En 1.922 HERMANN HESSE escribió SIDDHARTHA, posiblemente una de las novelas que más han influido en la cultura occidental del siglo XX. Como a ROBERT GRAVES, a STEFAN ZWEIG, al inolvidable Larry Darrell de “El filo de la navaja” de  W. SOMERSET MAUGHAM, o como a tantos y tantos otros, la Primera Guerra Mundial marcó profundamente su vida. HESSE orientó su camino hacia la búsqueda espiritual, hacia esa búsqueda de nuevos valores que sustituyeran a los que habían llevado al ser humano al holocausto de la barbarie. Toda su obra fue un reflejo de esa constante búsqueda en la que SIDDHARTHA destaca como perfecta síntesis de la filosofía oriental. SIDDAHARTHA es, sin duda, una novela que cuestiona nuestros sentimientos y pensamientos más profundos.

Si queréis, la música del sitar de RAVI SHANKAR puede ser una maravillosa compañera para este viaje.

HESSE murió en 1.962. Diez años más tarde un director de cine norteamericano amamantado por el Village neoyorkino, CONRAD ROOKS, llevó al cine su novela, una novela que había leído a finales de los cincuenta y que, como poco después a tantos jóvenes de la generación hippy, marcó para siempre. La película, ganadora del León de Plata en el Festival de Venecia de 1.972 es una verdadera joya, un reflejo poético y sincero de la incomparable novela de HESSE. La espléndida fotografía de SVEN NYKVIST hace de cada fotograma una verdadera obra de arte. Todos los colores de la India están allí: los rosas azulados de sus amaneceres,  los exuberantes rojos y anaranjados de los vestidos de sus gentes, los interminables verdes de sus bosques infinitos, los tristes grises de sus brumas, los intensos azules de la soledad… ROOKS ha sabido plasmar en la pantalla toda la poesía, la belleza y la espiritualidad que rezuma SIDDHARTHA, uniendo la prosa de HESSE, premio Nobel de Literatura en 1.946, con la poesía de RABINDRANATH TAGORE, que había obtenido el mismo galardón en 1.913, a través de la inolvidable música de uno de los interpretes más conocidos de la música tradicional india: HEMANT KUMAR.

La novela, ambientada en la India, nos cuenta la historia de SIDDHARTHA, un hombre que dedica su vida a la búsqueda de la Verdad. Su camino le llevará desde la renuncia al lujo de la acomodada vida que lleva en su seno familiar a peregrinar junto a los sadhus que viven de la mendicidad y cuyas únicas posesiones son un taparrabos y un cuenco, y desde allí a conocer el amor por una mujer, a tener que triunfar en el mundo de los negocios para no perderla y, finalmente, a renunciar a todo ese mundo para partir de nuevo en la búsqueda de sí mismo, una búsqueda que le lleva a un río que, en silencio, le hablará y se convertirá en su verdadero maestro.

Son muchos los pasajes de la novela que me gustaría recordar, aunque quizá la visión de SIDDHARTHA sobre el río sea una de las mejores muestras de lo que podemos encontrar en ella: “El río me enseñó a escuchar, me enseñó que nada permanece igual, que todo se transforma y todo regresa. De un río se pueden aprender muchas cosas. El río está en todas partes, en su origen y en su desembocadura, en la cascada, alrededor de la barca, en los rápidos, en el mar, en la montaña, en todas partes y simultáneamente y para él sólo existe el presente, sin la menor sombra de pasado o de futuro. Ahora sé que yo no voy a ningún sitio, que sólo estoy en el camino. Fui un hombre rico pero ya no lo soy ¿Qué seré mañana? No lo sé. ¡Qué camino el mío! ¡Cuánta estupidez, cuánto vicio, cuántos errores, disgustos, dolores y desilusiones he tenido que soportar solo para volver a ser un niño y poder empezar de nuevo, ahora que ya tengo el cabello blanco…! El saber puede comunicarse, pero la sabiduría no, sólo podemos encontrarla y vivirla, pero enseñarla no… Quizá buscamos demasiado durante mucho tiempo. El problema de las metas es que te obsesionan. Si dices que estás buscando es porque hay algo que encontrar. La verdadera libertad es entender que no hay metas. Sólo existe el ahora. Lo que pasó ya ha pasado. Lo que pasará mañana nunca lo sabremos. Por eso debemos vivir el presente, igual que el río… Una piedra, con el paso del tiempo, acabará siendo suelo, y ese suelo se convertirá en planta, o quizá en animal o en un hombre. Antes de entender estas cosas yo pensaba:”esto es una piedra, no tiene gran valor”. Sin embargo, ahora pienso que esta piedra no sólo es esta piedra, es un animal, es Dios, es Buda, y dentro del ciclo de los cambios puede llegar a ser hombre y espíritu. Puede tener importancia porque ya hace mucho tiempo que lo es todo. Amo a esta piedra. La amo solamente por ser una piedra. Yo puedo amar sin palabras, por eso no creo en los maestros. El río, el río es el mejor maestro. He llegado a comprender que debemos olvidarnos de buscar, dejar de buscar, dejar de preocuparnos… y aprender a dar amor.”

