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Armas de anglosajonización masiva

No deja de ser curioso comprobar un día sí y otro también que en este país dejamos que se anglosajonicen nuestra cultura y nuestras costumbres casi sin darnos cuenta. Estamos en Europa, sí, pertenecemos a la Unión Europea de la que Alemania es el motor, pero el idioma que domina no es el alemán, sino el inglés. ¿Por la influencia del Reino Unido? Está claro que no, hace ya muchos, muchísimos, años que el Reino Unido dejó de ser un lider mundial.  Ese puesto lo ocuparon los Estados Unidos, que son los que día sí y día también nos imponen su idioma y su cultura. Basta con dar un vistazo a todo lo que nos rodea para comprobar que nuestros hábitos, nuestra lengua, nuestra cultura y hasta nuestro yo más íntimo son bombardeados a diario por las nuevas armas de anglosajonización masiva que nos lanzan a todas horas y por todos los medios desde el otro lado del Atlántico. Y ojo, quien esté libre de pecado que tire la primera piedra. Yo mismo me expreso a través de este blog, desde luego palabra no española, y he publicado una entrada a la que titulé “Castings, castings, castings”

Y ya que lo de hoy va de reivindicar lo nuestro, qué  mejor que la compañía de Diego el Cigala con esa maravillosa versión que hizo de “Suspiros de España”, que aunque suene como un melancólico canto hacia nuestro país, en realidad parece ser que los suspiros eran unos pasteles de una conocida pastelería por los que el compositor de la canción se volvía completamente loco.

Palabras como casting, e-mail, management, coaching, acting, reality show, prime rate, prime time, share, marketing, resort, loft, Mibor, Euribor, fast-food, IPod, IPhone, Blackberry, pin o piercing han invadido por completo nuestras vidas. Por no hablar de esas poéticas palabrejas de nuevo cuño como testear, o de toda esa serie de extrañas siglas que utilizamos a diario: SMS, DVD, ADSL, MBA, NBA… El origen de esta nueva colonización, de esta invasión en toda regla, está muy claro: USA. No podía esperarse menos de un país que incluso para referirse a sí mismo utiliza sus iniciales.

Nuestra lengua se ha visto colonizada, sin ofrecer resistencia alguna por cierto, por el idioma que domina el mundo. El hecho es grave en sí, pero lo es mucho más si tenemos en cuenta que quienes más utilizan esos términos advenedizos son nuestros jóvenes que, todo sea dicho, no se caracterizan precisamente por utilizar nuestro idioma con brillantez: su léxico común apenas debe superar las 500 palabras. Si a eso le añadimos la coincidencia ¿o no? de la eclosión de los móviles y el asesinato lingüístico que suponen las abreviaturas que utilizan en sus mensajes, el panorama de nuestra lengua es francamente descorazonador.

Hay que adaptarse a las circunstancias y utilizar el idioma que habla y entiende todo el mundo, nos dicen. Hay que ser pragmáticos y dejar que el inglés domine nuestra comunicación. Sorprendente. Y digo sorprendente porque precisamente España, nuestro queridísimo país, es uno de los que van a la cola en el aprendizaje y la utilización de lenguas extranjeras, inglés incluido. Si nos comparamos con cualquiera de nuestros vecinos europeos nuestro nivel medio de inglés como segunda lengua no les llega a la suela del zapato. Así que destrozamos nuestra lengua reduciendo cada vez más su léxico para sustituirla por un puñado de neologismos y anglicismos, muchas veces incluso de andar por casa, como eso del footing, del puenting o del “Yes we want” que en inglés no significan nada, pero sin aprender de verdad a hablar en otra lengua. Desolador es la única palabra que se me ocurre para definir el tipo de comunicación que nos espera. La que me viene a la cabeza para definir lo que será nuestra cultura en un futuro próximo no es otra que desierto.

Porque, si en el caso de la lengua la situación es alarmante, en el caso de la cultura la realidad es verdaderamente grave. La hamburguesa ha sustituido al bistec ruso de antaño, a nuestras salsichas de toda la vida les llamamos perritos calientes o Hot Dogs, Halloween se está cargando nuestra tradicional castañada, los huesos de santo y los buñuelos de viento, por no hablar del día de difuntos, y Santa Claus, ese gordo barbudo al que la Coca Cola vistió de rojo, se ha merendado en un plis plas a los Reyes Magos que llevaban siglos viniendo. Supongo que, a este paso, no tardaremos mucho en empezar a celebrar también aquí el 4 de Julio. ¡Y pobre de aquel que no lo haga!

