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Bruce Springsteen, juglar de sueños…

Han pasado ya treinta y cinco años desde que, por primera vez, escuché tus canciones. Desde entonces los temas de “Born to run”, “The river” o “Nebraska” han pasado a formar parte de mí. Siempre han estado ahí, acompañándome en los momentos de alegría y en los amargos también, porque tus canciones son un desgarrado grito de esperanza y libertad para todos aquellos que todavía creemos en el ser humano. Si tuviera que elegir no tendría duda: “The river”, esa balada que habla de lo que todos, tarde o temprano, hemos sentido alguna vez. Son muchos los momentos vividos al compás de ese himno a la vida, demasiados, como para no saber que, quizá, sin tu canción, no los habría vivido como lo hice, con la cabeza alta y la mirada al frente, con el corazón lleno y las manos vacías… gracias, Bruce, por haberme ayudado siempre a dar el siguiente paso en ese maravilloso viaje que nos acerca, aunque sólo sea un poco, al destino que hemos elegido.

 

En “The river”  te preguntas, nos preguntas, si los sueños son mentira por no llegar a convertirse en realidad… Muchas veces me he repetido tu pregunta, nuestra pregunta: en los momentos de soledad, en los de tristeza, en los de las ilusiones rotas, en los de esperanzas marchitadas, en los momentos de dolor, de terrible dolor…y ese camino que nos lleva a encontrarnos a nosotros mismos, ese en el que siempre me has acompañado, me dio la respuesta: la mentira no está en los sueños que no llegan a convertirse en realidad, sino en la realidad que no nos atrevemos a vivir como un sueño… Vivir no es esperar, vivir es sentir, es amar, es devorar la vida, es entregarnos a ella aún sabiendo que los molinos podrán con nuestra débil armadura y que una y mil veces caeremos al suelo, porque sólo vive quien es capaz de levantarse también una, mil veces y todas las que hagan falta, y que lo hace manteniendo siempre lo que nos hace ser seres humanos: nuestra libertad, nuestra dignidad y, sobre todo, nuestra capacidad de volver a amar.

Y eso es precisamente lo que hiciste tú, Bruce, tras los atentados del 11 de septiembre:levantarte para seguir adelante y recordarnos a todos que el fuego no se apaga con más fuego, que la violencia no se acaba con más violencia, que la barbarie no desaparecerá con más barbarie. Así es, tu disco “The rising” es un homenaje a todos los que sufrieron el dolor del atentado contra las Torres Gemelas, esos seres anónimos que todo lo perdieron, esos héroes anónimos que dieron un paso al frente cuando se encontraron cara a cara con la muerte…es un canto a todos los que han caído, a las víctimas de todas las guerras, de todas las injusticias, de todas las barbaries, porque es también un canto de esperanza, de esperanza en el ser humano, un desgarrado grito de amor y libertad. Creo que nunca podré olvidar la emoción que sentimos todos cuando, en el Sant Jordi, pediste un poco de silencio para cantar Empty Sky, esa terrible balada que cuenta cómo es cada amanecer de los que se quedan, cuando ellos ya no están…

No es fácil ser norteamericano y levantarte de las cenizas de tu ciudad para gritar al mundo que el camino hacia la paz no pasa por la venganza, que la justicia no es posible mientras exista la desigualdad, que la diferencia de credo, raza o cultura nos enriquece, que tolerancia y diálogo no son sinónimos de debilidad o cobardía, sino sus antónimos…no, no es fácil, y tú lo hiciste, lo hiciste cantando a todos esos seres sin nombre que, como nosotros, el 11 de septiembre perdieron su libertad.

En ese disco dejaste lo mejor de ti mismo, lo mejor de ese juglar de sueños que hace unos años cantó junto a los desheredados de la tierra al fantasma de Tom Joad, el inmortal personaje de “Las uvas de la ira” que, cuando parte en busca de su destino se despide de su madre diciéndole: “Cuando veas a un policía pegar a un chico, a un hombre luchando por un sitio donde estar, por un trabajo honrado o por una mano tendida, cuando veas a un recién nacido hambriento llorar o a alguien luchando por su libertad, mírale a los ojos, madre, y me verás a mí…”

Así es, las letras de “The rising” nos hablan de lo que siempre nos han hablado tus canciones, de esa mano tendida que nos ayuda a levantar, de que sólo el amor puede vencer al dolor, de que sólo la vida ganará a la muerte y de que, como siempre, aquí estamos tú y yo para hacer que eso sea posible… porque tus letras son cartas que escribes personalmente a todos y cada uno de nosotros, cartas llenas de preguntas, de vivencias cotidianas y reflexiones, cartas llenas de esperanza, y las escribes con esa manera tan tuya de decir las cosas. En “Worlds apart”, esa maravillosa canción que habla de la historia de amor entre un soldado norteamericano y una mujer afgana, dices: “Te estrecho entre mis brazos/ siento lealtad en tu beso, calor en tu corazón/ mi lengua cura tus cicatrices/pero cuando miro tus ojos, pertenecemos a mundos diferentes./ A veces la Verdad no es suficiente/ o es demasiado en tiempos como éstos./ Dejemos la Verdad a un lado/ la encontraremos en tu piel sobre mi piel/ en el latido de nuestros corazones./ Vivamos la vida, que no nos separe el dolor de la muerte…”

