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Éramos tan felices sin darnos cuenta…

Felicidad, sueño inalcanzable para unos, absurda mentira para otros y algo que, a veces, en contados y fugaces instantes, intuímos los más. Muchos la viven como vago recuerdo de lo que no ha de volver, otros convierten su vida misma en espera, pero hay también quienes viven la felicidad sin darse cuenta, intensamente, porque para ellos nada hay más natural que vivir ese sentimiento profundo y sincero que no les abandona jamás. Para hablaros de esta historia os propongo, si queréis, que sea Haris Alexiou quien nos acompañe con esa voz del alma griega que, desde antes incluso de que el hombre fuera hombre, habita en lo más profundo de todos nosotros.

No son muchos los que sienten y viven así la vida, quizá los menos, pero he tenido la fortuna de conocer en profundidad a dos de ellos: Cristina Maristany y Rafael Lorente. Digo dos aunque en realidad debería decir más, porque eso es lo que nos han demostrado a lo largo de sus vidas: que uno más uno pueden llegar a ser mucho más que dos. Poetas, soñadores, revolucionarios o enloquecidos aventureros, abrazaron todas las causas perdidas conscientes de que utopía no es derrota sino, muy al contrario, es triunfo y esperanza. Juntos recorrieron todas las islas y navegaron todos los mares, dejando que el viento guiara su destino. Sabían que Ítaca no era el final de su viaje, sino solo una etapa más…

La vida de Rafael fue una vida de película. Militar, diplomático de profesión y revolucionario sin remedio, tras estar destinado varios años en la India donde, en lugar de encerrarse en el gheto de los diplomáticos se mezcló con las gentes del lugar en un viaje de iniciación mística que le marcó para toda la vida, también estuvo destinado en la embajada española en París, donde  era conocido como el cósul rojo. Allí, con sus amigos, Enrique Llovet, Guillermo Delgado y José Antonio Novais, intimó con las gentes de la conspiración y la bohemia como Vinicius de Moraes y tantos y tantos otros. Pasó varios años en Ginebra hasta que, harto de estar harto y negándose a representar por más tiempo al régimen franquista, pidió la excedencia de la carrera diplomática y, recordando lo que Juan Goytisolo le había comentado en París sobre una zona virgen y auténtica llena de playas maravillosas, a principios de los sesenta se fue a “descubrir” la última costa de España que el desarrollo no se había cargado: la del Cabo de Gata almeriense. Entre Barcelona, Madrid y las paradisíacas playas de Monsul, Genoveses, Rodalquilar, La Isleta, San Pedro, Las Negras, Carboneras, Mojacar y Agua Amarga, pasó el resto de sus días en un sin fin de maravillosos y locos proyectos de convertir aquella zona en un reducto ecológico de belleza y arte, de amor y magia… Pintores, escultores, poetas, escritores, gentes del cine y del teatro, arquitectos… todos los seres sensibles del mundo tenían cabida en aquel particular universo que Rafael y Cristina crearon en la costa almeriense. Y junto a aquel quijotesco cabalgar contra viento y marea, jamás dejó de hacer lo que mejor hacía: escribir y conspirar contra el franquismo. Sus libros de relatos, los de memorias y, sobre todo, sus libros de poesía, son de lo mejor de la literatura española de aquellos años.

Estando en Mojacar vivió en primera persona el accidente de los aviones norteamericanos y la lluvia de bombas atómicas que cayó sobre Palomares. Su denuncia de aquel horror fue infatigable. El libro que escribió sobre aquel suceso es, posiblemente, el estudio mejor documentado de todo lo que allí pasó. Ninguneado e ignorado por gentes cegadas por la ignorancia y la codicia, jamás se cansó de denunciar la existencia de contaminación nuclear que, hoy, más de 40 años después de todo aquello, sigue existiendo. La OTAN fue otro de sus caballos de batalla. Junto con Cristina y algunos amigos crearon los Comités AntiOTAN que, de una primera reunión de solo doce personas, llegaron a sacar a medio millón de manifestantes a la calle. A principios de los ochenta, muerto ya el dictador, reingresó en la carrera diplomática como director de relaciones Culturales del Ministerio de Asuntos Exteriores. Desde allí financió y apoyó a gentes que empezaban su carrera como Carlos Cano, etc. Defensor infatigable de la causa saharaui, de la lucha sandinista y de tantas y tantas otras… Fue él quien puso en contacto a los militares de la recién creada Unión Militar Democrática (donde era conocido con el nombre en clave de “Comandante Félix”) con los militares portugueses que habían hecho la revolución de los claveles.

La vida de Rafael y de Cristina siempre giró alrededor de las causas en las que creían y junto a las personas a las que podían ayudar. Fue un maravilloso viaje sin billete de vuelta. Siempre supieron que llegaría el día en que uno de los dos debería proseguir ese viaje en solitario. Fue Rafael el que partió. Murió en noviembre de 1990… de lejos nos llegan sus versos… los versos del silencio.

Y aquí, entre nosotros, sigue Cristina, demostrándonos que espacio, tiempo o ausencia no existen en el corazón de los que aman. Sus poemas a Rafael son un grito de esperanza que nos invita a todos a alzar la copa y brindar por la Vida, por el Amor y por la Libertad… Soñadora, mística, amante del Amor, aventurera o libertaria son calificativos que hablan de ella, que forman parte de ella, pero que no son ella. Ella es eso y mucho más; es sentimiento en estado puro, es idealismo, inocente a veces y visionario las más, es quimera, es utopía, es Autenticidad.

Las playas de Almería, los olivos mallorquines o las islas griegas también son ella. Fundida en la belleza del paisaje, sus pasos la llevan allí donde no llegan los caminos, allí donde nacen todos los dioses, allí donde sólo hay poesía, ternura y Silencio. Ella es el cálido sol de la sobretarde, la melancólica canción de los árboles o el susurro que de lejos nos traen las olas… Inmersa en la naturaleza, diluída en el cosmos y amadrigada en sus vivencias, Cristina sabe que “estar” feliz no significa nada, que no se puede “tener” la felicidad, que lo que verdaderamente importa es “ser” feliz.

“Éramos tan felices sin darnos cuenta…” encabeza uno de sus poemas a Rafael y explica toda su filosofía de la vida, la vida misma… Dejemos que sean sus versos los que nos hablen ahora de ese mundo mágico y maravilloso de Cristina.

Hoy sé que Rafael no se ha ido porque, como dice Cristina, “… estás a mi lado aunque no pueda verte…”, porque “…la mitad de mi ser murió contigo y la mitad de tu ser sigue viviendo en mí…”, porque “… te siento, Amor, en la tierra, en la lluvia y en el viento…”, porque personajes así, únicos, irrepetibles, no se van, solo se adelantan para enseñarnos a los demás dónde está el camino… Alzo mi copa y brindo por ti, Rafael, infatigable generador de sueños y energía y, sobre todo, la alzo por ti, Cristina, por recordarme que soy feliz… sin darme cuenta.

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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