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El filo de la navaja

“El filo de la navaja”, de W. Somerset Maugham es, posiblemente junto con Siddhartha de Herman Hesse, una de las novelas más importantes del pasado siglo XX. Llevada al cine en dos ocasiones, en 1946 y en 1985, nos plantea, como Siddhartha, la historia de una búsqueda, el viaje espiritual del hombre que, insatisfecho con el tiempo y la vida que le ha tocado vivir, necesita encontrar algo más, un sentido a la vida, una necesidad que, como Ítaca, le impulsa a emprender un viaje que marcará su vida para siempre. Son muchas las cosas que plantea “El filo de la navaja”: la estrecha relación entre el amor y el odio, entre la vida y la muerte, entre la riqueza y la pobreza, entre lo que somos y lo que quisiéramos haber sido… es una novela que nos invita a que nos planteemos preguntas como, ¿quiénes somos?, ¿qué hacemos aquí?, ¿para qué vivimos… ? y, sobre todo, nos empuja a que seamos protagonistas de nuestra propia vida, a que escribamos nuestra historia, esa  maravillosa aventura que nos hace andar por el filo de una navaja…

La cita que Somerset Maugham escogió para anteceder al libro es de los Upanishad, y dice: “Arduo hallarás pasar sobre el agudo filo de la navaja. Y penoso es, dicen los sabios, el camino de la salvación.” Es una novela escrita en primera persona, en la que el propio Somerset Maugham es, como un personaje más, quien nos cuenta la historia. El principio de la novela, que la película de 1946 respeta escrupulosamente, es toda una declaración de intenciones: ” El hombre de quien escribo no es famoso, y puede ocurrir que jamás llegue a serlo. Quizá cuando su vida acabe no deje de su paso por la tierra señales más profundas que las que un canto arrojado sobre el río deja sobre la superficie del agua. Si así ocurre, si es que mi libro se lee, lo será por el intrínseco mérito que pueda tener. Pero también puede que el modo de vivir que para sí ha elegido y la extraña reciedumbre y dulzura de su carácter lleguen a ejercer poco a poco creciente influencia sobre los demás hombres, hasta que quizá muchos años después de su muerte comprendan que vivió en esta época un hombre muy notable…”

Puede que nada mejor que una de las primeras escenas de la película para entender de qué va a ir la historia que nos propone Somerset Maugham. Su protagonista, Larry Darrell (en una de las mejores interpretaciones de Tyrone Power), está prometido a Isabel (Gene Tierney), una bellísima niña bien perteneciente a una de las mejores familias del Chicago de los años 20. Todo sonríe a la envidiable pareja que parece predestinada a la eterna felicidad cuando Larry regresa de combatir en la Primera Guerra Mundial, una guerra en la que ha visto morir a uno de sus mejores amigos…

Isabel, profundamente enamorada de Larry, se sobrepone a la decepción que le ha causado y promete esperarle durante algún tiempo hasta que él siente definitivamente la cabeza y acepte las inigualables oportunidades que tiene un joven como él. A partir de aquí comienza el viaje de Larry tras el sentido de su vida, un viaje que le lleva, en primer lugar, a París, un París que ya ha conocido durante la guerra y en el que se siente mucho más cómodo que en la estirada sociedad de Chicago para dedicarse a su búsqueda. En Chicago la vida sigue y Gray, un joven banquero multimillonario intenta que Isabel se case con él. El profundo amor que siente por Larry vence a la tentación de la seguridad que le ofrece Gray y ella cumple su promesa de esperarle.

Mientras tanto, Sophie, la mejor amiga de Isabel, una maravillosa joven sencilla, idealista y llena de vida encarnada por una magistral Anne Baxter que ganó el Oscar por esta interpretación, se casa con su novio de toda la vida del que está locamente enamorada. Pasa el tiempo e Isabel va a encontrarse con Larry en París intentando que se deje ya de búsquedas y de niñerías y siente la cabeza, pero él todavía no está preparado, no ha encontrado las respuestas que buscaba y no quiere renunciar a ello. Le ofrece una vida humilde y feliz en París, pero ella no puede aceptar el sacrificio de vivir en unas condiciones tan inferiores a las que ha llevado hasta ahora y, sobre todo, renunciar a lo que a ella más le importa: la seguridad. Por ello rompe su compromiso con Larry y se casa con Gray. Larry, inmerso en su búsqueda interior, viaja hasta la India donde conoce a un sabio que le ayuda a recorrer su camino:

La vida, siempre caprichosa, pasa y se produce el crack bursátil de 1929 en el que Isabel y Gray lo pierden todo. Huyen de Chicago y se refugian en París, donde vuelven a coincidir con un Larry profundamente cambiado tras su experiencia mística en India. Salen a cenar una noche para celebrar su reencuentro. Isabel está empeñada en que Larry les enseñe los tugurios de los bajos fondos parisinos de los que tanto ha oído hablar. Allí, en un antro decrépito, se encuentran con Sophie, convertida en una prostituta drogadicta desde que su marido y su hijo murieron en un estúpido accidente de coche por culpa de un conductor borracho… Y hasta aquí puedo contar, que dirían aquellos…

