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Se envejece al dejar de amar…

“Gringo Viejo” es una formidable película de Luis Puenzo que adapta la novela homónima de Carlos Fuentes que, basada en hechos reales, fabula lo que pudo haber sido el paso del escritor norteamericano Ambrose Bierce por la revolución mejicana. Lo cierto es que, harto de estar harto, Bierce, tras más de 50 años de escribir y ser un referente intelectual de su tiempo,  de repente, un día, lo dejó todo y se fue a Méjico a unirse a las tropas revolucionarias de Pancho Villa, donde murió en circunstancias nunca del todo aclaradas. El Bierce encarnado en la película por Gregory Peck, en la que sería su penúltima aparición en el cine, es uno de los mejores papeles de su carrera. Junto a él una impresionante, como siempre, Jane Fonda, en el papel de una institutriz norteamericana solterona que ha ido a Méjico a educar a los hijos de los Miranda, los terratenientes de la zona y que, cuando llega, se encuentra con que los Miranda han huido y su hacienda está en manos del ejército revolucionario comandado por un Jimmy Smits en estado de gracia del que ella se enamora sin remedio, como también se enamora de la irresistible personalidad del viejo gringo al que había visto dejar plantada a toda la prensa de su país cuando, al presentar sus obras completas, les manda a paseo y se va a hacer la revolución a Méjico.

¿Qué es lo que lleva a un hombre al final de su vida a abandonarlo todo, a renunciar a todo, para encontrarse a sí mismo? Es esa necesidad de amar, de darse a los demás, de traspasar los límites de uno mismo la Ambrose-Bierceque empuja a Ambrose Bierce a dejarlo todo para ir a hacer la revolución a Méjico. Cuando te levantas cada día sabiendo que puede ser el último valoras cada segundo como una maravillosa oportunidad para amar. No tienes prisa, pero sí necesidad de saborear tu aquí y tu ahora, de no perder ni dejar escapar un instante, de ser consecuente con lo que más íntimamente crees, de compartir tu experiencia con los demás dándoles todo lo que llevas dentro, y todo lo demás, absolutamente todo, queda relegado a un discreto y nada estimulante segundo plano. Y a partir de ese momento en el que lo único que verdaderamente importa es amar, tu vida cambia radicalmente y todo cobra sentido. Aprendes a reír de verdad, a reírte de ti mismo, a no culpar a los demás de tus problemas, a ser consciente de que eres tú quien gobierna tu vida, y a hacerlo hasta las últimas consecuencias. Como dice el Che King, uno de los libros de poesía más bellos y más antiguos de la literatura china escrito varios siglos antes de Cristo, “Mi tristeza es sólo mía”. Es en ese momento cuando te das cuenta de lo que verdaderamente significa esta frase, y sobre todo de que, igual que eres el dueño de tu tristeza, también lo eres de tu alegría y de tu felicidad, porque sólo dependen de ti.

Y cuando llega ese momento, el momento de amar, eres capaz de cualquier cosa, porque sabes que todo es posible y que sólo depende de ti. Abierto a la vida como estás, la vida sale a tu encuentro y, cada día, ves nuevas oportunidades de amar y de dar, porque lo importante no es tanto lo que das, sino el gesto de dar y, sobre todo, la intención con la que lo das. Eres consciente de que, casi sin proponértelo, puedes ayudar mucho más de lo que creías a los que te rodean y que a cada instante surgen nuevas oportunidades de ayudar a otros. Tu corazón se va abriendo, se despereza y se quita las telarañas que lo habían escondido durante tanto tiempo. Poco a poco una luz que lo ilumina todo se apodera de tu mirada y es a través de ella como ves entonces la vida. Sientes viejas sensaciones que creías ya perdidas hace años: aquella mariposa que revoloteaba en tu pecho de vez en cuando, vuelve a volar de nuevo, y lo hace incluso con más fuerza. Todo a tu alrededor tiene otro color, porque todo en tu interior ha cambiado profundamente.

¿Es posible enamorarse en la madurez?, ¿Se siente lo mismo que sentíamos  cuando éramos jóvenes?, ¿No nos asusta entregarnos de nuevo?, ¿No nos aterra que nos puedan hacer daño…? No me cabe duda de que el Ambrose Peck Bierce de “Gringo Viejo” se enamora locamente de la Henrieta Institutriz Fonda, y de que vive una pasión maravillosa pero que no es comparable a las que ha sentido antes, y no por ser menos intensa, que no lo es, sino, por ser mucho más enriquecedora y estimulante., porque en ese momento de la vida, cuando somos conscientes de que puede acabarse en cualquier momento, vemos en los ojos de la persona a la que amamos todo lo que somos, lo que hemos sido y lo que aún podemos ser, todo está allí, en esos ojos que, sorprendidos, nos miran intentando saber qué es lo que está pasando dentro, en lo mas hondo, de nosotros.

