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De gemidos y silencios: los dibujos de Klimt y de Matisse

La impresionante exposición de grabados de Henry Matisse que se puede ver estos días en la sala de la BBK de Bilbao, me ha traido a la memoria otra que organizó la Fundación Mapfre hace algunos años en Madrid sobre los dibujos de otro monstruo de la pintura: Gustav Klimt. Son dos maestros del trazo, de la insinuación, de la soledad de la esencia, de la sutil ligereza de la belleza, de la poesía que habita la línea, de todo lo vivido, soñado, intuído o imaginado que forma el universo de un creador…

Para acompañar esta entrada te sugiero que, si quieres, invites a María Callas para que nos acompañe con su inolvidable versión de “Casta diva”

El mundo de Matisse está marcado por la austeridad en la línea, la armonía y el perfecto equilibrio en el trazo, y todo ello para trasmitir al espectador un mundo silencioso y tranquilo, el de la serenidad interior, esa sobre la que Matisse centra toda su obra. Si en sus óleos es el color el que, trascendiendo la forma, nos invita a pasear por los paisajes del alma, en sus grabados es la sutileza del trazo, la esencia pura del dibujo, la que, deteniendo el tiempo, hace que escuchemos la armonía del silencio. Matisse supo captar la esencia de la tranquilidad renunciando, a pesar de su declarada atracción por lo arabesco y lo oriental, a la infinita atención por el pequeño detalle. Los detalles nunca fueron importantes para él, consciente, como era, de que lo que verdaderamente importa a través del dibujo es “expresar sentimientos íntimos y describir estados de ánimo: medios simplificados, sin embargo, para dar mayor sencillez y espontaneidad a la expresión que debe trasladarse libremente al espíritu del espectador”.

“Lo que más me interesa no es la naturaleza muerta ni el paisaje, es la figura humana.  Ella es la que mejor me permite expresar el sentimiento religioso, por así decirlo, que tengo de la vida”, solía decir Matisse. Si los dibujos de desnudos femeninos de otro enamorado de la belleza como Klimt  destilan una fuerte carga erótica que consigue escondiendo la mirada de las modelos, haciendo que parezca que están ensimismadas en su propio mundo y convirtiendo al espectador en un voyeur que invade su intimidad, los desnudos de Matisse, lejos de esconder la mirada, suelen mirar directamente a los ojos del espectador, al que hacen sentir como si estuviera dentro de la escena, y no le miran en actitud desafiante o retadora, sino simplemente invitándole a compartir la espera, esa eterna espera en la que parecen haberse convertido sus vidas. Mientras Klimt tiende a representar a sus modelos como si hubiera robado un momento de su intimidad en el que están entregadas a sus juegos y a sus fantasías sexuales, Matisse se centra en ofrecérnoslas como si estuvieran dejando pasar su vida en un tranquilo dolce fare niente donde nada ni nadie puede romper la armonía de sus pensamientos, quizá porque sus mujeres, como el arte o la armonía, están más allá del espacio y del tiempo que les ha tocado vivir.

La exposición de Klimt de la que hablaba al principio se llamaba “MUJERES”, y era una maravillosa muestra de cien dibujos de la colección Sabarsky de Nueva York que la Fundación Mapfre tuvo el acierto de traer por primera vez a España. Adentrarse en el mundo de la Viena de finales del XIX y principios del XX, en aquel paraíso perdido en el que florecieron todas las artes como nunca antes lo habían hecho, siempre produce una extraña mezcla de placer y nostalgia: el placer por lo que vemos; la nostalgia por lo que perdimos, un mundo ya desaparecido donde el arte encontró la libertad. Y si adentrarse en el mundo de aquella Viena de la Secesión produce placer y nostalgia, hacerlo en el de los dibujos de KLIMT es aceptar una invitación personal para visitar la tierra secreta donde de verdad vive la mujer, ese paraíso intuido por amantes y poetas en el que nacen palabras como caricia, mirada, silencio o ternura, y es visitarlo de la única manera en que se puede hacer: abandonándose por completo a él y dejándose llevar.

