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Castings, castings, castings…

Hoy me gustaría hablar de algo que todos los que estamos en este mundillo de la interpretación conocemos bien: los castings. Y los conocemos bien porque, o hemos hecho un montón, o hemos soñado tanto con hacer el primero que ya creemos que los conocemos de memoria. Nuestra vida, la de los actores, gira siempre en torno a los castings: si los hay, porque estamos nerviosos preparándolos, y si no los hay, porque estamos histéricos pensando en que se han olvidado de nosotros o, en el mejor de los casos, en saber cómo pagaremos el alquiler este mes o qué podremos cenar esta noche. Lo cierto es que haya o no haya castings, nuestra vida siempre gira alrededor de ellos.

Pero no pensemos que los actores consagrados ya no tienen que hacerlos, porque en muchos casos los siguen haciendo, o que nunca han tenido que hacerlos porque tienen tanto talento y son tan fantásticos que no les ha hecho falta. Como muestra aquí tenéis el casting que hizo Marlon Brando para “Rebelde sin causa”. Al final no le cogieron, prefirieron a James Dean. Sin embargo no deja de ser gratificante ver a todo un Marlon Brando dando una lección de interpretación y aceptar, humildemente, ofrecer un perfil, luego el otro, y una vuelta completa, como el más inocente de los principiantes. Quién podría pensar que ese actor de 23 años que estaba dando sus primeros pasos (su experiencia, según consta en la claqueta de la prueba, era de tres años), llegaría a ser el monstruo de la interpretación que llegó a ser, o que un personaje tan humilde llegase años después a los rodajes haciendo que sus textos se colgasen en las paredes que estaban fuera de cuadro o en la frente de los actores que, de espaldas a cámara, le daban sus réplicas. Llegó a exigir tanto en los rodajes y a dominarlos de tal manera que se cuenta la anécdota de que, empeñado en que un director le rodase una escena integramente en primer plano, al ver que no le hacía caso y que la iba a rodar en el plano americano que había planificado previamente, se bajó los pantalones en medio del set y rodó toda la escena en calzoncillos. En fin, ahí le tenéis uno de sus primeros castings.

 

No hace mucho escuché a José Coronado comentar que, aunque en muchas ocasiones le llegan propuestas de papeles escritos pensando en él y que no tiene necesidad de hacer un casting, él prefiere hacerlos, porque, cuando siente las inseguridades esas que todos sentimos en un momento u otro cuando estamos frente a una cámara o frente a un escenario, a él le ayuda saber que la propuesta de personaje que hizo en el casting es la que aceptaron, que no está ahí porque suponían que podría dar ese personaje, sino porque ya lo había dado y lo habían aceptado. “Un casting”, dijo, “es una maravillosa oportunidad que tienes para que un director se enamore de tu personaje”. Esa es la clave: conseguir que nuestra propuesta, que nuestro personaje, sea el que el director necesite que haga la película. Eso es lo que le pasó a Francis Ford Coppola con el Michael Corleone de Al Pacino en la saga de El Padrino. Coppola estaba enamorado del Michael Corleone de Pacino, pero los estudios se opusieron frontalmente a que el peso de la película cayera sobre los hombros de un actor todavía no consagrado y que se apartaba tanto del perfil de las superestrellas o de la imagen de los gangsters, como se apartaba Pacino. Coppola luchó hasta la extenuación para conseguir que le aceptaran. De hecho durante el casting tuvo que aceptar que James Caan también hiciera la prueba para el personaje de Michael Corleone porque los productores no querían a Pacino de ninguna manera. Pacino siempre recuerda que, avanzado ya el rodaje, no se sentía querido en el set y que incluso en más de una ocasión le dijo a Coppola que no aguantaba más y que lo dejaba, pero que no lo dejó por la insistencia de Coppola. Aquí tenéis las pruebas que hizo e incluso la que tuvo que hacer, contra su voluntad, el propio James Caan, mucho más consagrado como actor que Pacino en aquella época.

