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La crisis… y la madre que la parió

Hoy no voy a hablar de cine, de literatura o de pintura, sino sobre algo mucho más duro y que, por desgracia, nos afecta a todos: la crisis económica. Cuando trabajé en el mundo empresarial aprendí a entender el funcionamiento del sistema y, la verdad, me quedé asqueado. Por mucho que intentasen adornarlo con palabras bonitas y aparentemente altruistas como responsabilidad social corporativa, compromiso con el medio ambiente, o ética empresarial, la verdad es que, en la mayoría de los casos, me encontré con que lo que de verdad importaba no eran los clientes, ni mucho menos los empleados, sino única y exclusivamente la última línea de la cuenta de resultados: los beneficios y, por consiguiente, la retribución para el alto directivo y para el accionista.

Iluso de mí, creía que lo importante era tener satisfechos a los clientes y contentos a los empleados, porque mi sentido común me decía que así los clientes repetirían y serían fieles a la empresa, y los empleados darían lo mejor que llevaban dentro al sentirse motivados y contentos. ¡Cuánto me equivocaba! Allí me enseñaron un concepto totalmente nuevo para mí, el “career decision”, que, no me cabe duda, ha sido uno de los principales causantes de la crisis que padecemos. Voy a intentar explicároslo.

Para acompañarnos os propongo, si queréis, algo muy suave, uno de los preludios de Chopin, el de las gotas de lluvia (preludio 28, opus 28/15).

En el mundo empresarial de las grandes corporaciones y las multinacionales el concepto “career decision” está muy asentado e incluso altamente reconocido. Viene a significar que un directivo siempre tiene que tomar las decisiones empresariales no en función de los beneficios reales que puedan reportar a la empresa para la que trabaja y que le paga, sino única y exclusivamente de los beneficios que puedan reportar directamente a su carrera profesional. Esto explica que muchas de esas grandes compañías, por ejemplo, vendan la parte de sus negocios más rentable generando suculentas plusvalías a corto plazo hipotecando con ello gravemente la futura rentabilidad de la empresa. Lo que importa sólo son los beneficios al más rabioso de los cortos plazos. Si dentro de unos años esa empresa tiene serios problemas de rentabilidad que le llevan a la quiebra por haberle quitado su  parte de negocio más rentable poco o nada importa, porque nosotros ya no estaremos allí: habremos cobrado nuestro jugoso “bonus” que los avariciosos accionistas de la empresa habrán pagado sin rechistar a cambio de ver que el valor de sus acciones sube y sube en la loca carrera de la ambición sin límites y, sin dudarlo, nos habrá fichado otra empresa aún mayor que nos pagará un sueldo y un “bonus” todavía mayores por hacer que sus acciones también suban en esa insensata carrera hasta más allá del infinito. El truco está en que nos fichen muy rápido para que nos dé tiempo a vender todas las acciones que podamos tener de la empresa que dejamos atrás antes de que empiecen a aflorar los problemas de rentabilidad que le creó nuestra “brillante” gestión.

Las decisiones que se toman dentro del “career decision” son muy diversas y, desde luego, sorprendentes: una que ha sido bastante empleada es renunciar a un contrato de alquiler de renta antigua de un local por el que se paga una miseria y pasar a pagar una renta de mercado muchísimo más alta a cambio de una indemnización millonaria al contado que permite “salvar” los beneficios del año en que la hacemos aunque, eso sí, merma peligrosamente la rentabilidad futura del negocio;  en el caso bancario, por ejemplo, si proponemos un crédito para una empresa a tres años corremos el riesgo de que, pasados esos tres años, todavía estemos trabajando en el departamento que propuso ese crédito y, si a su vencimiento tiene problemas de cobro, podrían achacárnoslos a nosotros. ¿Solución?, Proponer ese mismo crédito a cinco años porque así, casi con total seguridad, ya no estaremos en ese departamento (y probablemente ni siquiera en ese banco) y nadie podrá echarnos la culpa de que el crédito falle. Poco importa que dar un crédito a cinco años suponga un riesgo mayor para el banco, lo verdaderamente importante es que no nos “pille” a nosotros la patata caliente si al final resulta impagado.

