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Edward Steichen, elegía a un peregrino de la belleza

Hoy me gustaría hablaros de uno de esos seres únicos e irrepetibles, posiblemente uno de los últimos humanistas del siglo XX: Edward Steichen. Artista, visionario, fotógrafo, científico, jardinero, reportero, conservador de museos, divulgador de artistas, pintor… Realmente es imposible encerrar en una palabra la poliédrica personalidad de Steichen. Nacido en Luxemburgo en 1.879, este hombre de las mil y una vidas emigró de niño con su familia a los Estados Unidos. Allí, con apenas dieciséis años, cayó en sus manos su primera cámara fotográfica. Apasionado pintor, vio en aquel invento un nuevo camino de expresión, un camino que, más allá de la pintura o de la fotografía, podía llevarle a expresar lo que a él más le interesaba: la auténtica belleza de todo lo que le rodeaba. Nunca buscó que sus fotos o su pintura reflejaran la realidad externa de las cosas. Necesitaba captar, y expresar, el estado de ánimo de las flores que fotografiaba y la realidad auténtica de los personajes a los que retrataba. “Observa el tema, piensa sobre él antes de fotografiarlo, míralo hasta que tome vida y te devuelva la mirada” decía sobre la forma en que hay que abordar la fotografía. Steichen decía que si de verdad quieres fotografiar la belleza de una flor has que conseguir que “las luces canten y que el papel huela”. Para él “el autentico mago es la luz en sí misma – la luz misteriosa – en perpetuo cambio, con sus correspondientes sombras, abundantes y llenas de misterio.”

Curioso infatigable, con su primera cámara Steichen empezó a investigar y a experimentar todas las posibilidades que podía ofrecerle: empañaba o mojaba el objetivo, hacía vibrar la cámara, etc… La técnica del revelado pronto se le quedó corta y también empezó a indagar en todos los nuevos campos que iba descubriendo. A través de la fotografía fue uno de los pioneros en recorrer el ilimitado sendero que une ciencia y arte. Ávido de belleza, de conocer lo que estaba pasando en el mundo del arte  y de ver de cerca la obra de su admirado Rodin, en 1.900 se embarcó rumbo a Europa. París era su destino.

En París entra en contacto con el arte moderno y se apasiona con Picasso, Matisse, Cèzanne… Al fin puede conocer a Rodin, que le dice que “cuando empezamos a comprender la naturaleza, el progreso no para jamás.” La Secesión vienesa también entra a formar parte de su vida. A caballo entre Europa y los Estados Unidos, es Steichen quien introduce el arte moderno en Norteamérica. En 1.905, siendo ya un fotógrafo de renombre internacional, deja su estudio de Nueva York para que su colega Alfred Stieglitz, que había creado la revista Photo-Secession, abra en él la primera galería de arte dedicada exclusivamente a la fotografía en la que fue una de las más grandes batallas de ambos: conseguir que la fotografía se considerase arte.

En 1.908 alquiló una finca en Voulangis (Francia), donde empezó a trabajar en la que sería otra de sus más grandes pasiones: la floricultura. Llegó a cultivar cien mil delfinios al año porque, como él decía, “varios acres abarrotados de delfinios constituyen un espectáculo fascinante”. Su hija recordaba que “mi padre se pasaba el día pintando, leyendo, con las flores. Tenía que estar allí cuando florecía cada una de ellas.” Buscador incansable de formas y colores, investigó con los híbridos. Hoy existen el delfinio Steichen y el lirio híbrido “Monsieur Steichen”. Su amor por las flores le llevó a conseguir que, en 1.936, el MOMA de Nueva York realizara la que fue la primera y última exposición de flores como forma de arte.

La primera guerra mundial hizo que el inquieto Steichen tomase partido de la mejor forma que él sabía: convenciendo a las autoridades militares de la necesidad de crear un departamento de fotografía aérea. Aquella idea ayudó a ganar la guerra. Los franceses le nombraron Caballero de la Legión de Honor. Más adelante, en la segunda guerra mundial, realizó algunos de los reportajes fotográficos más impresionantes que se han hecho jamás. También organizó exposiciones de fotografía de guerra (Road to victory) para conseguir que los jóvenes se alistaran. Esta sería poco después una de las facetas en las que la fuerte personalidad de Steichen destacó más: la de comisario de exposiciones. Su exposición “Family of man”, creada en 1.955 como una advertencia contra la amnesia colectiva de la posguerra, es la única exposición inscrita en el registro de la memoria del mundo de la UNESCO.

En 1.922, estando sin un duro, leyó un artículo de la revista Vanity Fair que le definía como el mejor retratista, pero indicaba erróneamente que había abandonado definitivamente la pintura por la fotografía. Escribió una carta al director para corregir ese error. La respuesta fue que le ofrecieron incorporarse a la revista como director de fotografía. Su paso por el grupo Condé Nast (Vanity Fair y Vogue) fue una auténtica revolución en el mundo de la publicidad y la fotografía comercial a la que dedicó tanta atención como a la artística. Muchos quisieron ver en eso que Steichen se había vendido y que había renunciado al arte  por el dinero de la publicidad. Sin embargo él demostró que el arte y la belleza también pueden y deben estar en la calle y no sólo en los museos.

Quizá una de sus facetas más conocidas es la de retratista de personalidades a las que sabía encontrar aquello que definía su esencia: Greta Garbo, Gary Cooper, Charles Chaplin, Gloria Swanson, Walt Disney, George Gershwin, George Bernard Shaw, Thomas Mann, H.G. Wells, Rodin o Winston Churchill… y muchos otros hicieron cola para ser fotografiados por Steichen. Su constante búsqueda de la belleza le llevó a diseñar un par de pianos de cola, estampados para tejidos, vidrios para la industria, etc… y a ser el conservador del departamento de fotografía del Museo de Arte Moderno de Nueva York.

Steichen fue un hombre apasionado por la magia de la belleza para el que “la misión de la fotografía es explicarle el hombre al hombre, y cada hombre a sí mismo”. Investigador insaciable, cuando había aprendido todo lo que quería saber de un tema concreto se apartaba para dejar que fueran otros los que continuasen la exploración. Para él siempre había mucho más por explorar en la vida. A los 94 años, poco antes de morir, Steichen seguía amando la vida y se quejaba de “todo el trabajo que sigue sin hacer, tantas cosas que se me ocurre hacer, suficientes para llenar la vida de otras seis personas.”

La personalidad de Steichen y esas ganas de vivir devorando la vida me recuerdan a la de un médico de los de “toda la vida” de Barcelona, el doctor Moisès Broggi. Creó la unidad de urgencias del Hospital Clínico de Barcelona durante la República y fue jefe de cirugía de las Brigadas Internacionales, lo que le ocasionó que le prohibieran trabajar en la medicina pública en la época de Franco. Fue el médico de cabecera de las principales familias de la burguesía catalana. Humanista, solidario, generoso donde los haya y comprometido con todas las causas justas, su vida daba para escribir más de una novela. Actualmente tiene ciento cuatro años y, en una reciente entrevista en la que le preguntaban por el secreto para estar tan lúcido y con tantas ganas de vivir a esa edad, dio una respuesta que es un verdadero ejemplo para todos y, desde luego, una profunda filosofía de la vida: Vivir, dijo, es como ir en bicicleta: si te paras te caes…

 

 

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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