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Nos queda la memoria

“Mamá, mañana no voy a trabajar porque tengo un parcial, espérate, ya vengo”. Estas fueron las últimas palabras que Taty Almeida le oyó decir a su hijo. Alejandro, Ale para ella, salió de casa para encontrarse con un amigo. Nunca más volvió. Nunca más le volvieron a ver. Desapareció. Le desaparecieron. Tenía veinte años. Fue en la tarde del 17 de junio de 1975. Han pasado 35 años desde entonces y Taty sigue buscándole, buscándole y encontrándole en todos los que, como ella, quieren la verdad y exigen justicia. No está sola. Es una de las integrantes de las Madres de Mayo.

Serrat era uno de los músicos que más le gustaban a Alejandro. Por eso quiero que sea él quien nos acompañe esta vez, y que lo haga con las “Nanas de la cebolla”, de Miguel Hernández.

Conocí a Taty la semana pasada en la lectura de poemas de Miguel Hernández que habíamos organizado en la concentración contra la impunidad del franquismo en la facultad de Relaciones Laborales de Madrid. Ella acababa de llegar de Argentina para mostrar su repulsa más clara por todo lo que está pasando en España y para hacernos llegar su apoyo, el apoyo de todas las personas que saben lo que es tener un ser querido desaparecido. La dictadura argentina hizo desaparecer a 30.000 personas en siete años, la nuestra a cientos de miles durante cuarenta interminables años. El procedimiento era idéntico: un grupo de militares, de policías o de paramilitares detenía a la gente en la calle o entraba a sangre y fuego a detenerles en sus propias casas. Les metían en coches o en furgonetas y nunca más se les volvía a ver. De nada servía preguntar. El odio o el miedo cerraban todas las bocas. Nunca más se les ha vuelto a ver.

Es difícil imaginar una sensación de angustia mayor que la que se puede sentir por la desaparición de un ser querido. No saber dónde está, cómo está, lo que le ha pasado, lo que le puede estar pasando o lo que han hecho con él, el por qué de todo eso, la impotencia de no saber qué hacer, de enfrentarse a lo desconocido, el intentar encontrar la ayuda de quien nos lo puede devolver y que, sin embargo, se niega a mover un dedo por hacerlo, el lento paso de las horas, el brutal paso de los días, y el silencio, el silencio más cruel que se pueda oir jamás: el del miedo. Y frente a eso, cuando por fin uno intenta reaccionar, se encuentra con las amenazas, las provocaciones y la prepotencia de los verdugos, con ese “no preguntes si no quieres que te pase a ti…”,   o con aquel ” ese ya no molestará más, se lo tenía merecido…” Y los días van pasando, y las noches, interminables y frías, también;  a los días le siguen las semanas, a las semanas los meses y a los meses los años… y también sigue el silencio, siempre el silencio, el ensordecedor silencio que dejan los desparecidos… Nos aferramos a esas pequeñas cosas que nos quedan de él: su ropa, su olor, sus libros, alguna foto, la música que le gustaba, sus escritos, el recuerdo de su forma de andar, de darnos los buenos días o el beso de buenas noches, nos gusta hablar con los que le conocen, con los que le quieren, con los que han compartido su vida, sus anhelos y sus ideales con él, porque los que desaparecen siempre son los que tienen ideales, ideales solidarios y altruistas que hablan de un mundo nuevo, de un mundo justo y solidario, de un hombre nuevo…Y es entonces cuando nos damos cuenta de que él sigue vivo en todas esas pequeñas cosas, que está con nosotros aquí y ahora, porque él seguirá viviendo en nosotros, en todos y cada uno de los que le conocimos, y en todos y cada uno de los que, tras nosotros, vendrán para hacer que ese mundo nuevo, que ese hombre nuevo, sea, al fin, posible.

Taty vino aquí para solidarizarse y estar con los familiares de esos más de 113.000 asesinados de la dictadura franquista que todavía hoy yacen en las cunetas y en las fosas comunes de nuestro país y que los herederos de aquel régimen se empeñan en esconder entorpeciendo cualquier proceso que busque la verdad, la justicia y la reparación para las víctimas. Tomó la palabra tras José Luis Sampedro, para darnos ánimos y para pedirnos que no nos rindiéramos, que no nos rindiéramos nunca y que siguiéramos exigiendo verdad y justicia para todos. La lectura de poemas de Miguel Hernández fue impresionante. Fue su voz, la voz de Miguel Hernández, la que sonó aquella tarde en el aula de aquella universidad que, treinta y cinco años después de muerto Franco, nos veía protestar de nuevo contra el franquismo. Asunción Balaguer, Pilar Bardem, Alberto San Juan, Nieve de Medina, Ana Otero, Almudena Grandes, Maria Luisa San José, Mariano Venancio, Juan Diego Botto, Eduardo Velasco, Lucía Álvarez, Carla Antonelli, José Antonio Sayagués, Enrique Cazorla, Paca Gabaldón, Tina Sainz y muchos otros dimos nuestra voz a Miguel Hernández, y todos sentimos que, esa tarde, aquellos poemas eran las cartas que nos enviaban los desaparecidos, todos los desaparecidos.

