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“No somos de donde nacemos, sino de donde nos necesitan”, Abraham Verghese

“Hijos del ancho mundo” es el título de una maravillosa novela del doctor Abraham Verghese que acaba de publicarse en España. Es uno de los mejores libros que he leído en mucho tiempo, de esos contados libros que no puedes dejar y que, cuando acabas, sabes que ya siempre irán contigo. Cuenta la historia de dos gemelos, Marion y Shiva, que nacen en un hospital en Addis Abeba, hijos de Thomas Stone, un cirujano inglés que les abandona al nacer y de una monja india que muere en el parto. A través de la vida de estos gemelos, y a lo largo de cinco décadas, conocemos la realidad de un país tan pobre y fascinante como Etiopía, y vivimos una historia donde vemos que palabras como esperanza, amistad, o amor significan lo mismo en todas las lenguas y en todas las culturas, porque esos son los sentimientos que nos hacen ser, de verdad, seres humanos.

Para acompañar esta entrada que habla de amor, de compromiso, de generosidad y de entrega a los demás, os invito, si queréis, a escuchar a Jeff Buckley y la maravillosa versión que hace del Hallelujah de Leonard Cohen

El título original de la novela (Cutting for Stone) es un guiño que Verghese hace con el apellido del padre de los gemelos, el doctor Stone, y con una parte del juramento hipocrático en el que los médicos juran no operar y dejar esa práctica a los cirujanos (“I will no cut for stone…”). El guiño se completa cuando, leyendo la novela, vemos la importancia que  la cirugía y los cirujanos tienen en esta familia. Son muchas las diferentes lecturas que tiene esta novela, y una de ellas es una lección de profundo amor a la medicina, a la figura del médico de cabecera, del médico de toda la vida que siempre escucha al paciente, que le coge de la mano, que le da cariño, que le habla y que le escucha, que entiende lo que le está pasando y lo que está sintiendo, que pasa con él todo el tiempo que necesita, que para él nunca lleva reloj…

Pero “Hijos del ancho mundo” no es una historia de médicos, que también, sino una historia de seres humanos que luchan para superar  las adversidades que la vida y la muerte les ponen por delante. Es un profundo y bellísimo canto a la esperanza, al amor y a la vida que, desde los arrabales de Addis Abeba, nos lleva a Nueva York siguiendo los pasos de sus protagonistas. A través de este viaje entendemos que la reacción de un paciente cuando le hablas de la muerte no es la misma en Etiopía que en Estados Unidos, porque en Etiopía la muerte es algo cotidiano y natural, mientras que en EEUU, como en cualquier país de los llamados del primer mundo, siempre te coge por sorpresa, porque es algo que les pasa a otros, a los demás, pero nunca a ti… Y también aprendemos que en los hospitales del Bronx los únicos médicos blancos que ves son los que llegan en un helicóptero para recoger los órganos de un donante, casi siempre de color, y llevarlos a toda prisa a un receptor, casi siempre blanco, que aguarda en la confortable suite de cualquier hospital donde no suelen verse pacientes negros o hispanos…

Leyendo esta novela sientes la misma sensación que tienes cuando, desde un avión, ves amanecer. Aunque no hayas podido verlos hasta que han empezado a aparecer las primeras luces del día, todos los colores estaban ahí, ocultos por ese manto de oscuridad que no nos dejaba ver. La noche, como a veces nuestro estado de ánimo o nuestras creencias, nos impide ver la realidad hasta que, lenta, muy lentamente, cuando empezamos a ver la luz, rojos, amarillos, naranjas, lilas o azules van apareciendo en el cielo mientras abajo, en esa tierra donde se quedaron todos tus problemas, son los ocres los que, suavemente, van dando color a esa oscuridad profunda y negra que todo lo escondía hasta entonces. Al principio te parece que todos son iguales, pero poco a poco, cuando la luz  va inundándolo todo, te das cuenta de que son todos los ocres los que están allí, y a los ocres les siguen los azules, todos los azules, y a los azules los verdes, y a los verdes…  ¿Dónde estás?. No lo sabes. Esa tierra que está bajo tus pies puede ser la de Noruega, la de Kirguizistán, la de Japón, la de Chile o la de Anatolia, eso poco importa porque, desde la distancia, como desde lo más hondo de tí mismo, ves que todas las tierras son iguales, que todos los mundos son el mismo mundo, y que todas las personas son seres humanos… Cuando estás allá arriba, volando, y miras por la ventana, lo que ves es una tierra inmensa que, como tú, despierta a la vida, una tierra enorme donde puedes ver  montañas, ríos, lagos, llanuras, océnos o desiertos… una tierra en la que, por mucho que mires, sólo hay una cosa que jamás verás: fronteras, porque las fronteras sólo existen en los mapas y en nuestra mente y por eso, cuanta más luz haya, cuanto más te concentres en mirar, en prestar atención de verdad a lo que está delante tuyo, te darás cuenta de que jamás han existido, porque ni el espacio ni el tiempo hacen que los sentimientos de un etíope de hoy sean diferentes a los de un indio o un norteamericano de hoy, o a los de un etíope de hace miles de años, cuando acunaron nuestra civilización.

