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Kandinsky, o la necesidad de crear

La necesidad de crear empujó a Wassily  Kandinsky (1866-1944)  a  abandonarlo todo para empezar a pintar. Cumplidos ya los treinta, el Lohengrin de Wagner y la exposición de pintura impresionista francesa que por aquella época se celebró en Moscú le impactaron tanto que decidió dejar de ejercer como abogado y renunciar a una confortable cátedra de Derecho para ir a Munich a estudiar pintura y dibujo. Aquel día el mundo perdió a un abogado mediocre y ganó a uno de los artistas más importantes de la historia del arte. Fue precisamente ese proceso vital el que le llevó a trascender y prescindir del objeto en su pintura en un proceso  de disolución de la forma que le llevaría a buscar el absoluto, lo abstracto. Con él nació el arte abstracto.

Para adentrarnos en su mundo, y ya que la ópera fue la que le empujó a emprender aquel viaje místico hacia el espíritu de la belleza, os propongo, si queréis, que lo hagamos ahora de la mano de una de mis arias favoritas, “Mi par d´ucir ancor”, de Los pescadores de perlas, de Bizet, en una grabación de aquella época (1902) del inigualable Enrico Caruso, al que, a buen seguro, Kandinsky tuvo el privilegio de oir en directo más de una vez.

 

Durante años anduve en busca de la posibilidad de llevar al espectador a que se paseara por dentro del cuadro, de forzarlo a que se fundiera con el cuadro olvidándose de sí mismo… Mucho después, ya en Munich, en cierta ocasión fui hechizado por un espectáculo inesperado que se me ofreció en mi taller. Era la hora inicial del crepúsculo. Llegaba a mi casa con la caja de pinturas después de realizar un estudio, y me encontraba todavía abstraído y ensimismado en el trabajo que acababa de terminar cuando, de repente, vi un cuadro de una belleza indescriptible, impregnado de un vigoroso ardor interior. Al principio quedé paralizado, pero en seguida me dirigí rápidamente hacia aquella misteriosa pintura, en la cual sólo distinguía formas y colores, y cuyo tema era incomprensible. Pronto descubrí la clave del enigma: era una de mis telas puesta de lado y apoyada en la pared. Al día siguiente traté de revivir a la luz matinal la impresión que experimenté la víspera frente al cuadro. Pero sólo lo logré a medias; aun estando de costado, reconocía constantemente los objetos, y faltaba el bello fulgor del crepúsculo. Ahora ya estaba seguro de que el objeto perjudicaba a mis pinturas. (W.Kandinsky, “Mirada retrospectiva”, 1913)

Viendo sus cuadros, esa progresión imparable de la forma a la no-forma, de la naturaleza al espíritu, sentimos como propia la necesidad de crear, esa necesidad interior de la que todo nace. Son muchos, infinitos quizá, los caminos por los que el hombre ha buscado, y busca, el absoluto: la religión, la ciencia, el arte… y dentro de esos caminos aparecen ante nosotros innumerables senderos que nos invitan a dar un paso más en ese interminable viaje al fondo de nosotros mismos. No existe un camino mejor que otro, quizá tan sólo uno más adecuado para cada caminante. A través de la religión hay quien llega a Dios por el sendero de la razón, pero también hay quien llega a Él a través del sendero del amor. En el arte también se puede alcanzar el absoluto a través de la forma o, como lo hizo Kandisky, trascendiendo a la forma.

Toda cosa “muerta” palpitaba. No solamente las estrellas, la luna, los bosques, las flores de que hablan los poetas, sino también una colilla en un cenicero, un botón de pantalón blanco, paciente, que nos echa una mirada desde el charco de agua de la calle… todo eso me mostraba su rostro, su ser interior, el alma secreta que con más frecuencia calla que habla… Eso me bastó para “comprender” con todo mi ser y con todos mis sentidos la posibilidad y la exsistencia del arte que hoy se llama “abstracto” por oposición al arte “figurativo”.

