienes defienden que se trata del mundo tras el diluvio universal. En la parte superior izquierda, siempre superior e izquierda, aparece claramente la imagen de Dios creador, con una leyenda del Salmo 33 (de nuevo el 3, ¡cómo no!) que dice: “Él lo dijo y todo fue hecho; Él lo mandó y todo fue creado”. Lo cierto es que no conocemos el significado concreto de toda la simbología empleada por El Bosco y eso, en un pintor tan audaz e imaginativo como él, abre todo un mundo de infinitas posibilidades de intrepretación. Realmente El jardín de las delicias es un cuadro frente al que te puedes pasar horas y siempre descubres algo maravillosamente nuevo y  desconcertante.

El Bosco fue uno de los pintores que mas influyó en la pintura de Joachim Patinir, contemporáneo suyo, aunque algo más joven. Uno de sus cuadros más representativos, también perteneciente al Museo del Prado, es “Caronte cruzando la laguna Estigia”, que representa el mito relatado por Virgilio en la Eneida y luego por Dante, del paso de las almas en la barca de Caronte hacia su destino final, el cielo, a la izquierda del cuadro, o el infierno, celosamente guardado por Cerbero, el terrible perro guardián de tres cabezas que vigila su puerta (curiosamente un mito tan poético como éste ha sido empleado hoy en día para nombrar a los porteros de fútbol, a los que, recordando este mito, se les llama cancerberos). Son muchas las similitudes de este cuadro con El jardín de las delicias de El Bosco. La idea de que estamos de paso, bien en el mundo de los placeres de El Bosco o bien en el del alma hacia la muerte de Patinir; la de encontrar el cielo, el paraíso, a la izquierda del cuadro y el infierno a la derecha; los tonos azules y verdes que dominan en la parte izquierda del cuadro y los ocres y negros de la derecha; la división en tres partes verticales de la pintura, claramente expresada en El Bosco y tan típica de Patinir, con los colores más claros en la parte superior, los intermedios en la central y los más oscuros en la inferior, propiciando así la sensación de lejanía en los ojos del espectador; la desporporción de las figuras (el tamaño de Caronte es muy superior al del alma que lleva en su barca); las extrañas construcciones de cristal que hay en el paraíso y la predominancia de los ríos y del agua frente al fuego del infierno…

Hace cuatro años el Museo del Prado tuvo la brillante iniciativa de organizar la exposición más importante que se ha realizado jamás de JOACHIM PATINIR, considerado por muchos como el “inventor” del paisaje, ya que fue el primero en considerar al paisaje como parte fundamental de su temática pictórica, conviertiéndolo en protagonista de sus cuadros. Veintidós de los veintinueve cuadros existentes en el mundo atribuidos a él estaban presentes en aquella inolvidable exposición.

La vida de Patinir es un enigma. Desconocemos todo o casi todo de él. Al parecer nació en lo que hoy sería el sur de Bélgica entre 1.480 y 1.485. Nada sabemos de su formación, sólo que trabajó en la ciudad de Amberes a partir de 1.515 y que murió en esa ciudad en 1.524.

Estar frente a un cuadro de Patinir es dejarse llevar a un universo de sensaciones, a un viaje iniciático a través del azul, de todos los azules, y del misterio insondable de la poesía. Aceptar su invitación a recorrer el solitario camino que conduce a la luz y al silencio supone una de las experiencias más maravillosas que podamos vivir frente a la inmensidad de un paisaje o de una obra de arte. Seis veces tuve la oportunidad de visitar aquella exposición. Mi primer encuentro frente a estos cuadros hizo que empezaran a resbalar algunas lágrimas por mis mejillas; en el segundo no pude evitar que volvieran a caer… Nunca había visto una explosión de belleza como aquella. ¿Qué extraña fuerza tiene la mano de este pintor que, más allá del tiempo y del espacio, es capaz de llegar a lo más hondo de un ser humano que habita este mundo quinientos años después que él?

