General Literatura

Matar a un ruiseñor…

Hace muchos años, en un pequeño pueblo donde siempre había sol, vivía un ruiseñor al que lo que más le gustaba era volar por el campo y cantar. Desde siempre él había soñado con poder cantar la canción más bella que se ha escrito jamás para que todo el mundo la pudiera disfrutar. Su familia era muy pobre y todos tenían que trabajar para conseguir traer comida al nido. Por eso, un día, el pequeño ruiseñor tuvo que dejar de ir al colegio donde aprendía a cantar para traer comida a casa. A partir de entonces, cada mañana, al alba, salía a trabajar en los campos donde sólo se oía el rumor de esquilas y la canción del viento sobre los árboles.

En el pueblo se quedaban sus amigos, los otros ruiseñores jóvenes que, fascinados con su trino y con la maravillosa melodía de sus canciones, le pedían una y otra vez que nunca dejase de cantar. No tardó en llegar el día en que ya nadie en el pueblo podía enseñarle algún secreto sobre el arte de cantar. La única manera de seguir aprendiendo era yendo a los campos que rodean la gran ciudad, unos campos donde vivían ruiseñores venidos de todas partes del mundo y que, cada noche, con la luz de la primera estrella, se ponían a cantar. Cuentan los más viejos del lugar que nunca como entonces se había alcanzado tanta belleza en el trino de todos aquellos soñadores sin remedio que vivían por y para la música.

Una mañana se reunieron todos los amigos del joven ruiseñor y acordaron ayudarle a ir a la gran ciudad. Cada uno aportó lo que pudo para que pudiese emprender el gran viaje…

En la inmensidad de aquella gran ciudad se sintió muy sólo. No conocía a nadie y eran muchas las puertas que encontró cerradas. Pero, poco después, otro joven ruiseñor que también cantaba muy bien y que conocía a todos los demás pájaros de la ciudad, decidió ayudarle dándole una oportunidad. El joven ruiseñor cantó sus canciones delante de todos los pájaros, pero no obtuvo la aceptación que esperaba y sólo unos pocos se interesaron de verdad por su canción. Cabizbajo y triste regresó a su pueblo, pero pronto se repuso porque era tal la necesidad de cantar aquella canción que sentía en su interior que nada ni nadie le podía parar. Siguió cantando y cantando y meses después, cuando ya estuvo preparado para ir de nuevo a la gran ciudad, se despidió de su familia y emprendió de nuevo el vuelo.

Esta vez a aquel joven ruiseñor que le ayudó en su primer viaje le acompañaban muchos más. Fueron muchos los amigos que hizo en la gran ciudad y fueron muchos los que le ayudaron descubriéndole un mundo que él ni siquiera había soñado que existía. Aunque sus canciones eran cada vez más bellas y era mucho lo que aprendía cada día, el joven ruiseñor no podía quedarse allí porque su familia necesitaba la ayuda de su trabajo para poder vivir.

Durante varios años vivió entre su pequeño pueblo y la gran ciudad donde, cada vez, eran más y más los amigos que tenía. En la ciudad encontró algún trabajo que le permitía subsistir y tener tiempo libre para reunirse con sus amigos y aprender todo lo que podían enseñarle. Ya eran muchos los que le conocían allí, le querían y le admiraban. Pero él no olvidaba su pequeño pueblo, y menos desde que había conocido a una pequeña hembra de un plumaje tan brillante y suave como sus canciones. Enamorado del amor, de la música, de la belleza de los campos, del valor de la amistad y, sobre todo, de aquella pequeña pajarilla que le había robado el corazón, las canciones que escribía cada día se hacían más únicas y más bellas. Cada nota era la justa, nada sobraba en aquellos cantos esenciales que iluminaban el alma, todo estaba allí…

Las penurias económicas seguían acechando al joven ruiseñor, aunque él nunca se quejaba. Mucho más le preocupaba el vuelo cada vez más amenazador de unos cuervos negros que, a todas horas y venidos de todas partes, interrumpían continuamente la vida de los ruiseñores y de todos los demás pájaros con unos gritos agudos y espeluznantes que todo lo invadían. Nadie sabía de dónde habían salido, dónde anidaban ni cuántos serían, pero cada día eran más los cuervos negros que sobrevolaban amenazadores todos los cielos del país.

Por aquellos días el joven ruiseñor tuvo su primer hijo. Su amor, su gran amor, le había dado lo que él más quería: un hijo a quien poder enseñar y con quien poder compartir todos los secretos del arte de cantar. Pero pocos meses después, cuando ni siquiera había cumplido un año, el pequeño murió y el corazón del joven ruiseñor se llenó de tristeza. No dejó de cantar, él nunca lo hizo, pero su canto había cambiado. La melancolía se adueñó de su silencio y, poco después, también lo hizo de sus canciones. Aún así se embarcó con muchos de sus amigos en una gran aventura: la de enseñar a cantar a todos los pájaros, sin importar familia, tamaño ni color. Fueron muchas las cosas que el joven ruiseñor enseñó allí, como también fueron muchas las cosas que aprendió, y una por encima de todas las demás: volar en libertad.