Aquí tenéis la forma en que Rooks ha reflejado una parte de este pasaje de la novela en su película cuando, ya viejo y cansado GOVINDA, el amigo de la infancia de SIDDHARTHA que también ha dedicado su vida a la búsqueda de la Verdad permanenciendo siempre junto a grandes maestros, se reencuentra con un SIDDHARTA  convertido en un humilde barquero al que, al principio, ni siquiera reconoce:

La acertada elección que ROOKS hace de los poemas de TAGORE para acompañar la música de la película no es casual. Nacido en Calcuta en 1.861 y educado en una atmósfera literaria y musical, TAGORE empezó a escribir desde niño. Tras estudiar unos cuantos cursos de derecho en Inglaterra, se casó a los veintidós años. En 1.901 fundó una escuela experimental en Santiniketan (Bengala) a la que dedicó toda su actividad y su patrimonio. Esa escuela preparaba a los alumnos para el diálogo, la amistad y la vida en contacto directo con la naturaleza: baños al salir el sol, clases al aire libre, oración bajo los árboles, cantos, danza, teatro… y oficios como jardinería, carpintería, etc… El propósito de TAGORE con esa escuela, y con su vida misma, era muy claro: “Intentaré crear una comunidad de hombres y mujeres que ignoren los límites geográficos. Sólo tendré un país y ese país incluirá a toda la raza humana.”. Un año después murieron su mujer y dos de sus hijos, lo que llevó a su poesía hacia una intensa religiosidad. En 1.913 recibió el Premio Nobel de Literatura. Desde entonces viajó por el mundo con su mensaje de paz y de humanismo. Nunca dejó de escribir. Poco antes de su muerte, en 1.941, empezó a pintar.

Las palabras y la vida de TAGORE cobran una importancia vital en el mundo de hoy, un mundo marcado por el mercantilismo, la especulación y el beneficio inmediato. En ese mundo sus palabras resuenan cada día con más fuerza, aunque pocos, muy pocos, tienen la sabiduría y el valor de escucharlas:

“Llegará el silencio y la música será, entonces, perfecta. La vida, eterna en el trabajo y el hastío, apenas nos da un día para el amor”.

“¿Pero escribe uno poesía para explicar algo? Lo que se siente dentro busca la forma externa en un poema. Así pues, si después de escuchar unos versos, cualquiera dice que no ha comprendido, yo me siento impotente y tengo que guardar silencio. Si alguien huele una flor y dice: “No comprendo”, la contestación para él es: “No hay nada que comprender, sólo es un aroma.” Y si persiste diciendo: “Eso lo sé; pero ¿qué significa?”. Entonces o hay que cambiar de conversación o hacerla más confusa diciendo que el aroma es la forma que la alegría universal toma en la flor.”

NERUDA decía que preguntar al amor es cosa rara, que es preguntar cerezas al cerezo; TAGORE también sabía que preguntar a la poesía es cosa rara, porque, para él, “la poesía es el eco de la melodía del universo en el corazón de los humanos.”

Me gustaría acabar esta entrada con el mensaje personal que TAGORE escribió para cada uno de nosotros… hace ya más de un siglo, en una maravillosa mañana de primavera:

“Tú, que no sé quién eres;

tú, que lees estos versos míos que ya tienen cien años, escucha:

No puedo darte ni una sola flor de todo el tesoro de la primavera,

ni una sola luz de estas nubes doradas.

Pero abre tus puertas y mira; y escoge, entre las flores de tu jardín,

el hálito de las flores muertas hace ya cien años.

¡Y ojalá puedas sentir en tu corazón la alegría viva

que esta mañana de Abril te envía, a través de un siglo, cantando dichosa”

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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