Los paisajes de Patinir desbordan poesía, silencio, soledad, luz y misterio. Sus azules son una promesa del mundo perdido, de ese paraíso del que fuimos expulsados un día y al que podemos regresar si nos atrevemos a seguir el sinuoso camino que conduce a él, ese camino estrecho y serpenteante presente en los cuadros de Patinir que conduce a las cimas blancas y azules en las que vive la luz. Sus paisajes son una metáfora del mundo, están cargados de símbolos y alegorías que nos recuerdan por qué estamos aquí. Las figuras que pueblan esos paisajes suelen ser grandes místicos, como San Jerónimo, San Antonio Abad o la Sagrada Familia en la huida de Egipto.

Volviendo a Caronte atravesando la laguna Estigia, una de las cosas que más me impactaron fue la desgarbada figura de Caronte portando una desvalida alma desnuda en su barca, que es una de las pocas figuras de los cuadros de Patinir que mira directamente a los ojos del espectador (exactamente como ocurría con El Bosco en El jardín de las delicias), recordándonos que, tarde o temprano, también nosotros ocuparemos esa barca, esa barca que él guiará hasta el más allá que nosotros hayamos escogido al vivir nuestra vida. Las aguas de la laguna están revueltas, son tan peligrosas como la vida. Difíciles y angostos son los caminos y los meandros que conducen al hombre al paraíso perdido; planos, atractivos, fáciles y despejados los que le alejan de él. En el silencio verde y azul del paraíso Patinir sitúa a algunos ángeles y a un puñado de hombres; el infierno, por el contrario, está lleno de gente (de nuevo exactamente igual que en El jardín de las delicias de El Bosco). En el paraíso se alza la fuente de la vida de la que brotan los cuatro ríos, una fuente etérea y luminosa nacida más allá del tiempo, capaz de aplacar nuestra sed más intensa; en el infierno sólo reinan la oscuridad y el dolor, la oscuridad del que se sabe perdido y el dolor del que confundió el placer con la felicidad. El paraíso de Patinir está guardado por un ángel que nos señala el camino invitándonos a entrar; a la puerta del infiernoel terrible Can Cerbero, con sus amenazantes tres cabezas, no permite la vuelta atrás… Realmente son muchos los símbolos que viven, ocultos o no, en los paisajes de Patinir. También sus frondosos árboles pueden ofrecer infinidad de jugosos frutos o, como el del bien y del mal, estar resecos por la deliberada acción del hombre… Y dentro de toda esta simbología mística, los cuadros de Patinir ofrecen una característica verdaderamente inusual: escondida en el paisaje siempre es posible ver la pequeña figura de un hombre defecando (como el famoso cagané de los belenes catalanes). Hay quien dice que los pintaba para obligar a los espectadores a fijarse en los detalles de sus cuadros, porque Patinir es el pintor del detalle, de lo pequeño y nimio que convierte una obra en grande. Lo vemos en los cuidados detalles con los que pinta los lejanos paisajes que utiliza como fondos de sus cuadros, en las cuidadas hojas de los árboles que siempre encontramos en su pintura… Pero, como siempre, ésa no es la única explicación: también hay quien defiende que es la representación del diablo, que siempre está escondido, al acecho, inmerso en la vida cotidiana y apestando, como en la mitología popular siempre apesta el diablo.

Recorriendo los paisajes de Patinir reviví el viaje que un par de años antes había hecho a Dharamsala, ese Shangri-La del norte de la India donde viven los tibetanos en el exilio liderados por el Dalai Lama. Desde ese paraíso reencontrado situado a dos mil metros de altura rodeado de abetos y enormes rododendros de intensos verdes se ve, a nuestros pies, el Kangra Valley, una inmensa planicie verde donde viven todos los azules, y a nuestra espalda, solitarias e inmensas, las nevadas cumbres de los Himalayas que sobresalen sobre un puñado de nubes blancas. Son muchas las reminiscencias de Patinir que se pueden encontrar en la realidad de Dharamsala: lo angosto del camino para llegar hasta allí, la intensidad de sus verdes y sus azules, el silencio, la poesía, el misterio, el misticismo y la luz, sobre todo la luz, esa luz que ilumina el camino que nos lleva a lo más hondo de nosotros mismos…

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?