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Los indios, la sombra de una nube sobre la pradera…

Hoy me gustaría hablar de tres películas curiosamente rodadas en el mismo año, 1970, que supusieron un cambio radical en el tratamiento que hasta entonces el cine de Hollywood había dado a los indios, a los que casi siempre había pintado como fieros y sádicos salvajes sedientos de sangre y muerte. En esas tres películas: “Soldado azul”, de Ralf Nelson, “Un hombre llamado caballo”, de Elliot Silverstein y “Pequeño gran hombre”, de Arthur Penn, por primera vez, la historia es contada desde la perspectiva de los indios y nos muestran su cultura, una cultura milenaria que vivía integrada con la naturaleza como pocos pueblos han sido capaces de hacerlo. Quizá esa integración, ese adaptarse al medio y dejarse fluir hacia donde lleva el río en lugar de pretender dominarlo, o ese dejarse llevar por el viento en lugar de oponerse a él construyendo grandes refugios de piedra, fueran determinantes para facilitar su exterminio por el hombre blanco. Las diferentes tribus indias vivían enraizadas en la naturaleza, una naturaleza que marcaba el curso y el ritmo de su vida; luchaban entre ellas, ferozmente a veces, sí, pero sus culturas y su forma de vida nada tenían que ver con la visión bárbara y asesina que Hollywood nos había pintado. La célebre tradición de arrancar cabelleras era practicada en el siglo IX en Europa por francos, visigodos y anglosajones, pero no por los indios norteamericanos. Fue el hombre blanco quien, al llegar, exigió a los indios conquistados a los que utilizaba para que luchasen contra otras tribus no colaboracionistas que presentasen las cabelleras cortadas como prueba de los muertos conseguidos ya que pagaban a tanto por muerto.

La cultura de los pueblos indios era oral, por lo que casi no tenemos documentación escrita sobre su historia, su ancestral modo de vida o sus tradiciones. La mayoría de las fuentes que tenemos son indirectas, de hombres blancos que conocieron de primera mano la vida de alguna de las tribus y escribieron sobre ellas. Una de esas fuentes que primero narró el genocidio y la desaparición de una de sus tribus es “El último mohicano”, la famosa novela escrita por James Fenimore Cooper en 1826 que ha sido llevada al cine en numerosas ocasiones. Sin embargo Hollywood no siguió la estela marcada por Cooper, sino que criminalizó sistemáticamente a los indios en la mayor parte de sus películas.

“Soldado azul” fue la primera película que nos ofreció el punto de vista de los indios. En 1864 un grupo de cheyennes y arapahoes había acampado pacificamente en Sand Creek (Colorado), de lo que habían informado, como era preceptivo, al responsable del puesto militar más próximo, el coronel John Chivington. Convecidos de que podían estar tranquilos, no tuvieron ni oportunidad de defenderse cuando, poco después, el propio Chivington al mando de un destacamento del ejército norteamericano y de un grupo de voluntarios rodeó el campamento. Los cheyenne exhibieron la bandera norteamericana junto a la blanca en señal de paz, a lo que Chivington respondió dando la orden de inicio del ataque. Sus órdenes no dejaban lugar a dudas: no quería prisioneros. Cerca de 200 pacíficos indios fueron brutalmente asesinados aquella mañana en Sand Creek. Casi dos terceras partes eran mujeres y niños. Les arrancaron la cabellera para contabilizar a los muertos. Llegaron incluso a vaciar sus cráneos y a exhibir los cerebros.

La película nos cuenta la historia desde la perspectiva de sus dos protagonistas, Peter Strauss, el soldado azul, en el papel de un joven e inexperto soldado que se niega a aceptar lo que está ocurriendo, y Candice Bergen, una joven blanca que ha convivido con los indios a los que quiere y respeta. La violencia explícita de alguno de los planos de esta película hizo que se la conociera en su tiempo como la más violenta jamás filmada. Testimonios directos de la masacre de Sand Creek demuestran que la película se quedó corta.

Ralph Nelson, su director, nunca ocultó que “Soldado azul” era un alegato contra la guerra de Vietnam y más concretamente contra la masacre de My lai, ocurrida pocos meses antes, en la que un grupo de soldados norteamericanos entró en una indefensa aldea vietnamita y asesinó a 500 civiles, la mayoría viejos, mujeres y niños, tras  violarlos y torturarlos. Veintiseis soldados fueron juzgados y sólo uno condenado: el teniente William Calley. Fue condenado a cadena perpetua. Sólo cumplió  tres años en arresto domiciliario.

