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La luz del silencio: tibetanos en el exilio, una opción por la no-violencia en el mundo de hoy

Hoy quiero compartir con vosotros los recuerdos de un viaje que para mí fue inolvidable: el que hice hace cinco años a Dharamsala, residencia del Dalai Lama. Si queréis os invito a escuchar alguna música que me llevé a aquel viaje. Son baladas del malogrado Jim Croce, de Ralph Mctell y, cómo no, el Vincent de Don Mclean, esa preciosa canción dedicada a Vincent Van Gogh en la que, entre otras cosas, le dice algo que es aplicable al pueblo tibetano: “este mundo nunca estuvo hecho para alguien tan bello como tú…”

DHARAMSALA, EL NUEVO SHANGRI-LA

La entrada en Dharamsala impresiona. La carretera, empinada y estrecha como pocas, alcanza de pronto una loma desde la que se divisa, quizá, una de las bellezas más armoniosas de la tierra: a la izquierda, el templo/residencia del Dalai Lama, donde vive desde que se exilió en 1959, construido sobre una colina llena de bosques de abetos; frente a nosotros Mcleod-Ganj, Dharamsala alto, un pequeño pueblo de casas sencillas y bajas; tras esas casas la imponente presencia de las cumbres del Himalaya, que allí se alzan hasta los cinco mil metros; y a nuestra espalda, serpenteante y verde, el Kangra Valley, con su inmensa llanura y sus lagos azules.

En aquel océano verde se recortan las siluetas granates de los monjes. Hay miles de ellos: hombres, mujeres, niños, ancianos… unidos por esa inacabable sensación de paz que reflejan sus sonrisas. Siempre ríen. Más de cincuenta años de sufrimiento, tortura y exilio no han hecho más que ampliar su sonrisa, esa que ofrecen a todo el que se cruza en su camino. Son gentes sencillas y humildes que han decidido hacer de sus vidas una permanente fuente de ayuda a los demás. Tras sus túnicas granas, sus cabezas rapadas y esos ojillos rasgados que nos invitan a compartir su risa y su alegría, hay seres humanos que sólo conocen la verdad y la dignidad: la verdad de la iluminación, la dignidad de su permanente búsqueda. El cariño, el amor, la devoción, el respeto y la admiración que sienten por Tenzin Gyatso, el XIV Dalai Lama, conmueve profundamente.

Hombre sabio, y quizá por eso permanentemente alegre, el Dalai Lama (océano de sabiduría, según la etimología mogola de Dalai y tibetana de Lama) se confiesa seguidor de la filosofía de la no-violencia del Mahatma Gandhi. Como él mismo dice, “ la cultura tibetana es una de las herencias culturales antiguas más ricas del mundo. Basada fundamentalmente en el amor, la compasión y la no-violencia, su preservación y perpetuación no sólo beneficia al Tíbet, sino también al resto de la humanidad.” Al recibir el Premio Nobel de la Paz en 1.989 explicó la visión que él tiene de su país: “mi sueño es que toda la meseta tibetana se convierta en un refugio libre, donde los seres humanos y la naturaleza puedan convivir en equilibrio armonioso y pacífico. Sería un lugar donde la gente de todo el mundo podría venir en busca del verdadero sentido de la paz interior, fuera de las tensiones y presión de una gran parte del mundo. Tíbet podría, en efecto, convertirse en un centro creativo para fomentar y desarrollar la paz.”

ESCUCHANDO AL DALAI LAMA

Desde finales de febrero a principios de abril, como cada año, el Dalai Lama ofrece sus enseñanzas a todo aquel que las quiere oír. Cada día, entre las doce y media y las cuatro de la tarde, acude al templo para explicar sus enseñanzas. Dos fotos de carnet y diez rupias (3 céntimos de euro) es lo único que se necesita para acceder al recinto y, si no se habla tibetano, que entre nosotros es lo más normal, un receptor de radio FM para poder recibir la traducción simultánea al inglés. Una vez en el recinto la sensación de paz y armonía que se percibe inunda todo tu cuerpo. La expectación es muy grande. Hay gentes que han venido de todas partes del mundo para escuchar su palabra. Aquella mañana debíamos ser dos mil los que aguardábamos al Dalai Lama. Puede que más de mil ochocientos fueran monjes, con sus hábitos granates, ciento cincuenta tibetanos, una treintena de indios y veinte occidentales.

