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Siendo nadie, yendo a ninguna parte…

 

Producto Interior Bruto (PIB), Producto Nacional Bruto (PNB), Renta per cápita, Renta disponible, tasa de desempleo, número de afiliados a la Seguridad Social, índice de confianza del consumidor… cada vez tenemos más y más indicadores de nuestro nivel de vida, de lo que alguien ha dado en llamar nuestra “calidad de vida”, nuestro “bienestar”. No deja de ser curioso que todos esos indicadores pongan únicamente el énfasis en lo que tenemos: la riqueza que tenemos, el trabajo que tenemos, la confianza que tenemos…  Tampoco deja de ser sorprendente que cuanto más rico es un país, o más “avanzado” como dirían algunos, los niveles de depresión, de stress, de  angustia y el número de suicidios de su población son cada vez mayores. Muchas veces no entendemos que pueda ser desgraciado alguien que “lo tiene todo para ser feliz” o que un multimillonario se suicide.

Realmente estamos inmersos en la sociedad del tener y poco o nada queda de la sociedad del ser, pero lo más grave es que parece que ni siquiera nos damos cuenta. Corremos de un lado para otro como pollos sin cabeza para poder pagar la hipoteca o para comprar un coche más grande. Creemos a pies juntillas eso que nos dicen de que tenemos que “llegar a ser”, olvidándonos de que llegar a ser  lo que en realidad significa es que ahora no somos. Hemos caído en la trampa de que la angustia por nuestro futuro o el remordimiento por lo que hicimos o dejamos de hacer en el pasado nos impiden vivir el único momento que realmente existe: el presente. Hemos renunciado a tener tiempo para nosotros mismos, a vivir nuestra vida. Parece que nos hemos olvidado de que la felicidad es algo que depende de nosotros, que no es algo externo, una especie de lotería que el Estado o quien quiera que sea administra arbitrariamente. ¿Cuánto  hace que no vemos a alguien reír abiertamente por nuestras calles? Si visitas cualquier país de los que desde aquí llamamos tercermundistas verás que sus calles están llenas de sonrisas, que sus gentes son inmensamente alegres y felices. Sin embargo, según nuestros indicadores económicos, esas gentes deberían ser mucho más desgraciadas que nosotros: ¡no tienen nada!

Si queréis, podemos invitar ahora al Lama Gyurme para que nos acompañe con “The Tsaok offering”, un viejo mantra tibetano que interpreta junto a Jean Philippe Rykiel:

Cuenta Matthieu Ricard en su maravilloso e imprescindible libro “En defensa de la felicidad” una anécdota que tuvo lugar en el Foro del Banco Mundial que se celebró en Katmandú (Nepal) en Febrero de 2.002. El representante del reino de Bután (un pequeño país del tamaño de Suiza perdido en los Himalayas que sólo tiene tres fábricas y dos almacenes y cuenta con algo menos de un millón de habitantes de los que treinta mil viven en Timbu, su capital) tomó la palabra para señalar que si bien su país no tiene un Producto Interior Bruto muy elevado, cuenta con uno índices de Felicidad Interior Bruta más altos del mundo. Las risas y las carcajadas de los representantes  de los países superdesarrollados inundaron la sala. Los butaneses, acostumbrados a que cada familia tenga sus tierras, su ganado y un telar que les permite ser autosuficientes, les miraron con desolación. Los sabios del Banco Mundial consideraban un atraso las decisiones que había tomado el pequeño reino de Bután: renunciar a la industrialización y al turismo para preservar su cultura y su entorno, y consideraban un atentado contra la libertad del individuo que en Bután se hubieran prohibido cosas como cazar, pescar, talar árboles o fumar. En Bután hay pobreza sí, pero no miseria ni mendigos. Puede que Bután no tenga grandes industrias ni infraestructuras, pero la educación y la sanidad son gratuitas. Quizá no haya millonarios en Bután, pero hay gente feliz y para comprobarlo basta con sentarse en la ladera de cualquier colina y escuchar los ruidos del valle. Oiremos a la gente cantar en la época de siembra, en la de la cosecha, mientras va de un sitio a otro… Como dice Matthieu Ricard, eso es “reflejo del índice de la FIB (Felicidad Interior Bruta). ¿Quién canta en Europa? Cuando alguien canta en la calle o es para pedir dinero o es porque le falta un tornillo. Si no, para oír cantar, hay que ir a una sala de espectáculos y pagar la entrada. Interesarse exclusivamente por el PIB no hace que a nadie le entren muchas ganas de cantar.”

