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De abrazos, miradas, caricias y ronroneos…

Hace algún tiempo le pregunté a una gran amiga que está locamente enamorada de su pareja qué era lo que había encontrado en él, qué era lo que la había enamorado con aquella fuerza y aquella pasión. Tras pensarlo unos segundos, me miró fijamente a los ojos y me dijo: “Un abrazo. Fue un abrazo. Yo me sentía a gusto con él, le veía cada día en el trabajo, charlábamos, reíamos… pero no supe lo que sentía hasta que me abrazó. Sí, simplemente un día me dio un abrazo y… supe que le amaba.”

Y como esta vez vamos a hablar de amor, de amistad y de sentimientos, qué mejor que hacerlo escuchando “You´ve got a friend”, aquella maravillosa balada de James Taylor cantada aquí por él y por Carole King que te dice “cuando te sientas depre y con problemas, cuando necesites cariño, cuando absolutamente nada te esté saliendo bien… cierra los ojos y piensa en mí,  pronto estaré allí para iluminar hasta tu noche más oscura, sólo tienes que decir mi nombre , sabes que, esté donde esté, iré corriendo para verte otra vez… Invierno, primavera, verano, u otoño,  lo único que tienes que hacer es llamarme y yo estaré allí…tienes un amigo…”

¿Cuándo ha sido la última vez que nos han abrazado haciendo que se detenga el tiempo, parando todo lo que ocurre a nuestro alrededor?, ¿cuándo ha sido la última vez que nos han

abrazado con esa intensidad que hace que sólo exista la persona que nos abraza?, ¿cuándo la última vez que hemos abrazado a alguien con todas nuestras fuerzas para hacerle sentir la alegría, el cariño o el amor que sentimos por él?. Pocas cosas como un abrazo, como un buen abrazo con los ojos cerrados, pueden expresar lo que de verdad sentimos: todo eso que queremos, que necesitamos dar y que, a veces, no damos simplemente porque no sabemos cómo hacerlo o cómo decirlo… Todos sabemos la fuerza que puede encerrar un abrazo, todos conocemos la verdad, el amor que puede haber en él y, sin embargo, son tan pocos los abrazos auténticos que damos…

Otra de las formas de expresar sin palabras todo lo que sentimos es mirarnos fijamente a los ojos, buscar la mirada de la otra persona y, deteniendo también el tiempo, porque el tiempo es demasiado relativo como para entender de sentimientos, dejar que nuestros ojos hablen con los suyos, dejar que su mirada entre en nuestro yo más profundo abriendo totalmente nuestro corazón para que allí encuentre todo lo que le queremos decir, todo lo que queremos hacerle sentir… Pero ¿Cuánto hace que no miramos así, cuánto que no encontramos unos ojos frente a los nuestros invitándonos a entrar en ese mundo misterioso y mágico en el que sólo cabe dar y compartir…? Y sabiendo, como sabemos todos, que nuestros ojos hablan ese lenguaje universal que es el amor, ¿por qué escatimamos tanto nuestras miradas, por qué nos cuesta tanto, a veces, mantener la mirada del otro…?

En lo primero que me fijo cuando veo a una persona es en su forma de mirar, en su mirada. En ella veo luz, sueños, alegrías, nostalgias y melancolías, y también veo verdad, sólo verdad, una verdad que trasciende al universo de la palabra, porque es una verdad que nace y que vive en el universo de los sentimientos, ese mundo lleno de pequeños matices y sensaciones que nos hacen sentir vivos, maravillosa y felizmente vivos. Vivir es sentir, es escuchar, es descubrirnos a nosotros mismos, es compartir, es dar, porque vivir es abrirse, abrirse para conocer, conocer para amar… Y todo, absolutamente todo eso, está en la mirada, en esa puerta del alma que, por desgracia, muchas veces no nos atrevemos a abrir, a dejar que se abra para que el mundo entre en nuestro interior y para dejar que nuestro yo más profundo salga a navegar en ese mar de calmas y tempestades, de vientos y silencio que es la vida.

Una de las cosas que más me gustan de la fotografía es su capacidad para “robar” miradas, para captar esos instantes de verdad en los que, cuando estamos distraídos, abrimos la puerta del alma. A veces recorro las calles, cámara al hombro, buscando miradas, salgo a cazar miradas. Me gusta perderme por sitios concurridos donde nadie me ve. Los mercados y las calles más concurridas son mis lugares favoritos. No sabéis lo que se puede llegar a captar a través del objetivo de una cámara en los refrescantes puestos de fruta de los mercados. Todo es vida allí. Hay tanta luz, tanta ilusión y tanto deseo en las miradas de la gente. Todo es color, un maravilloso color que me gusta retratar en blanco y negro. Otras veces lo que hago es situarme, algo alejado, detrás de los mimos callejeros o de las estatuas humanas. Desde allí, invisible a los más, puedo “cazar” ese universo de felicidad y de alegría que hay en la mirada de los niños que, ensimismados, contemplan sus evoluciones. Hay tanta luz, tanta pasión en esas miradas, tanto sentimiento y verdad, tanta ilusión…

Las miradas de otros niños también me conmueven profundamente. Son las miradas del hambre, esas miradas que se clavan en nosotros sin odio ni rencor, simplemente preguntándonos cómo es posible que esto esté pasando o qué hacemos nosotros para evitar que pase. Por mucho que, a diario, vea esas miradas no puedo ni quiero acostumbrarme a ellas, no me pueden dejar indiferente, porque entonces estaría muerto. En esas miradas hay dolor, hay sufrimiento, pero, por encima de todo, hay verdad, hay amor y hay dignidad.