El templo está lleno de cojines en el suelo donde se sientan los monjes y todos los que hemos acudido a escuchar al Dalai Lama. Está absolutamente lleno. Bordeamos la sala principal haciendo girar, en el sentido de las agujas del reloj, los cilindros de oración que la rodean. Finalmente nos sentamos frente al lugar donde él hablará. A pesar de que nuestro aspecto resulta allí extraño, los monjes no nos miran con recelo sino, al contrario, nos ofrecen un sitio junto a ellos. Cuando nos sentamos en el suelo percibimos la energía que desprenden el lugar y los seres humanos que hay en él. Una profunda emoción hace que mis ojos se empañen al ver lo que está pasando junto a mí: pastores tibetanos y monjes venidos de las montañas y del sufrimiento de un pueblo perseguido y oprimido se han reunido allí para orar por la paz, por la no-violencia, por el perdón al enemigo, por el amor entre todos los seres humanos. Es su forma de vivir, de hacer la revolución que cambiará definitivamente el mundo en que vivimos.

La llegada del Dalai Lama provoca un murmullo que, lentamente, invade el templo. Empieza a hablar del proceso de crecimiento, ese proceso que requiere del esfuerzo diario que, desde la práctica, nos ayudará a recorrer el camino interior despreocupándonos del exterior, para no caer en el querer aparentar ser lo que en realidad no somos. Para que podamos llenarnos, primero tenemos que vaciarnos, nos dice con su voz pausada y grave… El Dalai Lama, hombre sabio, salpica sus enseñanzas con bromas que hacen que todos riamos. Durante esa charla nos pasan un néctar anaranjado que sirven los monjes. Ordenadamente todos acercan unos pequeños cuencos, o sus manos quienes no los tienen, para que les sirvan. Una mujer mayor que está junto a nosotros nos da el suyo para que se lo acerquemos al monje. Con los ojos, y con esa sonrisa iluminada de la gente del Tíbet, nos invita a que también nosotros participemos del rito bebiendo y haciendo abluciones. Poco importa que no seamos budistas, somos seres humanos y con eso les basta.

En otro momento de la charla todos sacan una pequeña cinta de color rojo que ponen en su frente y sobre los ojos. Es cerrando nuestros ojos como podemos ver en nuestro interior. Más tarde varios lamas nos marcan la frente con una pintura anaranjada que recibimos con respeto y alegría. Tampoco a ellos les importa que no seamos budistas; quieren dar, compartir su experiencia con el que está a su lado. No es necesario hablar su idioma para entenderles. Los mantras se suceden uno tras otro como olas en ese océano granate de sabiduría iluminado por la luz del silencio. Jamás había sentido una sensación de paz interior como la que sentí aquel día…

NORBULINGKA, LAS RAICES DE UNA CULTURA

Cerca de Dharamsala está el Instituto Norbulingka, dedicado a la preservación de la cultura tibetana. Un pueblo que no tiene país ni estado, al que en su tierra no le dejan aprender en su propia lengua o defender su propia identidad, es plenamente consciente de la necesidad de preservar y mantener viva su cultura y sus tradiciones. Por ello, auspiciado por el Dalai Lama, en 1.988 empezaron a construir este Instituto que fue inaugurado oficialmente en 1.995. Recorriendo sus edificios y sus jardines se respira una intensa sensación de paz. El diseño y la disposición de sus edificios, representando la figura de Buda sentado, tienen mucho que ver en ello. En este Instituto los viejos maestros tibetanos instruyen y enseñan a las nuevas generaciones el arte y la cultura de su pueblo: estatuas, thangkas y trabajos en tela y en madera. La formación necesaria para poder pintar los thangkas es de seis años. Con las obras que realizan en los talleres y gracias a la ayuda internacional, este Instituto es el referente actual de la cultura tibetana, en el que, además, cuentan con un centro de investigación, una biblioteca y, sobre todo, con la academia de cultura tibetana, en la que se enseña filosofía budista, poesía tibetana, historia, literatura, geografía, medicina e inglés.

Junto al Instituto está Nyingtob Ling, “el reino del coraje” como fue bautizada por el Dalai Lama, la escuela/hogar tibetana de manualidades para niños discapacitados. La escuela es totalmente gratuita y a ella acuden, en régimen de internado, los niños discapacitados de las familias tibetanas más pobres. Subsisten gracias a la ayuda internacional, tanto privada como institucional y a lo que obtienen por la venta de los productos que hacen los propios niños (artesanía de madera, tela, dibujos…) En todas las clases vimos lo mismo: pobreza, amor, alegría y una enorme dignidad. Bajo el templo budista, donde los niños acuden cada mañana y cada tarde a orar y a meditar, están construyendo la clínica de la escuela. Todavía no tienen ni un solo mueble, ni aparatos, ni instrumentos ni medicinas, pero es allí donde los niños hacen fisioterapia y donde, una vez a la semana, les visita el doctor.