Al acabar el acto tuve oportunidad de charlar un rato con Taty. Me impresionaron su fuerza, la luz de su mirada y la entereza y pasión que mostraba en todo momento. Fue entonces cuando me enseñó la foto de su hijo que llevaba prendida en la camisa (“Tiene 20 años, sabés, porque para mí Ale siempre tendrá veinte años”) y me contó su historia. “Yo andaba en otra bola” me dijo, “fue a la mañana siguiente cuando, intentando saber dónde podía estar mi hijo, empecé a buscar entre sus papeles. Allí encontré, escritos de su puño y letra en una pequeña libreta, una veintena de poemas. Yo no sabía que mi hijo era poeta. No sabía nada de su compromiso y de su militancia política. Aquel día descubrí a mi hijo. Aquel día mi hijo me abrió un mundo nuevo, porque aquel día mi hijo hizo que me descubriera a mí misma, por eso siempre digo que a mí me parió mi hijo”.

Taty me comentó que hacía dos años se había decidido a publicar los poemas de su hijo. Tras  más de treinta años de dudar sobre si mostrarlos o no, finalmente se decidió a hacerlo, y lo hizo para que todos aquellos que no tuvimos la oportunidad de conocerle personalmente, pudiéramos hacerlo a través de aquellos poemas y de los escritos que ella les pidió a los familiares y amigos que le habían conocido para acompañar sus versos y permitirnos conocerle en un encuentro  más allá del espacio y del tiempo. Porque para Taty, como para todos los que han perdido a un ser querido, lo importante es mantener viva la memoria, porque la memoria es vida, y la vida es mucho más que el recuerdo. Al día siguiente presentó el libro aquí, en Madrid. En pocos días llegará a las librerías. Se llama: “ALEJANDRO POR SIEMPRE… AMOR” y en él, entre otras cosas, nos dicen cosas como éstas:

 “…Fue lo último que te escuché,  fue la última vez que te vimos. Al día siguiente, buscando una nota, una dirección, encontré tu agenda de teléfonos, y en las últimas hojas, 24 poesías, yo no sabia que escribías poesías. Comencé a leerlas, a hojearlas… qué dulces algunas, qué contenido político otras y ¡Dios mío! Me encuentro con la poesía que me escribiste fechada el 13 de enero de 1975. ¡Qué dolor! ¡Qué angustia!, era una despedida por si algo te pasaba, y vaya si te pasó!!! Te DE-SA-PA-RECIERON!!, mi amor, te arrancaron de nuestras vidas, tenías sólo 20 años! llenos de ilusiones, de utopías. Muchos años después comprendí tu compromiso político social, vos sabías que yo no tenía ni idea de lo que ya se estaba gestando, el golpe militar más sangriento en la historia argentina. Me costó, pero aterricé, un aterrizaje cruel, desesperado. Tus amigos y compañeros de militancia, que con el tiempo se me han ido acercando, no se cansan de decirme: “qué orgulloso se tiene que sentir “Alby” de ver el cambio que hiciste”… y sí, Ale, estoy segura que “esta gorilita de mierda, pero sin embargo la quiero” cambió y cómo. Las veces que me abrazabas fuerte, y muerto de risa me decías eso, te juro que siento tu abrazo, como me pasa tantas veces, siento que estás a mi lado, te veo levantando el pulgar, riéndote, me das ánimo, sí, te siento conmigo, pero… NO ESTÁS… Ale, las Madres estamos tranquilas, porque ya no estamos solas, sabemos que la posta ya la podremos pasar, pero… aún no, porque “Las locas”… ¡¡¡Seguimos de pie!!! Mi amor, hoy, como siempre, te siento a mi lado. Hoy como nunca te digo, te grito: 30.000 detenidos desaparecidos ¡¡¡PRESENTE!!!”