Pero si pensamos que la especulación, la corrupción y el “career decision”, son hechos aislados que nada tienen que ver con el funcionamiento del sistema nos estaremos engañando a nosotros mismos. En muchos casos, es la propia estructura de las empresas la que está diseñada y dirigida a estas prácticas. En el sector de la construcción, por ejemplo,  no es extraño ver que los departamentos de estudios de las grandes constructoras no se dedican a estudiar exhaustivamente las ofertas de las obras que ofertarán, como sería de suponer, para poder hacer la oferta más competitiva y llevarse limpiamente el contrato. No, en muchos casos, lo que hacen es estudiar a fondo los proyectos de las obras que están evaluando para saber qué fallos tienen, qué les falta, qué necesidades de plazos tiene el cliente y cuánto perderá si la obra no se acaba a tiempo, etc, etc, etc, para presentar una oferta por debajo de mercado (que no cubre muchas veces ni los costes de la obra) y, una vez adjudicada, empezar con el terrorífico juego de presionar al arquitecto por los fallos de su proyecto, chantajearle para que admita cambios en las calidades de los materiales y procesos constructivos que abaraten los costos y, cuando esa vaca ya no da más de sí, dirigirse a la propiedad para amenazarle con parar la obra (con la pérdida económica que ese retraso supone para ella), si no le aprueba una reforma del proyecto y una revisión de precios al alza ya que, debido a todos los innumerables fallos del proyecto que había cometido el arquitecto, los costes y plazos de la obra se han “disparado” y los “números no salen” para la constructora. Esa propiedad se encuentra con que no puede sacar a la constructora de la obra facilmente (tendría que hacerlo por la vía judicial y eso es lento y caro), que el tiempo corre en su contra (si es un fabricante de ropa, por ejemplo y la obra es la ampliación de su fábrica, necesitará que esté acabada en plazo para poder fabricar y servir la ropa que ya ha vendido a sus clientes, si no quiere perjudicar la relación con ellos, y  conscientes de eso las constructoras saben que, al final, les pagará lo que le pidan). En resumen, que esos departamentos estudian una obra y, si por ejemplo saben que cuesta 100, presentan una oferta por 70 para que se la adjudiquen para luego, con los cambios que le obligan a hacer al arquitecto y a la propiedad, conseguir que esa obra en verdad les cueste cueste 80, y, además, cobren 120 en lugar de los 70 ofertados.  De esta manera transforman lo que iba a ser una pérdida  teórica de 30 en un beneficio de 40. Estas prácticas están muy generalizadas en el sector de la construcción. Podríamos pensar que eso no es posible porque, tras la nefasta experiencia del cliente con esa constructora nunca más le volverá a contratar, pero he aquí lo sorprendente del caso: les vuelven a contratar, quizá porque saben que les pasará lo mismo con cualquier otra constructora, o porque la constructora ya se ha encargado de “engrasar” bien sus mecanismos internos de decisión.

Si al efecto “career decision” le añadimos la más absoluta falta de escrúpulos y de principios éticos que rige en gran parte de las empresas, tendremos un cocktail explosivo que ha generado el estallido de la crisis. Todos conocemos innumerables ejemplos de la falta de escrúpulos y de principios éticos ¿Cómo explicar sino la especulación salvaje que domina los mercados financieros? ¿Y las terribles consecuencias que tiene para los habitantes del tercer mundo la especulación en los mercados de futuros de materias primas, provocando que los precios de productos de primera necesidad como el maíz o la cebada se disparen y millones de personas mueran de hambre mientras esos especuladores baten su record de beneficios anuales? ¿Quién no ha oído hablar de los innumerables casos de corrupción que a diario llenan las primeras páginas de los periódicos? ¿Alguien no ha oído hablar del famoso 3% de comisión que las instituciones públicas, tanto municipales como autonómicas y estatales, cobran a las constructoras a cambio de adjudicarles obras públicas?

La gravísima crisis financiera que atraviesa el mundo en estos días tiene su origen en todo eso y en algo tan simple como el “career decision”, la especulación salvaje a corto plazo. No deja de ser curioso que muchos de los máximos responsables de las principales entidades financieras y bancos de negocios norteamericanos que todavía no hace dos años estaban en una situación prácticamente de quiebra hayan cobrado indemnizaciones multimillonarias hace tan solo unos pocos meses por los “brillantes” resultados de su gestión (éste es un mal generalizado y endémico: acabamos de conocer las retribuciones del 2009 de los altos ejecutivos de las empresas cotizadas en el IBEX 35 de la bolsa española, con una media próxima al  millón de euros  y casos tan curiosos como que el presidente de una inmobiliaria que ha presentado suspensión de pagos haya cobrado más de 2,5 millones de euros por su gestión). Tampoco deja de ser curioso que ellos, los máximos defensores del fundamentalismo del libre mercado,  aplaudan con gritos de alegría la mayor intervención de la historia del Gobierno norteamericano y de los principales países europeos inyectando cientos de miles de millones de dólares y de euros para salvar a todos esos bancos y empresas en apuros. Era la economía mundial la que estaba en juego, todo el sistema estaba en peligro nos decían, y eso justificaba la intervención de papá Estado. Debemos devolver la confianza a los mercados nos repetían una y otra vez. Y las bolsas de todo el mundo aplaudieron hasta con las orejas y subieron y subieron estableciendo subidas históricas… El capitalismo está salvado, lo ha salvado papá Estado, nos dijeron.