Son muchas las cosas que pude aprender en Nyingtob Ling: que con amor todo es posible, que la dignidad no depende de lo que tienes o de lo que eres, sino de lo que das, que es en las cosas pequeñas donde podemos encontrar la felicidad, que la mirada y la sonrisa de un niño son iguales en todas las partes del mundo, que el futuro se construye con nuestras manos, paso a paso y día a día, que no hay mejor terapia que la alegría y el cariño…y que podemos, si queremos, ayudarles tanto con tan poco: apadrinar a uno de estos niños cuesta un dólar diario, menos de lo que, cada día, nos gastamos en café o cogiendo el autobús…

LOS NIÑOS TIBETANOS: UNA MIRADA DE ESPERANZA

La educación es la prioridad absoluta del pueblo tibetano. Un pueblo de seis millones de seres humanos de los que un millón doscientos mil han muerto desde que China invadió su país, un pueblo obligado a vivir en el exilio para mantener su lengua y su cultura, un pueblo en el que ciento treinta mil personas viven ese exilio desde hace más de cincuenta años con la esperanza de poder regresar algún día a la tierra que les vio nacer, un pueblo que resiste la ocupación, la represión y la injusticia únicamente con la verdad y la no-violencia, es un pueblo que sabe lo importante que es la educación de sus futuras generaciones. De ella depende su ser o no ser, su identidad y su propia existencia.

En 1.960, cuando los primeros refugiados llegaron al norte de la India para establecerse en Dharamsala, una de las hermanas del Dalai Lama, Tsering Dolma Takla, creó una guardería para acoger a cincuenta y un niños refugiados, huérfanos en muchos casos o que habían tenido que dejar a sus padres en Tíbet. Desde allí les enviaban a otras escuelas de la India. Pero los refugiados siguieron llegando y las necesidades fueron en aumento. A la dificultad de encontrar profesores que respetaran la cultura tibetana se añadía la de poder enseñar a los niños en su propia lengua. En los colegios indios la enseñanza es en hindi y, sobre todo, en inglés.

Ese crecimiento de las necesidades llevó a que aquella pequeña guardería se transformase en un colegio/hogar. Conscientes de que esos niños, además de educación, necesitaban el cariño de unos padres y la sensación de pertenencia a una familia, estructuraron el colegio/hogar en forma de pequeño pueblo (village). Así, en cada casa vive un grupo de niños con una mujer (su madre de hogar) que representa lo que es una madre en una familia tradicional. Los niños consideran a sus compañeros de casa como sus hermanos y conviven con ellos y con su madre de hogar hasta que abandonan el colegio. Por eso, a estos colegios se les conoce como Tibetan Children Village (TCV), aldeas de niños tibetanos. El tamaño de los TCVs varía en función de las necesidades específicas de la zona en que se ubican. Así, los hay desde seiscientos alumnos hasta dos mil quinientos.

El sistema educativo de los tibetanos en el exilio es muy avanzado. Aplicando la pedagogía de Montesori, adaptan la formación a sus necesidades básicas: preservar su cultura y los valores fundamentales del budismo. Así, hasta los cinco años, los niños aprenden tibetano y cultura tibetana. A partir de los seis, la formación es en inglés para poder convalidarla con los planes de estudio indios. Siguen el programa oficial adaptándolo a su cultura autóctona (música y danza tibetanas,…). El objetivo de esta educación es que, al finalizarla, sean tibetanos con todo lo que ello significa en cuanto a valores humanos.

La educación es gratuita, y los TCVs se financian, fundamentalmente, gracias a las donaciones externas. Las necesidades de un sistema educativo como el tibetano son muchas: tienen que crear sus propios libros, enseñar a los profesores en centros especializados, formar a las madres de hogar,… Para ayudar a que los jóvenes puedan integrarse en la sociedad, al acabar sus estudios tienen hostales en diferentes ciudades de la India donde ellos pueden vivir desde que van a la universidad. También cuentan con sus propios programas de formación profesional y su mecanismo autóctono de bolsa de trabajo.