La novela, como todas las de Somerset Maugham, cuenta muchas cosas de su propia vida, de hecho, en 1938 afirmó que “Realidad y ficción están tan mezcladas en mi obra que ahora, echando una ojeada en ella, difícilmente puedo distinguir la una de la otra.” Inspirada en un amigo que existió de verdad, dota al personaje de Larry de muchas de las cosas que le pasaron a él en su juventud: quedarse huérfano siendo muy pequeño, participar como conductor de ambulancias en Francia durante la Primera Guerra Mundial, donde vio a la muerte cara a cara, vivir en París, pasar temporadas en la Costa Azul, viajar a India donde conoció a Bhagavan Sri Ramana Maharashi, un venerado sabio hindú… “El filo de la navaja”, como buena parte de las novelas de Somerset Maugham, plantea la necesidad de vivir contra corriente, las dificultades y los peligros que conlleva hacerlo, y también la responsabilidad que supone vivir de acuerdo a nuestras más firmes creencias. Como en muchas de sus novelas, aquí nos habla de un mundo, el de los años 20, que desaparece, y también nos habla de un mundo nuevo, del mundo que vendrá si nos atrevemos a seguir la senda que nos señala su protagonista. Las novelas de Somerset Maugham, como la muerte, nos hablan de mundos que desaparecen, esos mundos como el del colonialismo británico o el de los años 20 que él conoce tan de cerca, pero al mismo tiempo, como la vida, son novelas que aunque puede que, a veces, no tengan un final feliz, siempre dejan una puerta abierta a la esperanza.

De las dos versiones cinematográficas, me quedo con la de 1946 protagonizada por Tyrone Power (la de 1985, dirigida por John Byrum, lo estuvo por Bill Murray). La interpetación que Power hace de Larry Darrell es magnífica, dotando al personaje de la fuerza interior, la ternura y la fortaleza con las que Somerset Maugham lo había creado. El resto del reparto está fantástico, con una Gene Tierney y, sobre todo, una Anne Baxter, esplendorosas y dos secundarios de auténtico lujo que, como siempre, clavan sus papeles: Herbert Marshall dando vida a un Somerset Maugham detallista, pausado, observador y sencillo, que es el único que entiende verdaderamente lo que le pasa a Larry, y un inolvidable Clifton Webb, en el papel de Elliott Templeton, el millonario y snob tío de Isabel cuya vida gira exclusivamente entorno a lo único que le importa: la vida social, aunque en los momentos finales de su vida nos deje ver una parte mucho más espiritual y profunda de su personalidad, la parte que había escondido bajo su imperforable coraza de aristócrata de postín que vive de fiesta en fiesta hasta que, al alcanzarle la vejez, empiezan a olvidarse de invitarle a las fiestas y a las recepciones, a olvidarse de él y a mostrar el verdadero rostro cruel que se escondía tras la máscara de todos los que le rodeaban y que sólo le tuvieron en cuenta mientras podían sacarle algo de provecho. ¡Qué duro debe ser darse cuenta poco antes de morir de que has malgastado tu vida, que todo en lo que creías no era más que una burda mentira y que los que tú estabas seguro de que te querían eran un montón de buitres carroñeros carentes de sentimientos y valores!

Tyrone Power moriría prematuramente doce años después de rodar “El filo de la navaja” de un ataque al corazón en Madrid, el 15 de noviembre de 1958, mientras rodaba la película “Salomón y la reina de Saba”, de King Vidor, junto Gina Lollobrigida. Las escenas con sus primeros planos nunca llegaron a montarse, porque las volvieron a rodar con un Yul Brynner reclamado a toda prisa, en el papel de Salomón. En cambio, las escenas en las que se le veía de lejos sí que se aprovecharon y aparecen en el filme, aunque ni siquiera aparezca su nombre en los títulos de crédito. En aquel rodaje Tyron Power vivía en Madrid, en el hotel Hilton, alternando con toreros ( la noche antes de su muerte, el matrimonio Power había cenado con el torero Luis Miguel Dominguín y su mujer, la actriz Lucía Bosé), tenía su barco amarrado en Mallorca y poco antes acababa de asistir en Madrid al estreno de “Testigo de cargo”, la maravillosa película de Billy Wilder basada la novela del mismo título de Agatha Christie en la que había compartido reparto con Charles Laughton y Marlene Dietrich.

Como decía al principio, “El filo de la navaja” , junto con Siddhartha de Herman Hesse, es una de las mejores novelas del siglo XX y que más influencia ha tenido entre los jóvenes. Escrita en 1944, a punto de acabar la Segunda Guerra Mundial, aunque ambientada en el final de la Primera, su éxito fue inmediato. No así el  Siddhartha de Hesse que, a pesar de haberla escrito dos décadas antes (1922), no alcanzó la fama hasta 1946, cuando le concedieron el Nobel de literatura. Ambas novelas vivieron su esplendor en los años 60 y 70, años marcados por aquella sed de búsqueda de un nuevo sentido y significado de la vida que propició la aparición de tendencias y movimientos pacifistas y contraculturales como el de los hippies.

Son muchos los que han seguido el camino indicado por Larry Darrell y que han convertido su vida en una búsqueda constante del sentido de la vida, una búsqueda que, como dice Siddhartha, hace que entendamos, al fin, que no hay que buscar, sino que hay que aprender a amar, porque sólo en el amor están todas las respuestas. Hoy puedes encontrar a todos esos Larry Darrells donde menos lo esperas: en un autobús, sentados en el metro, conduciendo un camión, dando clases en cualquier instituto, en un concierto, o codo con codo a tu lado en cualquier manifestación… La historia de Larry Darrell, como la de tantos otros, como dice el propio Somerset Maugham, es”la de un hombre profundamente religioso que no cree en Dios”, un hombre que se ha encontrado a sí mismo, como también le dice en otro momento de la novela a Isabel desde su personaje: “Ya ve, querida, la bondad es, al fin y al cabo, la fuerza  más poderosa del mundo y él (Larry) la posee…”

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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