“Siendo nadie, yendo a ninguna parte” es el título de uno de los pocos libros de Ayya Khema editados en nuestro país, y desde luego, como el de Matthieu Ricard, un libro imprescindible si queremos profundizar en el conocimiento y la práctica de la Felicidad Interior Bruta. Monja budista de origen alemán, que pasó su infancia en China y una gran parte de su vida en Extremo Oriente, Ayya Khema es una de las máximas divulgadoras de la filosofía budista en Occidente. Fundó monasterios budistas y centros de enseñanza y meditación por todo el mundo. Fue la directora espiritual de la Buddha- Haus, en Alemania, hasta el día de su muerte, el 2 de noviembre de 1.997.

Con una claridad exquisita, Ayya Khema nos acerca a los conceptos budistas con un lenguaje sencillo y directo que todos podemos entender. Sus libros son una invitación a que recorramos el camino que nos ayuda a superar el dolor y el sufrimiento para llevarnos a alcanzar la felicidad. Son muchas las cosas que nos apartan de la felicidad: nuestro ego, el apego, el deseo, y, por encima de todas ellas, nuestra ignorancia. Inmersos en una vida donde todo es prisa y ruido, donde el silencio ha dejado de existir, donde prevalecen el miedo a perder lo que tenemos y la angustia por no conseguir lo que anhelamos, donde día sí y día también, nos empeñamos en reafirmar nuestras creencias y puntos de vista sobre los de los demás, donde parece que sólo nuestro yo importa, en ese mundo absurdo y sinsentido resuenan con fuerza las palabras de Ayya Khema invitándonos a detener el tiempo, a acallar los ruidos que nos rodean y, sobre todo, nuestros ruidos y voces interiores, esas que siempre confundimos con nuestro verdadero Yo y que no son más que diferentes disfraces de nuestro ego. Y para lograr alcanzar todo eso, Ayya Khema nos acerca a las técnicas budistas de meditación, orientadas en una doble vertiente: a acallar todas esas voces y ruidos para alcanzar la calma mental (shiné), y a profundizar en la visión interior.

Como bien dice Ayya Khema, nuestro mundo está orientado exclusivamente a satisfacer las necesidades, innecesarias la mayoría de las veces, de nuestro cuerpo. Toda nuestra vida gira alrededor de ese objetivo. Un solo vistazo a nuestra casa nos permitirá darnos cuenta de ello: tenemos una cocina donde preparamos y guardamos los alimentos para nuestro cuerpo; un comedor donde los comemos; un salón donde dejamos que nuestro cuerpo se relaje o simplemente en el que buscamos que nos distraigan para evitar pensar; un dormitorio donde dormimos para que nuestro cuerpo descanse y se levante en plena forma al día siguiente; un cuarto de baño donde podemos pasarnos horas al día dedicados al cuidado de nuestro cuerpo, incluso hay quien tiene un gimnasio dentro de su casa para mantener su cuerpo en plena forma…

Pasamos dieciséis horas al día cuidando nuestro cuerpo y las ocho restantes durmiendo para que nuestro cuerpo descanse. Todo gira alrededor de nuestro cuerpo. Sólo nuestro cuerpo importa. Pero ¿y la mente? ¿Qué pasa con ella?

Nuestra mente no deja de pensar ni un solo segundo durante esas dieciséis horas, y sigue trabajando haciéndonos soñar mientras dormimos. No tiene un instante de descanso las veinticuatro horas del día, los siete días de la semana y los doce meses del año. ¿Cuándo cuidamos nuestra mente? ¿Cuándo la dejamos descansar? ¿Cuánto tiempo dedicamos al día a cuidar nuestra mente?, ¿Cuántos segundos al día conseguimos que deje de pensar y pueda descansar?, ¿Qué lugar de la casa es el que destinamos para cuidar nuestra mente? ¿Qué zona de la casa hemos reservado para tener un espacio de silencio donde podamos meditar? Ninguna.

Si nuestra mente está bien, aunque nuestro cuerpo no lo esté, nosotros nos sentiremos bien, pero por muy en forma que esté nuestro cuerpo, si mentalmente no estamos bien, nos sentiremos enfermos y decaídos. ¿Por qué no cuidar entonces la mente? ¿Tanto cuesta dedicar media hora cada mañana o cada anoche a meditar, a hacer que nuestra mente descanse?

Un gran sabio, Raimon Panikkar, dice que el drama del ser humano actual es que, aunque, en el mejor de los casos, es consciente de su insignificancia en este mundo y de que no es más que una gota de agua de lluvia que cae en el océano, se empeña en creer que es una gota y se angustia porque, al caer en el océano, dejará de existir, y no se da cuenta de que en realidad es agua, y que cuando caiga en el océano se unirá a él, formando parte de todo y por eso no desaparecerá jamás… Las sabias palabras de Raimon Panikkar, de Ayya Khema y de Matthieu Ricard nos ayudan a entender… que solo somos agua.

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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