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De jardines y paraísos…

Visitar la maravillosa exposición sobre los jardines impresionistas que han organizado el Museo Thyssen- Bornemisza y la Fundación Caja Madrid es una invitación a perdernos, o encontrarnos que viene a ser lo mismo, en el paraíso de la belleza. El color, la luz, la sensibilidad exquisita del trazo y la composición de los cuadros nos abren un universo de infinita belleza, un paraíso quizá olvidado, pero nunca perdido, porque siempre ha vivido en nuestra imaginación. Es en nuestra imaginación donde habitan y viven realmente los jardines, todos los jardines, los de nuestra memoria, los de nuestros sueños y los de nuestra realidad. Es en ese mundo interior donde podemos escuchar, nítidas y claras, todas las voces del jardín, esas que, desde lo más hondo, nos acompañan siempre.

Antes de adentrarnos por este paseo entre jardines, si quieres, podemos invitar a George Winston para que nos acompañe con su “Walking in the air”.

Todos llevamos impresa la indeleble huella del paraíso perdido, aquel “paradeisos” griego que fue el jardín del Edén. “Paradeisos” quiere decir parque cerrado, clausura, recogimiento interior. Y a eso es precisamente a lo que nos invita la contemplación de los jardines, a que crezcan y den sus mejores flores en lo más hondo de nosotros. Pocos placeres como el de deambular solitario por un frondoso jardín en un íntimo encuentro con el susurro de la naturaleza. Mirar, oler, tocar, escuchar y hasta degustar todos sus frutos. Pocas experiencias pueden ser tan sensoriales como la de perderse en un jardín dejando que sean nuestros sentidos, todos nuestros sentidos, los que guíen nuestro pausado caminar hacia ninguna parte.

Son muchos y muy diferentes los jardines que ha creado el ser humano: el islámico, donde se escucha al agua en su eterno fluir de magia y de vida; el francés, linealmente diseñado para su contemplación desde la planta superior de cualquier palacio; el japonés, que gira alrededor de un lago donde nace la vida que nos invita a la calma y a la contemplación silenciosa; el zen, el único jardín sin plantas ni flores, donde unas rocas aisladas representan las islas que habitan en la blanca arena rastrillada que es la inmensidad del océano, esa inmensidad donde se intuye y se siente lo que significa el vacío. Pero todos, absolutamente todos los jardines, tienen un denominador común: acercarnos a nuestra realidad interior a través de esa llave del alma que es la belleza.

Paseando por cualquier jardín podemos sentir cómo la vida pasa a nuestro alrededor. La suave ternura de una flor al abrirse para dar lo mejor de sí deja paso luego, inexorablemente, al imparable tiempo, que todo lo marchita. El esplendor de su belleza se va apagando poco a poco, su fragancia ya no huele como olía, su color se oscurece día a día en esa travesía hacia la muerte que es la vida y, cuando al fin muerta cae al suelo, se funde en un abrazo cósmico con la tierra para ayudar a que la vida renazca de nuevo en esa interminable sucesión de vidas sobre vidas que es la Vida. Las propias etapas de nuestra vida están reflejadas en la huella que deja el paso de las estaciones en los árboles que, silenciosos, nos invitan a entender que todo es perenne, que todo, como nosotros, pasa… ¡Qué gran maestro del desapego es el paso del tiempo! Al fulgurante verde de la juventud que nace a la vida en primavera le sigue el máximo esplendor de color, esa inmensa paleta donde habitan todos los ocres, los rojos y amarillos, que son las hojas en otoño, cuando alcanzan toda su belleza justo antes de morir… para volver a renacer de nuevo.

