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Ramón Gaya, el cuenco vacío de la creación

Adentrarse en el mundo poético y mágico de la pintura de Ramón Gaya es aceptar una invitación a viajar hasta ese no-lugar donde habitan la sensibilidad y la creación, en ese no-tiempo donde, más allá de la muerte, él sigue viviendo. Coincidiendo con el centenario de su nacimiento, acaba de publicarse su obra escrita completa, una obra que permite que sea el propio Gaya quien, mano tendida, nos guíe por todos los secretos de su universo creativo, un universo tranquilo, silencioso y sosegado en el que palabras como belleza, coherencia, ser o existir alcanzan todo su significado. Los escritos de Gaya son esa llave maestra que abre las puertas de ese mundo creado por él en el que, más allá de espacio o tiempo, es la realidad de la vida, la belleza, la que fluye para fundirse en un abrazo infinito con la realidad de nuestra existencia, el alma.

Hablar de Ramón Gaya es hablar de Venecia, y nada mejor que la canción que Loreena McKennitt le dedicó a ese mundo que es La Sereníssima. Si quieres que nos acompañe ahora, aquí la tienes.

Contemplar los solitarios cuadros de Ramón Gaya es como asistir en una sala de cine completamente vacía a una película de Theo Angelopoulos. La tranquilidad impasible del ser transita silenciosa y lentamente frente a nosotros, envuelta en la niebla del olvido, en esa bruma de la nostalgia que nos recuerda que aún estamos vivos. Sus imágenes de Venecia, esas imágenes ocres de los cincuenta que años después llena de luz, esos solitarios puentes sobre los que transita la gente bajo la lluvia, y, cómo no, sus susurrantes góndolas, esas góndolas que nos ayudan a cruzar la laguna de Estigia, son imágenes que nos recuerdan, como decía Tiziano, que el atardecer es la hora de la pintura. Para Gaya “La Sereníssima no es sólo una ciudad, un lugar, sino una… existencia, y nos hace, armoniosamente, ser personas de esa existencia suya. Porque si a Venecia le damos tiempo puede empujarnos, enseñarnos a ser, a ser nosotros… en ella, desde ella. Nos ofrece una posibilidad del ser y del vivir; nos da como un… sentimiento de vida, de la vida, un sentimiento nuevo, inesperado – o perdido – de vida. Porque Venecia es, ante todo, un espacio, una concavidad; es la palma de una mano – una mano extendida al aire, a la lluvia, a la luz – ; es un refugio abierto, expuesto a la intemperie. Nos acoge en su regazo, nos educa, nos madura; y nos regala una forma de estar, del estar, del sentirnos sin apenas movernos, ya que ese punto en donde por casualidad estamos, en donde por casualidad nos encontramos, es como un centro, un centro… suficiente… Lo veneciano, en pintura, no es una escuela, ni siquiera un concepto nuevo, distinto, de la pintura, sino una… reaparición de lo pictórico perenne, fijo, original originario. Venecia no inventa lo pictórico: lo deja, sencillamente, brotar, aflorar. El genio creador de los pintores venecianos fue sentir la presencia secreta, escondida, de la pintura, y dejar que ésta, por sí misma, apareciese, eso es todo. Venecia no ha inventado nada, fundado nada: ha sentido y escuchado en sí una verdad esencial – que no es suya ni de entonces, sino de todos y de siempre -, una verdad verdadera, que no se le ha ocurrido al hombre, sino que, mucho mayor y más antigua que él, le ha sido… prestada.”

