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Cine: Arte y reflexión

Hoy quiero hablar de un grave problema que, de una u otra manera, nos afecta a todos: el del riesgo de marginación por el trabajo. La marginación de los inmigrantes, de los parados y de los jubilados, la marginación en fin de todos aquellos que nuestra sociedad desecha porque ya no son “productivos”, “económicamente rentables” ni “consumidores potenciales”. En un mundo condenado a crecer para subsistir no sólo no son necesarios, son prescindibles. Ese nuevo dios que hemos creado, el mercado, que nada sabe de ideales o de sentimientos, tampoco quiere saber nada de ellos: son los desechos de un sistema injusto y cruel al que eufemísticamente hay quien llama libre. Porque, no nos engañemos, en este  irracional mundo en el que tenemos que vivir, hoy cualquiera de nosotros es absolutamente prescindible y el riesgo de vernos en el paro y sin espectativas de encontrar un trabajo es más alto que nunca. 

Me gustaría, si quieres, que nos acompañe ahora la inolvidable voz de Mercedes Sosa con una canción que habla de todo esto y mucho más: “Los hermanos”, de Atahualpa Yupanqui.

 

Para tratar este tema he escogido tres fantásticas películas que abordan magistralmente esta problemática: “RETORNO A HANSALA”, de Chus Gutiérrez, que cuenta el drama real de la inmigración; “LOS LUNES AL SOL”, de Fernando León de Aranoa, que nos muestra la dureza de ser un parado sin posiblidaddes de encontrar un trabajo digno, y “LUGARES COMUNES”, de Adolfo Aristaráin, donde vivimos la inhumana sensación de que la sociedad nos diga que ya somos demasiado viejos para ser útiles, cuando nos sentimos en lo mejor de la vida. Las tres películas aportan una mirada personal y nos invitan a reflexionar sobre el sinsentido del mundo que hemos creado. Esa es una de las grandes virtudes del cine, que, además de mera diversión o entretenimiento, puede conjugar dos de los pilares fundamentales que forman lo que es el ser humano: el arte y la reflexión.

“RETORNO A HANSALA”, de Chus Guitierrez, surge a raíz de la noticia aparecida en la prensa de que trece marroquíes de un mismo pueblo, Hansala, han muerto ahogados frente a la orilla intentando llegar a España para encontrar un trabajo, el trabajo que su lugar de origen no les podía dar. Chus Gutierrez elige el viaje de vuelta, el de los ataúdes, para acercarnos a la realidad de ese pequeño pueblo perdido en el Atlas marroquí del que aquellos jóvenes habían partido cargados de sueños y alegría. Son los verdaderos vecinos de Hansala, los propios familiares de esos jóvenes muertos, los que participan en la película para contarnos su realidad, esa realidad tan diferente a la que nosotros imaginamos, pero tan parecida a la que sentimos, porque los sentimientos, los sueños y las ilusiones nada saben de fronteras, de lenguas o de razas…

¿Qué es lo que puede empujar a un hombre a dejar su pueblo atrás, a emprender un viaje que le aparta de sus raíces y de todo lo que conoce, a jugarse la vida para adentrarse en un mundo nuevo totalmente desconocido?. Cada uno tendrá sus propias razones, pero estoy convencido de que todos tienen una en común: La necesidad de sobrevivir y de poder ofrecer la vida a los suyos, a los seres a los que aman. Ése es el motor que les empuja a seguir adelante y a vencer todas las dificultades: el amor por su familia. Vienen aquí renunciando a estar con ellos, les envían, cuando pueden, algún dinero todos los meses para que puedan ir tirando, hablan con ellos por teléfono o a través de internet, y están aquí, en un mundo que no es el que esperaban y que no les ha recibido como esperaban, solos, terriblemente solos. Algunos, los que tienen suerte, pasados los años pueden traerse aquí a su mujer y a sus hijos, una mujer y unos hijos que ya casi ni les conocen, porque sólo han convivido con su ausencia y con su recuerdo, que han soñado durante toda su vida con poder vivir felices en un mundo nuevo, sin saber que ese mundo les niega y les cierra todas las puertas porque han nacido más allá de sus fronteras.