Aquí tenéis las últimas secuencias del film en las que, tras la masacre y frente a los cuerpos de los cientos de indios asesinados, Candice Bergen le dice a Peter Strauss “Soldazo azul, ¿qué?, ¿sabes alguna oración, un buen poema? Di algo bonito…” mientras el Coronel arenga a sus tropas diciéndoles que hoy han dado una lección a los indios que nunca olvidarán y que, cuando en el futuro alguien hable de ese día, ellos podrán decir con orgullo “Sí, yo estuve allí…”

La segunda película de la que quería hablaros es “Un hombre llamado caballo”. Cuenta la historia de un aristócrata inglés (el papel que le daría fama a Richard Harris) que, en 1843, es capturado por los indios crow mientras caza. Los indios le tratan como a un caballo. Poco a poco va familiarizándose con la cultura india, va aceptando sus costumbres y se va integrando en la vida de la tribu para lo que tiene que pasar una dolorosa prueba de valor: el sacrificio al sol. No es casualidad que esta película en la que, por primera vez, se cuenta íntegramente la historia desde la perspectiva de los indios y que nos da a conocer tantas particularidades de su cultura, fuese rodada al mismo tiempo que “Soldado azul”, que claramente tomaba partido por los indios. Hollywood estaba cambiando, aunque Norteamérica todavía no, como lo demuestra que “Soldado azul” tuviese un gran éxito en Europa y sin embargo resultase un fracaso comercial en USA, donde recibió muchas críticas que la calificaban de antiamericana.

La tercera película del oeste rodada ese año de la que también quería hablar es “Pequeño gran hombre”, dirigida por Arthur Penn.  Una película atípica y personal donde las haya, que nos enseñó cómo pueden contarse las historias más duras y más desgarradas desde ópticas y con formas totalmente nuevas. Dustin Hofmann haciendo a ratos de cowboy, a ratos de indio, a ratos de viejo y a ratos de joven, encarna uno de los papeles con más registros de su carrera, al lado de una esplendorosa Faye Dunaway, actriz fetiche de Penn.  En el momento de escribir esta entrada me llega la triste noticia la de muerte de Arthur Penn. La historia del cine le debe películas tan formidables y comprometidas como “Bonnie & Clyde” o “La jauría humana”. Penn siempre se caracterizó por mantener su independencia, por su valentía y, sobre todo, por su particular forma de contar las cosas, como podemos ver en esta entrevista.

“Pequeño gran hombre”, como “Soldado azul”, también es un alegato contra la guerra de Vietnam y también se sirve de protagonistas blancos que han convivido con los indios para ofercernos su punto de vista, un punto de vista respetuoso con la cultura y las tradiciones de esos pieles rojas a los que el resto de hombres blancos ni puede ni quiere entender. Un Dustin Hofmann fabuloso, como siempre, da vida aquí al último superviviente de la última gran batalla que ganaron los indios: Little Big Horn, donde el General Custer y su famoso 7º de Caballería, víctima de su prepotencia y su ambición, fueron aniquilados por los indios. A diferencia de “Soldado azul”, que contaba una derrota india, “Pequeño gran hombre” cuenta una victoria, la más importante: la última. Sólo catorce años después, en 1890, ese mismo 7º de Caballería se tomó su venganza en la masacre de Wounded Knee, la última batalla entre los indios Lakota y el ejército norteamericano. Como en Sand Creek, viejos, mujeres y niños indios fueron brutalmente asesinados.

En esta secuencia de “Pequeño gran hombre” podemos ver la mezcla de drama y sentido del humor de la que hablaba Penn. Disfrútala.

Si quieres, para acabar esta entrada, la maravillosa banda sonora de la última versión de “El último mohicano”, la dirigida en 1992 por Michael Mann, puede acompañarte ahora, mientras lees las poéticas y proféticas palabras que el jefe Seattle dirigió al presidente norteamericano Franklin Pierce en 1857 y que dejan bien claro quienes fueron en realidad los salvajes de esta historia.

“ Mis palabras son como las estrellas, nuca se extinguen. Cada parte de esta tierra es sagrada para mi pueblo, cada brillante aguja de un abeto, cada playa de arena, cada niebla en el oscuro del bosque, cada claro del bosque, cada insecto que zumba es sagrado para el pensar y el sentir de mi pueblo. La savia que sube por los árboles trae el recuerdo del piel roja. Nosotros somos parte de la tierra y ella es una parte de nosotros. El murmullo del agua es la voz de mis antepasados. Sabemos que el hombre blanco no comprende nuestra manera de pensar. Para él una parte de la Tierra es igual a otra, pues él es un extraño que llega de noche y se apodera en la tierra de lo que necesita. La tierra no es su hermana, sino su enemiga, y cuando la ha conquistado, cabalga de nuevo. Lo que le acaece a la Tierra les acaece también a los hijos de la Tierra. Cuando los hombres escupen a la tierra se están escupiendo a sí mismos. Nosotros sabemos que la Tierra no pertenece a los hombres, que el hombre pertenece a la Tierra. Eso lo sabemos muy bien. Todo está unido entre sí, como la sangre que une a una misma familia. Todo está unido. Cuando todos los búfalos hayan muerto, los caballos salvajes hayan sido domados y el rincón más secreto del bosque haya sido invadido por el ruido de muchos hombres, y la visión de las colinas esté manchada por los alambres parlantes, cuando desaparezca la espesura, cuando el águila se haya ido, cuando el último piel roja de esta Tierra desaparezca y su recuerdo sea solamente la sombra de una nube sobre la pradera, todavía estará vivo el espíritu de mis antepasados en estas orillas y estos bosques…”

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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