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“El viento se llevó lo que”

Me fui para el Sur. ¿Adónde? No lo sé. El mapa es largo. Casi sin darme cuenta ya estaba en la Patagonia. Una avería, o el destino si lo prefieren, quiso que llegara a un pequeño pueblo olvidado en medio de ninguna parte. Por no haber no había radio ni televisión, tan solo una vieja gramola en la que siempre sonaban, al atardecer, los tangos de Gardel. María, una atractiva madrileña que hacía años había llegado allí siguiendo un gran amor, me hospedó en el humilde hotel que regentaba. Su gran amor hacía tiempo que se había ido y la había abandonado en aquel diminuto pueblo. Sin embargo el amor, la melancolía y la nostalgia seguían viviendo en sus ojos, unos ojos que habían aprendido a ver más allá de los sueños.

Un viejo iluminado me contó que era el dueño del último cine del mundo, un cine al que llegaban las películas que se habían estrenado en la ciudad hacía décadas y que, tras tanto trasiego, llegaban con los rollos cambiados de lugar, mezclados o perdidos y con actores que desaparecían para luego resucitar. Era imposible llegar a entender una de aquellas películas. Un viejo actor francés, al que por aquellos páramos sólo habían visto en blanco y negro, era el ídolo local. En el pueblo todas estaban enamoradas de él y, por eso, todos soñaban con ser él. No tardé en darme cuenta de que algo extraño pasaba en aquel pueblo. Nadie hablaba normal. Sus gentes, especialmente los más jóvenes, como disléxicos sin remedio, repetían las frases que habían escuchado una y mil veces en aquellas destartaladas películas y, lo más sorprendente, vivían como si estuvieran actuando en aquellas cintas mal montadas en las que, invariablemente, cuando llegaba el momento de la verdad, los actores daban un salto en el tiempo. Unas veces el salto era hacia delante, otras hacia atrás, eso poco importaba. Por eso, a veces, se besaban apasionadamente al conocerse para presentarse formalmente pasados algunos años. Los más viejos del lugar, conscientes del problema que aquejaba a los jóvenes, no paraban de buscar soluciones de lo más imaginativo. Llegaron incluso a plantearse seriamente rodar sus propias películas. El más sabio del lugar, Antonio, tenía una mente privilegiada. Su infinita capacidad de deducción le llevó a formular tres teorías fundamentales para el desarrollo de su comunidad: “Todo es relativo”, “Todo es sexo” y, la más importante y humana: “Todos somos iguales”. Antonio nunca llegó a enterarse de que Einstein, Freud y Marx habían llegado a esas mismas conclusiones mucho antes que él. Incansable, cada vez salía del pueblo rumbo a la capital para vender su nueva teoría y conseguir el dinero suficiente para concretar su sueño: fundar la Universidad General de Todo, que sacaría de la noche de la ignorancia a los jóvenes del lugar. Nada podría mellar la voluntad de un hombre acostumbrado a enfrentarse a Eolo en la violencia de sus vientos patagónicos. Los dos primeros viajes acabaron, como cabía esperar, en un rotundo fracaso: nadie le hizo ni caso. El tercero, sin embargo, a punto estuvo de acabar en tragedia: llegó a Buenos Aires a finales de Marzo de 1.976, justo cuando estalló el golpe de Estado. Los militares torturaron durante un año a aquel ingenuo subversivo que se atrevía a defender que todos somos iguales y que propugnaba, incansable, el beneficio de las masas.

En aquel maravilloso pueblo encontré el amor: “Te amo tanto, me agarro un calor por dentro cada vez que te veo…” me dijo mirándome a los ojos. Terminé de enamorarme al comprender que si bien nunca, pero nunca, íbamos a poder comunicarnos, aquélla persona me entendería más que nadie. Llegó la primavera y nuestro pueblo seguía desconectado del mundo. A través de la ventana de nuestra casa nos quedábamos horas y horas contemplando y aprendiendo de toda esa poesía que nos rodeaba. Una noche de frío y lluvia el tren, que rara vez paraba en el pueblo, nos trajo un pasajero inesperado. Era el actor francés que había robado el corazón de todas las gentes de aquel pueblo. Sabedor de que su tiempo hacía años que había pasado, decidió venir a aquel lugar perdido del mundo para conocer personalmente a su público, a esos fieles admiradores que, durante años, no habían dejado de enviarle cartas. En ellos encontró el calor humano que tanto había echado a faltar y en María, la mujer de la mirada de los sueños, el amor de su vida. Cada día, al caer la tarde, el actor nos contaba una historia diferente. Su voz nos trajo la luz y la sonrisa de las mujeres tibetanas, la capacidad de amar locamente de su tío Alfonso que, pasados los sesenta, “honoraba” tres veces al día a una bella joven de 25 años en la trastienda de su zapatería…

Fueron días muy felices, hasta que, una tarde, llegaron los obreros y los camiones para poner esa cosa ahí, en lo más alto del valle, esa horrible estructura de hierros, cables y tornillos. Nos querían hacer cambiar, querían invadir nuestros cerebros y hacernos olvidar la paz, la tranquilidad y todas esas cosas bonitas que sabíamos compartir. Nos querían quitar esa locura que yo había aprendido a admirar casi como poesía… Un pueblo con televisión se parece a cualquier pueblo, así que nos fuimos de allí. No regresamos jamás.

Esta es la historia que Alejandro Agresti nos cuenta en “El viento se llevó lo que”, la película con la que ganó la Concha de Oro en el festival de San Sebastián de 1.998. Es una película cargada de esperanza y de poesía, una película capaz de emocionarnos y de hacernos sentir vivos, maravillosamente vivos. ¿Cómo era la vida en aquellos pueblos aislados del mundo que, sin radio, ni diarios, ni televisión, sólo mantenían el contacto con la civilización a través del cine?. Vera Fogwill, la joven actriz argentina que protagoniza esta película nos cuenta esta historia en primera persona llevándonos de la mano a ese proceso de descubrir la locura que nos hace libres. Junto a ella una espléndida, como siempre, Ángela Molina en el papel de María, esa mujer capaz de soñar y de hacernos soñar más allá de los sueños y el delicioso Ulises Dumont, ese pedazo de actor argentino que encarna al sabio Antonio, que ha nacido para compartir todo su mundo con nosotros. Fabián Vena está realmente entrañable en el papel de Pedro. Y, finalmente, cómo no, Jean Rochefort, ese formidable actor francés que da vida al actor francés con el que sueña y aprende a vivir todo el pueblo, ese viejo contador de historias que nos salva, porque siempre habrá esperanza mientras exista alguien que nos cuente un cuento, una historia que nos atrape, nos transporte, y nos haga olvidar nuestras pequeñas, o grandes, miserias. “El viento se llevó lo que” es una película inolvidable que nos habla de todas esas pequeñas cosas maravillosas que hemos ido perdiendo casi sin darnos cuenta, y es también un canto al cine, a la libertad, a la poesía, a la magia de la vida y, cómo no, a todos esos diferentes mundos por vivir que están en éste.

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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