Hoy, cuando hay una verdadera caza y captura de inmigrantes ilegales, cuando una parte importante de la sociedad les culpabiliza de todos nuestros problemas, cuando el racismo y la xenofobia, como el huevo de la serpiente del fascismo, se van abriendo camino, películas como “RETORNO A HANSALA” son imprescindibles, porque nos muestran la realidad desde otro punto de vista que no conocemos, el de los inmigrantes. Recuerdo que, hace unos años, ví una exposición que se llamaba “En el corazón de las tinieblas”, homenajeando al título de la célebre novela de J. Conrad sobre la que se basó “Apocalypse now”. Aquella exposición hacía que el visitante se adentrara lentamente por diferentes salas medio en penumbra, a través de estrechos pasillos y pasarelas que le hacían sentir como si estuviese en una jungla africana. En las paredes se proyectaban documentales de la época que, con toda crudeza, mostraban la realidad del colonialismo, la explotación de las riquezas y hasta la caza de negros que los colonos belgas, encabezados por su rey, realizaban impunemente a diario. Las atrocidades eran impresionantes. De sala en sala el recorrido nos acercaba a la explotación de nuestros días y a las guerras que se auspician en los países subsaharianos desde nuestro confortable primer mundo. El caso del coltán es atroz pero terriblemente demostrativo: se crea una guerra entre distintas étnias dirigida y controlada por las principales potencias occidentales y sus multinacionales para conseguir abaratar el precio y asegurar el suministro de este mineral imprescindible para la fabricación de teléfonos móviles… Al finalizar el recorrido de aquella exposición, al fondo de un estrecho pasillo, se veían unas mesas iluminadas tras las que estaban sentados varios subsaharianos que, cuando llegabas frente a ellos, te invitaban a sentarte. No eran actores, eran inmigrantes reales que, sobre un mapa, te mostraban el camino que habían tenido que recorrer y el sufrimiento que habían soportado en el viaje que, a veces durante varios años, les había traído desde su pequeña aldea hasta aquí. Conocer aquella realidad de primera mano, conocer los nombres de esas personas,  ver sus caras que, mirándote a los ojos, te explicaban lo que habían tenido que pasar para estar frente a tí, que te contaran la dureza de la vida en su pueblo te hace ver la realidad con otros ojos, unos ojos capaces de ver y de hacerte entender que todos somos seres humanos, y que todos tenemos que tener los mismos derechos, que no debemos tener ningún privilegio por el simple hecho de haber nacido aquí y no allí… Y precisamente eso es lo que nos enseña una película como “RETORNO A HANSALA”.

Otra de las películas, “LOS LUNES AL SOL”, nos señala el valor de la amistad, de la verdadera amistad, como reducto al que aferrarse cuando realmente vienen mal dadas. Es el paro aquí quien expulsa de la sociedad a un grupo de seres humanos a los que les han querido robar hasta los sueños. Sólo el no renunciar a ellos, a sus ideales, a su propia identidad, les ayuda a levantarse cada mañana sin perder lo único que les queda: la dignidad. Esta película es uno de los más bellos cantos a la verdadera amistad que se han escrito jamás. Hoy que somos más de cuatro millones los que engrosamos las filas del paro, hoy que, más que nunca, los puestos de trabajo están en precario y quedarte en la calle es el pan de cada día, una película como “LOS LUNES AL SOL” es más necesaria que nunca.