Él fue el primer artista que pintó un cuadro abstracto y por ello también el primer ser humano que lo vio. ¿Qué debió sentir frente a aquella pintura, frente a aquel nuevo modo de ver el mundo?, ¿y al compartirlo, al mostrar por primera vez su obra?. Kandinsky se adentró por un camino que jamás había pisado el hombre. ¿Qué le impulsó a hacerlo?, ¿Qué poderosa fuerza interior le empujó a dar aquel paso?: la necesidad de crear, de ser absolutamente libre, la necesidad de entender, de amar, la necesidad de ser… Él decía que no quería pintar música, ni estados de ánimo, ni pintar con colores o sin colores, ni modificar, ni combatir, ni derribar un solo punto de la armonía de las obras maestras que nos vienen del pasado, que tampoco quería señalar el camino del futuro, que simplemente quería pintar buenos cuadros, necesarios y vivos, que los pudieran comprender debidamente, por lo menos, algunas personas.

Frente a la pintura de Kandisky se experimenta la sensación no sólo de que nos llega a lo más hondo, sino que, trascendiendo espacio o forma, somos nosotros quienes nos adentramos en el cuadro, que formamos parte de él. Luz, color, línea o trazo no son más que partes de un enigmático todo al que pertenecemos, ese todo que hemos intuído desde hace mucho tiempo, ese todo que siempre ha estado ahí, y que seguirá estando cuando nosotros nos hayamos ido. La música de su pintura, como la del universo, es el silencio; su poesía es una poesía sin palabras; su luz, la de nuestra mirada…

A lo largo de la evolución de su pintura vemos cómo la forma se va diluyendo progresivamente a través de la importancia dominante que va adquiriendo el color que, poco después, también se diluye para llegar a ese estado espiritual que, desde entonces, habita en su pintura. Para Kandinsky “el color es un medio para ejercer una influencia directa sobre el alma. El color es la tecla. El ojo es el macillo. El alma es el piano con muchas cuerdas, y el artista es la mano que, por esta o aquella tecla, hace vibrar adecuadamente al alma humana” (W.Kandinsky, “De lo espiritual en el arte”, 1911). Su pintura es la pintura del espíritu, la pintura del alma, y por eso no tiene forma, no la puede tener, ¿o es que, acaso, tiene forma el alma?.

Creo que la filosofía del futuro, además de estudiar la existencia de los fenómenos, estudiará también su espíritu con especial atención. Sólo así se creará una atmósfera que permita al conjunto de la humanidad sentir el espíritu de las cosas, vivir ese espíritu aun de manera enteramente inconsciente, de idéntico modo que, hoy en día, los hombres en general todavía viven inconscientemente el aspecto externo de los fenómenos, lo cual explica la complacencia del público ante el arte figurativo. Sin embargo, será preciso que el hombre experimente inicialmente el lado espiritual de las cosas materiales para que pueda vivir más tarde el lado espiritual de los fenómenos abstractos. Gracias a esta nueva capacidad, concebida bajo el signo del “espíritu”, se llegará al goce del arte abstracto, es decir, absoluto. (W.Kandinsky, “Mirada retrospectiva”, 1913).

La mirada de Kandisky es poética, utópica, libre, transgresora, cargada de esperanza y por ello, hoy más que nunca, es una mirada imprescindible.

Ahora te invito a que detengas el tiempo, te relajes y emprendas un maravilloso y sosegado paseo dejándote llevar por dentro de sus cuadros…

 

PD: Hace unos meses Reynaldo García me pidió que comentase un cuadro de Kandisnky, concretamente era “Duro/Blando”. Desde que contesté a aquel comentario el número de visitas de esta entrada aumentó considerablemente. Creí que sería una cosa pasajera, pero veo que, cada día, sigue siendo una de las entradas más visitadas. Por eso subo una representación de esa obra  para todos aquellos que, al leer ese comentario, no la tengáis a mano.

 También Florencia, otra seguidora de La placenta, me ha pedido comentar tres cuadros concretos que inserto aquí para quienes no los tengan delante al leer los comentarios:

 

 COMPOSICIÓN VIII

EL JINETE AZUL

CUADRADOS CON CÍRCULOS CONCÉNTRICOS

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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