En muchas ocasiones, todos lo sabéis, que nos den o no el papel no depende de nuestro trabajo, de nuestra forma de hacer, sino de factores totalmente ajenos a nosotros, como nuestra imagen, la idea que tiene el director del personaje, las exigencias de un nombre de los productores, la “química” con el resto del reparto, o factores incluso mucho más subjetivos y dificilmente asumibles como que una de las personas encargadas de tomar la decisión final se empeñe en no darte el papel a ti porque “no te ve”, a pesar de lo mucho que insiste el director o el director de casting en que tú sí que puedes hacerlo. Es muy dificil poder argumentar algo consistente cuando el único argumento que exhibe la parte contraria es tan subjetivo como el “es que no le veo”, y más si esa parte contraria es la que pone el dinero en el proyecto. Para que veáis que incluso a los mejores les puede pasar eso, aquí tenéis la prueba que Robert de Niro hizo para el personaje de Sonny de El padrino I, que finalmente interpretó James Caan.

Son muchas las historias y las anécdotas que hay tras los castings de los grandes papeles de la historia del cine. Una de las más conocidas es la “Escarletmanía” que se desató para conseguir el papel de Escarlata O´Hara en “Lo que el viento se llevó”. Todas querían hacerlo, y todas estaban dispuestas a todo para conseguirlo. Se cuenta que David O. Selznik, su director, tuvo que refugiarse en el vagón del carbón de un tren huyendo de una actriz que le perseguía de vagón en vagón vendiéndole sus excelencias para interpretar ese papel. Un día, incluso, se recibió un paquete en el despacho de Selznik que especificaba que debía abrirse inmediatamente. La sorpresa de la secretaria fue mayúscula cuando, al abrirlo, apareció una actriz declamando las frases de Escarlata por toda la oficina. Encontrar a Escarlata fue una de las tareas más difíciles a las que se enfrentó Selznik. De hecho empezó a rodar la película sin tenerla. Mientras rodaban la secuencia del incendio de Atlanta, el hermano de Selznik se fijó en la joven actriz que acompañaba a Laurence Olivier, que había sido invitado a visitar al rodaje. En cuanto la vió se acercó a ella y le dijo a su hermano: “Te presento a Escarlata O´Hara”. Era Vivien Leigh, y la incluyeron en la terna final de candidatas junto a Jean Arthur, Joan Bennett y Paulette Godard. Pocos días después le confirmaron que el papel era suyo. Aquel día nació esa Escarlata O´Hara con la que todos hemos soñado alguna vez.

Y si, a veces, un papel puede salir así, como por un capricho del destino, en otras, la mayoría, hay que trabajarlo muy duramente y estar dispuesto a apostarlo todo por conseguirlo, como hizo Sean Penn cuando, a principios de los 90 atravesaba una época de vacas flacas y su representante le informó de que Brian de Palma iba a empezar a rodar una película de gangsters protagonizada por Al Pacino y que estaba buscando un actor versátil para uno de los principales papeles de la película. Penn no lo dudó y se presentó en el set con la cabeza medio afeitada para marcar unas grandes entradas, el pelo rizado y teñido, y un cojín bajo la camisa para aparentar 20 kilos de más. En cuanto de Palma le vió entrar así supo que ya tenía a su David Kleinfield, el abogado corrupto que buscaba para su “Carlitos Way”.

Sin embargo, aunque a veces pongamos toda la carne en el asador, hay papeles que pasan frente a nosotros y que, en lugar de cambiar nuestras vidas, cambian las de otros. Es lo que le pasó, entre otros muchos, a Kurt Russell, que no consiguió hacerse con el papel de Han Solo en “La guerra de las galaxias”, que finalmente hizo Harrison Ford. Aquí tenéis el casting que hizo un jovencísimo Ford al que cuesta imaginarse en los papeles y registros que le hemos visto interpetar después.