Volando alto y libre, su canto se llenó de esperanza. Las canciones que escribía pronto eran cantadas por los demás pájaros, que veían reflejada su vida en ellas. Sus cantos llegaban a todos los campos donde los pájaros, libres y alegres, los cantaban sin cesar. Todos querían conocer al joven ruiseñor, estar a su lado, compartir un vuelo con él…

Sin embargo no todo era bueno en aquellos días. En el pequeño pueblo murió el mejor amigo del joven ruiseñor. Destrozado por la pena, el ruiseñor escribió la canción de amor más bella que se ha escrito jamás…

La agresividad de los cuervos negros, empeñados en imponer sus canciones, iba en aumento y no tardó en llegar el día en que declararon la guerra a todos los demás pájaros. No querían que los pájaros cantasen y volasen libres, no podían permitirlo, preferían verlos a todos encerrados en jaulas porque la libertad les daba miedo; ellos nunca entendieron lo que significa la libertad. Fue mucha la sangre derramada, mucho el dolor que asoló todos los campos, muchos los inocentes que murieron, demasiada la barbarie que lo invadió todo…

Perdida la guerra, fueron muchos los pájaros que emprendieron el camino del exilio para poder seguir viviendo y soñando con volar. El joven ruiseñor intentó seguir aquel camino, pero alguien le traicionó y lo entregó a los cuervos que, como a todos, le encerraron en una jaula. Allí pasaron muchos días sin que él pudiese ver el sol o cantar al anochecer. Los cuervos no le dejaron cantar más, pero él, en silencio, siguió escribiendo sus canciones, unas canciones de amor como no se han escrito jamás. Entre los barrotes de aquella jaula, el joven ruiseñor escribía sin parar canciones de amor a su amada y preciosas nanas al nuevo hijo que le había dado… Pero en aquella jaula hacía mucho frío. La humedad era terrible y no tardó en enfermar. Enfermo, con las alas cortadas y sin poder volar, el joven ruiseñor murió pocos meses después en aquella jaula sin ver nunca más el sol. Han pasado muchos años desde entonces, cien desde que aquel ruiseñor nació, pero hoy, en todos los campos se sigue escuchando su canción, una canción que dice:

“De sangre en sangre vengo/como el mar de ola en ola,/de color de amapola el alma tengo,/de amapola sin suerte es mi destino/y llego de amapola en amapola/a dar en la cornada de mi sino…

… No puedo olvidar/que no tengo alas,/que no tengo mar,/vereda ni nada/con que irte a besar…

… Cierra las puertas, echa la aldaba, carcelero/ata duro a este hombre: no le atarás el alma./Son muchas llaves, muchos cerrojos, injusticias:/no le atarás el alma…

… Porque dentro de la triste/guirnalda del eslabón,/del sabor a carcelero/constante y a paredón,/y a precipicio en acecho,/alto, alegre, libre soy./Alto, alegre, libre, libre,/sólo por amor./No, no hay cárcel para el hombre./No podrán atarme, no./¿Quién encierra una sonrisa?/¿Quién amuralla una voz?/A lo lejos tú, más sola/que la muerte, la una y yo./A lo lejos tú, sintiendo/en tus brazos mi prisión,/en tus brazos donde late/la libertad de los dos./Libre soy, siénteme libre/sólo por amor…

… Si me muero, que me muera/con la cabeza muy alta./Muerto y veinte veces muerto,/la boca contra la grama, tendré apretados los dientes/y decidida la barba./Cantando espero a la muerte,/que hay ruiseñores que cantan/encima de los fusiles/y en medio de las batallas…

… ¿Quién salvará a este chiquillo/menor que un grano de avena?/¿De dónde saldrá el martillo/verdugo de esta cadena?/Que salga del corazón/de los hombres jornaleros,/que antes de ser hombres son/y han sido niños yunteros…

… Aunque bajo la tierra,/ mi amante cuerpo esté/ escríbeme a la tiera,/ que yo te escribiré…”

Esta es la historia de Miguel Hernández. El pasado 30 de octubre se celebraron muchos actos de homenaje a él con motivo del centenario de su nacimiento. Uno de ellos, el organizado desde la Unión de Actores, tuvo lugar en la sede del Instituto Cervantes en Madrid desde las doce del mediodía a las doce de la noche. A lo largo de esas doce horas pudimos disfrutar de actuaciones musicales, danza, teatro, cuenta cuentos y, sobre todo, de la lectura de sus poemas, una lectura hecha por gentes del mundo de la cultura y por ciudadanos anónimos que, mezclando sus voces, dieron voz al poeta, como a él le hubiera gustado. El homenaje estuvo presidido por la familia de Miguel: su nuera, su nieta y su sobrina carnal.

