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“Bajo el fuego”, corresponsales de nuestra propia guerra

Hoy me gustaría tratar de los corresponsales de guerra y de cómo el cine enfoca, a veces, su papel en los conflictos. Son muchas las películas que han abordado este tema, pero yo he elegido dos, “Bajo el fuego” y “Las flores de Harrison”, para hablar de ello, porque me identifico plenamente con  lo que plantean. Son muchas las cuestiones que hay que hacerse: ¿Debe el periodista permanecer siempre neutral en un conflicto?, ¿Puede permanecer neutral viendo la injusticia y el horror que hay a su alrededor?, ¿Es lícito no tomar partido?, ¿Es lícito tomarlo?, ¿Debe el periodista contar siempre la verdad?, ¿Tiene que contar la verdad cuando llega a sus manos, o puede retrasar deliberadamente su publicación para beneficiar a una de las partes?, ¿Dónde está la frontera entre el periodismo y la propaganda?, ¿Existe realmente la libertad de expresión…?

“Las flores de Harrison” nos cuenta la historia de una periodista norteamericana que recibe la noticia de que su marido,  avezado corresponsal de guerra, ha muerto en el conflicto de la antigua Yugoeslavia. Para el mundo no es más que la muerte de otro periodista; para ella es todo su mundo el que ha muerto. No puede creerlo, no puede aceptarlo. A partir de ahí ella empieza a cuestionárselo todo, no puede creer que eso le pueda estar pasando a ella y, convencida de haberle visto vivo en una fugaz imagen de un reportaje en la televisión, emprende su desesperada búsqueda a través de los horrores de la guerra.

Una de las cosas más impactantes de la película es hacer que sintamos desde el primer momento todo el salvajismo de la guerra en nuestra propia carne. Para ello utiliza a la protagonista (una Andie Macdowell a la que identificamos como perfecta mujer joven y atractiva occidental cuya vida, al menos en la imagen que tenemos de ella, está muy alejada de cualquier tipo de conflicto, problema u aventura), y la utiliza ubicándola sin previo aviso en un conflicto bélico brutal, tan brutal como cualquier otro. La sensación que tenemos del choque de la frágil imagen de esta mujer con la crudeza de la guerra es desgarradora. A partir de ese momento nosotros mismos, los espectadores de la película, nos encontramos inmersos en el sinsentido de la guerra, una guerra que no permite escapatoria, una guerra que cuestionará todos nuestros principios, desde el primero hasta el último. La forma en que la película plantea su llegada a la antigua Yugoeslavia es brutal. Recién aterrizada en Viena, alquila un coche para iniciar el viaje en busca de su marido desaparecido. En el mismo aeropuerto un joven estudiante yugoeslavo que necesita volver a su país para ayudar a su familia le pide que le lleve en su coche. Ella acepta, emprenden el viaje, cruzan la frontera, se acercan a la zona en conflicto y… descubren una realidad que es peor, mucho peor que la más terrible de las pesadillas.

Si quieres, esta impresionante nana cantada por Yasmin Levy en la que, como en “Las flores de Harrison”, una madre le dice a su hijo que su padre pronto volverá, nos puede acompañar ahora.