Un día normal en cualquier TCV empieza a las seis de la mañana y acaba poco después de la puesta del sol. Cuando recorrimos el TCV de Dharamsala, lo que más nos impresionó fue la alegría de los niños, el grado de libertad con el que se mueven por el colegio y el nivel de responsabilidad que, progresivamente, van asumiendo (hasta los pequeños de siete u ocho años entregan un ticket en la cantina para que les sirvan la comida). Pero, por encima de todo, llamó nuestra atención el contenido de los lemas que adornan las paredes del colegio o de las canchas deportivas. En esos lemas podía leerse toda la filosofía que sustenta este sistema educativo: “Piensa globalmente, actúa localmente”, “ Cuanto más leas, más podrás dar”, “Ven a aprender, ves a servir”.

Al abandonar el TCV de Dharamsala vi un solitario templo de paredes blancas y sencillas que irradiaba una luz extraordinaria. Era muy pequeño, quizá el más pequeño que había visto desde que había llegado a la India. Me acerqué e intenté entrar, pero la puerta estaba sellada. Junto a ella había una placa de latón clavada en la pared. Decía: “Aquí están los mensajes de paz y de esperanza que los niños del 2.000 escribimos a los que abrirán esta puerta en el año 2.050…”

LA SITUACIÓN ACTUAL DE LOS DERECHOS HUMANOS EN TÍBET

De los seis millones de tibetanos que hoy viven en el Tíbet, la mayoría lo hace en las ciudades de la llamada TAR (Tibetan Autonomous Region). Las áreas limítrofes, donde también hay población de etnia tibetana, no son consideradas como Tíbet por los chinos. El gobierno chino ha desarrollado una intensa campaña de colonización de las principales ciudades de la TAR donde hoy, prácticamente, ya son mayoría los colonos chinos (son ocho  millones frente a los seis millones de tibetanos). En 1.959 no había ni uno, sólo los tibetanos vivían allí. La llegada a Lhasa del tren desde Pekín ha acelerado aún más este proceso de colonización y exterminio cultural llevando al Tibet a medio millón de nuevos colonos chinos en el último año.

La represión ha ido en aumento en los últimos años, y muy especialmente desde el once de septiembre de 2.001, ya que China aplica una política antiterrorista “preventiva” que considera delitos políticos hechos como llevar una foto del Dalai Lama o gritar “Tíbet libre”. Las protestas de Lhasa de 2008 coincidiendo con la celebración de los JJOO de Pekín se saldaron con cerca de 200 muertos. Hay espías y confidentes chinos insertados en las comunidades tibetanas, tanto dentro como fuera del Tíbet, y se han denunciado casos de tibetanos exiliados que han desaparecido.

Las condiciones en las cárceles chinas son atroces. Se tortura sistemáticamente a los presos y se mezcla a los presos políticos tibetanos con presos sociales chinos considerados como peligrosos. La pena de muerte sigue en vigor en China, y es el país del mundo que tiene más ejecuciones anuales. En noviembre de 2009 cuatro tibetanos fueron ejecutados acusados de haber participado en las protestas de Lhasa en 2008. Los acusados de cometer delitos políticos no tienen derecho a ser defendidos por un abogado en el juicio, y las condenas son ampliadas arbitrariamente sin que se sepa cómo, cuándo o por qué.

La política del gobierno chino hacia el Tíbet, y más concretamente a lo que ellos denominan TAR, ha sido la de impulsar un fuerte desarrollo económico con la construcción de infraestructuras y permitiendo que los tibetanos afines y los colonos chinos puedan lucrarse con sus negocios, siempre y cuando no atenten contra el sistema establecido. Esta política persigue un doble objetivo: acallar las voces de los disidentes intentando hacer creer a los tibetanos que gracias a China viven mejor que cuando eran independientes y, principalmente, mostrar a las potencias y a las instituciones extranjeras que China apoya al Tíbet.

En realidad la situación en cuanto al respeto de los derechos humanos es muy grave: al genocidio de un millón doscientos mil tibetanos hay que añadir el exterminio de su cultura ya que, vía la colonización y, sobre todo, la represión de las manifestaciones culturales autóctonas, la cultura tibetana está desapareciendo en Tíbet: no pueden estudiar en su propia lengua, los programas educativos son los que impone el gobierno chino, que aplica su visión unilateral de la historia, los templos, en su mayoría, han sido destruidos…

GU CHU SUM, UN PASO NO VIOLENTO HACIA LA LIBERTAD

Si TCHRD (Tibetan Centre for Human Rights and Democracy) se ocupa de defender los derechos humanos y los valores democráticos tanto en el Tíbet como entre la comunidad tibetana en el exilio, otra organización es la que se encarga de la acogida de los expresos políticos que llegan al exilio: el GU CHU SUM, la asociación de expresos políticos tibetanos.