En otro de los temas de ese disco, “Lets be friends (Skin to Skin)” también dejas bien claro tu compromiso por la paz: “Te he mirado durante mucho tiempo/ tratando de imaginar dónde y cuándo/ iríamos en la misma dirección./ El momento es ahora y quizá podamos hacerlo con tu piel sobre mi piel./ Yo no sé cuándo podremos tener otra oportunidad./ Los buenos tiempos han llegado a su fin/ seamos amigos, pequeña, seamos amigos/ Sé que tú y yo somos diferentes/ tenemos un modo diferente de caminar/ ha llegado el tiempo de que el pasado sea historia/ si podemos empezar a hablar./ Tenemos que derribar muchos muros/ y juntos los tiraremos uno por uno…” Gracias, Bruce, por haber dado ese paso al frente en el camino hacia la paz, por tendernos tu mano abierta que nos ayuda a levantar, por quitarnos la venda de la manipulación que ciega nuestros ojos…

Tras “The rising” seguiste en la brecha componiendo nuevas canciones y recuperando los viejos himnos de protesta de Pete Seeger para llevarlos a todos los rincones del planeta. He tenido la suerte de vivir una decena de tus conciertos: En el Sant Jordi, en el Estadio Olímpico, en el Olímpico de Badalona, en el Nou Camp, en el de la peineta… Recuerdo que en uno de ellos, tras más de tres horas dándolo absotuamente todo, nos preguntaste desde el escenario “¿Estáis cansados?” y tú, ante el unánime “Noooo” de todos los que estábamos allí, dijiste ” Bien, pues yo tampoco, vamos allá”, y seguiste tocando una hora más. No pude estar la primera vez que viniste a España, en aquel inolvidable concierto en el Palacio de los Deportes de Barcelona. Alguien me contó que uno de los periodistas que entraron en el palacio mientras estabas haciendo las pruebas de sonido con la E Street se quedó de piedra cuando, desde el escenario, le preguntaste qué canción quería escuchar y la tocásteis. Pero sí fui uno de los afortunados que tuvimos el privilegio de verte en acústico en los conciertos del teatro Tívoli de Barcelona. Nunca olvidaré tu forma de presentar en catalán “Red headed woman”. Dijiste: “Esta es una canción que habla del hombre y la mujer, del amor… del sexo…muy difícil… muy complicado… pero necesaaaario”. A la mañana siguiente un amigo me comentó que se había acercado al camerino para intentar saludarte tras el concierto. Había una docena de personas intentando hacer lo mismo y tú saliste y les dijiste “¿Por qué no nos vamos todos a cenar?”, y te fuiste con ellos. No sabes la de veces que me he preguntado por qué no intenté acercarme a verte al camerino aquella noche. Recuerdo que un fan tuyo italiano que te seguía por toda Europa me comentó en uno de los conciertos del Camp Nou que se había encontrado contigo por casualidad una tarde que paseabas por las calles de Bruselas antes de un concierto, que se acercó para saludarte y que te fuiste a tomar unas cañas con él. También leí que no hace mucho, volviendo a tu adorado New Jersey tras una interminable gira por Europa, tu avión hizo una escala técnica en el aeropuerto de Helsinki a las dos de la madrugada. El aeropuerto estaba practicamente vacío a aquellas horas y tú bajaste del avión con tu guitarra y les regalaste un concierto ” a la carta” de diez canciones a la docena de empleados de la limpieza que estaban en la terminal. Realmente son tantas las anécdotas que hablan de tu humanidad…

Leí en una entrevista que te hicieron hace algunos años en la que contabas que decidiste componer “The rising” cuando una mañana, muy poco después de los atentados, al salir de tu casa un hombre te gritó desde su coche: “Te necesitamos” y que ese fue el momento más intenso de tu vida. No me cabe duda de que ese hombre tenía razón: necesitamos a gente libre y comprometida como tú. Siempre has estado ahí: con tus incomparables directos que nos llegan a lo más hondo haciendo que todos nos sintamos como un miembro más de la banda, participando en la gira de Amnistía Internacional exigiendo el respeto a los derechos humanos en todo el mundo, organizando infinidad de conciertos contra Bush, tomando siempre partido, mojándote en todos tus conciertos y en tu modo de ver y de vivir la vida…y también simplemente cuando estás en nuestra habitación, con la luz apagada, susurrándonos cualquiera de tus baladas que nos pregunta sin rodeos ni ambages : “¿Qué estás haciendo tú para cambiar todo esto? Anda, levántate y sal de nuevo a la calle, que es mucha la gente que hoy te necesita y que cuenta contigo…”

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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