Los preparativos duraron varios meses. No era fácil coordinar la intervención de casi trescientas personas evitando que repitieran poemas en las lecturas y favoreciendo que cada uno de los que participó pudiese elegir el poema que más le gustaba. Allí pudimos escuchar la voz de Miguel no sólo en su castellano natal, sino también traducida a diversos idiomas. No hace mucho un poeta egipcio me envió un dvd con un poema de Miguel recitado en árabe. Era precioso. Aquellas palabras encerraban una música maravillosa. Escuchándolo tuve la sensación de que lo que escuchaba eran las “Nanas de la cebolla”. En el video no había indicado de qué poema se trataba. Poco después me llegó un mail indicándome que aquel poema era la versión en árabe de las “Nanas de la cebolla”. En el homenaje se pudo escuchar ese poema en árabe, en inglés, en francés, en alemán y en búlgaro… en una especie de comunión poética llena de magia y ternura. Como se pudo escuchar también la inigualable voz de Paco Rabal recitando la “Elegía” a Ramón Sijé, posiblemente uno de los poemas más bellos que se han escrito jamás que, en boca de Paco te taladra hasta lo más hondo. Él fue quien abrió el homenaje. A las doce en punto se apagaron las luces de la sala, se proyectó el retrato de Miguel en la pantalla, una guitarra española empezó a tocar para callar lentamente y dar paso a la voz de Paco…

A lo largo de esas doce horas pudimos ver la representación de un fragmento de “Me llamo barro”, una dramaturgia escrita por Robert Muro y Pilar Rodríguez sobre la vida de Miguel Hernández que fue interpretada por la compañía Teatro del alma con la colaboración de la ONG Caidos del cielo. Tuve la suerte de ver este montaje hace unos meses y os puedo asegurar que escuchar a estas personas decir la poesía de Miguel es algo que no se olvida jamás.

El teatro de Miguel estuvo representado por una dramaturgia hecha expresamente para este homenaje sobre distintos fragmentos del teatro de la guerra que, dirigida por Raquel Mesa, fue magníficamente interpretada por alumnos de la Resad y de la Escuela Municipal de Teatro. Algunas de las escuelas privadas de interpretación más representativas de Madrid también estuvieron representadas en las lecturas de poemas. Amparo Soto y Carlos Ysbert, desde los personajes que doblan a los Simpons en castellano, contaron a un grupo de niños la vida de Miguel con una adaptación del cuento “Matar a un ruiseñor” que acabáis de leer..

La danza estuvo representada por Elvira Sanz, que bailó un poema de Miguel recitado por Eduardo Guerrero. Bernardo Fuster y Susana Martins cantaron “Rosario dinamitera”, y el tenor José Manuel Conde, acompañado al piano por Sergio Kulman, también cantó uno de los poemas de Miguel. La guitarra de Tony Madigan acompañó alguna de las lecturas de poemas y el cuenta cuentos. La obra de Miguel Hernández es tan poliédrica y tan completa que permitió que este homenaje incluyera una gran variedad de propuestas artísticas.

Os puedo decir que la respuesta de la gente fue maravillosa y que todos los que ese día estuvieron en Madrid aceptaron encantados la invitación a participar. Entre ellos ya lo hicieron nombres tan conocidos como  Luis Eduardo Aute, José Sacristán, Pilar Bardem, Eduardo Galeano, Fermín Cabal, Blanca Portillo, Cristina Maristany, Josep Mª Flotats, Federico Mayor Zaragoza, Lourdes Ortiz, Ana Otero, Hector Alterio, Luisa Gavasa, José Luis Abellán, Antonio Álvarez Solís, Luis Otero, Liberto Rabal, Héctor Colomé,  Carlos Santos, Carlos Álvarez, Paloma Pedrero, Gloria Muñoz, Antonio Leyva, Nathalie Seseña,  y un largo, larguísimo etcétera al que se sumaron espontáneamente muchos ciudadanos anónimos que quisieron dar su voz al poeta, o cantantes como Carmen Linares y Paco Ortega que, a capella , cantaron poemas de Miguel.

Fue un precioso y sentido homenaje a uno de los poetas más grandes y queridos que ha dado este país que, no en vano, es reconocido, casi setenta años después de su muerte, como el poeta del pueblo. ¡Allí todos nos encontramos con Miguel, porque tenemos que hablar de muchas cosas, compañero del alma, compañero…!

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?