Fundado en 1.991 por, entre otros, Ngawang Woebar, monje budista que lideró las protestas de Lhasa de 1.987 por lo que fue encarcelado, tiene dos objetivos primordiales: dar unidad y cobertura económica y social a los expresos políticos y dar a conocer la situación real de lo que está pasando en el Tíbet.

Cuenta actualmente con trescientos cincuenta miembros que se asocian voluntariamente. El GU CHU SUM no niega su ayuda a los expresos refugiados que no quieren asociarse. No tiene financiación oficial externa, sino que subsiste con lo que hacen sus miembros (artesanía textil y un restaurante japonés principalmente) y, sobre todo, a través de donaciones exteriores directas.

Cuando Ngawang Woebar cruzó el Himalaya para refugiarse en Dharamsala pasó más de un mes en las montañas. Le acompañaban otros cuatro monjes. El viaje al exilio es peligroso. Las patrullas del ejército chino vigilan la frontera con India, esa frontera que separa dos mundos muy diferentes, los de los dos países más poblados de la tierra, esa frontera que, desde siempre, ha estado cerrada y vigilada por el guardián más implacable: el miedo. El viaje al exilio es siempre el mismo, poco importa que lo hagas atravesando las montañas más altas del mundo o que lo hagas en patera. Sólo el miedo te acompaña, el miedo y esa cruel sensación de saber que cuanto más te alejas de los tuyos, de ti mismo, más cerca estás de ese nuevo mundo, desconocido y extraño, en el que, dicen, podrás empezar una nueva vida. Cruzar el Estrecho requiere de un patrón que gobierne una patera; cruzar el Himalaya, de un guía experto y valiente que conozca las montañas palmo a palmo y que esté dispuesto a jugarse la vida en cada viaje. Para evitar las patrullas duermen durante el día y viajan de noche. En los meses de invierno es el frío el que cierra la frontera; el resto del año lo hacen las patrullas chinas. En primavera, con el deshielo, la ruta es muy peligrosa. Un paso en falso y se rompe la delgada capa de nieve que esconde la profunda sima donde duerme la muerte. Muchos son los que sólo encuentran la muerte en las montañas. Cada año siguen llegando tres mil tibetanos al norte de la India o a Nepal. Nadie sabe cuántos son los que iniciaron el viaje ni  los que quedaron en el camino. Muchos de los que llegan son niños. En sus ojos sólo hay esperanza; jamás pierden su sonrisa.

Ngawang Woebar llegó a India con las manos vacías y el corazón lleno: sabía que tenía que ayudar a todos los que, como él, habían emprendido el viaje. Sin dinero ni medios no era fácil hacerlo. Necesitaba conseguir fondos y explicar al mundo lo que estaba pasando en su país.  Si algo no les falta a los tibetanos es determinación. Así que, con algo de imaginación, aquellos cinco monjes y algunos que, como ellos, habían cruzado la frontera unos meses antes, formaron un grupo de teatro itinerante que empezó a recorrer el norte de la India. Ninguno era actor ni había recibido formación teatral. Se interpretaron a sí mismos. Contaron su historia a todo aquel que les quiso escuchar. El éxito fue increíble. Enseguida empezaron a reclamarles de ciudades más lejanas. La gente empezó a saber del sufrimiento del pueblo tibetano, y aquellos cinco monjes/actores fundaron, con todo lo que habían recaudado, el GU CHU SUM.

Hoy este movimiento ayuda económicamente a ciento cincuenta expresos y da ayuda humanitaria a los que no tienen familia. Organiza cursos de formación para la reinserción social. Cada curso dura un año y se imparten asignaturas como inglés, tibetano e informática. También editan su propio boletín informativo en el que, los que van llegando, cuentan su propia historia.

Paseando por la terraza del edificio que ocupa el GU CHU SUM con Ngawang Woebar pude aprender que cada tibetano tiene un papel que interpretar en esa colosal obra que es la reconstrucción del Tíbet, y que el de él es el de dar a conocer su realidad y ayudar a los expresos, a todos los expresos que le puedan necesitar. Su filosofía es la de la no-violencia del Mahatma Gandhi y, como él dice, “la justicia sólo puede venir a través de la verdad”. Él, que como tantos otros, ha estado encarcelado y ha sido brutalmente torturado por expresar sus opiniones por decir lo que piensa o, simplemente, por defender su propia cultura, hace oración cada día. En sus oraciones también están los que le torturaron. “Si yo devolviera la violencia que he recibido sólo generaría más sangre y más muerte. La reconstrucción del Tíbet sólo puede venir de la verdad”.