Otra de las constantes en la vida y en la pintura de Ramón Gaya son los homenajes que dedica a todos los maestros a los que admira. De ellos llama poderosamente la atención su sobriedad, su sinceridad… y, sobre todo, un vaso vacío, ese vaso vacío que siempre aparece en sus cuadros, quizá concavidad o esa palma de la mano que para él es Venecia y que nos recuerda que para que la belleza pueda entrar en nosotros antes hemos de vaciarnos, vaciarnos de todos los prejuicios y absurdos juicios de valor que ahogan nuestros sentidos y eso que hemos dado en llamar razón. Los únicos vasos de Gaya que tienen agua son aquellos en los que ha dejado unas flores, símbolo quizá de esa vida que no debemos dejar marchitar…

Gaya es un maestro del silencio, de ese poderoso silencio que él ha escuchado tantas veces y que nos habla del amor, de la vida, de la belleza y de ese algo que, trascendiéndonos, seguirá vivo cuando nosotros hayamos muerto. “El arte no es una religión, sino una fe, y el artista grande no es nunca un sacerdote – como es siempre un sacerdote el artista pequeño, el artista artístico -, sino un creyente. Porque ser artista no es oficiar, sino creer… El gran arte no es nunca un problema, sino un destino; por eso se arrima tanto a la ignorancia abierta y huye del saber creado. El arte es Destino, y el día que esto se llegue a comprender dejaremos de oír todo ese estúpido rosario de obligaciones que los diferentes estetas le han echado siempre encima – que el arte debe ser bello, o moral, o expresivo, o imaginativo, o copiador, o abstracto -, y se caerá en la cuenta de que el arte, como destino que es, no lo podemos construir nosotros, ni siquiera hacerlo nosotros, sino escucharlo y cumplirlo.”

“Durante demasiado tiempo – ahora veo que mi exilio en México ha durado más de trece años – me había sentido… como desterrado, y no ya de mi país, o de Europa, sino de esa otra patria soterrada, más sustancial, que viene a ser, para un pintor, la Pintura.” Artista comprometido consigo mismo y con la época que le tocó vivir, amigo de sus amigos, como de Lorca durante la República o del viejo Bergamín en sus años de París, Gaya tuvo la valentía de ser fiel a sí mismo y de ser coherente con lo que él creía durante toda su vida, una vida vivida a contracorriente y marcada por la derrota, el exilio, la incomprensión y, a veces, el olvido, porque, como él decía, “un pintor es un hombre… igual que los otros, pero más gravemente, más vivamente herido por la realidad.”

Gaya, humanista donde los haya, también destacó como poeta. Uno de sus poemas, “De pintor a pintor”, dedicado a Tiziano, expresa como pocas veces se ha hecho lo que es la pintura, lo que es la creación, el proceso creativo. Leyendo estos versos no he podido menos que ver reflejados en ellos las sensaciones que los actores tenemos al enfrentarnos a la creación de un personaje, o los escritores al lanzarse a buscar la primera frase de su novela, quizá porque el proceso de crear sea el mismo y no dependa de los medios que utilicemos para hacerlo. ¿No son acaso un pincel, un lápiz, la cámara, nuestras manos o nuestro propio cuerpo, más que diferentes caminos que nos acercan al alma, no son acaso más que las llaves que empleamos para abrir la cerradura de nuestra imaginación para poder, al fin, volar libres?

DE PINTOR A PINTOR

“El atardecer es la hora de la pintura” (Tiziano)

Pintar no es ordenar, ir disponiendo,

sobre una superficie, un juego vano,

colocar unas sombras sobre un plano,

empeñarte en tapar, en ir cubriendo;

pintar es tantear – atardeciendo-

la orilla de un abismo con tu mano,

temeroso adentrarte en lo lejano,

temerario de tocar lo que vas viendo.

Pintar es asomarte a un precipicio,

entrar en una cueva, hablarle a un pozo

y que el agua responda desde abajo.

Pintura no es hacer, es sacrificio,

es quitar, es desnudar; y, trozo a trozo,

el alma irá acudiendo sin trabajo.

En este video Ramón Gaya nos ofrece su personal punto de vista sobre el proceso creativo, un proceso que él entiende se debe recorrer necesariamente en solitario.

Os dejo con unos fragmentos del corto documental de Gonzalo Ballester con la voz del propio Ramon Gaya contándonos sus impresiones sobre Venecia…

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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