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The Bridge Project: Porque estamos hechos de la materia de los sueños…

Acaba de recalar de nuevo en el Teatro Español de Madrid The Bridge Project, un fascinante proyecto teatral que, dirigido por Sam Mendes, surge de su gran sueño de unir a actores norteamericanos y británicos para representar obras de Shakespeare y de Chéjov por todo el mundo. Junto a Mendes, los padres de este proyecto son Kevin Spacey, en su calidad de director artístico del Old Vic Theatre y  Joseph V. Melillo, de la BAM (Brooklyn Academy of Music). El año pasado nos trajeron un inolvidable “Jardín de los cerezos”, de Chejov, adaptado por Tom Stoppard, y el “Cuento de invierno”, de Shakespeare, con un reparto encabezado por Simon Russell Beale, Sinéad Cusack, Rebeca Hall, Richard Easton, Josh Hamilton y Ethan Hawke. Para este segundo de los tres años que durará el proyecto, las dos obras son de Shakespeare (“Como gustéis” y “La tempestad”), y el equipo artístico está formado, entre otros, por Stephen Dillane, Juliet Rylance, Ron Cephas Jones, Christian Camargo, Thomas Sadosky, Michelle Beck y Alvin Epstein.

Para esta entrada os sugiero una preciosa balada de Bob Dylan, Girl from the North Country. Es una canción que te dice que, si viajas al lejano norte, donde sólo el viento marca la frontera, des recuerdos a una persona que vive allí, ella fue hace tiempo mi gran amor, no sé si me recordará, pero muchas veces rezo para que así sea en la oscuridad de mi noche y en la luz de mi día… ¿Que qué tiene que ver Bob Dylan con Shakespeare? Mucho más de lo que parece a simple vista.Todos los que hemos tenido la fortuna de ver a Stephen Dillane en “Como gustéis” lo sabemos… ¿o no?

La soberbia puesta en escena que caracteriza los montajes de The Bridge Project, donde una austera escenografía y un magistral juego de luces permiten que nos centremos en los actores, en los textos y en las acciones, es decir, en la esencia del teatro, es uno de sus grandes aciertos. Es maravilloso ver cómo un simple palo, un bichero al que se aferran los actores, sirve para hacernos ver ese barco que naufraga en La Tempestad. Todo está allí, No hace falta nada más. Es imposible no emocionarse frente a cualquiera de sus  montajes, te llegan al alma. La interpetación es perfecta, equilibrada, llena del sentio del humor y de la vida que exige el verdadero teatro. Además no sólo estamos frente a grandes actores, verdaderos monstruos de la escena que son capaces de actuar, de cantar y de tocar cualquier instrumento musical para acompañar sus canciones, sino frente a un grupo de gente que ama el teatro, que ama lo que hace, y que disfruta de la experiencia de compartir una oportunidad única como esta, y eso se nota, vaya que si se nota. Su voz, su forma de decir, su expresión corporal, todo en ellos es teatro, teatro en estado puro.

Y si la escenografía de Tom Piper, que en La tempestad incluye elementos como agua, tierra o fuego, es fantástica, qué decir de la magistral dirección de Sam Mendes, haciendo fácil lo difícil y haciendo posible lo imposible, con una sobriedad majestuosa. Y, cómo no, las luces merecen, sin duda, un sobresaliente. Paul Pyant crea unos espacios escénicos poéticos, mágicos e inolvidables donde todo, absolutamente todo, puede ocurrir ante nuestros ojos.

La génesis de The Bridge Project surge del propio Sam Mendes (tan reconocido como director de teatro a nivel internacional, como de cine, con películas en su haber como American Beauty, Road to Perdition o Revolutionary road), y de su afinidad con Kevin Spacey (a quien dirigió en American Beauty), director artístico del Old Vic Theatre de Londres, con Joe Melillo, de la BAM y con Caro Newling, productor asociado de Mendes, cuando empiezan a  preguntarse qué producción podría hacer desaparecer las barreras de un océano y la separación de las comunidades teatrales. Ese era su empeño: unir a actores norteamericanos y británicos en un proyecto común que les permitiera recorrer los principales teatros del mundo. La primera edición, la del 2009, tras una gira por Asia, Europa y Norteamérica, acabó sus representaciones  en el mejor escenario en el que podían hacerlo: el del teatro griego de Epidauro.

Poco antes de iniciar la gira del segundo año, Sam Mendes comentaba “Stephen Dillane y yo hablamos por primera vez sobre su interpretación de Próspero en La tempestad cuando, en 2007, empecé a concebir el Bridge Project, y estoy encantado de que al final estos planes lleguen a buen término. Al hecho de haber seguido, admirado y esperado colaborar con tantos de los actores reunidos este año, se suma mi emoción por tener que formar la segunda compañía de The Bridge Project, a partir de la maravillosa experiencia de nuestro primer año. The Bridge Project es un gran compromiso para los actores. A lo largo de nueve meses las dos obras se representarán en temporada en Nueva York y Londres, con una gira internacional por algunos de los principales teatros y festivales de Asia y Europa intercalada entre ambas ciudades. La primera compañía recibió una extraordinaria acogida en los países que visitamos y estoy enormemente deseoso de emprender este segundo viaje.”

