Cine/Teatro General

Paul Newman

Hoy me gustaría hablaros de uno de mis actores favoritos: Paul Newman. Todo el mundo ha oído hablar de la profunda belleza de sus ojos azules, pero pocos saben que era daltónico. No deja de ser irónico que quien decían que tenía los ojos azules más bellos del mundo jamás pudiera verlos. Siempre huyó de que le encasillaran en  los papeles de guapo y buscó interpretar papeles de personajes conflictivos, complejos, y atormentados. Newman forma parte de la historia del cine, y de la todos y cada uno de los que amamos el cine, porque rara es la persona, y sobre todo el cinéfilo, que no le admira profundamente. Fue hasta su muerte, hace poco más de dos años, un actor y un hombre respetado por todos.

Nacido en una familia acomodada de Ohio de origen inmigrante, su padre era de origen judeo-alemán y su madre húngaro, tras graduarse en económicas decidió iniciar su carrera como actor. Estudió interpretación en Yale y acudió durante diez años como oyente al Actor´s Studio de Nueva York. Se inició en la televisión haciendo de extra, de figurante esporádico y con pequeños papeles secundarios en series (“Suspense” en 1949 y “The web” en 1952). En 1954 tuvo su primera oportunidad cinematográfica en “El cáliz de plata”, aunque su gran oportunidad llegaría dos años después con “Marcado por el odio”, de Robert Wise, donde interpretaba al boxeador Rocky Graziano. En 1958 rodó una de las películas que le consagraron definitivamente como uno de los más grandes de Hollywood: “La gata sobre el tejado de zinc”, de Richard Brooks, basada en la obra homónima de Tennessee  Williams. Interpretar a Williams es hacerlo desde las vísceras, desde lo más hondo, y él demostró que sabía y podía hacerlo. Aquí le tenéis en un fantástico plano en un mano a mano con Burl Ives en el que tiene un plano de escucha en el que en su cara vemos todo lo que le está pasando.

 

Este papel del atormentado Brick le valdría su primera nominación al Oscar (llegó a tener nueve, aunque sólo gano dos, uno honorífico y el de mejor actor por su papel en “El color del dinero”, en 1986). Otro de sus papeles inolvidables fue el de “El buscavidas” de Robert Rossen, en 1961, que en su estreno no fue del todo comprendida ya que abordaba uno de los géneros preferidos de Newman para el que el público todavía no estaba preparado: el de los perdedores. Ver perder a su estrella favorita no era algo que el público estuviera dispuesto a aceptar con facilidad. Otra obra de Tennessee Williams adaptada al cine por Richard Brooks, “Dulce pájaro de juventud”, le consolida definitivamente. Pocos años antes había empezado a trabajar con un director que marcó profundamente su carrera: Martin Ritt, que le dirigió en varias de sus películas más famosas.

Cambiar de papeles y de registros era algo que le atraía profundamente. De ahí que le viésemos pasar del joven idealista judío que ayuda a crear el estado de Israel en Éxodo, a un detective privado como Harper o un atípico premio Nobel de literatura. En 1967 rodó dos películas que han pasado a la historia del cine: “Un hombre”, un western donde daba vida a un mestizo introvertido que aborrece la hipocresía y la sinrazón de la sociedad de los blancos y, sobre todo, “La leyenda del indomable”, de Stuart Rosenberg, que supuso un hito en el género del cine carcelario que ha marcado un antes y un después. Allí Newman encarna a un joven rebelde detenido por romper un parquímetro en una noche de borrachera, que es ingresado en prisión donde su rebeldía ante la injusticia le llevará a que le castiguen una y otra vez y a que le amplíen la condena. La fortaleza de ese indomable y al mismo tiempo su sensibilidad y su vulnerabilidad son difíciles de olvidar. Aquí le podéis ver en una de sus facetas más atípicas, la de cantar. Es una escena en la que él regresa totalmente abatido al barracón de la cárcel tras pasar una temporada en régimen de incomunicación.

