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Sándor Márai, memoria del olvido

Hoy me gustaría hablaros de uno de mis escritores favoritos: Sándor Márai.  Húngaro, contemporáneo de Stefan Zweig, y con una vida muy parecida a la de aquél, en la que la represión y la condena al olvido marcaron su existencia para siempre. El tiempo ha rescatado sus novelas y le ha devuelto la justa fama que le robaron. De entre sus títulos destacan varias obras maestras como “El último encuentro”, “El amante de Bolzano”, “Los rebeldes” o “Divorcio en Buda”. Aunque a mí particularmente lo que más me gusta de su obra es su autobiografía (dividida en dos tomos: “Confesiones de un burgués” y “¡Tierra, Tierra!”)

Para hablar de Márai, si queréis, el violín de Joshua Bell puede ser una magnífica compañía:

“¡Tierra, Tierra!”, el segundo volumen de la autobiografía de Sándor Márai, del que me gustaría hablaros hoy, es un libro íntimo, visionario y, quizá por ello, desgarrador. Si en sus “Confesiones de un burgués” nos hizo vivir los primeros años de su vida en aquel lejano imperio Austro-Húngaro que alcanzó las más altas cotas de lo que un día fue la cultura europea y que sucumbió por la barbarie de la Primera Guerra Mundial, en esta segunda parte nos cuenta a pecho descubierto las dramáticas consecuencias que la Segunda Guerra Mundial provocó en aquel reducto del imperio que fue su país natal: Hungría. Leer a Márai es vivir la Historia en primera persona, porque eso es lo que él hace: contarnos, con su mirada lúcida, su vivencia personal, la vivencia de un hombre que lo fue todo y que todo lo perdió, de un humanista al que, por serlo, le arrebataron todo y que fue proscrito y borrado del mapa de las letras y olvidado durante décadas por haber cometido el mayor de los delitos que un ser humano puede cometer: atreverse a ser libre.

Inolvidables las páginas en las que nos cuenta sus primeros encuentros con los soldados soviéticos que entraron en el pequeño pueblo donde se había refugiado de los alemanes y sus esfuerzos por conocer y entender a esos guerreros venidos del Este que se sorprendían enormemente al conocer a un escritor de carne y hueso. Como inolvidables también sus descripciones de una sociedad que, mirando a otro lado, cree que la entrada de Hitler en Austria es un hecho aislado que no tendrá mayores consecuencias, o sus recuerdos del París de la bohemia y sus encuentros con Hemingway, Fitzgerald, Eliot, Joyce, Pound… De aquel Pound que, imbuido por los secretos de los símbolos de la poesía oriental, descubrió la fuerza de la imagen:”No es el poeta quien debe hablar en el poema, sino la imagen que el poeta hace perceptible con las palabras, transformándola en algo palpable para el lector, para que así, a través del impacto de la imagen, la poesía se materialice en el lector…”; de aquel Pound al que Márai veía todos los días en el Dôme o en el Coupole, y al que no conoció personalmente porque, “los que avanzan juntos en el tiempo en una misma dirección, de alguna manera nunca se conocen. Un contemporáneo no tiene rostro histórico.”