(Taty Almeida)

 

“A mis dos hermanos les dieron mucha libertad, se iban a Brasil, a Río. Mi hermano Jorge, playboy, carnavales, las garotas y Alejandro se iba a las favelas. Tenían personalidades distintas, pero se respetaban el uno al otro. Jorge contando las anécdotas y Alejandro se moría de risa. Ale cuando contaba que había estado en un barrio, en un lugar donde había aprendido a hacer ladrillos con un matrimonio, venía, lloraba y decía la realidad y cómo vivían, y a Jorge se le llenaban los ojos de lágrimas y a mí también, porque él lo contaba con una enorme pasión, tenía 16, 17 años, muy chico…”

(Fabiana Almeida)

“Como sabés, me vine a España en el 78… Aquí tengo muchos amigos y conocidos, pero qué te voy a contar a vos si ya los conoces, son los que te presento a ti y a papá cuando alguna noche me junto con el amanecer y le contamos nuestras batallitas… Hablando de la familia, tenés que estar orgulloso como tío porque tenés unos sobrinos que todos son Pata Negra, todos agarraron una onda de puta madre, los seis son re cariñosos, legales, alegres, ninguno se ha intoxicado con la vulgaridad que se está viviendo ahora, eso significa que gracias a estar con nosotros, tanto a Fabi como a mí, nos ayudaste a educarlos para que salgan unos buenos chicos.

Y la vieja, qué te voy a contar que no sepas, si no fuera por vos no hubiera aguantado nada, llena de coraje, fuerza, huevos, es increíble…

Bueno Ale, por fin pude contarte algo, se me paraliza la mano de nuevo y no puedo continuar.

Me despido hasta el próximo amanecer.”

(Jorge Almeida)

 

“Soy tía Negra, tu madrina.

Te recuerdo desde que naciste, flaco y largo…

Creciste y te convertiste en un chiquillo precioso, cara de ángel, con ese cabello tan rubio y ensortijado, parecías un principito de los cuentos de hadas.

Nos sorprendías y nos hacías reír con tus salidas y contestaciones tan llenas de ingenio, superiores a tu edad.

Llegó la pubertad, la adolescencia, te volviste rebelde a las estructuras establecidas.

Vestías túnicas largas, barba y cabello largo, más los anteojos que por necesidad debiste usar y ocultaban tu linda cara. Fue una época que muchos chicos la usaron como propia.

Tu sensibilidad era muy intensa, ella te llevaba a sufrir por los pobres, los necesitados, a ver la vida en forma distinta a muchos de tu edad.

Desapareciste muy joven.

¿Qué hubieras llegado a ser de adulto? Un gran poeta, un filósofo,… no sé, pero sí hubieras sido un hombre de bien.

Sí, porque tus padres, tus ancestros, así lo han sido… y lo sigue siendo tu familia.

Mi amor y mis oraciones están contigo”

(Tía Negra)

 

 “Querido primo Alejandro:

Quiero que sepas que has tenido una gran influencia en mi vida, a pesar de que yo sólo tenía 12 años de edad cuando desapareciste. Tu valor y tu lucha para tratar de combatir la injusticia social ha sido una inspiración para mí, especialmente en los 20 años que trabajé como periodista.

En 1994 viajé a Chiapas, México, para cubrir el levantamiento armado del Ejército Zapatista de Liberación Nacional. Tu imagen me acompañó en los cuatro meses que estuve en la selva y me ayudó a entender el conflicto de una manera más profunda, más personal. Confieso que traté de buscarte entre los milicianos zapatistas con la esperanza de que reaparecieses en México. Te busqué y detrás de sus pasamontañas te vi. Te vi en sus demandas de justicia, en sus llamados a la democracia, en el valor de poner sus vidas en juego por una causa social.

Te vi, y espero siempre volverte a ver”

(Gustavo)

 

 “Querido Alejandro:

Como tú dijiste: yo no te conozco, pero te escribo porque te siento.

Y si lo hago es porque Taty y tantas mujeres mantuvieron viva la llama de una memoria inextinguible. Porque las Madres me enseñaron que la memoria es nuestro último patrimonio: cuando nada te queda, siempre te queda la memoria. Nadie nos la puede arrebatar. Y Alejandro vive en la memoria de sus amigos y familiares. Ellos me enseñaron como a ti que si lo que sembraste no crece bien, habrá que esperar una lluvia, limpia y clara, que hará florecer los campos. Esa lluvia trajo pañuelos blancos que se pasaron sobre los adoquines de todas las calles para indicarnos el camino.

Visité a las Madres en su casa y me enseñaron como llenaban de vida el recuerdo de los que desaparecieron. Como se negaban a que vuestro recuerdo quedara congelado en una fotografía, en un nombre escrito en la lista.