Quiero que sean las palabras de su director, Fernando León de Aranoa, quienes hablen de la película: “ Caminan a diario las cuestas del trabajo eventual, las líneas de empleo, las salas de espera. Conocen los formularios del miedo, porque los rellenan a diario. Saben del tiempo y sus distintas velocidades, de la vergüenza y del decoro, saben de la desesperanza, del dolor y del silencio… El mapa con el que caminan es falso, lo sospechan hace tiempo, aunque nadie se lo ha dicho. Sabemos de su cotidiana supervivencia, de su obstinación, sabemos de su valor diario, mensual, de firme horizontalidad. Son ante todo esperanza, temblor, herida abierta… Esta es su historia. La de un presente que por falta de horizontes parece más bien pasado, el de un grupo de hombres sin trabajo, daños colaterales de la economía globalizada, que caminan por los callejones del sistema buscándole a la vida las salidas de emergencia… Quisieran detener por un momento los relojes, hacer inventario de dudas, de errores, quisieran retroceder hasta el lugar donde equivocaron el camino, empezar de nuevo, haber sabido entonces lo que saben ahora. Se dicen a diario que todo va a cambiar, mañana, pasado, el mes que viene. Que las cosas van a ser de otra manera, no importa cuál, de otra. Por eso imaginan lo vivido, el prólogo mal escrito de lo que sin duda será una buena historia, una historia de violines y atardeceres, de besos largos y copas altas de champán…Que por una vez los protagonistas sean ellos… Que los finales sean felices a veces y a veces no, que sean abiertos, sencillos, amargos, que sean hermosos o trágicos, que sean como quieran, o como quiera que deban ser los finales, pero que sean siempre un principio. Que el cine se ocupe de lo que tiene cerca, de lo que olvida porque no lo ve claro, porque no lo quiere ver. De sus historias cercanas, habituales, prodigiosas.”

Y si “LOS LUNES AL SOL” nos ofrece la amistad como asidero al que agarrarnos para no caer, la última película de la que quiero hablar hoy, “LUGARES COMUNES”, nos dice que ese asidero, ese último asidero que nos puede salvar es el amor. ¿Qué hacer cuando, de repente, sin previo aviso, te entregan una carta en la que te dicen que ya no sirves, que ya no eres útil, que ya no te quieren , que ya no cuentan contigo, que no eres más que una carga, que te jubilan lo quieras o no…?, ¿ Qué hacer cuando, un día, de la noche a la mañana, te roban todo tu mundo?, ¿Cómo vivir esa situación en la que ni si quiera puedes elegir, en la que no tienes ni la más minima oportunidad de rebelarte y ganar?, ¿Cómo replantearte lo que te queda de vida con una pensión que no te llega y con todas las puertas cerradas…? Son tantas las cosas que en ese momento te quedan por hacer, tantas las que te quedan por decir, las que puedes hacer por ayudar a los demás, por compartir tu experiencia y tu mundo con los demás… y es tanto lo que pasa a tu alrededor y no entiendes, tanto lo que no quieres entender porque sabes que no es más que un paso sin vuelta atrás en el camino de la abyección y del sinsentido de un mundo que se devora a sí mismo, de un mundo que agoniza y que está dando sus últimos estertores… El mundo que venga después, el que hayan creado ellos, poco o nada te importa, porque será un mundo donde todas esas cosas como la justicia, la verdad, la dignidad, el derecho a la diferencia y a la igualdad de derechos, todas esas cosas en las que creías y que te hacían mantenerte vivo, hermosa e intensamente vivo, habrán dejado de ser importantes, o habrán desaparecido… Tu mundo, aquel mundo en el que todavía vivía la poesía porque palabras como solidaridad, generosidad o altruísmo tenían sentido, habrá dejado, inexorablemente, paso a otro mundo duro y frío, un mundo que sólo entenderá atroces vocablos como rentabilidad, optimización, recursos o beneficio.

Cuando llega ese momento en el que te roban todo tu mundo son muchas las preguntas que te haces, algunas giran sobre la incertidumbre que plantea el futuro, pero esas son las que menos importan, las verdaderamente importantes son las que cuestionan lo que hemos hecho en la vida. ¿Qué hemos hecho realmente?, ¿En qué hemos contribuído a mejorar el desdichado mundo que nos encontramos?, y sobre todo, ¿Qué clase de hijos tengo?, ¿Qué valores les he transmitido?, ¿Habré triunfado como padre al haberles educado para la felicidad, para que puedan ser y sean felices, o seré un fracasado que no ha hecho más que nuevas piezas que harán girar y girar el engranaje de este absurdo mundo que nos ha tocado vivir?