Puede que el no haber ofrecido resistencia a esa invasión del  amo del mundo haya sido para nosotros un mal menor. Aquí nos han bombardeado (y nos bombardean cada día con más fuerza) con sus películas y con su música (las bombas atómicas de Palomares cayeron por error y, además, no llegaron a explotar). En Irak o en Afganistán, como antes en Vietnam, en Granada o en tantos otros sitios, los misiles y las “bombas inteligentes” cayeron sin piedad, arrasando cualquier intento de resistencia. Así que no podemos quejarnos, nosotros sólo hemos perdido nuestra cultura, nuestra lengua, nuestra libertad, nuestra identidad, nuestro yo más íntimo… pero seguimos vivos, supongo que mientras seamos capaces de seguir consumiendo y tragando.

Ocho de cada diez películas que vemos vienen de USA. Ocupan todas nuestras salas. No importa que sean de serie “B”. Las estanterías de los videoclubs están llenas de ellas, como la programación de todas las televisiones, públicas o privadas. Aquí nos tragamos todo los que nos echan, como los cerdos. El cine es entretenimiento, nos dicen quienes hacen películas para vendernos palomitas. Y es tan raro ver una película norteamericana que invite a pensar, a reflexionar… Sólo los independientes nos empujan a hacerlo, y allí casi les crucifican por ello. Estoy harto de ver a niñatos yankees haciendo gamberradas absurdas o intentando perder su virginidad en esa cursilada azul celeste que es su fiesta de fin de curso, harto de ver a Rambos y Schwartzenegers asesinando impunemente a malos malísimos y tontísimos que, casualidades de la vida, antes eran fieros comunistas y ahora son desalmados árabes… Pero, ay, cosas que pasan, hasta el mismísimo Rambo luchó no hace mucho al lado de sus bravos amigos talibanes cuando los enemigos eran la Unión Soviética y el comunismo. El mundo cambia tan rápido que ni los héroes más héroes del imperio tienen tiempo de adaptarse. Sylvester, Sylvester, que esto ya no es lo que era… Decía que aborrezco este tipo de cine que bajo la apariencia de simple entretenimiento nos mete la ideología neocón por la puerta de atrás, cuando no lo hace por la de delante con toda la cara. Y me pregunto, ¿es que no saben hacer nada más?. Claro que saben, pero no les interesa hacerlo. ¿Para qué van a hacerlo si así nos mantienen aborregados y encima les pagamos por hacerlo?. A los esclavos los torturaban, pero luchaban por ser libres y eran capaces de morir por llegar a serlo. Lo nuestro, en cambio, no tiene remedio: pagamos porque nos idioticen, porque nos mantengan sumidos en esa idiocia permanente que ellos llaman cultura. Nos aterra la libertad.

Llevo años sin escuchar por la radio una canción francesa, o italiana. ¿Qué pasa? ¿Es que los franceses o los italianos ya no cantan? ¿Ha muerto la chançon? ¡No!. Allí siguen haciendo una música maravillosa. A Aznavour le han seguido muchos más. Todavía hay franceses que cantan ¡Y lo hacen muy bien, de verdad!. Pero, ¿cómo es que no nos llegan sus canciones? ¿Tan altos son los Pirineos? ¿Acaso más altos que ancho es el Atlántico? ¡No!. Son los programadores de nuestras emisoras los que son demasiado bajitos como para atreverse a ir en contra del “mercado”, ese nuevo dios que devora a sus hijos sin piedad. Son capaces de emitir lo que sea con tal de que sea en inglés. Lo poco que podemos escuchar en nuestra lengua es porque les han obligado a emitirlo, no nos hagamos ilusiones. Nuestra música, como nuestro cine, sobrevive a base de “cupos”. Somos los últimos mohicanos del siglo XXI y, por desgracia, la historia nos ha enseñado lo que hicieron con los mohicanos. No queda ni uno. Así que, o nos replanteamos seriamente el juego este de una vez o ya podemos ir ensayando lo que tarde o temprano querrán que cantemos: ¡Viva el 4 de Julio!

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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