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Vinicius de Moraes, porque vivir es devorar la vida…

Pocos como Vinicius han sabido vivir tan intensamente. Enamorado de la vida, del amor, de la belleza, de todo lo maravilloso que nos rodea, Vinicius transmitía en todo lo que hacía una pasión indomable que le hacía trascender para llegar más allá de cualquier límite. Músico, poeta, diplomático, noctámbulo, bebedor, nómada, vividor, amante de la mujer, de todas las mujeres, y amante de la vida, de todas las vidas…

Y ya que vamos a hablar de él, nada mejor que escucharle en uno de sus conciertos más célebres: el de la Fusa, con uno de sus temas más emblemáticos: Si todos fossem iguais a você

 

Nacido en Río de Janeiro en 1913, cuando tenía un año le trasladaron a vivir con sus abuelos paternos. Siempre sintió una irrefrenable necesidad de huir y de evadirse, como recuerda su hermana Laetitia Cruz: “Huía constantemente, eludiendo la vigilancia de la abuela Nenén, de mi madre, de mis dos tías, y de las innumerables negritas, descendientes de antiguas esclavas de la familia y criadas en casa.” Su hermana relata algunos de los episodios de la infancia de Vinicius que dejan bien claras las verdaderas pasiones que le acompañarán siempre: a los cinco años se sentó por primera vez delante de una pianola, poco después se enamoró locamente de una amiga de su madre, a quien le llegó a acariciar las piernas, y a los ocho empezó a escribir poesía. Es decir que ya a los ocho años había descubierto las tres motivaciones más importantes que le acompañaron durante toda su vida: la música, el amor y la poesía.

Vinicius guarda recuerdos muy agradables de su adolescencia: “Mis amigos se llamaban Mario y Quincas, eran humildes. Con ellos aprendí a cortar leña y a buscar caracolas sonoras en el mar profundo. Conmigo ellos aprendieron a conquistar a las jóvenes de la playa, tímidas y risueñas. Yo mostraba mis sonetos a mis amigos – ellos mostraban unos ojos como platos y, agradecidos, me traían  mangos maduros robados en los caminos…”

El padre de Vinicius era un hombre sin profesión que escribía poemas, tocaba la guitarra, estaba siempre inventando uno y mil negocios extravagantes que le harían rico de la noche a la mañana y tenía una gran pasión: distraerse durante horas mirando el mar. Quizá por eso la única actividad que mantuvo de una forma más o menos constante fue la de la compra/venta de telescopios. Es imposible que un hombre así no influyera en la manera de ver y de vivir el mundo de un ser tan sensible como Vinicius, que escribe sobre él: “Dime, padre mío, ¿Qué viste tantos años a través de tu telescopio que nunca revelaste a nadie…? Te quedabas mirando el mar con mirada de argonauta. Tus pequeños ojos feos buscaban islas, otras islas…- las inmaculadas, inaccesibles islas del tesoro…” Vinicius nunca recibió una bronca de su padre: “jamás una palabra dura, una reprimenda, porque mi padre nunca creyó necesario castigar a nadie…”

Formado en el colegio de los jesuitas, decide aparcar la música y centrarse en sus estudios de derecho, que le llevan a ser diplomático de carrera.  En aquellos años tuvo varios trabajos, y el de censor de cine fue el que más le duró. Fue uno de los primeros estudiantes brasileños que estudiaron becados en Oxfrod , en una época en la que el pobre Vinicius se desesperaba por la falta de pasión de sus colegas británicos. Unas oportunas escapadas a París le reconciliaron con el género humano. Entra a formar parte de la “gente seria”, “la vida es esto” le repiten una y otra vez todos los que le rodean, pero él se siente profundamente insatisfecho, añora la música, la pasión, la verdadera vida que está más allá de las cuatro paredes en las que vive encerrado. Se casa con una joven brasileña a la que había conocido unos meses antes. Ella, locamente enamorada de su trovador, rompe con su novio de “toda la vida” y se embarca rumbo a Inglaterra. Allí, con Vinicius, son testigos del inicio de la segunda Guerra Mundial. Deciden regresar a Brasil. En una escala del camino, en Lisboa, Vinicius compone uno de sus poemas más famosos: “O soneto de fidelidade”.

De vuelta en Brasil, su paternidad coincide con una nueva forma de ver su país que está naciendo en él. Por primera vez ve las alcantarillas de la dictadura, la pobreza de las favelas, ve a niños con el vientre hinchado por el hambre, a mujeres embarazadas y hambrientas, a niños comiendo tierra, y a los hombres viendo todo aquello con la impotencia dibujada en su mirada. Se abre un abismo inmenso entre Vinicius y su mundo, entre Vinicius y su pasado, un abismo insalvable entre Vinicius y su presente… Su matrimonio, como todo aquel mundo que vegeta sin vivir a su alrededor, empieza a tambalearse… Sueña con escapar de allí, con dejar atrás todo aquello, sueña con negras y mulatas, con ser indio y vivir desnudo de lo que la naturaleza le regale, compartir amigos, mujeres y comida… Pero la realidad sigue ahí, y es muy diferente, totalmente diferente a los idílicos sueños de Vinicius.