POETAS DEL EXILIO…

Al caer la tarde entré en una pequeña librería de Dharamsala. Tras hojear y saborear un sinfín de libros que me empujaban a buscar la verdad en el fondo de mí mismo, o en la mirada del otro, empecé a hablar con un tibetano enjuto y bajito. En sus ojos había luz, la luz de la sempiterna sonrisa de los tibetanos. Era el librero y, además, poeta. Así se me presentó. Su nombre es Lhasang Tsering, y es uno de los poetas tibetanos contemporáneos más queridos por su pueblo. Me habló de su tierra, de esa tierra que dejó atrás; de lo que los chinos están haciendo con ella, convirtiéndola en un basural nuclear y deforestándola día a día. En la meseta tibetana nacen cuatro de los ríos más importantes de Asia, que van a India y a China. Controlar sus fuentes significa controlar el acceso al agua potable del 40% de la población mundial. Este control y el de las mayores reservas del mundo de uranio que están bajo la meseta tibetana son la causa por la que China invadió y ocupa Tíbet. El ecosistema tibetano no está preparado para resistir esta agresión. Lhasang Tsering también me habló del cielo tibetano, de ese cielo azul que lo ilumina todo, y de las estrellas, de la inmensidad del firmamento, esa pizarra donde los hombres, o los dioses, escriben su historia. Cojo entre mis manos el mejor regalo que un poeta puede hacer: sus versos, una pequeña colección que se llama “Mañana y otros poemas”. Hay una infinita nostalgia en sus versos. También la rebelión contra la injusticia aparece en ellos. Recuerdo uno de sus poemas, se llama, “Sin lágrimas para llorar”:

“En un lugar donde todos han sido asesinados

¿Quién?, ¿Quién llorará? ¿Y por quién?,

en un pueblo en el que la muerte ha visitado todas las casas

¿Quién? ¿Quién llorará? ¿Y por quién?,

en la torturada tierra de la nieve

¿Quién?, ¿Quién llorará? ¿Y por quién?.

Donde la muerte vive a diario

no hay tiempo para levantarse,

donde la pobreza lo habita todo

no hay aceite para las lámparas,

donde todos los corazones han llorado

no hay lágrimas para llorar”.

En un mundo gravemente herido por la sin razón de la violencia, por la intolerancia y la superficialidad criminal del fanatismo, donde valores como amor, compasión o solidaridad son a diario masacrados por los fundamentalistas del libre mercado, en un mundo globalizado en el que, como diría Celaya, apenas si nos dejan decir que somos quien somos, surge la voz del pueblo tibetano en el exilio. Es una voz nacida del sufrimiento y del dolor, una voz potente y fuerte que nos recuerda lo que en verdad significa ser seres humanos.

El 10 de Marzo se conmemora el aniversario de la ocupación de Tíbet por el ejército chino en 1959. Cada año se suceden las protestas en Tíbet y en todo el mundo contra esa ocupación exigiendo una solución no violenta a este conflicto. Los tibetanos no piden la independencia, sino una autonomía que les permita preservar su cultura milenaria y que se respeten los derechos humanos. Por eso FORO TIBET ha escogido esa fecha para hacer su presentación oficial. Lo hará en Madrid, en el Café Teatro Arenal a las 18:30  y contará con la presencia de Kelsang Gyaltsen (en la izquierda en esta foto), el enviado especial del Dalai Lama para la Unión Europea que nos informará sobre el estado actual de las negociaciones con China que tuvieron lugar hace poco más de un mes y en las que él formó parte de la delegación tibetana. Será un encuentro abierto a todos en el que podremos recibir información de primera mano de la situación del pueblo tibetano, un pueblo que agradece enormemente todas las muestras de apoyo que recibe de todo el mundo. Para ellos, el simple hecho de que nos informemos de lo que les pasa y lo compartamos con los que nos rodean para evitar que su genocidio caiga en el olvido es importantísimo, muchísimo más de lo que os podáis imaginar, porque necesitan saber que no están solos, que no les hemos abandonado… y que, por eso, todavía hay esperanza.

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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