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“El concierto”

Hoy quiero hablaros de una película que me ha encantado porque, desde su sencillez, es capaz de hacernos reír, soñar, llorar… una película llena de vida, que emociona porque es un canto a la música, a la belleza, a la libertad, a la amistad, al amor… y, por encima de todo, una película que te hace sentir vivo porque te invita a amar cada instante de la vida. Esa película es “El concierto”, de Radu Mihaileanu.

Para esta entrada nada mejor que el concierto para violín y orquesta de Tchaikovsky.

La historia es sencilla: un famoso director de orquesta ruso castigado por las autoridades soviéticas en 1980 por apoyar a los músicos judíos de su orquesta tiene, treinta años después, cuando sólo es un encargado de la limpieza del teatro, la oportunidad de suplantar a la orquesta del Bolshoi para dar un concierto en París, el concierto que le impidieron acabar y que ha esperado dar durante esos treinta años: el concierto para violín y orquesta en D mayor de Tchaikovsky. Para ello reúne de nuevo a los viejos músicos de su orquesta y, en una surrealista comedia de enredo, se disponen a tomar París. Las peripecias para encontrar a sus viejos compañeros caídos, como él, en desgracia, y el asalto de 55 rusos sueltos en París son una auténtica delicia, como también lo es el papel de los gitanos que, apoyando al primer violín de la orquesta, se encargan de proporcionarles los pasaportes, los visados, los instrumentos musicales y la ropa de concierto. Todo un canto a los gitanos, posiblemente el pueblo más libre y salvaje de la tierra, un pueblo al que nadie ha podido, ni podrá, dominar.

Radu Mihaileanu es un director de cine francés de origen rumano conocido por ser guionista de Marco Ferreri y por sus tres realizaciones anteriores: “Vete y vive” (2004), “Traidor” (1993) y, sobre todo, “El tren de la vida” (1998), aquella película en la que un grupo de judíos roba un tren para escapar de la Alemania nazi haciéndose pasar por presos que son conducidos a un campo de concentración. El profundo sentido del humor de Mihaileanu, muy a lo Kusturica o a lo Mikhalkov, le permite contarnos historias desgarradoras haciéndonos reír y llorar a un tiempo, pero por encima de todo, haciéndonos reflexionar sobre la condición humana, porque, como él mismo dice “mis películas nacen de la idea del combate que debe llevar a cabo el ser humano para liberarse de sí mismo, para dejar atrás el pequeño caparazón que le protege. Dicho así parece muy teórico y reflexionado, pero yo sólo me dejo llevar por las historias que me emocionan, que me escogen como yo las escojo a ellas. Necesito meter a mis protagonistas en situaciones con un fuerte dramatismo para obligarme a hacer preguntas que me parecen esenciales…” Hijo de un periodista comunista que fue perseguido por los nazis por apoyar a los judíos, Mihaileanu sabe perfectamente de lo que habla cuando aborda temas como marginación o persecución, pero, como buen poeta que es, también conoce profundamente lo que significa la esperanza para el ser humano, esa esperanza que nos regala en todos sus filmes.

El reparto de “El concierto” es uno de sus grandes aciertos: la sabia mezcla de actores franceses (entre los que destacan Mélanie Laurent, François Berléand y Miou-Miou), y rusos, con un soberbio Aleksei Guskov en el papel del director de orquesta, Dmitri Nazarov, en el de su amigo del alma, o un impagable Valerie Barinov en el papel de un comunista convencido, antiguo manager del Bolshoi, totalmente superado por el tiempo que le toca vivir, es una mezcla explosiva donde las almas eslava y latina se encuentran como un choque de trenes. Con un maravilloso sentido del humor que empieza, como la sabiduría y el verdadero sentido del humor, por reírse de sí mismo, las críticas a los viejos camaradas comunistas, a los nuevos capitalistas rusos, a la irrefrenable necesidad de comerciar de los judíos y a los sempiternos mercaderes de la cultura franceses, no tienen desperdicio. La película es una elegía al mestizaje, a la búsqueda de la armonía que puede alcanzarse a través de la música y de sentimientos universales como la amistad y la dignidad. Un verdadero canto a la anarquía y a la vida en libertad. Para resaltar las grandes diferencias que existen entre los dos mundos, el ruso y el francés, Mihaileanu emplea fotografía y vestuario de colores fríos y líneas caóticas cuando filma los planos de Rusia en contraposición con los colores cálidos y líneas rectilíneas de los de Francia. Muchos de los planos de los rusos, de hecho, están filmados cámara al hombro para destacar la sensación de caos y vida que les envuelve permanentemente, mientras los planos de los franceses siempre están filmados con trípode.

La utilización del francés por parte de los rusos también es deliciosa, con unos arcaísmos y barroquismos totalmente en desuso que Mihaileanu ha recogido de su propia experiencia vital ya que él aprendió francés en Rumanía cuando era pequeño de una vieja profesora francesa que, cincuenta años antes, lo había dejado todo para ir detrás de su gran amor rumano. Cuando Mihaileanu llegó a vivir a Francia se encontró precisamente con que la lengua que él hablaba era muy literaria y preciosa, pero que ya no la usaba nadie.

Son muchas las cosas que destacaría de esta película: el trabajo de los actores, el espléndido guión, capaz de llevarnos de la risa al llanto casi sin darnos cuenta, su fantástica fotografía, su banda sonora magistral, su montaje… aunque, quizá, me quedo con dos imágenes que me han impactado muchísimo: la sutilidad de los movimientos de cámara (especialmente el de la secuecia en la que vemos al protagonista insomne sentado a una mesa de espaldas a la cámara que, lentamente, se va acercando en un traveling contrapicado para elevarse por encima de su hombro y llevarnos a ver la vieja partitura de Tchaikovsky que está estudiando), y el montaje del concierto final en el que nos lo cuentan todo sin necesidad de una sola palabra, captando toda la inmensidad de la música, capaz de hacernos llegar todas las emociones en un lenguaje universal que todos entendemos. Todo lo que nos quiere transmitir la película está ahí, en esa inolvidable secuencia  final del concierto: la belleza de la armonía que, aunque sea efímera, puede llegar a alcanzarse; el necesario equilibrio entre el individuo y la colectividad en ese delicado diálogo entre el violín solista y la orquesta; la esperanza de que, aunque hayamos caído, podemos volvernos a levantar; la fuerza de valores como el amor o la amistad para enfrentarnos a las dificultades, a todas las dificultades; la magia y la poesía de la música, capaz de llevarnos a lo más alto; la belleza que da el mestizaje al compartir emociones, tradiciones y culturas;  la emoción de sentirse vivo, maravillosamente vivo… realmente son tantas las cosas que viven en esa secuencia.

Y para acabar quería mencionar el que para mí es uno de los puntos más fuertes de la película: su música. Si el concierto para violín y orquesta de Tchaikovsky tiene una fuerza tan impresionante que nos transporta y nos hace soñar y sentirnos plenamente vivos,  la espléndida banda sonora de Armand Amar, fiel colaborador de Mihaileanu, y las canciones gitanas que incluye, son una invitación a que no nos quedemos ahí, sino que sigamos adelante haciendo realidad nuestros sueños, todos nuestros sueños…

Os dejo con el trailer de la película, con el ruego de que no os la perdáis y proponiéndoos un pequeño juego tipo “¿Dónde está Wally?” para cuando vayáis a verla: ¿Dónde aparece Jacqueline Bisset? Una pista, su personaje se llama Betty y es una turista norteamericana… ¡Suerte!

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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