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“La bañera de Ulises”, saltimbanquis y marineros en una travesía por la paz

Ahora que, desde algunos medios, tanto y tan ferozmente se critica que los artistas tomen partido y expresen libremente lo que piensan y sienten, me gustaría recordar ODISEA 2003, una experiencia que tuvo lugar en la primavera de 2003 cuando cien marinos y ochenta artistas embarcaron en el portahelicópteros rumano CONSTANZA para reivindicar  el entendimiento y la colaboración entre los pueblos. Con las armas de la música y el teatro transformaron aquel viejo buque de guerra en una nave de paz, convirtiendo el Mediterráneo en un inmenso escenario. En aquel barco viajaban actores, músicos, marinos, poetas y gentes del circo… gentes de todas las ideologías, religiones, razas y creencias que creían que OTRO MUNDO ES POSIBLE..

Para acompañarnos en esta entrada os propongo, si queréis, que un tema venido de Grecia navegue con nosotros. Se trata de To Traino, de Mikis Theodorakis, interpretado por Haris Alexiou y Dimitra Galani.

¿Qué diríamos si un barco de guerra hiciera la guerra a la guerra? ¿Es posible transformar un barco de guerra en un barco de paz? ¿Existen, acaso, los barcos de paz en este mundo que nos ha tocado vivir? ¿ Podemos cambiar las balas por poemas y las bombas por canciones? ¿Somos capaces de soltar nuestras amarras y de emprender el viaje que nos lleva a conocer otras culturas, a respetarlas y a tenderles nuestra mano abierta para que puedan sobrevivir? ¿Somos capaces de atrevemos a vencer nuestro miedo para poder tenderles esa mano abierta que les salve del naufragio? ¿Podemos enfrentarnos hoy a los valores y dogmas de ese cruel libre mercado que globaliza la guerra y la miseria para que palabras como solidaridad, diálogo, respeto y justicia marquen el rumbo de nuestro mundo? Puede que muchos crean que eso no es posible, que no es más que una utopía de viejos soñadores, el último sueño de los que perdieron todas las guerras… Pero no es así: ODISEA 2.003, ese viaje de músicos, poetas y actores a bordo del portahelicópteros rumano CONSTANZA aunando todas las culturas y uniendo todas las manos ha sido, y es, una realidad, una realidad que nació de la mente de José Monleón y del corazón de Richard Martín para hacer que esas palabras lleguen a todos los puertos del Mediterráneo y que suenen en lo más hondo de todos los seres humanos que, más allá de norte o sur, más allá de los océanos o los muros que hoy les separan, no han perdido la esperanza de que OTRO MUNDO ES POSIBLE, ese otro mundo en el que cabemos todos, ese mundo que nada sabe de mapas ni fronteras, ese mundo en paz, libre y justo en el que se hablan todas las lenguas y en el que, para poder vivir, no hay que renunciar a ser uno mismo, sino alzar la vista y tender nuestra mano abierta al que tenemos a nuestro lado.

La experiencia de aquel viaje a Ítaca quedó recogida en el libro “La bañera de Ulises, saltimbanquis y marineros en una travesía por la paz”, de Emilio Garrido, periodista bregado en mil batallas, que tenía un programa de radio en Radio 3 que se llamaba precisamente “La bañera de Ulises”. Ese libro recoge las vivencias, los sueños y los recuerdos de quienes vivieron esa aventura: la aventura de buscar al otro para encontrarnos a nosotros mismos. Él tuvo la suerte de estar allí, de navegar en el CONSTANZA, de compartir vino, poemas y canciones con quienes, en cada puerto, formaron parte de esa utopía necesaria, de convivir con esos nuevos argonautas que siempre supieron lo que significan las Ítacas, todas las Ítacas y que, en su viaje, encontraron el mejor de los tesoros: la sonrisa de un árabe, la mirada de un niño, el guiño cómplice de una mujer griega, turca, hebrea o musulmana… de una mujer mediterránea…