Como decía antes, “LUGARES COMUNES” nos propone el amor como el más firme reducto al que aferrarse para vivir la vida, y lo hace contándonos una bella historia de amor, la historia de amor entre dos personas marginadas de la noche a la mañana por el simple hecho de haber alcanzado una edad, la de la jubilación forzosa, esa edad que nada tiene que ver con el ser humano, con el individuo y sus capacidades, sino con la necesidad que tiene el sistema de renovar su combustible, de inyectar sangre joven al motor de ese alocado tren que no nos lleva a ninguna parte. Usar y tirar, esa es la nueva ley que todos, empeñados en intentar llegar a fin de mes, parecemos olvidar. Fernando (Federico Luppi, inmenso, como siempre) y Liliana (una Mercedes Sampietro que borda el papel de la mujer callada que parece no existir a la sombra de su amor y que, en realidad, es quien en silencio siempre está ahí, a su lado, para tenderle esa mano que le ayude a levantar) son esa pareja extraña en el mundo actual porque para ellos lo único que importa es estar juntos.

Pocas veces tenemos la oportunidad de sentir lo que ellos sienten, de amar como ellos aman, de vivir como ellos viven. Son muchas las películas que cuentan historias de amor. Amores locos, amores imposibles, amores silenciados… pero muy pocas lo hacen como “LUGARES COMUNES”. Estamos acostumbrados a ver grandes historias de amor en el cine (Doctor Zivago, Memorias de Africa, El paciente inglés, Casablanca, …) Son historias maravillosas que nos llegan muy adentro porque todos, aunque sólo haya sido por un instante, las hemos vivido, o cuando menos hemos soñado vivirlas… pero todas ellas tienen un denominador común: son amores truncados por la muerte, por la vida, o por eso que llaman destino. En ellas nos sentimos reflejados por la fuerza de un amor que nada sabe de barreras ni fronteras, por la irresistible fuerza de ese amor por el que, aunque sólo lo hubiésemos rozado, valdría la pena haber vivido… nos sentimos identificados en ese amor que se trunca de repente y que permanece en el recuerdo, que habita lo más profundo de nuestra alma y que, por ello, supera el tiempo en el que le tocó vivir…

“LUGARES COMUNES” va más allá de ese espacio y ese tiempo, porque es un canto y un grito de esperanza. Un canto al amor del día a día, al amor de los pequeños momentos de una vida, esos insignificantes gestos y silencios que hacen que nos sintamos amados tal y como somos, sin necesidad de grandes aventuras ni proezas, simplemente tal y como en realidad somos, porque Liliana y Fernando no son más que lo que somos todos nosotros: seres que habitan en un mundo que no eligieron, un mundo agresivo, violento y despiadado al que, a su manera, intentaron cambiar para hacerlo más humano.

“LUGARES COMUNES” es una película que nos habla del Amor, con mayúscula, y que nos recuerda el verdadero significado de tres palabras que pudieron haber cambiado el mundo, pero que hemos encerrado en la prisión del olvido: Libertad, Igualdad y Fraternidad. Y nos propone que las desempolvemos y volvamos a darles brillo no con nuestras palabras, sino con nuestro ejemplo, estemos donde estemos y hagamos lo que hagamos porque, como dice Abraham Verghese, “No somos de donde nacemos, sino de donde nos necesitan”.

Tengo que decir que la escena en la que Luppi coquetea con la encargada de la biblioteca de una oficina de asuntos rurales ante los atónitos ojos de su amigo del alma es, posiblemente, una de las escenas de amor más entrañables que he visto jamás. Nada mejor que esa escena cargada de amor y de esperanza para acabar esta entrada. Os dejo con ella. Disfrutadla…

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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