Decía en 1899 un gran sabio humanista, ecologista y, sobre todo, un hombre adelantado a su tiempo, el archiduque Luis Salvador de Habsburgo Lorena, S´Arxiduc, que los árboles tienen su canción, que todos los árboles cantan su propia canción y que tenemos que aprender a escucharla: “Todo el mundo ha oído el susurro del viento entre la copa de los árboles. Sin embargo, no todos han llegado a escuchar sus voces, tan diversas según del árbol de que se trate; no todos han regalado el oído con sus canciones, tan dulces como un beso tras otro, aunque poco después sean como lágrimas. Hay que escuchar atentamente el sonido de las hojas y procurar descifrarlo. También su modo de hablar es distinto según sea la fuerza del viento y la edad de los árboles; pues difieren tanto entre sí como la risa de un niño y el lamento de un anciano. A mediodía, cuando la brisa se desliza susurrante entre las ramas, es el mejor momento para detenerse a escuchar sus voces… Si el árbol está solo, es entonces cuando susurra sus melodías más dulces y, en cierto modo, vierte su propia alma… Por encima de todo destaca la sinfonía de arbustos de bambú. A veces, susurran algo parecido a las palabras de amor, que parecen caricias prolongadas, sin fin. Pero otras veces gimen, llorando de miedo, deshaciéndose en lágrimas hasta gritar de desesperación, sobre todo en las horas nocturnas, cuando constituyen el ruido dominante del huracán…”

Los árboles cantan sus canciones no sólo como la orquesta que son, sino que se dejan acompañar por uno de los mejores coros que existen en el mundo: el de los pájaros que habitan en ellos. Por eso, al amanecer y al anochecer, justo antes del crepúsculo, siempre nos ofrecen todas las maravillas sinfónicas que, cada día, crea la naturaleza. Firmemente arraigados en el suelo a través de sus fuertes y poderosas raíces, los árboles nos invitan a soñar, a vivir nuestros sueños, a dejarnos llevar por esa indescifrable obra maestra que es la vida. A través de sus raíces, de lo que no vemos, los árboles viven, se nutren y crecen. Como ellos, a través de nuestro mundo interior, ese que permanece ajeno a los ojos del mundo, también nosotros vivimos, nos nutrimos y crecemos. Es mucho lo que les debemos a los árboles, sin ellos no existiría la vida o, cuando menos, sería totalmente diferente. Por eso, para mostrarles mi agradecimiento y para sentirme profundamente hermanado con ellos, durante mis solitarios paseos suelo acercarme a algún árbol de tronco alto y grueso para abrazarme y pegar mi cara a él en una ancestral simbiosis que me ayuda a entender por qué estoy vivo.

El jardín es un ser vivo, un ser que, como nosotros, amanece cada mañana, se despereza, se lava la cara de rocío, se perfuma y sale a la calle para ofrecer sus mejores galas. Poco le importa no poder moverse, estar condenado a permanecer toda su vida en el mismo sitio. Para los árboles debemos ser nosotros los pobres desgraciados que, para beber o comer, tenemos que andar siempre de un sitio a otro, sin poder estar quietos, siempre con prisas y absurdas urgencias. Ellos lo tienen todo a su alrededor, no necesitan más, ¿para qué querer más?. Como me contaba el otro día un  buen amigo, un viejo lama tibetano le dijo un día que “la prisa es algo que habéis inventado los occidentales para perder el tiempo…” Cuando paso junto a cualquier árbol tengo la seguridad de que está vivo y una muy fundada sospecha de que, además, es completamente feliz….

Otra de las más extraordinarias sensaciones de entrañamiento con la tierra que podemos vivir en cualquier jardín la da el tumbarse tranquilamente sobre la hierba a ver pasar las nubes y ver cómo bailan las copas de los árboles. Allí, notando la caricia de la hierba en nuestra espalda, sientiéndola y oyéndola casi crecer, puedes experimentar como todo tu ser, tu yo más íntimo, se funde con la naturaleza en un abrazo que, como la verdadera realidad, nada sabe de espacio y tiempo. La vida se detiene en ese instante sin tiempo en el que intuyes que perteneces al Todo, que formas parte de Él, que siempre has formado parte de Él y que seguirás haciéndolo incluso cuando ya no estés aquí.