Son muchas las historias que nos cuenta este libro, quizá porque todas las historias están en él: El sueño visionario de José Monleón que hizo que, diez años más tarde, ese último quijote que es Richard Martín llegara a hipotecar su querido teatro Toursky de Marsella para que el CONSTANZA pudiera iniciar su travesía por 18 puertos del Mediterráneo con los versos de Leo Ferré, esos versos que dicen “ llegará un día en que las palabras sonarán más fuerte que los cañones…”; la increíble personalidad de Bodjan Vokistu, su capitán, “un hombre que mira el mar delante de ti y tú ves el mar dentro de él, en esos ojos limpios que viajan entre el azul y el verde y cuyos reflejos de agua y espuma son la guía del CONSTANZA, un hombre con un brillo vivo en su rostro, un beso intermitente de sol en su frente y una sonrisa permanente en su boca, ese hombre al que descubres socarrón e inocente bromeando en el puente de mando con los oficiales a su cargo o mirando el compás de las verdades del horizonte, viviendo el mar con todos sus silencios y corrientes uterinas y al que si le preguntas qué vio en él cuando decidió eternizarse navegándolo, te mirará profundamente y con su voz transparente te dirá: Amor.”

El Mediterráneo, ese mar blanco de los árabes, mar nuestro de los romanos o casa de todos para los griegos, ha sido el nexo de unión de todos los que vivimos en él, nuestro punto de encuentro. Sus olas nos han traído la Historia, la Filosofía, la Poesía… en sus aguas suenan todas las músicas… y en sus islas vive la vida. Hoy, sin embargo, hemos hecho del Mediterráneo un muro infranqueable que separa al norte del sur, a los ricos de los pobres, a la vida de la muerte… Son muchos los que, a diario, mueren en sus aguas por buscar la vida. Su delito: ser pobres, haber nacido en el sur. Su condena: morir de hambre… o arriesgarse a morir ahogados. Cuando el CONSTANZA navega sobre las aguas en las que han muerto ahogados cientos de subsaharianos se paran sus máquinas para leer un poema, para gritarle al mundo este poema:

“Llegasteis desde muy lejos para alfombrar nuestro mar.

Sois nuestros invitados.

Hermanos venidos en un barco sin nombre.

Vosotros habéis llegado desde África para alfombrar nuestro

mar.

Con vuestros cuerpos. Con lo único que os quedaba en la

vida.

Nos habéis dado todo.

Sois nuestros invitados, hermanos anónimos.

Venid. Entrad en nuestras conciencias. Estáis en casa.

Tomad nuestras flores, nuestras palabras, nuestras músicas.

Ponéoslas.

¡Os sientan tan bien!

Que ellas os alimenten durante la travesía.

Que los delfines acompañen vuestro silencio.

Y las sirenas velen vuestro sueño.

Nosotros os inventaremos nombres.

E imaginaremos vuestras sonrisas.

Y pasearemos una y otra vez sobre esta alfombra regalada.

Para que el mundo que pretendíais alcanzar se hunda en su

propia vergüenza.

¡Salud, hermanos de negritud!

¡Salud, hermanos de soledad!

¡Salud, hermanos de nuestro mar!”

Puede que el CONSTANZA no haya podido evitar sus muertes, pero al invitarnos a todos a subir a bordo, al empujarnos a todos a que hagamos llegar su mensaje alto y claro, quizá impida que mueran los que siguen viniendo y vendrán. De nosotros, de todos nosotros y sólo de nosotros, depende que el Mediterráneo siga siendo esa anónima fosa común en que lo hemos convertido o que vuelva a ser ese mar de sueños y encuentros donde viva la vida.

Son muchas las anécdotas que Emilio Garrido nos cuenta en su libro, pero hay una que me llama especialmente la atención y que resume perfectamente lo que encontraréis en él. Cuando el CONSTANZA navegaba por la noche frente al Delta del Ebro, en cubierta proyectaron un documental sobre la Guerra Civil, con imágenes de las ruinas de Belchite, esas estremecedoras imágenes de muerte y olvido. Al acabar la proyección un viejo mecánico rumano, emocionado, se acercó a él con un par de cervezas para preguntar algo que no había entendido.