Desde hace años albergo la idea de escribir un libro sobre la mirada. Seleccionar un puñado de fotos de diferentes miradas y tratar de escribir lo que me hace sentir cada una de ellas, porque cada mirada es un mundo único e irrepetible donde cabe todo. Son tantas las cosas que podemos encontrar en una mirada, tantos los sueños y los anhelos que viven en ella, tantas las historias y las vivencias… Es en la mirada donde, a veces, podemos encontrar la luz de los sueños… Puede que, algún día me atreva a escribirlo, de momento me contento con salir cada mañana al encuentro de esas miradas y vivir intensamente la maravillosa sensación de vida que me hacen sentir. Y ya que hablamos de vivir y de sentir, me gustaría recuperar ahora el universo de las sensaciones que teníamos cuando hablábamos de los abrazos: las caricias, hablemos ahora de las caricias y los mimos.

¿Quién no ha añorado un mimo, una caricia, una simple mano que coge la nuestra para darle toda la ternura que, a veces, tanto necesitamos? ¿No añoramos, en este mismo instante, aquellos dedos que, cariñosos, se perdían una y otra vez jugando con nuestra cabeza en una maravillosa caricia sin fin? ¿Hace cuánto que no cogemos una mano para darle un poco de calor humano? ¿Cuándo fue la última vez que acariciamos la mejilla de otro o que permitimos que sus dedos se perdieran en nuestra cabeza, o en nuestra espalda…? El lenguaje de los dedos es universal y a todos (o a casi todos), nos gusta. Sin embargo lo hemos circunscrito al reducidísimo núcleo de las personas que forman nuestro mundo más íntimo y, lo que es peor, quizá a fuerza de reprimir la expresión de nuestras sensaciones, lo hemos relegado, en la mayoría de los casos, a utilizarlo sólo en contadas ocasiones, normalmente cuando tenemos, o queremos tener, relaciones sexuales. Una caricia no tiene que tener necesariamente una connotación sexual; una caricia es un mundo infinito donde caben la ternura, el cariño, el juego, el querer ayudar o animar al otro, el aproximarnos sinceramente a ese otro, el mostrar nuestra afectividad…

Cada cultura tiene sus propias costumbres con respecto a las caricias y al contacto físico. No se parecen en nada las costumbres de los países latinos a las de los anglosajones, los japoneses o los chinos. En ocasiones, lo que para un latino es una muestra de cariño o de afectividad, para un anglosajón puede ser un gesto agresivo porque invade su espacio vital. Quizá sea esta otra de las razones (entre las innumerables que encuentro) por las que, decididamente, prefiero el sur para vivir. Si aquí, en mi adorado sur mediterráneo, caliente y latino encuentro a faltar calor humano, la utilización de las caricias, miradas y abrazos como forma de relacionarnos unos con otros, no quiero pensar cómo me sentiría teniendo que vivir en el alejado y gélido norte…

Y ya que estamos hablando de mostrar sentimientos, quiero hablaros ahora de uno de mis placeres favoritos: el del ronroneo. La Real Academia Española de la Lengua define el verbo ronronear como “producir el gato una especie de ronquido, en demostración de contento”. Esa es la clave: demostración de contento. Reivindico el placer del ronroneo también para los seres humanos. ¿No lo habéis probado nunca?  Si es así os estáis perdiendo uno de los máximos placeres que ofrece la naturaleza. Pocas cosas pueden ser más agradables y placenteras que ronronear mientras nos dan un buen masaje en la espalda, nos rascan la cabeza o nos estrujan las manos con fuerza, porque al añadir el ronroneo al placer de esos sibaríticos deleites, se produce una especie de efecto multiplicador y el placer es ya absoluto. Pocos placeres hay en la vida como el del ronroneo, creedme. Tengo la fortuna de que lo primero que me hacen al entrar a trabajar son mimos. Es una de las innumerables ventajas de ser actor: la sesión de maquillaje. Es mucho mejor empezar el día con una sesión de mimos que aguantando broncas y prisas estresantes. La vida se ve diferente empezando el día con ese celestial momento, y más si no dejamos de ronronear relajadamente mientras dura… Atreveros a ronronear en los momentos de placer y os aseguro que nunca más dejaréis de hacerlo ¡Probadlo, de verdad, no os recatéis! ¡Ronronead!

Un abrazo, una mirada, una simple caricia o un ronroneo… son tantas las formas que tenemos de demostrar a los demás que les queremos, que queremos verles felices, que nos hacen felices… son tantas y tan bonitas las formas de hacerles sentir lo importantes que son en nuestras vidas… y, sin embargo, son tan pocas las veces que lo hacemos, que de verdad nos permitimos hacerlo, son tan pocas las ocasiones en que nos atrevemos a mostrar nuestros sentimientos… Os lo digo por experiencia, cuando hace tres años tuve un infarto y pensé que no saldría de allí, lo único que de verdad eché de menos fue poder mirar, acariciar y abrazarme por última vez con mis seres queridos. Por mi mente pasaron todas las oportunidades perdidas de mostrar mi cariño con la gente a la que quiero, a la que no quiero o a la que, simplemente, no conozco… ¡Y me di cuenta de que fueron tantas, pero tantas, las ocasiones perdidas! Así que, desde entonces, tengo una cosa muy clara: no pienso llevarme ni un solo abrazo a la tumba. Por eso no os extrañe que, si nos vemos cualquier día por la calle, os de un abrazo enorme: estaré diciéndoos que os quiero, que me hacéis feliz y que sois importantes para mí.

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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