 El destino, siempre el destino, se empeñó en echarle una mano. En 1946 fue destinado como vicecónsul en Los Ángeles. Allí vive una esquizofrenia vital que le acompañaría durante varios años: durante el día deambula de despacho en despacho sellando visados y documentos oficiales de una de las carreras más aburridas que existen y, al caer la noche, el verdadero Vinicius que habita en su interior sale a pasear y a devorar la vida por Sunset Boulevard, a emborracharse con Orson Welles, a perder la cabeza por Rita Hayworth, o a vivir un amor apasionado con Carmen Miranda, y todo bajo la inigualable voz de Billie Holiday…

Los años siguientes le llevan a París y a seguir con su imparable carrera de amores y matrimonios (se casó siete veces). En París coincidió con otro diplomático muy atípico, el español Rafael Lorente, también poeta, como Vinicius y también de izquierdas, como Vinicius. Rafael siempre contaba que las noches en París con Vinicius fueron noches divertidísimas, absolutamente locas y surrealistas. Regados en alcohol, Vinicius y sus amigos salían de la buhardilla de Rafael a altas horas de la madrugada, pero jamás lo hacían por la puerta, sino por la ventana, maullando como gatos… Algo había que hacer para sobrevivir al tedio y cansino aburrimiento de los despachos, sellos e interminables recepciones oficiales que les aguardaban al día siguiente.

En aquellos años Vinicus se reencuentra con la música y, tras su etapa parisina, escribe Orfeo da Conceiçao, que en 1956 daría lugar a “Orfeo Negro”, con guión del propio Vinicius y música también de Vinicius con otro de los grandes monstruos de la música brasileña: Antonio Carlos Jobim. Ese reencuentro con la música le hace apartarse de algo que él nunca había abandonado: la poesía. A finales de los 50 y durante los 60, eclosiona la música de Vinicius. La Bossa Nova lo invade todo, y Vinicius lo invade absolutamente todo. Además de con su inseparable Jobim, Vinicius colabora con Edu Lobo, Badem Powell, Toquinho, María Creuza, Chico Buarque, Maria Bethania, Caetano Veloso…

Su relación con el mundo del cine también fue muy amplia y son varias las bandas sonoras inolvidables que nos ha dejado: “Orfeo negro” y “Un hombre y una mujer”, ganadora de la Palma de Oro en el Festival de Cannes en la que, curiosamente, el propio Vinicius era jurado.

Si queréis, podemos escuchar ahora otro de los temas que cantó en La Fusa: “Samba en preludio”

Para Vinicius, que se definía a sí mismo como el blanco más negro de Brasil, la música lo era todo. Vinicius era sensibilidad y sensualidad, y eso es precisamente lo que es su música: una sensual invitación a disfrutar de la belleza. Él siempre buscó “una música que sea… como los más bellos armónicos de la naturaleza. Una música que sea como el sonido del viento en el cordaje de los navíos, aumentando gradualmente de tono hasta alcanzar el que crea una línea recta hacia el infinito. Una música que empiece sin inicio y acabe sin final. Una música que sea como el sonido del viento en una enorme arpa plateada en el desierto. Una música que sea como una nota lancinante dejada en el aire por un pájaro que muere. Una música que sea como el sonido de las ramas altas de los grandes árboles azotados por los temporales. Una música que sea como el punto de reunión de muchas voces en busca de una armonía nueva. Una música que sea como el vuelo de una gaviota en una aurora de nuevos sonidos…”

En uno de sus libros “Para vivir un gran amor”, podemos encontrar, entre sus crónicas y  sus poemas, algunos escritos inolvidables. En “Vieja mesa”, entre otras cosas, dice: “ Hoy escribo mi crónica sobre una vieja mesa. Poco más de un metro por unos cuarenta centímetros de anchura. Un mueble digno, con dos cajones laterales; un barniz oscuro cubría en otros tiempos su madera de jacarandá. A veces me entran ganas de dejar de escribir, reposar la cabeza en su duro regazo y quedarme recordando la lejanísima infancia…Fue lijada para parecer más nueva, pero aún muestra por todas partes las arrugas que le causó mi inquietud juvenil. La navaja se hundió profundamente en su carne fibrosa y aún es posible distinguir nombres de antiguas amadas, casi desvanecidos. Recuerdo que a la derecha estaba tu nombre pequeño y rubio, oh, mi novia de ocho años… La palabra POESÍA, grabada en grandes caracteres, ya no se ve, pero la pequeña guitarra dibujada con una cuchilla de afeitar, con una clave de sol al lado, ha resistido al carpintero… En esta mesa pasó horas interminables de amor y de poesía un muchacho con mi rostro, afanándose en el verso para hallar una forma aún hoy no alcanzada… Es dulce volver a ti, vieja mesa, después de tanto, tanto tiempo. Como a ti, me han ido puliendo. También hay en mí nombres y símbolos que casi no se distinguen bajo el papel de lija del tiempo. ¿No eres tú la mesa de la infancia y de la juventud, aquella sobre la que gotearon, en la punzante labor del verso y en la angustia del amor solitario, las primeras lágrimas de un hombre que nada sabía y nada sabe sino amar a una mujer?”

Como dije en la primera entrada de este blog (Palabras de bienvenida), debo el nombre de “La placenta del universo” a Vinicius, que siempre hablaba de la placenta del infinito. Si queréis, en el track  3 de esa entrada, podéis escuchar un fragmento de su “Poema de cumpleaños”, que es uno de los poemas de amor más bellos que se han escrito jamás. Ahora os dejo con unos videos en los que podéis verle cantar en directo, y hacerlo de esa manera con la que Vinicius lo hacía todo: entregándose, saboreándolo todo, amándolo todo, porque eso es lo que fue Vinicius, un amante sin remedio de la belleza de estar vivo. En estos videos podéis escucharle y verle cantar junto a Jobim como sólo él podía hacerlo, con su vaso de whisky en la mano y dándolo todo. Para aquellos que queráis conocer más de cerca a Vinicius os recomiendo el documental “Vinicius”, una verdadera joya en la que podemos verle cantando o en situaciones muy cotidianas y, sobre todo, saborear un sinfín de anécdotas suyas que nos cuentan sus amigos con todo su cariño. No os lo perdáis. 

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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