Su imagen de Europa, de aquella Europa que calló y miró a otro lado cuando las tropas soviéticas invadieron Hungría, es desgarradora: “En Europa se mentía sin parar, sin  pausa y sin descanso: mentían la prensa, la radio, todo tipo de folletos, la basura con que se llenaba la conciencia del hombre occidental… En este siglo Occidente se ha mentido a sí mismo y al mundo…¿Qué podíamos esperar entonces, nosotros los húngaros, de ese Occidente infectado por la mentira? Por supuesto, en ningún caso ayuda o solidaridad. No puede haber para nosotros, ni individual ni colectivamente, más ayuda que el tiempo… ¿Dónde estaba mi sitio? ¿En un Occidente arrasado que de tanto mentir se había vuelto sordo? ¿O bien debía regresar a Hungría? ¿Y qué me esperaba allí? ¿La “Patria”?… No tenía ganas de hacer promesas ni de concebir ilusiones. No creía que la “patria” me estuviera esperando. Pero hay en la vida instantes en que oímos la respuesta o un mensaje pronunciados en voz muy baja. Y aquel fue uno de estos instantes. Y la respuesta (como dos décadas antes, en una situación parecida) se me reveló en voz baja. Tenía que regresar a Hungría, donde no se me aguardaba, donde no existían para mí ni tareas ni misiones, pero donde sí había algo que para mí es lo único que tiene sentido en la vida: la lengua húngara. En ese momento lo comprendí por segunda vez con todas sus consecuencias. Porque a mí, ni de joven ni de mayor, ni siquiera después de haber vivido dos guerras mundiales, nunca me ha interesado nada más que la lengua húngara. Una lengua que – entre los miles de millones de seres humanos- sólo entienden diez millones. Una literatura que – al estar encerrada en esa lengua- nunca ha podido, por más esfuerzos heroicos que se hayan hecho, dirigirse al mundo en su auténtica realidad. Sin embargo, para mí esa lengua y esa literatura significan una vida plena, porque sólo en esta lengua puedo decir lo que quiero decir (y sólo en esta lengua puedo callar lo que quiero callar)…” El amor que Márai sentía por su lengua le llevó a cuidar el más mínimo detalle en la elección de las palabras que utilizaba. Lástima que, en las traducciones, esa sutilidad, esa perfección, en muchas ocasiones, se haya perdido. Por ejemplo, el título de una de sus novelas más famosas, la que, ambientada en un pequeño castillo de caza que ya ha perdido su esplendor de antaño, cuenta la historia de dos amigos inseparables que, en su vejez y tras cuarenta años de no verse, se citan para cenar en un encuentro que ambos han esperado durante toda su vida, un encuentro que es una especie de duelo sin armas en torno al recuerdo de una mujer… Pues bien, en húngaro, la novela se titula “Las velas arden hasta el final”, en una cita de unos versos de Shelley que hablan del paso del tiempo y de que los mejores siempre son los primeros en marcharse. Ese título se tradujo al alemán y al inglés como “Brasas”, que aún tiene algo que ver con el original, pero a nosotros nos llegó como “El último encuentro”, un título que resume el contenido de la novela, pero pierde mucha de su poesía. Márai amaba profundamente la lengua húngara, una lengua que fue la única patria que abrazó este apátrida condenado al exilio y al olvido. A él, como a Stefan Zweig, los vencedores siempre se lo quitaron todo, porque ellos y los que, como ellos, sólo tenían por arma la dignidad, la esperanza, la razón o la confianza en el ser humano, estaban condenados a  ser los perdedores de todas las guerras.

Escritas a finales de los sesenta, estas memorias están salpicadas por las reflexiones de Márai sobre la decadencia del mundo que le rodea: “De la misma forma que las religiones, al identificarse con los sistemas de poder de su momento histórico, hicieron todo lo posible para limitar y cercenar los peligrosos estímulos de la libertad de expresión, también los sistemas económicos, políticos y de poder de esta época masificada son enemigos de la libertad de pensamiento y hacen todo lo posible (bien mediante el terror o mediante la civilización tecnificada, que consigue el mismo efecto) para mantener a las masas humanas en un estado anímico infantil.” Él se pregunta una y otra vez cómo es posible que Europa haya llegado a la abyección, al genocidio y al exterminio y porqué, sin embargo, se siente tan unido a ella. Su respuesta es abrumadora: “¿Qué me ata aquí? ¿Los vestigios y los recuerdos de una cultura que se extingue? Son sólo palabras. Quizá sea el recuerdo de los crímenes cometidos en común: la conciencia de que todos somos culpables, todos los europeos, los del este y los del oeste, porque hemos vivido aquí y toleramos y permitimos que todo llegase a donde llegó… somos culpables porque somos europeos y porque hemos consentido que en la conciencia del hombre europeo se haya aniquilado el humanismo…  Alguna vez existió una Europa apasionada en la que la gente no solamente quería saber, sino también apasionarse. No buscaban solamente la verdad, sino una aventura noble y estimulante caldeada por la pasión, porque querían cultura, y sin pasión no hay cultura… Lo diré con una sola frase: Ha habido una Europa distinta. Es necesario encontrarla, me dije para animarme…”

Sándor Márai nunca encontró aquella Europa perdida que él había conocido tan de cerca, jamás volvió a verla, porque hacía ya mucho tiempo que aquella Europa había muerto. Cuando comprendió que ya nada le ataba aquí, partió rumbo a América con la esperanza de “ver lo que vio el joven marinero desde el puesto de vigía de la carabela de Colón cuando, al alba, se puso a gritar con voz ronca y excitada: “¡Tierra, Tierra!”. A lo mejor ese marinero vive eternamente dentro de nosotros, en cada ser humano, sólo que a veces se queda dormido en su puesto. Colón y sus hombres aún dormían cuando la Tierra ya se divisaba en la luz…”  Sándor Márai emprendió aquel viaje buscando, quizá, un último encuentro, el último encuentro con el mundo que pudo haber sido… Nunca lo encontró. En 1.989 se quitó la vida en San Diego, California. Pocos meses después cayó el muro de Berlín. Márai no permitió que su vela se consumiera hasta el final.

Para acabar esta entrada os dejo con un pequeño corto cuyo texto es un extracto de “Divorcio en Buda” en el que Márai nos habla del amor, de lo que significa amar, de lo difícil y maravilloso que es amar…

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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