Por otro lado, aunque no seamos conscientes de la posibilidad del encuentro con la muerte, llegados a la madurez, hemos aprendido a ver la vida de otra manera. Somos como esas frutas jugosas y preciosas que cuelgan de los árboles. Estamos en nuestro mejor momento y somos plenamente conscientes de ello. A lo largo de toda nuestra vida hemos ido acumulando saberes y energías para poder dar lo mejor de nosotros mismos. Nuestro corazón ha ido adquiriendo experiencias que le han hecho crecer y ser más grande. Es como si toda nuestra vida hubiese sido una escuela, una formación permanente, para llegar a ese momento. Desde la madurez entendemos el amor de pareja de otra manera. Somos conscientes de los peligros y las amenazas que podrían acabar con lo que sentimos y queremos evitarlos a toda costa, no queremos que los errores del pasado puedan volverse a repetir. Sabemos que el secreto del amor, porque todo lo importante tiene un secreto que siempre está tan a la vista que pocos son los que lo ven, está en la grandeza de las cosas pequeñas y en el misterio de las cosas cotidianas, grandeza y misterio que sólo dependen de cómo nos atrevamos a vivirlas.

El diálogo, la comunicación abierta y fluida es una de las claves de cualquier relación y puede que en la madurez lo sea aún más si cabe ya que la experiencia vital de cada uno hace que pueda aportar más cosas a la relación de pareja, que sean más las vivencias a compartir. El lenguaje es más de palabra y caricia en las parejas de nuevo cuño, y de mirada y silencio en las que llevan mucho tiempo juntas. En cualquier caso,  a diferencia de lo que suele ocurrir en las parejas de juventud, las parejas maduras no necesitan destruir silencios, porque sus silencios hablan y enriquecen. Otra de las claves que sustentan cualquier pareja es el misterio que envuelve a cada uno de sus miembros. Muchas veces creemos que conocemos a nuestra pareja, incluso a la que ha compartido la mayor parte de su vida con nosotros, como si la hubiésemos parido, pero no deja de sorprendernos cuando menos lo esperamos con un comentario o con una opinión que hubiésemos jurado que jamás podría ser suya. Y ese misterio, lejos de ser un inconveniente, es una gran ventaja porque ayuda a romper una de las mayores amenazas para la pareja: la rutina

El erotismo, el instinto sexual, la atracción física, la pasión siguen tan vivas como siempre, pero nuestra forma de hacer el amor cambia. Somos conscientes, aunque igual que en la juventud no siempre podamos controlar nuestros ímpetus, de la importancia del juego, de los momentos previos, de la risa, del placer, de la ternura, de la inmensa ternura sin prisa que rodea a la relación sexual, de la caricia, del amor, del cariño, de ese inmenso y poderoso abrazo que viene tras el orgasmo… La madurez es una época maravillosa para amar, porque es una edad en la que hemos ganado experiencia y no hemos perdido ni un ápice de imaginación, sino todo lo contrario. Es desde esta perspectiva desde la que se entiende que Ambrose Peck Bierce ame como ama a Henrieta Institutriz Fonda, o que, en “Los puentes de Madison”, Clint Eastwood y Meryl Streep descubran por primera vez lo que de verdad significa amar pasados ya los cincuenta…

Otro de los aspectos que diferencian al amor maduro es el del tipo de amor: en la madurez no caben los amores posesivos porque no queremos poseer ni cambiar a nuestra pareja, sino que la aceptamos tal y como es, con sus virtudes y sus defectos. En la juventud muchas veces nos enamora la forma de volar de nuestra pareja y, sin embargo, intentamos encerrarla en una jaula donde no pueda pasarle nada y todo sea mucho más cómodo para nosotros, sin darnos cuenta de que si lo que verdaderamente nos enamoró de aquella persona era su forma de volar, jamás volveremos a verla hacerlo al condenarla a estar dentro de la jaula en la que la hemos metido. En la madurez también nos enamoramos de la forma de volar que tiene nuestra pareja, pero ni se nos ocurre querer encerrarla en una jaula, sino disfrutar viéndola volar y compartiendo, a veces, su vuelo con el nuestro. Otra película también basada no en una novela, como “Gringo Viejo” o “Los puentes de Madison” pero sí en varios libros de relatos y autobiográficos, que retrata perfectamente esta situación es “Memorias de África”. En esta escena es Karen Blixen (Isak Dinesen, también curiosamente interpretada por la siempre magistral Meryl Streep) quien plantea el modelo de relación que quiere tener a Dennis Finch-Hatton, un Robert Redford inolvidable, aunque los papeles podrían haberse invertido perfectamente y ser él quien planteara la cuestión. La madurez implica la aceptación del otro, y eso también significa el respeto a su libertad, a su espacio vital, a su mundo interior, sin que ello implique que haya menos amor, sino todo lo contrario, porque es un amor mucho más generoso que el de juventud.