Pero lo peor de todo es que los gurus del “career decision” y de la falta de ética que recibieron esos préstamos y ayudas multimillonarias para evitar la quiebra a la que su gestión había llevado a los bancos y empresas que dirigen, no sólo no hayan dimitido, o que hayan conseguido evitar que se apruebe una legislación internacional que controle y limite efectivamente sus prácticas irregulares, sino que, encima, se permiten poner en duda la solvencia económica de los estados que les prestaron todo ese dinero, provocando una nueva crisis internacional de proporciones y consecuencias imprevisibles. ¡Y lo han hecho sin siquiera haber devuelto el dinero que esos estados les prestaron!

Jamás pensé que su desfachatez y su cara dura pudieran llegar a esos extremos, y que los responsables de los gobiernos que les prestaron ese dinero callasen y tragasen como lo están haciendo. Cada día mueren de hambre miles de niños por su culpa, por la de esos especuladores que provocan la desigualdad sobre la que se basa este sistema y las crisis con las que se forran,  y de esos políticos que, temerosos de no salir reelegidos, no se atreven a pararles los pies y poner fin a todo esto. Es vergonzoso, criminal y vergonzoso.

La conclusión es clara: el capitalismo salvaje y el fundamentalismo del libre mercado que nos han llevado a esta situación no son más que dos enormes monstruos que necesitan devorarse a sí mismos para retrasar su inexorable proceso de desaparición y extinción. Nos venden la idea de que la rápida y extraordinaria intervención del Estado, que justifican por lo extraordinario de las circunstancias que la han provocado, ha conseguido su objetivo: devolver la confianza a los mercados. La verdad es muy diferente: unos pocos se han forrado con los millonarios beneficios de su especulación salvaje y serán ahora millones los que van a pagar las pérdidas que han provocado. No me cabe duda de que tal y como los conocemos hoy el capitalismo salvaje y el fundamentalismo del libre mercado están condenados a extinguirse; la única incertidumbre es cuándo lo harán y qué se llevarán por delante, si sólo el “bienestar” de unos cuantos países y la vida de millones de hambrientos del tercer mundo, o si podrán incluso acabar con el planeta entero.

En Junio de 2.003, escribí un artículo en el periódico Última Hora de Palma de Mallorca, que se titulaba “USA, ¿Imperio o gigante con pies de barro? Las causas de la guerra”. En él decía: “La fortaleza de un país, en términos económicos, se basa en lo que tiene y en lo que debe. Puede darse la circunstancia de que tengamos mucho, pero si debemos más, podremos ser muchas cosas pero no fuertes. En el caso de los Estados Unidos de América se da, entre otras, esta circunstancia: tienen mucho, pero deben más. Se trata de un país que tradicionalmente ha vivido por encima de sus posibilidades, gastando más de lo que tiene y esta tendencia se ha agudizado más en los últimos años en los que el déficit fiscal ha crecido de manera desorbitada. Esta mentalidad tan enraizada en su cultura también se da en sus habitantes que, paralelamente, han perdido su capacidad de ahorro y se han acostumbrado a vivir con un alto nivel de endeudamiento. Por tanto los ciudadanos norteamericanos no pueden financiar el cada vez mayor desfase entre los gastos y los ingresos de su gobierno. ¿Quién financia pues ese déficit? El capital extranjero, principalmente chino, árabe, europeo y japonés…”

Ahora, siete años después, con un déficit fiscal inmensamente superior y un endeudamiento de sus ciudadanos mucho mayor, ¿Quién financiará todos esos cientos de miles de millones de dólares que el gobierno norteamericano ha puesto sobre la mesa para intentar evitar, o cuando menos retrasar, el colapso de su economía? Tendrá que ser el capital extranjero y los draconianos recortes presupuestarios de los países desarrollados quienes lo hagan, recortes que, seguro, se centrarán en las partidas de ayuda a los países subdesarrollados y en los programas de cooperación y solidaridad con los más necesitados, esos miles de millones que sufren hambre y mueren de pobreza en el mundo porque nunca formaron parte del “career decision”. De nuevo serán los millones de hambrientos del mundo quienes paguen con sus vidas la especulación salvaje de unos pocos.

