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La vida secreta de las palabras

Hoy me gustaría comentar algunas cosas de una de esas películas que dejan huella: “La vida secreta de las palabras”. Isabel Coixet, su directora, siempre ha hecho un cine muy personal, muy intimista, un cine centrado en esas pequeñas grandes historias que viven en lo más profundo de nosotros, un cine que me ha interesado mucho, aunque he de reconocer que, tras la soberbia película que había hecho anteriormente y que tan hondo me había llegado (la inolvidable “Mi vida sin mí”), estaba convencido de que cualquier cinta posterior estaba condenada a decepcionarme porque iba a ser muy difícil que alcanzara la sensibilidad, la humanidad, el verdadero cine y esa parte tan maravillosa de ella que allí nos dejó. Me equivoqué totalmente. “La vida secreta de las palabras” fue una verdadera gozada, una película que me impactó profundamente, porque, como muchas de las películas de Isabel Coixet,  es una auténtica  obra maestra.

Para hablar de esta película una preciosa canción de las incluídas en su B.S.O. (My Skin, de Natalie Merchant) puede ser, si quieres, una magnífica compañía.

Recuerdo haber leído en alguna ocasión que Isabel Coixet soñaba con que Tim Robbins protagonizara la película del guión que acababa de escribir y que, cerrando los ojos y cruzando los dedos, le había enviado a EEUU. Su sorpresa fue cuando, tres días después, tan sólo tres días después, recibió una llamada de Robbins diciéndole “Hola, soy Tim, quiero hacer tu película”. La magia de esta película alcanzó a todos los que intervinieron en ella. Javier Cámara me comentó en un rodaje en el que tuve la fortuna de coincidir con él, que estaba un poco asustado cuando aceptó rodar la película porque era su primera experiencia de un rodaje en inglés y tenía que pasar algunas semanas chapurreando su inglés de maño empedernido. Le pregunté si se sentía cortado por rodar con gente de la talla internacional de Robbins, Polley o la mítica Julie Christie, y me dijo que no, que él entendió que allí tenía que decir algo, que no podía quedarse callado y que se dedicó a contarles chistes en las pausas del rodaje. “No sé si me entendían o no”, me dijo “pero te aeseguro que se reían un huevo”. Como todos los que trabajaron en aquella película, Javier guarda un recuerdo imborrable.

“La vida secreta de las palabras” cuenta una historia de amor y de dolor, una historia de seres solitarios, de seres anónimos necesitados de olvido, de seres humanos cargados de esa ternura que ya no sabemos cómo o a quién dar, una historia que habla del amor que se vive de la única manera en que es posible hacerlo: entregándolo sin más, sin anhelos, sin recompensas, sin condiciones… Hanna y Josef (a los que dan vida dos verdaderos monstruos de la interpretación: una Sarah Polley y un Tim Robbins absolutamente desnudos frente a la cámara en los que posiblemente sean dos de los mejores papeles de sus carreras) son dos seres vulnerables, dos seres esculpidos por el dolor y las lágrimas de un pasado empeñado en no dejarles vivir esa vida que nunca les quiso dar la más mínima oportunidad. Josef sufre un terrible accidente en la plataforma petrolífera donde trabaja. En las plataformas la vida es rutinaria, monótona y solitaria. Perdidos en medio de la nada, sus habitantes buscan refugio en ese aislamiento absoluto. Todos tienen su historia; todos quieren el olvido. Allí el tiempo lo marcan las olas que, incansables, golpean sus pilares una y otra vez. Los relojes y los calendarios se han parado para siempre, si es que alguna vez han existido. Pero eso poco importa, porque la gente que vive, que sobrevive alli, son gente sin tiempo ni lugar en el mundo. No son personas sin techo, sino personas sin suelo, desarraigados de todo y de todos cuyo único equipaje son los sentimientos que no se atrevieron o no pudieron compartir. Josef se refugia en la palabra; la ironía y el sentido del humor son la única medicina capaz de curar sus heridas, son su única forma de ver el mundo a pesar de la ceguera temporal que padece… Hanna, enfermera solitaria, vive en el silencio de su sordera, en ese frágil castillo de silencio que ha construido a su alrededor para defenderse de un mundo que nada tiene que ver con el que ella quería. Nada saben el uno del otro. No son más que dos desconocidos perdidos en el océano de la vida. El quiere saberlo todo sobre ella; ella sólo quiere que no le hagan más daño y que la dejen vivir en paz…

“La vida secreta de las palabras” nos habla de la soledad, del aislamiento, de ese lenguaje secreto de la soledad que es el silencio, nos habla de condiciones extremas, de viento, de frío, de sufrimiento y de dolor, y lo hace para mostrarnos que lo malo no es la soledad, sino el miedo a estar solos, y que lo malo no es el dolor, sino el sufrimiento, y que miedo y sufrimiento son dos cosas a las que podemos vencer, porque el miedo y el sufrimiento no existen, no son más que nuestras propias invenciones. Es una película que transforma a quien la ve, que hace que salgamos del cine esperanzados, con el corazón lleno, buscando el encuentro de una mirada anónima o conocida que entre en nuestro yo más hondo y nos haga sentir que estamos vivos, maravillosa e intensamente vivos.

“La vida secreta de las palabras” es la historia de un hombre y una mujer, de un enfermo y su enfermera, del amor y del dolor, de la vida y la muerte… pero sobre todo es la historia de la palabra y del silencio, de la palabra con la que queremos decir y del silencio con el que decimos, de todas esas palabras que callamos y de todos esos silencios con los que hablamos… ¿Adónde van las palabras que no nos atrevemos a decir?, ¿Por qué no las decimos?, ¿Dónde habita el silencio?… Igual que podemos susurrar una palabra, gemirla o gritarla, también podemos acariciar, morder o llorar el silencio. Josef y Hanna, palabra y silencio, son dos caras de la misma moneda, ninguna puede vivir sin la otra, ninguna puede morir sin la otra…

Isabel Coixet maneja con sabiduría los hilos de esta historia. Ella ha creado los personajes, su mundo, sus sueños, sus historias… Y, sin embargo, parece que no hace nada, que se limita a dejar que las cosas  pasen, que sólo pone una cámara ahí para que seamos nosotros quienes vivamos la historia. No juzga, no absuelve, no condena, simplemente está ahí, en silencio o utilizando sutilmente la palabra (no es casual que Genefke, el nombre de la plataforma, sea precisamente el apellido de Inge, el personaje de la ONG magistralmente encarnado por Julie Christie y al que está dedicada la película)… Nada es casual en esta “La vida secreta de las palabras”… y, sin embargo, lo parece, como en todas esas insignificantes y pequeñas cosas que, día a día, forman nuestra vida… esas cosas sin importancia que, cuando al fin nos atrevemos a compartirlas, a entregar sin miedo y sin esperar nada a cambio, empiezan a fluir y a inundarlo todo ayudándonos a encontrar el verdadero sentido de nuestra existencia: amar. Porque de eso trata “La vida secreta de las palabras”: de aprender a amar. Es toda una lección.

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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