Y allí te encontré. En el brillo de su mirada alerta, en las canciones de tantos, en las calles de Buenos Aires y Madrid, en los conciertos que celebraban la lucha contra el olvido y la impunidad, en los nietos encontrados y ahora en las palabras que te nombran de aquellos que te conocieron. Y en tus versos.

Dice tu madre que ha sido parida por su hijo. En el fondo, los desaparecidos parieron muchos corazones, esa amistad que es el padre que uno busca y no encuentra de la que me hablas en tu poema, y sueños que siempre abren ventanas a la esperanza… Hasta siempre, Alejandro. Qué suerte haberte conocido. Haberte Sentido.”

(Ismael Serrano)

Será ahora la voz de Alejandro, de Ale, la que, a través de sus versos, nos hable:

“Quisiera decirte Silvy

que guardaré tus recuerdos

en mi puño izquierdo

y lo tendré cerrado

hasta tu regreso.

Quisiera decirte amor

lo mucho que lloro

al empuñar más momentos,

que son imborrables

por la distancia y el tiempo

quisiera decirte compa

que en días de tormentas

estaré con ellos,

y me los llevaré

muy lejos al caer muerto.

Quisiera decirte negra

que estaremos juntos

cuando me vaya lejos,

que estarás conmigo

si te vas primero.”

“La amistad con otra persona

es el padre que buscas

y no encuentras,

es el poderte abrir

a las cosas

que te encierran.

Es poder mostrar

tu sentir,

es poder reír,

es poder llorar

sin fingir.

Es como el campo

que siembras

del que ya maduro

recoges los frutos

que pusiste en la tierra.

Si lo que sembraste

no ha crecido bien

no te preocupes amigo

que con la lluvia

comenzará a florecer.”

“El sol del verano

me ayuda en la soledad,

porque la transpiración

se confunde con las lágrimas,

y a veces no me doy cuenta

que estoy llorando.

¿Pero en invierno compañera?

¿en invierno, cómo hago?”

(13 de octubre de 1974)

 

“Las noches de invierno,

las soñarás en verano;

las noches sin ella,

las llorarás cantando.

La soledad se acostó

en tu cama,

sin darte tiempo a nada,

fue tu compañera en la noche

y tal vez vuelva mañana.”

(1974)

 

“Si la muerte

me sorprende

lejos de tu vientre,

porque para vos

los tres seguimos en él;

si me sorprende

lejos de tus caricias,

que tanto me hacen falta;

si la muerte me abraza fuerte

como recompensa

por haber querido la libertad,

y tus abrazos entonces

sólo envuelvan recuerdos,

llantos y consejos

que no quise seguir,

quisiera decirte mamá

que parte de lo que fui

lo vas a encontrar

en mis compañeros;

la cita de control,

la última,

se la llevaron ellos,

los caídos, nuestros caídos,

mi control, nuestro control,

está en el cielo

y nos está esperando;

si la muerte me sorprende

de esta forma tan amarga,

pero honesta,

si no me da tiempo

a un último grito

desesperado y sincero,

dejaré el aliento

el último aliento,

para decir

te quiero.”

(13 de enero de 1975)

 

“Hasta siempre mi amor,

hasta siempre compañeros,

el invierno trae frío caliente

y las barricadas nos esperan,

los militares también esperan,

hasta la victoria siempre,

en la vida o en la muerte.”

(13 de febrero de 1975)

No sabes, Taty, cómo agradezco que hayas mantenido vivo el espíritu y la memoria de Alejandro para que todos hayamos podido conocerle y sentirle. Son muchos los Alejandros que han desaparecido. En tu Argentina, en Chile, aquí en España, y en tantos y tantos lugares… En tus ojos le he visto a él, en tu puño cerrado los puños alzados de todos los que cayeron, y en la luz de tu mirada, la certeza de que no lo hicieron en vano. Alejandro desapareció en 1975. Fueron muchos los que desaparecieron durante aquellos años. Quisiera despedirme con el recuerdo a uno de los que cayeron aquí: Enrique Ruano, que murió al ser detenido por la policía de madrugada en su casa. Una gran amiga, María del Mar Bonet, le compuso, junto con el poeta Lluís Serrahima, esta canción que aquí canta acompañada por los Quilapayún. Es una canción que habla de ti, Taty, de ti, de Ale y de todos los que cada día dais la vida para que no venza la muerte. Enrique era estudiante, como Ale; joven, idealista y soñador, como Ale; comprometido y honesto, como Ale… y vivo, siempre vivo, en lo más hondo de nosotros, como Ale…

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?