Viendo “Las flores de Harrison” no podemos evitar hacernos muchas preguntas: ¿Cual es el papel de los corresponsales de guerra en la actualidad?, ¿Son realmente contadores de la verdad, o meros instrumentos de las partes en conflicto?, ¿Son acaso simples marionetas del más fuerte? Acaba de inaugurarse una exposición excepcional en el Círculo de Bellas Artes de Madrid sobre las fotografías de dos de los pioneros en la labor de los corresponsales de guerra: Robert Capa y Gerda Taro. Ellos, anticipándose a su tiempo, en la guerra civil española, en 1936, en lugar de retratar a generales victoriosos o vistosos desfiles militares llenos de pompa y circunstancia como se hacía hasta entonces, optaron por retratar los rostros anónimos de los que sufren, los rostros del dolor y de la angustia, los rostros de los derrotados, de las mujeres y los niños inocentes que mueren en todas las guerras, los rostros atónitos de los ancianos que miran sin entender lo que está pasando, los rostros anónimos de lo que en verdad son las guerras, todas las guerras. El ejemplo de Capa y Taro fue seguido por muchos más, muchos que hicieron posible que la gente se diera cuenta de lo que, más allá de banderas y de consignas patrióticas y patrioteras, hay detrás de todas las guerras: la barbarie humana. Todos los historiadores coinciden en señalar la importancia de la prensa en el desenlace de la guerra de Vietnam. Fue el traer a los hogares de los norteamericanos las imágenes reales de la masacre que se estaba cometiendo lo que definitivamente hizo que la opinión pública tomase partido contra la guerra y obligara a su gobierno a retirarse perdiendo la primera guerra de su historia. Desde entonces el control y el manejo de la información por parte del gobierno norteamericano se ha hecho exhaustivo, eliminando la libertad de información de facto ya que, desde entonces, obligan a los corresponsales de guerra a ir incrustados en su ejército, argumentando que de no hacerlo así no pueden garantizar su seguridad. La censura es obvia desde ese punto de vista ya que sólo les permiten ver lo que militarmente interesa que vean y transmitan, y les ocultan lo que militarmente no interesa que se sepa. En las guerras del siglo XXI quien controla la información tiene gran parte de la guerra ganada. Por eso lo primero que hace cualquier ejército cuando realiza una operación militar es decretar el bloqueo informativo (el caso más reciente es el del ataque israelí al convoy humanitario en el que nueve voluntarios fueron asesinados a balazos, del que no tuvimos más imagenes que las facilitadas por el ejército israelí durante los primeros días, en los que no tuvimos acceso a la versión de los voluntarios que fueron atacados).

Y si está claro que la primera víctima de la guerra es la verdad, ¿cual es entonces el papel de los corresponsales de guerra, y cual debería ser?. Los que se limitan a ir incrustados en los ejércitos regulares, en la mayoría de los casos, son mera correa de transmisión de lo que militarmente le interesa a ese ejército. El caso de Julio Anguita Parrado muerto en la guerra de Irak mientras cubría la información estando incrustado en el ejército norteamericano es una excepción. Y son mera correa de transmisión porque tienen su libertad de acción muy recortada y absolutamente controlada. Empezando por el selectivo proceso de acreditación para poder ir incrustado en ese cuerpo de ejército, que ya es el primer filtro y la primera censura descarada, pasando por la constante amenaza de retirarle la autorización arbitrariamente en función de lo que publique, a otras medidas de ejercer el control absoluto sobre la información, como son las presiones políticas para que destituyan a determinados corresponsales no afines con la política del gobierno de turno. En este sentido un caso flagrante es el de Ricardo Ortega, corresponsal de Antena 3 en la guerra de Irak que fue destituído por las presiones políticas recibidas por el marcado cariz antibelicista de sus crónicas. Pocos meses después, cubriendo como free lance una información de unas protestas callejeras en Haití, Ricardo Ortega fue asesinado. Otro caso muy reciente en la memoria de todos es el del asesinato del cámara José Couso en Irak, abatido por un tanque norteamericano que, deliberadamente, disparó contra el hotel donde se refugiaba la prensa, la prensa libre que no iba incrustada en sus filas.

“Bajo el fuego” es la otra película de la que quería hablaros hoy. Ambientada en la Nicaragua  de finales de los setenta que lucha contra la dictadura de Somoza, un mero títere de los Estados Unidos, nos cuenta la historia de un fotógrafo especializado en conflictos bélicos (Nick Nolte) que acude allí para intentar entrevistar al líder del movimiento sandinista, la guerrilla revolucionaria que está en armas contra el ejército regular de Somoza. Allí vive una intensa historia de amor con otra periodista norteamericana (Joanna Cassidy), divorciada de un corresponsal norteamericano ya en el final de su carrera (Gene Hackman) que es asesinado en las calles de Managua.