Frente a esos dibujos podemos sentir la sensualidad, la exquisita sensualidad que hizo que la mano del artista acariciara con trazo tierno, lento y cadencioso el cuerpo desnudo o semidesnudo de una mujer, eterna puerta abierta al tantas veces prohibido universo de los sueños, los placeres y los sentimientos. Es frente a cualquiera de esos dibujos cuando nos damos cuenta de que el arte, como el amor o el sexo, no hay que entenderlo, sino sentirlo. Klimt ha sabido captar como nadie ese momento lleno de magia y de misterio que llamamos soledad. Las mujeres que viven en sus cuadros están solas,  siempre solas, y si aparece, a veces, alguna figura difuminada junto a ellas, no es más que un compañero o compañera del único viaje que nos lleva a alguna parte, el viaje al fondo de nosotros mismos. Las mujeres de Klimt habitan en el callado océano de su intimidad protegidas tan solo por el silencio de sus sueños, son mujeres etéreas, ingrávidas y, sin embargo, auténticas y reales, porque de ellas es el universo que trasciende al espacio y al tiempo, el único universo que nos pertenece: el de la fantasía. La sensualidad y el infinito erotismo que emana de ellas y que nos hace sentir tan vivos nace de su mirada, de esa mirada callada y sincera al fondo de sí mismas. Por eso las vemos siempre con los ojos cerrados o con la mirada baja. Los ojos no pueden ver lo que ellas ven. Por eso los cierran, los cierran para poder habitar en su mundo interior, ese mundo lleno de sentimientos, de caricias, de gemidos y sensaciones, ese mundo secreto que están dispuestas compartir con aquellos a los que, como a ellas, la vida les ha enseñado lo que significa la palabra dar. La ropa que llevan las mujeres de Klimt no está para abrigarlas o cubrirlas, sino para enmarcar, sugerir y realzar la belleza de su sexo, de su pecho, la suave curva de las caderas que deja entreveer, porque todo en los dibujos de Klimt obedece a ese mismo propósito de destacar el erotismo del universo femenino. Así mientras Matisse nos hace escuchar la armonía, la espiritualidad y el silencio a través de sus mujeres, Klimt nos hace escuchar la erótica sensualidad y el placer de sus suaves y tiernos gemidos. Espiritualidad y erotismo, silencio y gemido puede que no sean más que dos caras de una misma moneda, como bien conoce la sabiduría oriental con su tantrismo o, sin ir tan lejos, la sensualidad de la poesía mística de San Juan de la Cruz y la de Santa Teresa o la de los grandes místicos sufíes.

Frente a las mujeres de Klimt fueron muchas las sensaciones y los sentimientos que experimenté, como también fueron muchos los versos que vinieron a mi memoria, versos cargados de placer y de nostalgia, como los de la “Tierra secreta”, de Robert Graves:

“Toda mujer de verdadera alcurnia posee

una tierra secreta más real para ella

que este pálido mundo exterior.

A medianoche, cuando la casa está silenciosa,

deja a un lado aguja o libro

y la visita invisible.

Cerrando sus ojos, improvisa

un portón de cinco barras entre altos abedules,

salta por encima y toma posesión,

luego corre, o vuela, o monta un caballo,

(un caballo llegará al trote a salvarla)

y viajará donde ella quiera;

Puede hacer crecer la hierba, incitar a los lirios

a mudarse de botón a flor mientras ella mira

dejar que los peces coman de su mano.

Ha fundado ciudades, plantado arboledas

y bendecido valles por arroyos que corren

frescos a una bahía cerrada./

Nunca me atreví a interrogar a mi amada

acerca del gobierno de su reino

o de su geografía,

tampoco la seguí por esos álamos

a horcajadas sobre el portón,

espiando en la niebla.

Sin embargo, me ha prometido, cuando yo muera,

un albergue bajo su palacio personal,

en un claro del bosque

donde crezcan las gencianas y los alhelíes

y podamos, a veces, encontrarnos.”

Recuerdo que, al salir de nuevo a la calle tras visitar la exposición, embriagado por la infinita sensualidad y la belleza de esos cuadros, otros versos vinieron también a mi memoria, los eternos versos de Rubén Darío que siempre me acompañan al caminar:

“En vano busqué a la princesa

que estaba triste de esperar.

La vida es dura, amarga, y pesa,

ya no hay princesa que cantar.

Juventud, divino tesoro

¡Ya te vas para no volver!

A pesar del tiempo terco

mi sed de amor , no tiene fin.

Cabello gris, así me acerco

a los rosales del jardín…”

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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