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Rafael Álvarez, “El Brujo”, o la melancolía de la sombra

Hoy quiero hablaros de uno de los actores más singulares y sobresalientes de nuestra escena: Rafael Álvarez El Brujo. Es conocido, posiblemente, como uno de los mejores monologuistas de la historia del teatro, aunque también ha creado personajes sublimes e inolvidables, como el del borracho que hizo en La taberna Fantástica, de Alfonso Sastre. Su trayectoria es larga y está plagada de innumerables éxitos por lo que es difícil definir en pocas palabras y desde una perspectiva general una personalidad y una obra tan poliédrica como la suya. Podría hablar de su teatro a través de cualquiera de sus monólogos más recientes, como “Pícaros y místicos”, “Una noche con el Brujo”, “El contrabajo”, “El Evangelio de San Juan”, “El Lazarillo”, “San Francisco juglar de Dios” o el más reciente: “El testigo”, pero prefiero hacerlo desde un monólogo que le define perfectamente porque en él podemos encontrar, al mismo tiempo, toda la obra y toda la personalidad de este ser irrepetible que es Rafael Álvarez El Brujo: “El ingenioso caballero de la palabra”.

Para hablar de un personaje tan especial os propongo, si queréis, que nos acompañe una música también muy especial: la de  Levon Minassian y Armand Amar.

Sólo la suave música sufí nos ilumina cuando se apaga la última luz de la platea. Del oscuro fondo del escenario, de lo más profundo de la sombra, aparece la quijotesca figura de Rafael Álvarez, El Brujo que, candil en mano, se acerca lentamente hasta nosotros. A la cálida luz de ese candil sus ojos se clavan en el silencio expectante de los nuestros. El tiempo, si es que alguna vez ha existido, se ha detenido. ¿Qué sentido pueden tener palabras como espacio o tiempo cuando se está en presencia de ese mago de la palabra no escrita que es El Brujo? De lo más hondo del alma del “caballero de la palabra” surge, como el ancestral y eterno fluir del río, un monólogo cargado de sabiduría, de humor, de poesía y de magia, rebosante de todo eso que llamamos vida. Su desgarbado cuerpo se deja encarnar por la triste figura, por la ilusionada mirada de Sancho, por los sensuales cuerpos de dos mozas “de partido” (putas, para entendernos con el limitado lenguaje de hoy), por el orondo estómago del posadero y hasta por el huesudo cuerpo del cansado y abatido Rocinante. Todos los personajes habitan el enjuto cuerpo de este juglar de sueños, de utopías y quimeras, de este hombre de mirada vivaraz y jamás esquiva.

A lo largo de su monólogo asistimos a la versión más increíble y personal de las que sobre las hazañas del hidalgo caballero han existido. Viendo deambular al Brujo por la escena no me cabe duda de que Cervantes tuvo que pensar en él para crear al Quijote. Cuatrocientos años no son barrera suficiente para separar a estos dos amantes sin remedio de la palabra. Leyendo El Quijote vemos al Brujo deambular por la cansada llanura. Viendo al Brujo vemos al Quijote batallar con los secuaces y cómicos metidos a políticos del siglo XXI. Poco hemos cambiado. Pero esta vez no hay molino que se resista al noble caballero que, sabedor de los nuevos peligros que acechan a todas las Dulcineas de nuestro moribundo mundo, cabalga de nuevo en pos de encuentros, desencuentros y aventuras. Nada le detendrá hoy, porque nada puede detener a la única fuerza invencible de la Historia: la palabra. Ha llegado ya el día, si no queremos sucumbir ante la idiocia de la manipulada sociedad de la imagen, en que tenemos que reivindicar que una palabra vale más que mil imágenes. Cada día nos roban un pedazo más de lo poco que queda de nuestra libertad. No dejemos que también nos roben la imaginación, la capacidad de pensar, la abstracción, nuestra propia opinión… Cabalga de nuevo, hidalgo caballero, que muchos seremos los que esta vez te seguiremos en este triste país en el que, como decía el poeta, ya no hay locos. ¡Que se queden su cordura!

El Brujo, personaje sorprendente e irrepetible donde los haya, nos cuenta, con esa manera tan particular y única que él tiene de contar sus vivencias, lo que siente el actor frente al estar absolutamente solo en un escenario frente al público, frente a esa abierta invitación a la vida que es el monólogo: “En el monólogo se experimenta lo que a uno le sostiene cuando la palabra ya no puede sostenerle. El silencio y sólo el silencio. Se está levantando el telón…”

También nos cuenta Rafael Álvarez El Brujo que, “rodando con las palabras por los escenarios de España, a veces he caído en un lugar apacible y silencioso, de extraña atmósfera, agradable y suavemente inquietante a la vez. He tardado en saber dónde me encontraba. Aún hoy a ciencia cierta del todo no lo sé. Es un presentimiento, como un océano de silencio, de que el alma es conducida de manera brusca o suave y silenciosa, depende. Un día finalmente supe que me hallaba ¡en el interior de una cueva!… el tiempo de ese lugar no es el tiempo del mundo… En esta cueva la oscuridad es tan intensa que apenas es posible explorar nada, pero a pesar de ese desconocimiento envolvente nunca sentí miedo. No obstante, supongo que porque aún me quedan por hacer muchas preguntas, siempre vuelvo de nuevo al exterior, no sin cierta melancolía de la sombra. Pero vuelvo con una definitiva certeza: sólo quien sabe lo que ocurre en la cueva es quien conoce y quien en verdad puede contar esta historia. Y para eso hay que entrar allí. Allí se halla el verdadero autor. Soy yo. La voz canta las gestas de leyendas antiguas, sueños dormidos en la memoria de los pueblos. La voz del romance que espera (como Lázaro) la palabra que diga: “Levántate y anda”…”

Pocas veces he visto una descripción tan certera y poética a la vez de la soledad del proceso creativo, de la soledad del alma, de la insondable soledad del ser humano o quizá simplemente, de lo que el escenario es para todo actor: un mundo aparte donde habita la verdadera realidad, esa realidad donde viven la palabra, el silencio, la acción, la soledad y, sobre todo, la emoción.  Recojamos pues ese guante que nos lanza El Brujo, esa mano tendida que nos invita a seguir siempre adelante, esa voz profunda y clara que, desde lo más hondo nos dice: “En un lugar de La Mancha…” y empecemos a caminar reivindicando quizá lo último que nos queda: la palabra. Nada mejor que verle y oírle hablar para entender a una figura como la de El Brujo. En este vídeo podemos verle hablando de su profesión, de nuestra profesión. Una lección de lo que es el teatro… y la vida.

El CDN, en el Teatro María Guerrero de Madrid, inicia la nueva temporada con su montaje sobre “El evangelio según San Juan”, que luego girará por diversas ciudades de España. Es posiblemente uno de sus monólogos más poéticos, con el que cierra la trilogía de los dedicados a la palabra ( junto a “San Francisco, juglar de Dios” y “El ingenioso caballero de la palabra”). No os lo perdáis. Me gustaría despedir este pequeño homenaje a Rafael Álvarez El Brujo con una de sus intervenciones en televisión, en el programa “Ratones coloraos”, de Jesús Quintero, donde juega al ceceo y al seseo de forma magistral. Disfrutadlo.

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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