La versión oficial del gobierno somocista, refrendada por el norteamericano, de este asesinato oculta la verdad y dice que el periodista ha sido abatido por la guerrilla sandinista. Son precisamente las fotografías que toma Nolte del asesinato de Hackman las que, al publicarse en los Estados Unidos, desemascaran la versión oficial de su muerte y, al obligar a interrumpir la ayuda norteamericana a Somoza, facilitan su caída y el triunfo de la revolución sandinista. Una de las secuencias más impactantes de la película es cuando Joanna Cassidy está en un humilde bar de Managua y en la televisión aparecen las escalofriantes imágenes del asesinato de su exmarido. Ella empieza a llorar y una mujer nicaragüense, ya mayor, se le acerca y le dice que mientras los que morían eran miles de nicaragüenses a nadie le importaba y los Estados Unidos seguían financiando y apoyando el régimen dictatorial de Somoza, pero que ha bastado que muriese un sólo norteamericano para que todo cambiara. Esa es otra de las duras verdades de las guerras actuales: tienen muertos de primera, muertos de segunda y las siempre inevitables “víctimas colaterales”, sádico eufemismo para referirse a los miles de civiles inocentes asesinados.

Uno de los temas que más directamente aborda la película es el papel de los corresponsales de guerra. En “Bajo el fuego” vemos como Rafael, el líder sandinista, permanece en la clandestinidad y no accede a dejarse entrevistar por el reportero que encarna Nolte, a pesar de sus numerosos intentos por conseguirlo. Finalmente, cuando menos lo espera, los sandinistas le dicen que está dispuesto a recibirle y le llevan, a través de la selva, al campamento guerrillero donde descubre que Rafael, tal y como pregonan las emisoras de radio y televisión somocistas, ha muerto en combate. Los guerrilleros le piden que fotografíe a Rafael junto a un diario del día para acreditar que sigue vivo. El periodista sabe que eso es faltar a la verdad, pero también sabe que la confirmación de la muerte de Rafael supondría un durísimo varapalo a las aspiraciones sandinistas de tomar el poder y que podría alargar la guerra y el sufrimiento del pueblo nicaragüense mucho tiempo. El dilema al que se enfrenta el periodista no es sólo ocultar la verdad (la muerte de Rafael), sino crear y propagar deliberadamente una mentira ( la de que todavía está vivo). ¿Qué hacer entonces, mantenerte fiel a los principios y la etica de tu profesión, o seguir los dictados de tu conciencia y de tu corazón que te impulsan a tomar partido y ayudar a la causa que crees justa?, ¿Qué hacer cuando en tu mano está evitar la muerte de muchos inocentes, ser fiel a la verdad o a la justicia??