Pero las funestas consecuencias de esta economía de mercado orientada a los beneficios en lugar de una economía ética orientada a las necesidades, no son exclusivas de Estados Unidos. Es todo el sistema el que se tambalea en este lento pero inexorable camino hacia su propia autodestrucción. Los “recortes” son generalizados en todos los países europeos y, en mayor o menor medida, tarde o temprano nos afectan a todos. Estos días, sin ir más lejos, estamos asistiendo al “tijeretazo” del Gobierno de Rodríguez Zapatero para poder reducir el elevado déficit fiscal español que tanto preocupa a los inversores (o deberíamos llamarles, ya sin tapujos, especuladores extranjeros): bajan los sueldos de los funcionarios, se congelan las pensiones, desaparece el “cheque-bebé” y, entre otras cosas, se reduce en 600 millones de euros la ayuda a la cooperación internacional (aunque de este tema no se habla tanto en los periódicos, ya que para ellos parece que es más importante que nos bajen el sueldo un 5% o que nos congelen la pensión, que intentar evitar que millones de niños mueran de hambre y sed en el tercer mundo porque nuestra ayuda ha dejado de llegarles). A estas medidas hay que añadir el incremento del IVA que entrará en vigor en julio y que perjudica directamente a las rentas más bajas. En pocas palabras, que nos obligan a apretarnos el cinturón para que España gaste menos e ingrese más. Sin embargo, las medidas aprobadas hasta ahora perjudican más a las clases más bajas que a las altas: no se ha modificado la tributación de las sociedades de inversión colectiva (SICAVs, etc.) con las que las grandes fortunas protegen fiscalmente sus ahorros tributando sólo un 1%, no se ha aprobado una recuperación del impuesto del patrimonio, etc. etc. etc. Y a nivel legislativo internacional ocurre otro tanto de lo mismo: los paraísos fiscales siguen existiendo y desde ellos se sigue especulando salvajemente contra la solvencia de los países y la estabilidad de los mercados (hay que recordar que la estabilidad es el peor enemigo de los especuladores, que, para ganar dinero, necesitan que la Bolsa, la deuda o la moneda contra la que especulan suba o baje, eso les da exactamente igual, pero que se mueva).

Y si a nivel económico y financiero ya vemos hacia dónde nos lleva el actual sistema, ¿Qué ocurre cuando lo que tomamos en consideración es el medio ambiente?. A estas alturas ya nadie duda de que estamos ante un gravísimo problema, el del calentamiento global, que amenaza nuestro modelo de vida. O tomamos medidas drásticas y urgentes o las consecuencias podrían ser irreversibles. Pero ¿quién tiene poder en nuestro sistema para tomar esas decisiones? No son los políticos, no, ellos sólo ponen la cara. Son precisamente los gurus del “career decision” quienes pueden tomar, y toman, esas decisiones. Estamos poniendo el futuro de nuestros hijos, y al paso que vamos el nuestro también, en manos de unos personajes sin escrúpulos a los que sólo les interesa generar el mayor beneficio posible para ellos y, eso sí, a corto plazo. Para ellos el largo plazo no existe, como tampoco existe la ética o la justicia. ¿Cómo podemos dejar en sus manos decisiones como éstas? Para ellos el medio ambiente no es más que un obstáculo para conseguir aumentar los beneficios a corto. Única y exclusivamente es eso: un obstáculo para hacerse ricos, y como a tal lo tratan presionando y poniendo todas las trabas habidas y por haber para impedir que se tomen medidas que protejan el medio ambiente.

Parece claro que estamos ante un final de ciclo, pero no de ciclo económico como dicen los economistas, sino de un ciclo mucho más importante: un ciclo vital. O cambiamos, y rápido, nuestra mentalidad y nuestro comportamiento, o el “career decision” y sus macabros compañeros de viaje se nos llevarán a todos por delante. Y es la sociedad civil, todos y cada uno de nosotros, quienes tenemos que dar un paso adelante para conseguir que todo esto cambie, pero no debemos hacerlo con la mentalidad egoísta del “career decision” (que, por desgracia, también a nivel personal también está muy extendida), sino con una mentalidad mucho más amplia, abierta, solidaria y justa, una mentalidad que no nos deje olvidar que todos estamos en el mismo barco y que sólo remando juntos, coordinados y en la misma dirección,  haremos que el mundo avance. Hagamos posible, entre todos, la verdadera transición que tenemos pendiente: pasar de la economía de mercado a la economía ética y mandar al paro de una vez por todas, pero eso sí sin ninguna clase de subsidio ni de prestación, a todos los gurus del “career decision” que nos han llevado a esta situación.

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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