–         En mi país y en mi lengua, la utopía es el mañana.

–         Pero si no nos movemos hoy, nos harán retroceder hasta el ayer.

–         Para mí la utopía es personal: que mis dos hijos se reencuentren.

–         ¿Dónde viven?

–         Él en Rumanía y ella en Egipto. Son de distintas madres y se llevan 20 años.

–         ¿Los ves?

–         A ella no. Una vez me envió una postal de la pirámide de Gizeh. Algún día volveré a verla con su hermano. ¿Ves? La utopía es el mañana

 Ya de madrugada, tumbado en la litera de su camarote, Emilio escribió:

“Durante cinco minutos, clavados en la proa, se dijeron la verdad. Nada les animaba. Nada se lo impedía. El sol lamía sus rostros y ellos confesaron su miedo a morir demasiado pronto. Los niños de Gizeh. Él extendía sus manos para indicar por dónde se escapa el tiempo. Ella reconocía ser novia de la eternidad. Él hablaba de alas de mariposa. Ella de dejar un trazo legible en la vida. Él se bebería el mar por tener 20 años menos. Bueno, medio vaso. Ella se arrojaría al mar si no se sintiera recordada. Bueno, al mismo vaso. Durante cinco minutos, un hilo invisible los fundió en una sola conciencia. Hace años, un joven no se reconoció en un espejo del Danubio. En ese instante, una niña morena nacía en el delta del Nilo… Los niños de Gizeh son seres de todas las edades unidos por lazos secretos. Ellos no lo saben. Eso les hace perfectos. Cuando se encuentran, dejan caer una lágrima de melancolía y siguen su camino…”

La BAÑERA DE ULISES nos recuerda que todos somos los niños de Gizeh… y que en nuestra mano está el que volvamos a encontrarnos y recorramos nuestro camino. Puede que una isla no sea más que un punto de conciencia en el mar. Pero el Mediterráneo tiene la isla más bella: Ítaca. Quizá también un hombre no sea más que eso: un punto de conciencia en el mundo… pero en él nace la isla más hermosa: Utopía.

Convencido de que el Mediterráneo fue y puede ser la playa soñada, aquella playa de la infancia y no el cruel muro de sangre y muerte en que lo hemos convertido, Emilio, con su libro, siembra en todos nosotros la semilla de la aventura, esa semilla que hemos de cuidar regándola a diario con la audacia, la imaginación, lo políticamente incorrecto y, sobre todo, con la imprudencia de atrevernos a ser nosotros mismos.