En la película Nolte opta por ser consecuente consigo mismo y, traicionando el código ético de su profesión, acepta fotografiar a Rafael y difundir la noticia de que todavía sigue vivo. Y lo hace porque entiende que la justicia debe estar por encima de la verdad, porque en ese lugar y en ese momento él, gracias a su profesión, puede ayudar a evitar el sufrimiento de muchos inocentes, puede contribuir a que se haga justicia, a que los pobres, los “nadies”, los perdedores y los margninados tengan, al fin, voz, y que tengan un gobierno que no sólo no les persiga, sino que, de verdad, les defienda. Antes os he dicho que he elegido esta película porque me identifico totalmente con las tesis que plantea. Y así es, porque, en cierta medida, todos somos corresponsales de guerra, de esas guerras silenciosas o silenciadas que siempre hay a nuestro alrededor, guerras sin bombas o sin balas, pero con tanta muerte, tanto dolor y tanto sufrimiento como en las otras. Y son tantas, de verdad, son tantas… Creo que todos debemos tomar partido, que debemos comprometernos y anteponer siempre la justicia a la verdad, el respeto a los derechos humanos a todo lo demás, que debemos hacer todo lo que esté en nuestras manos para ayudar a que otros vivan mejor, que podemos y debemos utilizar todo lo que somos y tenemos, y eso incluye obviamente nuestra profesión, para conseguir que haya más justicia en este mundo, y podemos hacerlo de muchas maneras, desde prestando nuestro apoyo activo a las causas en las que creemos, a simplemente utilizar todo lo que tenemos a nuestro alcance (nuestra posición pública en el caso de los artistas, por ejemplo), para hacer llegar a la sociedad los problemas de la gente que nos rodea y que necesita ayuda para resolverlos o, por lo menos, para hacerlos públicos. Nosotros no tenemos la solución de los problemas, pero formamos parte de los problemas porque formamos parte de la sociedad y, por ello, también somos parte de su solución. Los corresponsales de guerra se juegan la vida para informarnos de lo que está pasando en el mundo. Y lo hacen con la esperanza de que eso sirva para algo, de que eso sirva para que nosotros tomemos conciencia de lo que está pasando y hagamos todo lo posible por impedirlo. Si con esa información en nuestras manos callamos y miramos a otro lado, si simplemente la ignoramos, nos convertimos en cómplices de los verdugos que, cada día, en todas partes del mundo, violan los derechos humanos y asesinan a los más débiles protegidos por nuestro silencio cobarde y egoísta. ¿Podéis imaginar lo que debe pasar por la cabeza de cualquiera de esos corresponsales que han visto todo el horror y se han jugado la vida por denunciarlo cuando vuelven aquí, a su casa, y nos ven a nosotros tan confortablemente sentados en nuestras casas viendo el fútbol por la televisión o charlando con los amigos quejándonos de que el arroz de la paella está pasado, ajenos a todo lo que de verdad está pasando en el mundo?  Muchas veces se nos ataca a los actores diciendo que no podemos ni debemos mezclar nuestro trabajo con nuestras creencias o con nuestros ideales, pero no es eso lo que hacemos ya que, cuando manifestamos nuestra oposición a algo, cuando denunciamos algo o expresamos nuestro apoyo a algo, lo hacemos como ciudadanos libres y responsables a los que nos preocupa esa cuestión y que utilizan todos los medios que tienen a su alcance para intentar resolverla. Jamás cambiaremos un texto de Shakespeare en escena, no podríamos hacerlo, pero sí podemos expresar nuestra posición personal sobre algún tema y denunciar, por ejemplo, lo que está pasando ahora mismo con los inmigrantes sin papeles o con las víctimas del franquismo, si nos hacen una entrevista, aunque sea precisamente por haber estrenado ese Shakespeare. Sé que no todo el mundo piensa así, pero yo particularmente creo que, antes que actores, catedráticos, bomberos o fontaneros, somos ciudadanos, y como tales, si de verdad queremos ser libres, estamos obligados a expresarnos abiertamente para defender todo aquello en lo que firmemente creemos. Si dejamos que el miedo a perder un trabajo, a que no nos llamen más, o a que nadie venga a vernos al teatro, nos venza y nos calle, estaremos negándonos a nosotros mismos como personas, como ciudadanos libres, estaremos renunciando a ser quienes somos, y lo haremos como se ha hecho siempre: vendiéndonos por un triste plato de lentejas. No puedo permanecer callado viendo como, cada día, miles de niños mueren de hambre en el mundo para que nosotros podamos mantener nuestro nivel de vida o para que un puñado de especuladores sin escrúpulos se forren; no puedo permanecer callado cuando, cada día, nuestra policía detiene y expulsa a inmigrantes sin papeles que se han jugado la vida para llegar hasta aquí huyendo de la muerte y cuyo único delito es ser pobres y haber nacido en un país pobre; no puedo permanecer callado cuando en mi país no se pueden juzgar los crímines del franquismo y ciento trece mil familias buscan los restos de sus seres queridos desaparecidos durante la dictadura y que todavía hoy, tras 35 años de democracia, siguen enterrados en las cunetas o en fosas comunes; no, no puedo ni quiero permanecer callado ante las injusticas que veo a diario a mi alrededor. Yo quiero ser ese Robert Capa y esa Gerda Taro, yo quiero ser ese Ricardo Ortega, yo quiero ser ese José Couso o ese Julio Anguita Parrado para todos los que necesiten ayuda a mi alrededor y que mi testimonio y mi denuncia, como lo hicieron sus fotos y sus reportajes, permitan que, algún día, dejen siempre de perder los mismos.

Me gustaría acabar esta entrada con un pequeño homenaje a todos los que han caído luchando por un mundo más justo y más humano, y a todos los que, cada día, siguen luchando por conseguirlo. Es un montaje de algunas escenas de “Bajo el fuego”, acompañadas por la excelente banda sonora  que Jerry Goldsmith compuso para la película.

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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