Kevin Spacey también está feliz con el resultado de esta experiencia: “Nunca podía haber imaginado un acontecimiento teatral tan rico y desafiante como The Bridge Project: un glorioso reparto hizo realidad mi sueño, con Sam Mendes y la BAM, de una compañía transatlántica con proyección internacional.”

Sólo una personalidad y una capacidad como la de Mendes podrían levantar un proyecto como éste. A las enormes dificultades de compaginar y armonizar a todos los actores, hay que añadir otras que no se ven, pero que están ahí, como la imposición de los sindictos de actores británicos y estadounidenses de que el reparto deba ser totalmente equitativo (50% británico y 50% norteamericano), y de que también los papeles de cada obra se repartan equitativamente con ese mismo criterio.

Inicialmente Mendes había ideado compaginar en cada gira una obra de Shakespeare con una de Chéjov. Sin embargo, en esta segunda edición, ha escogido finalmente dos obras de Shakespeare. Michelle Beck, una de las actrices protagonistas, dice que esa elección “fue un feliz accidente. Una vez que Sam puso “As you like it” y “The tempest” juntos, se generó todo un mundo de paralelismos. Son dos obras con temas como la lealtad, el destierro, la traición, el renacimiento a través del exilio. Ambos portagonistas tienen que poner su vida en peligro para ayudar a una persona desterrada. Hay conexiones sin fin que todavía estamos explorando, incluso en las puestas en escena.”

Desde el primer día de ensayos, explica Beck, “se ha convertido en una prioridad crear un ambiente de libertad y creatividad. Las ideas de todos han sido valoradas y no se ha dejado una piedra sin remover. Sam es claro, agudo y decisivo; es muy liberador estar en manos de un director que tiene un gusto exquisito, una visión aguda y se comunica fácilmente con el increíble grupo de artistas que ha formado.”

Stephen Dillane, británico, considera que no hay una forma “británica” o “estadounidense” de afrontar Shakespeare “los matices son culturales, no de nacionalidades. Me acuerdo cuando Dustin Hoffman vino a Londres hace muchos años a interpretar “El mercader de Venecia”. Hubo críticas muy dispares, pero él nos enseñó cómo hacerlo.” Sobre Próspero, el personaje que interpreta en “La tempestad”, dice que ha descubierto en él una profundidad y una  transcendencia que hace que cada día construya su personaje, porque le da un espacio para crecer, subir y bajar. Es un drama inaprensible, aéreo, que se escapa constantemente.”

Tanto Dillane como Ron Cephas Jones (norteamericano), comentan que la experiencia de trabajar en The Bridge Project ha sido “muy rara” para los tiempos que corren, con mucho tiempo de trabajo de mesa en común para poder interiorizar, discrepar, estar de acuerdo, probar, hacer los deberes en casa y volver con más y nuevas preguntas sobre lo que íbamos a hacer.  Destaca que, además del intenso trabajo de mesa, una parte fundamental de sus ensayos la hicieron juntos ” en círculo”, “viendo cómo las cosas encajaban y dándole una oportunidad a obras tan extraordinarias.”

Tuve la suerte de ver “El jardín de los cerezos” y “El cuento de invierno” el año pasado, y he de confesar que me quedé fascinado, fascinado y profundamente emocionado. De hecho más de una vez se me saltaron las lágrimas ante la belleza que tenía ante mí. Me quedé clavado en mi asiento durante las representaciones, y no podía, ni quería, levantarme de él cuando acabaron. No quería que acabara, necesitaba que siguiera, que siguiera llevándome a esos mundos donde sólo el teatro, el buen teatro, es capaz de llevarnos, esos mundos donde todo puede suceder, donde realidad, magia o fantasía se encuentran, quizá porque no son más que diferentes partes de un mismo todo, esos mundos que nada saben de cosas como espacio o tiempo, porque son un reducto, quizá el último, de libertad.

Y este año también he tenido la suerte de poder ver las dos obras, de volver a emocionarme y a llorar con ellas, de reír, de llorar, de sentirme maravillosamente vivo y de soñar, sobre todo de soñar, porque como decía Shakespeare en “La tempestad”, estamos hechos de la materia de los sueños… Ahora me toca recordar todos esos momentos mágicos que me han hecho vivir y esperar a que un nuevo mayo les traiga otra vez por estas tierras para contarnos sus historias, todas sus historias…y hacernos vivir nuestros sueños, todos nuestros sueños.

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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