General

La soledad creativa

Desde siempre hemos tenido la imagen del artista solitario trabajando duramente intentando perseguir las musas. En nuestra imaginación no es difícil ver a un músico mirando al cielo y tarareando una melodía. En su rostro se refleja la tensión del momento, puede que incluso veamos cómo algunas gotas de sudor le caen por la frente. Está totalmente absorto en un mundo muy lejano al nuestro. De repente su semblante se ilumina como por arte de magia. Ha hallado la nota que buscaba, ha conseguido seguir adelante en su proceso creador y ya tiene en su cabeza, en su alma, esa música que, en poco tiempo, formará parte de todos nosotros.

Para acompañarnos ahora, si queréis, nadie mejor que un creador solitartio como Johann Sebastian Bach y sus variaciones Goldberg, soberbiamente interpretadas por otro solitario sempiterno: Glenn Gould

Y qué decir del pintor, del escultor o del escritor. Su proceso creativo es idéntico. De una observación detallada de las cosas, de una percepción personal de la realidad que les rodea y, sobre todo, de las vivencias acumuladas en su interior a lo largo de toda su vida, son capaces de extraer desde su yo más profundo algo que nos emociona, que nos llega a lo más hondo, algo que, sin saberlo, formaba parte de nosotros mismos y que, inconscientemente, enriquecemos con nuestra propia experiencia. Cuanta más experiencia y sensaciones hayan vivido el lector o el espectador, mejor serán la novela del escritor, el cuadro del pintor o la obra del escultor. Porque arte es diálogo, pasión y diálogo. Crear es dejar salir lo que llevamos dentro y también es dejar entrar para que nos llegue a lo más íntimo.

Ese universo de sensaciones, ese paraíso de belleza que llamamos arte ha tenido, a lo largo de la historia, una escenografía común: la de la soledad, la soledad creativa del artista y la soledad interior del espectador. Porque podemos ver una exposición de pintura acompañados y comentar lo que vemos, compartirlo, pero tenemos que ser nosotros mismos, solos, los que miramos ese cuadro con los ojos del alma para dejar que nos hable, que nos susurre y nos cuente sus secretos. Y qué placer mayor que el de contar un secreto a un amigo. Eso es lo que experimentamos cuando compartimos con alguien nuestra vivencia, nuestras sensaciones frente a una obra de arte: nos desnudamos y nos mostramos como somos, necesitamos enseñar lo que acabamos de aprender, explicar lo que éste o aquel detalle ha provocado en nuestro interior, porque el arte, como el amor, tiene la llave que abre la coraza con la que, inútilmente, pretendemos protegernos en la vida.

El arte, como la vida, está inmerso en un proceso constante e imparable de creación. Quizá porque crear no es construir un cómo o un cuándo, sino destruir un por qué. Crear para vivir, para huir de la repetición, de la mera imitación, porque imitar o repetir no es más que estarse quieto, no avanzar, dejar que el miedo a lo desconocido nos impida vivir, que nos aniquile. ¿Pero cómo reaccionamos ante lo nuevo, ante lo radicalmente nuevo? Generalmente, como espectadores, adoptamos una actitud crítica negativa, un “me gustaba más lo que hacía antes” o un “esto ni es arte ni es nada”, “ es una tomadura de pelo”… ¿Por qué? Por el miedo a lo desconocido, el pavor a lo nuevo, a dejar que alguien abra esa coraza que nos hace “invulnerables” y que hace que nos sintamos cómodos dentro de las costumbres generalmente aceptadas, de los cauces de lo “políticamente correcto” Lo nuevo, lo desconocido, nos aterra, como nos aterran el amor o la libertad. Estamos inmersos en una época en la que prima la seguridad, quizá porque nos sentimos tremendamente inseguros de nosotros mismos. ¡Qué difícil es encontrar a alguien hoy en día que tenga opiniones propias! Repetición, tópicos y superficialidades nos rodean. ¡Y qué decir de la especialización! ¿Qué queda del humanismo de la antigua Grecia, o del hombre renacentista? Como decía Machado, bueno es saber que los vasos sirven para beber, lo malo es que no sabemos para qué sirve la sed…

El arte, la filosofía, la religión y la ciencia emprendieron hace siglos caminos divergentes que, cada vez, les alejaban más del verdadero “conocimiento”, ese conocimiento panteísta que nos recuerda que pertenecemos a un Todo, que somos parte de ese Todo. Hoy arte, filosofía, religión y ciencia han emprendido el camino del reencuentro y cada vez son más los que perciben que el progreso de la humanidad depende de esa comunión de saberes, de esa soledad de soledades sola que intuía Bergamín. Las nuevas tendencias del arte van en esa dirección, en la del encuentro interdisciplinar, en la de compartir nuestros secretos y abrir nuestros ojos para poder entender. Esa comunión de conocimientos, ese abrir nuestra mirada es lo que, desde siempre, el ser humano ha intuido que es la Sabiduría.

Ese reencuentro, como las nuevas tecnologías, está cambiando profundamente nuestra percepción del proceso creativo. Ya no es extraño ver al artista, consciente de sus propias limitaciones, crear en compañía. El pintor y el informático se dan la mano para crear juntos. El videoarte es un claro ejemplo de ello. El guionista y más aún el autor teatral, pueden crear su obra a partir de una improvisación colectiva con los actores, en una labor en equipo que les permite escuchar sus textos, reescribirlos en función de las nuevas ideas que surjen en las improvisaciones, y reelaborarlos hasta tener el texto definitivo. Los nuevos tiempos favorecen las nuevas formas de creación, de interacción de los creadores. El cine, y antes el teatro, fue uno de los primeros pasos que la creación dio en ésta dirección. Son muchos los artistas que se unen para crear una película: director, guionista, actores, etc… Creo recordar que Almodóvar suele decir que el guión escrito inicialmente sólo representa el 50% de lo que finalmente vemos en la película, porque, a lo largo del proceso previo al rodaje, durante el rodaje y en el montaje final, va añadiendo y quitando cosas que surjen desde la creatividad de las propuestas de los actores o de las simples limitaciones y dificultades técnicas que aparecen en las localizaciones, etc.  La aplicación en el arte de las nuevas tecnologías nos abre un mundo nuevo, un mundo en el que conceptos como imaginación, intuición y diálogo marcarán el camino. Puede que tengamos que cambiar nuestra romántica imagen del poeta solitario, del músico ensimismado o del pintor enloquecido. Estoy convencido de que seguiremos creando en soledad, pero quizá  podamos compartirla con los momentos de creación colectiva, buscando un difícil equilibrio entre el yo y el nosotros. Decididamente la imagen del creador como ser solitario cambiará mucho en los tiempos que vienen, y os puedo asegurar que a mí, empedernido amante de la soledad creativa, me costará mucho cambiar mentalmente esa imagen de soledad que tengo tan profundamente arraigada y asociada a la creación, al proceso creativo, pero tenemos que abrir de verdad nuestros ojos porque tenemos que aprender a ver, aprender a conocer, aprender a amar, y eso no es posible si continuamos aferrados al pasado, a todos esos pilares de la seguridad que hemos construido a lo largo de nuestra vida, sin saber, quizá, que no eran más que los barrotes de nuestra propia cárcel.

ETIQUETAS
RELATED POSTS
Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

Todas las entradas
Categorías
Clandestino en Facebook
Facebook By Weblizar Powered By Weblizar