En 1969 rodó una película que dificilmente puede olvidarse: “Dos hombres y un destino”, dirigida por George Roy Hill, junto a Robert Redford, en la que sería su primera colaboración, que seguiría cuatro años después con “El golpe” y que nunca más se volvió a dar, a pesar de la firme voluntad expresada tanto por Newman como por Redford de que les hubiese gustado volver a trabajar juntos. “Dos hombres y un destino” revolucionó el western crepuscular y supuso un giro radical del género. Sería inacabable citar y comentar las películas de Newman a lo largo de más de 50 años de carrera cinematográfica como actor. Los setenta fueron años en los que alternó interpretaciones brillantes con otras que no lo fueron tanto, en la que fue una década de transición para él. El joven héroe apuesto y guapo había dejado paso a un interesante hombre maduro castigado por la vida que no renunciaba a ser él mismo. Películas como “El color del dinero”, “Ausencia de malicia” o “Veredicto final” corresponden a esta etapa. Ahora le podéis ver en la escena del alegato del juicio que hace en “Veredicto final” desde su papel de pobre abogado exalcohólico y perdedor que se enfrenta a un poderoso hospital al que acusa de negligencia en el que es el caso que puede regenerar su vida. Si antes hemos podido verle en un poderoso plano de escucha, aquí le tenéis en un impresioante mónólogo de más de tres minutos que, sorprendentemente, empieza con un plano general picado que dura más de uno, hasta que la cámara empieza a moverse. Decididamente se nota la mano de Sidney Lumet en él.

 

Pero Newman no fue sólo un actor formidable, sino que también fue un hombre muy polifacético. Su afición por la velocidad y el riesgo le llevó a participar en carreras de coches hasta bien pasados los setenta años, y fue de los actores que nunca se dejaban doblar en las escenas de riesgo. Newman fue también un hombre sensible y comprometido con su tiempo. Ese compromiso le llevó a dirigir seis películas muy personales, (cinco de ellas interpretadas por Joanne Woodward, su mujer) entre las que destaca la que rueda en honor de su hijo Scott, muerto por culpa de las drogas en 1978, de lo que Newman siempre se culpabilizó. Esa sensibilidad hizo que creara una empresa fabricante de salsas para ensalada que lleva su nombre y que destina sus beneficios a obras sociales, entre las que destacan los campamentos para niños enfermos de cáncer donde los niños pueden ir gratuitamente de vacaciones junto con sus hermanos y sus padres estando cuidados en todo momento por médicos especialistas y enfermeras. Actualmente son 15.000 los niños que acuden anualmente a estos campamentos. Los testimonios que se recogen en la biografía de Newman de Shawn Levi recientemente editada en España son sobrecogedores, como cuando una doctora que acaba de entrar a trabajar con los niños se acerca a uno de ellos y le pregunta “¿Y tú qué quieres ser de mayor?” y el niño le contesta “Yo nunca seré mayor”.

Atípico entre los atípicos, fue un marido felizmente casado durante cincuenta años. Harto de la prensa del corazón, que siempre le atosigaba, declaró una vez refiriéndose a su mujer: “Si tengo un excelente chuletón en casa, para qué me voy a ir fuera a comer una hamburguesa”. Como actor Newman era muy metódico, preparaba intensamente todos sus personajes y sus colegas comentaban de él que era capaz de decirte en pleno set cuando estaban a punto de decir “acción”: “¿A que repito esta toma exactamente igual a la que hemos hecho hace tres veces?”, y lo hacía. Como hombre fue siempre muy discreto, humilde, un antiestrella en un mundo de estrellas, un idealista generoso y altruísta en un mundo dominado por el egoísmo y el vacuo “yo, yo, yo” de los mediocres. Han pasado dos años desde su muerte. Sus empresas siguen destinando sus beneficios a fines sociales y ecológicos, y sus compañeros de profesión jamás faltan a las tradicionales cenas benéficas que él organizaba para recaudar fondos para los campamentos infantiles. Cuando murió perdimos a uno de los más grandes actores, pero también perdimos más, mucho más…

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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