Aunque no se trata de una novela autobiográfica, la vida del autor sí tiene paralelismos muy claros con las de sus personajes. De origen indio, nacido en 1956, fue criado como expatriado en Etiopía, donde empezó a estudiar la carrera de medicina hasta que tuvo que salir huyendo por la guerra civil que asoló el país en los 70. Se refugió en Estados Unidos, concretamente en Nueva Jersey, donde unos años antes había ido a vivir su hermano. Allí trabajó de ordenanza de turno de noche en un hospital. Una noche un médico en prácticas olvidó un tratado de medicina sobre su mesa y Verghese reemprendió sus estudios, unos estudios que pudo terminar en Madrás, India, gracias a una tía suya que vivía allí y que le financió la carrera. A mediados de los ochenta, al acabar la Universidad, regresó a EEUU, donde hizo sus prácticas en hospitales de diversos Estados. Una experiencia que le marcó profundamente fue la relación que tuvo con varios enfermos de Sida a los que trató cuando no existía ninguna solución para la enfermedad y lo único que podía hacer era ayudarles a morir. Fueron más de 80 los pacientes y las familias a las que atendió y de las que aprendió todas aquellas cosas que un médico debe saber y practicar pero que no salen en ningún tratado de medicina, porque esos gruesos tratados nos explican todo sobre la temperatura corporal, pero no saben nada sobre el calor humano.

Abraham Verghese, como en su día lo fueron Somerset Maugham, Chejov y  tantos otros, es médico y escritor. Tras conseguir publicar un relato corto en el New Yorker, publicó dos novelas que tuvieron un éxito inmediato: “My own country”, su primera novela que, en 1994, ganó el premio de nacional de la crítica en EEUU, y “El jugador de tenis”, en la que cuenta la historia real de un médico amigo suyo que no pudo soportar la soledad y el aislamiento de su profesión y murió por su adicción a las drogas. Verghese, como todo buen escritor, como todo buen contador de historias, fija su atención en los pequeños detalles, en todos esos pequeños detalles que tantas veces pasamos por alto, se concentra en ellos para, a partir de ahí, buceando en su yo más profundo, en todas las historias y experiencias que ha vivido o que le han contado y que han ido madurando hasta empujarle a escribir esta novela, ir sacando un hilo de la madeja que nos ofrece para que lo vayamos estirando lentamente, como deben hacerse todas las cosas que verdaderamente importan, saboreándolo, experimentando el placer de sentir cómo esos pequeños detalles aparentemente insignificantes se van plantando en nosotros y, lenta, muy lentamente, germinan en un montón de sueños que nos hacen crecer llevándonos lejos, muy lejos, allí donde sólo llegan los que son capaces de trascender su realidad para vivir otras realidades, otros mundos, otras vidas, todas esas otras vidas que viven en nosotros, aunque, muchas veces, ni siquiera seamos conscientes de ello.

 En Stanford, donde ejerce actualmente, tiene a su cargo la formación de los estudiantes en prácticas del hospital. Cuando pasa visita con ellos se acerca a sus pacientes, les acaricia, les habla, les escucha, sobre todo les escucha, y hace que sus alumnos también lo hagan. Y cuando escribe  coge al lector de la mano y le invita a acariciar a sus personajes, a escucharles y a dejarles que entren en su interior haciéndole sentir esa experiencia tan necesaria para poder vivir que es amar. Lo hace como médico, lo hace como escritor y lo hace como ser humano, porque, como dice en su novela, nosotros no somos de donde nacemos, sino de donde nos necesitan. Una maravillosa filosofía de vida que nos invita a trascender nuestras raíces no sólo físicas, sino también las emocionales e ideológicas, para poder vaciarnos y dejar que el otro, que los otros, llenen nuestra vida no por lo que nos puedan dar, sino por lo que nosotros hayamos sido capaces de darles. “Hijos del ancho mundo”, de Abraham Verghese, por favor, no os la perdáis.

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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