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Haris Alexiou: un himno a la libertad

 Haris Alexiou es, posiblemente, una de las voces más bellas del Mediterráneo. Todo en ella es pasión y verdad. Su música puede llegar a lo más hondo de nosotros mismos, porque sus canciones hablan de todas esas cosas que todos conocemos tan bien: la soledad que hay en el interior del ser humano, las ausencias, todas las ausencias, lo que pudo haber sido y no fue, lo que es, el amor, el desamor, la pasión, la falta de cariño, los silencios que hablan, la falta de comunicación, la libertad, el aislamiento, el compromiso con las causas justas, la incomprensión de lo que nos rodea, la belleza contemplada, la perdida, la soñada o la anhelada, los amores apasionados, los no correspondidos, los sublimes, los no entendidos… todo eso podemos encontrar en sus canciones, porque escuchar a Haris es escuchar la vida, la verdad y la belleza de todas las vidas.

La canción que, si queréis, podéis escuchar ahora, es un tango compuesto por ella que canta a un amor imposible, a un amor clandestino con el que baila la música que se oye de la fiesta del pueblo…

La letra de este tango dice:

“Doy todo lo que tengo por bailar contigo,

por encontrar en mi cuerpo tus caricias,

por sentir tu aliento en mi cuello desnudo

y olvidarme de la mirada que quizás nos vigila.

Doy todo lo que tengo por una sola noche,

por sentirte cerca y sentir la vida,

por girar como una estrella los dos enloquecidos

indiferentes al mundo que esta noche nos mira.

Doy todo lo que tengo por una simple sonrisa

que se lleve la razón que ahora nos encarcela,

por vencer con delirio todos tus miedos

y abrirte un paraíso donde no hay penumbra.

Un hombre, una mujer y una canción

son el alba, la pasión, son la esperanza.

A la luz de las velas hablamos de amor

en la habitación que guarda tantos abrazos.

Haris, Haroula como la conocen en Grecia, nació en Tebas y a los ocho años se fue a vivir con su familia a Atenas. Poco después murió su padre. Fueron unos años muy duros, de dolor y hambre, unos años que la marcaron profundamente (“Creo que la miseria que viví en aquellos primeros años de mi vida me hizo creativa y luchadora”).

A principios de los 70 se dio a conocer musicalmente y, tras grabar un primer disco con Giorgos Dalaras, todos los grandes compositores griegos querían que interpretara sus temas. Uno de ellos era Manos Loizos, quizá uno de los mejores y más prolíficos y comprometidos, con quien compartía su profunda pasión por la música popular griega y con quien empezó a colaborar en una estrecha relación que les unió hasta la prematura muerte de él, en 1982.  La profunda voz de Haris y esa manera tan pasional y auténtica que tiene de cantar pronto la convirtieron en un icono de la música griega. Ha grabado más de 30 discos desde entonces y, tras casi 40 años de carrera profesional, es conocida y reconocida en todo el mundo como una figura indiscutible. A pesar de estar acostumbrada a actuar en grandes recintos, no es extraño verla encerrarse toda una temporada en tabernas o salas pequeñas del barrio ateniense de Plaka, donde puede vivir mucho más intensamente lo que a ella más le gusta: el contacto directo con el público que, en Grecia, es mucho más estrecho que en cualquier otro país ya que es un público muy participativo que canta, aplaude y se entrega apasionadamente en todas las canciones.

Escuchar a Haris es escuchar el mar, la aventura, la luz de una puesta de sol, la del amanecer, es abrazar las estrellas, todas las estrellas, es sentirse vivo y dejarse fluir hacia esa Ítaca que marca el rumbo de nuestro viaje, conscientes como somos, de que lo importante es el viaje, nuestro viaje, y que poco o nada encontraremos en Ítaca, porque Ítaca solo puede dar lo que nosotros le hemos querido dar, todo eso que hemos compartido con los que recorren junto a nosotros una parte del camino o, simplemente, con los que nos cruzamos fugazmente en él. Esa es la verdad de Ítaca, y esa es la verdad de Haris: las dos nos dan todo lo que nosotros llevamos dentro… Y si escuchar a Haroula es un viaje, verla en directo es compartir ese viaje con ella. Su presencia llena el escenario como pocas saben hacerlo y su fuerza es tan grande que arrastra nuestro dolor y nuestras penas allí donde ya no pueden hacer ningún daño, porque todo en ella es vida. Su voz nos lleva al mar, a la esencia del Mediterráneo, de lo que es ser mediterráneo, a ese lugar donde nacen dioses, amores, amantes y poetas… Escuchar esa voz, dejarse llevar de verdad por ella, es navegar por encima de las olas, es oler a mar, es sentir la fuerza del viento que nos empuja a seguir nuestro viaje sin importar adónde nos lleve. Esa voz no es la de las sirenas que amenazaban a Ulises, esa voz es la voz firme y segura que guió a Ulises, como nos guía a todos, en la travesía de la vida.