Puede que los artistas no tengamos respuestas a los problemas que nos ha tocado vivir, a fin de cuentas no somos más que simples ciudadanos, pero sí tenemos las preguntas y, lo que es más importante, a veces, tenemos la oportunidad de que nos oigan, y esa es precisamente nuestra responsabilidad: aprovechar todo lo que está a nuestro alcance para intentar hacer de este mundo algo mejor. Hay quienes lo hacen embarcándose en un barco contra la guerra,  encerrándose junto a Haminetu Haidar, o tendiendo su mano abierta a los sin papeles para evitar que les roben lo único que les queda: su dignidad.  Pero eso no gusta a los voceros de la infamia que, a diario, condenan sin piedad a cuantos osan defender ideas diferentes del fundamentalismo extremo con el que pretenden invadir nuestras conciencias. Callar y mirar a otro lado, no tomar partido, limitarnos a hacer nuestro trabajo y nada más evitando enfrentarnos a esas injusticias nos hace cómplices. Con el uno por ciento de lo que nuestros gobiernos han dado a los bancos para evitar que la crisis que ellos mismos crearon les hiciera quebrar habríamos solucionado el problema de la hambruna en el mundo; con lo que los altos directivos de las 35 empresas que conforman el Ibex 35 de la Bolsa española cobraron en 2009 se habría salvado la vida de cuatro millones de niños que murieron de hambre; el hambre, en un solo año, ha ocasionado más muertes que todas las guerras de la Historia juntas, esa es la verdadera guerra que se está librando ahora en el mundo, una guerra que sólo acabará cuando se consiga un reparto más igualitario de la riqueza, y esa guerra nos alcanza a todos, absolutamente a todos porque, somos nosotros mismos quienes permitimos que nuestro nivel de vida se asiente sobre el desequilibrio y la pobreza de los más pobres, permitiendo que nuestros políticos pongan aranceles a sus productos mientras subvencionamos a nuestros agricultores defendiendo, eso sí, la sacrosanta libertad de mercado, ahogándoles con la deuda externa, permitiendo, cuando no propiciando, la existencia de gobiernos títeres corruptos, guardando el botín de los genocidas en nuestros paraísos fiscales, etc. etc. etc. Esa es la triste realidad del mundo que hemos creado, una realidad que puede definirse perfectamente en la frase de Jean Ziegler, exrelator para la Alimentación de la ONU: “Por cada niño que muere de hambre en el tercer mundo, existe un asesino en el primero.” Y esa es la razón por la que todos, no sólo los artistas, sino todos los ciudadanos, debemos decir ¡basta ya! y exigir a nuestros políticos que acaben de una vez con todo esto. Y debemos hacerlo en nuestro trabajo, con los amigos, en nuestras casas o en la calle… utilizando para ello todo lo que tengamos a nuestro alcance, como hicieron esos artistas y esos marineros que se embarcaron en el CONSTANZA para llevar ese mensaje de paz y de esperanza al mundo. Es mucho lo que queda por hacer, pero es tanto lo que, juntos, podemos hacer… Ítaca, el palacio de Ulises, está aquí, frente a nosotros.

Además de ODISEA 2003, dentro del PROGRAMA ODISEA, de la FUNDACIÓN INSTITUTO INTERNACIONAL DEL TEATRO DEL MEDITERRÁNEO, se han hecho dos viajes más: ODISEA 2001 y ODISEA 2007, en el que artistas y marineros remontaron el Danubio para llevar su mensaje de paz  a la zona de los Balcanes, con muchas heridas pendientes de cicatrizar de la última guerra de lo que un día fue la antigua Yugoeslavia. José Monleón, es el padre del PROGRAMA ODISEA.  Hombre comprometido con el teatro y con el tiempo que le ha tocado vivir. Monleón, hombre con la mirada serena y profunda del que lo ha visto todo y avezado cuentacuentos de la mejor de las medinas, durante la presentación del libro nos contó alguna de sus anécdotas de aquel viaje. Lo hizo como se deben contar las historias: lenta, pausadamente, extendiendo sus manos abiertas para invitarnos a seguirle en ese viaje sin fin que nos lleva a lo más hondo de nosotros mismos… Su voz, grave y serena, nos habló de su arribada a Ítaca cuando, curioso como siempre y como el que más, le pidió a un taxista lugareño que le llevara a las excavaciones del palacio de Ulises que un grupo de arqueólogos alemanes acababan de descubrir. Aquel taxista de ojos oscuros y bigote negro le miró y, sin inmutarse, le contestó: “si quiere le llevo, pero allí no está el palacio de Ulises… eso son cosas de arqueólogos que no saben nada…” Monleón, sorprendido por la seguridad y la convicción con la que hablaba aquel nuevo Zorba, le preguntó si sabía dónde se encontraba el verdadero palacio y si le podía llevar hasta él. “Pues claro…” se limitó a contestar el griego iniciando un camino que, recorriendo los paisajes de la luz de aquella isla, les llevó hasta un acantilado. Allí, tras bajar del coche, se limitó a señalar la inmensidad azul del mar que se extendía frente a ellos y le dijo: “Aquí lo tiene: éste es el verdadero Palacio de Ulises. No busque más.”

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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