 

La historia del cine está llena de actores que aspiraron o en los que se pensó para un papel que luego vimos encarnado en otro actor y que nos parecería imposible que hubiera sido interpretado por otro. Por ejemplo, el papel de Sharon Stone en “Instinto Básico” había sido ofrecido primero a Emma Thompson; uno de los candidatos a sustituir a Sean Connery cuando decidió dejar de hacer las películas de James Bond fue un Burt Reynolds que estaba dando sus primeros pasos y que fue descartado por el director de casting porque creía que era un “simple” especialista. A veces nos sorprende saber quienes estuvieron a punto de hacer papeles que todos recordamos: el Neo de Keannu Reeves en Matrix fue ofrecido a Tom Cruise, Ewan Mcgregor, Leonardo di Caprio, Will Smith, Johnny Depp, Brad Pitt o Val Kilmer, y el Morfeo de Laurence Fishburne, lo fue a Sean Connery, Gary Oldman o Samuel L. Jackson.

A veces cuesta imaginarnos que los principios de los más grandes fueron tan descorazonadores como lo pueden ser los de la mayoría de nosotros. El destino es caprichoso, y a veces se divierte jugando con nosotros. Dustin Hoffman fue elegido para interpretar el papel que cambió su vida, el de “El Graduado”, en 1967. Pocos meses antes, tras años de duro trabajo como camarero, vendedor de juguetes y conserje para pagar sus estudios en el Actor´s Studio mientras esperaba una oportunidad, había rodado un anuncio para volkswagen. Aquí lo tenéis.

Y si, a veces, nos cuesta imaginarnos cómo serían algunos peronajes encarnados por otros actores, es todavía mucho más difícil imaginar cómo eran los actores y actrices que conocemos ahora en sus comienzos y, sobre todo, las cosas que tuvieron que hacer. Aquí tenéis una pequeña muestra.

Y ya que hemos visto que los principios no fueron fáciles para nadie, que todos hemos tenido que currar y arriesgar mucho para estar donde estamos, que los resultados, muchas veces, no dependen de nosotros ni de nuestra capacidad o talento, sino de cosas totalmente ajenas a nosotros o a nuestro trabajo, que esto es una carrera de resistencia muy larga, dura y solitaria,y, sobre todo, que si estamos aquí es porque amamos esta maravillosa profesión por encima de todo, disfrutemos cada segundo de nuestro trabajo cuando lo tengamos y no olvidemos a todos los que siguen intentándolo con la misma ilusión y talento que nosotros, y que siguen esperando que alguien les dé una oportunidad. Tendámosles siempre esa mano amiga que nos tendieron o que nos hubiera gustado que nos hubiesen tendido.

He dejado para el final de esta entrada el casting que hizo una de mis actrices favoritas para su primer gran papel. Es Audrey Hepburn en “Vacaciones en Roma”, junto al consagradísimo Gregory Peck. En este vídeo conocemos que William Wyler, el director de la película, estaba, como diría Coronado, enamorado del personaje que podía crear Audrey Hepburn y la quería a toda costa en su película. Por ello le pide al director de casting que les diga al cámara y al sonidista que, aunque oigan “corten”, la sigan grabando sin que ella se dé cuenta para conseguir tenerla en cámara tan relajada y maravillosa como él la ve y no ha podido tenerla en las audiciones porque los nervios la traicionaron. El papel fue para ella. Tras la muerte de Gregory Peck nos enteramos de que él exigió que el nombre de Audrey apareciese exactamente igual que el suyo en los títulos de crédito, a pesar de ser él una estrella consagrada y ella una principiante que sólo había hecho pequeños papeles hasta entonces y que nunca se lo dijeran. Ni Wyler ni Peck se equivocaron con ella. Ganó el oscar a la mejor actriz protagonista por este papel. Estas son las maravillosas cosas que sólo pueden pasar en nuestra adorada profesión. Os dejo con ella. Disfrutadla.

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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