Me gustaría ahora invitaros a que escuchéis y os dejéis llevar por su interpretación a dúo con Dimitra Galani del tema de Mikis Theodorakis To Traino. Estoy seguro de que, si cerráis los ojos, escuchando a Haris escucharéis la voz del mar.

Los espectadores guardan un silencio expectante. En el escenario, a oscuras, trece músicos y cuatro cantantes acompañan a Haris Alexiou, que, iluminada por un foco solitario, escucha los primeros acordes que llegan de un viejo acordeón curtido en las tabernas de todos los puertos. Tras ellos, en la desnuda pared de piedra que enmarca el escenario, la impresionante foto en blanco y negro de Manos Loizos que, más allá del espacio y el tiempo, nos contempla con su mirada cargada de luz y de esperanza. Poco a poco el público empieza a cantar, casi como en un respetuoso susurro, las primeras estrofas de “El acordeón”, uno de los primeros temas que compuso Loizos y que hoy se ha convertido en un canto universal de libertad. Dice así:

“En mi antiguo barrio tenía un amigo

que sabía tocar el acordeón.

Cuando cantaba era el mismísimo sol.

Fuego en sus manos era el acordeón.

Pero una noche oscura, como todas las demás,

estaba haciendo guardia tocando el acordeón.

Aparecieron camiones militares tras la valla

y una ráfaga de fuego silenció el acordeón.

Su contraseña inacabada me acompaña

siempre que escucho un acordeón

y ha quedado grabada en mi vida:

“No pasará, no pasará el fascismo”

Manos Loizos murió hace veintiocho años. Los militares nunca pudieron con él. Su música dio voz a un pueblo al que los coroneles habían enmudecido. Tenía cuarenta y cuatro cuando un cáncer le robó la vida. Ni una sola de las cinco mil personas que acudieron a aquel concierto desconocía la letra de “El acordeón”, como la de tantas y tantas canciones que nos dejó y que, cantadas desde lo más hondo del corazón, como sólo Haris Alexiou, su gran amiga del alma, sabe hacer, nos hablan de la vida, del amor, de los sueños y utopías que nos hacen seguir adelante, de todo eso que habita en el fondo de nosotros mismos y que nos hace ser seres humanos.

Nacido en un pequeño pueblo de Chipre, emigró de niño con su familia a Alejandría (Egipto) buscando una nueva vida. A los diecisiete decidió ir a vivir a Atenas para estudiar farmacia, pero la música le conquistó y el mundo perdió lo que podría haber llegado a ser un mediocre farmacéutico para tener a uno de los músicos más grandes que ha dado la música popular griega, esa música de esencias mediterráneas que, traspasando todas las fronteras, es capaz de llegar al último rincón del planeta para dar vida a un corazón dispuesto a vivir la maravillosa experiencia de sentirse vivo. Músico autodidacta que nunca supo de academias ni conservatorios, Loizos supo hallar en la música la razón de ser de su vida: compartir con nosotros todo lo que él oía en su interior.

El doble cd y dvd de aquel inolvidable concierto es una verdadera joya. Uno de los temas de Manos Loizos que, al melancólico son de guitarras, violines y bouzukis, Haroula cantó con toda su alma junto a Nikos Portokáloglou es uno de los más bellos homenajes que se le han hecho jamás. Se llama “Nada se pierde nunca”:

“Casi cincuenta años

de sufrimiento y persecución.

Ahora esta negra enfermedad,

indigna recompensa.

Esa lucha tuya

te ha privado de muchas cosas.

Pero la vida parturienta

ha dado a luz esperanzas.

Nada se pierde nunca

en tu vida perdida.

Resucito tu sueño

y cada “por qué” que has preguntado.

Nunca digas que el destino

ha sido injusto contigo,

sino tan sólo que la Historia

te ha hablado de otro modo.

Cabizbajo en los cafés,

pensativo en las calles,

pero ayer, en la manifestación,

caminabas sonriente.”

Os dejo con el video de “El acordeón”, una de esas canciones que siempre encontrarás a alguien cantando cuando veas a alguien negar el derecho de otro, ofenderle, agredirle, robarle su trabajo o su pan, arrebatarle su libertad o no dejarle decir ni ser quien es,  porque es una de esas canciones ya convertidas en himnos que hablan de todas esas cosas que nos hacen ser seres humanos y a las que jamás debemos renunciar: el amor, la amistad, el amor por la libertad, la valentía de vivir en libertad, la solidaridad, la verdad, el compromiso y la dignidad.

Y ya que hemos hablado tanto de Manos Loizos, aquí tienes el mismo tema interpretado por él

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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