En fin, que son muchas las películas que abordan el tema del amor maduro, recuerdo otra fantástica adaptación también de otra novela, “El diario de Noa” en la que Nick Cassavetes dirige magistralmente a su madre, Gena Rowlands, y a James Garner, aunque en esta ocasión lo que plantea, a diferencia de las otras que he comentado en las que el amor surge en la madurez, es la evolución de un amor a lo largo de toda una vida hasta alcanzar su plenitud en la madurez. En todas estas películas vemos que el amor, como la felicidad, no es algo que se busca, sino que se encuentra. Recuerdo un verso de un maravilloso poema de Cristina Maristany que decía: “Éramos tan felices, casi sin darnos cuenta…”. Cuando un actor vive ” de verdad” en la escena es cuando se concentra y “escucha” con todos sus sentidos lo que le dice el otro actor, lo que pasa a su alrededor. Eso le permite “relajarse” y vivir internamente la experiencia “real” de lo que le está pasando a su personaje. Es esa concentración en lo pequeño la que le hace vivir la escena y ser grande. Con el amor, como con la felicidad, pasa exactamente lo mismo. No amamos porque lo intentemos deliberadamente con todas nuestras fuerzas, porque nos digamos hoy voy a amar como nunca nadie ha amado, o cosas por el estilo, sino que encontramos el amor, o nos encuentra, que viene a ser lo mismo, lo vivimos y amamos de verdad al compartir las pequeñas cosas que cada día ocurren a nuestro alrededor con la persona a la que amamos. Los poetas, además de saber amar, suelen saber explicar lo que significa vivir, amar o ser feliz. Me resisto a no recordar ahora uno de mis poemas favoritos, Ítaca, de Constantino Kavafis:

“Cuando emprendas el viaje hacia Ítaca

ruega que el camino sea largo,

lleno de aventuras, lleno de descubrimientos.

A Lestrigones, Cíclopes,

al colérico Poseidón, – no temas:

nunca hallarás tales seres en tu camino,

nunca mientras altos sean tus pensamientos,

mientras una extraña emoción

estimule tu alma y tu cuerpo.

A Lestrigones, Cíclopes,

al fiero Poseidón nunca encontrarás

a menos que en tu alma los lleves dentro,

a menos que tu alma los ponga delante tuyo.

Ruega que el camino sea largo.

Que sean muchas las mañanas de verano en que,

con gran placer y alegría,

entres en puertos desconocidos;

podrías detenerte en los mercados de Fenicia

y comprar hermosas cosas,

coral y nácar, ámbar y ébano,

toda clase de perfumes sensuales-

adquiere tantos como puedas;

podrías visitar muchas ciudades egipcias

y no dejar de aprender de sus sabios.

Que siempre Ítaca esté en tu pensamiento.

Llegar ahí es tu destino.

Pero nunca apresures el viaje.

Es preferible que dure años,

que seas viejo cuando alcances la isla,

rico con todo lo que habrás ganado en el camino,

sin esperar que sea Ítaca la que te haga rico.

Ítaca te dio un maravilloso viaje.

Sin ella no habrías partido.

Pero ella ya no tiene más que darte.

Y si la encuentras pobre, no creas que Ítaca te ha engañado. Sabio como te has hecho, tan

pleno de experiencia,

habrás entendido lo que significan las Ítacas.”

El amor es esa Ítaca que todos llevamos dentro y que nos impulsa a caminar, a emprender nuestro viaje, y lo verdaderamente importante no es tanto el momento de nuestras vidas en que lo vivimos, como la actitud con la que lo vivimos, saber vivirlo, cuidarlo y disfrutarlo con la ilusión del primer amor y la entrega del último. Cada vez me identifico más con una frase, creo recordar que de García Márquez, que decía que no se deja de amar al envejecer, sino que se envejece al dejar de amar…

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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