Y si el jardín es la naturaleza humanizada, la comunión entre el hombre y la naturaleza, el claustro monacal en el que nos recogemos para escuchar el silencio que nos ayuda a madurar y a crecer, ese precioso lugar donde habitan la paz y la armonía, fuera de él está la selva que nada sabe de líneas y  formas, esa naturaleza virgen y salvaje donde habitan la vida y el ruido, donde las reglas del juego son diferentes, donde impera la ley del más fuerte… Y ambos, selva y jardín, forman parte de esa naturaleza, son naturaleza, igual que nuestro mundo, que se compone del mundo exterior que nos rodea y en el que habitamos y el mundo interior, nuestro mundo, en el que de verdad vivimos.

El jardín nos enseña a amar la belleza de lo cotidiano, de lo pequeño y sencillo. En él habitan flores y plantas, seres diferentes a nosotros pero también vivos, intensamente vivos. Son muchas las voces que viven en el jardín: las de los árboles, las de los pájaros, el zumbido de las abejas, el zureo de las palomas, el cansado ruido de nuestros pasos, nuestro silencio, ese silencio que nos habla con la voz de los ausentes, de los que ya partieron, de los que no están aquí, y, una a una, esas voces nos susurran al oído nuestros recuerdos más secretos, aquellos que no sólo forman parte de nosotros, sino que nos han dado forma. Los jardines, como la vida, están siempre ahí, a nuestro alcance, invitándonos a adentrarnos y a disfrutar siempre de ellos. Con los jardines podemos establecer una relación muy especial y muy íntima. A diferencia de lo que ocurre con muchas parejas que creen que su historia fue bonita mientras duró cuando en realidad sólo duró mientras fue bonita, con los jardines nuestra historia siempre es bonita y no acaba jamás. ¿Nunca os habéis preguntado qué es lo que sienten esos viejos solitarios a los que, de vez en cuando, vemos sentados en algún banco de cualquier jardín dejándose acariciar por el sol, por la fragancia y las voces del jardín…? En el otoño de sus vidas reviven sus amores, todos sus amores, los vividos, los soñados y los perdidos, las amistades ya desaparecidas, los besos dados, los abrazos que no dieron, las caricias que recibieron…esas son las flores de su jardín, las que han plantado, regado y cuidado durante toda su vida, una vida que saben que se acaba… pero no están tristes, porque saben que tienen una cita con la tierra de la que todo vuelve a renacer de nuevo. Saben que en los árboles que hay a su alrededor de alguna manera están todos los que ya se han ido y que, convertidos en polvo, renacen a esa vida que no muere jamás. Poco o nada importa que nuestro cuerpo sea de carne y hueso o de madera, frutos y hojas… Como me contó hace ya algún tiempo un monje tibetano, los seres humanos somos como velas cuyo cuerpo, la cera, se va consumiendo lenta e inexorablemente, y eso nos entristece y nos deprime porque no somos conscientes de que en realidad lo que somos es la llama de la vela, no la cera, una llama que, antes de apagarse, enciende a otra, y ésa a otra y a otra más, que tendrán también su cuerpo de cera, distinto al que nosotros teníamos, pero cuya llama será la misma, porque esa llama que no se extingue jamás…

En el jardín sólo habitan las cosas bellas, todas las que, con la paciencia del jardinero, hemos ido plantando a lo largo de nuestra vida: amor, calma, silencio, tranquilidad, armonía, belleza, ternura, fragancia, luz, agua, color, perfume, música, poesía… quizá el jardín es una metáfora del paraíso que perdimos o simplemente, como significa en chino, la “añoranza de montañas y aguas”. Pero cuando paseas por él, cuando no pasas por él sino que paseas de verdad por él, cuando te sientes inmerso en él, intuyes que realmente el jardín es más, es mucho, muchísimo más…

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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