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¿Dónde han ido todas las cartas?

Hoy me gustaría hablaros de algo que, por desgracia, ya casi no existe: las cartas. Y digo que ya no existe, porque lo que llega hoy en el correo a nuestras casas ya no son cartas. Hoy no nos llega más que publicidad, facturas o cartas del banco. ¿Cuánto hace que no recibes una carta personal escrita a mano, de un amigo, un amor, o simplemente de alguien que quiere comunicarse contigo? Ni siquiera recibimos ya las felicitaciones de Navidad de toda la vida. Hoy todo ha cambiado. Ya nada queda de las cartas de amor, de la correspondencia entre los amigos o con personas con las que queríamos o necesitábamos compartir algo. Mails, facebooks y sms han acabado con una de las formas de comunicación más personales y hermosas que han existido: las cartas.

Hoy ya no queda nada del placer físico que era ponerse delante de un papel pensando en lo que íbamos a escribir, acariciando el lápiz o la pluma, oliendo aquella hoja de papel, de color a veces y blanco las más, en la que íbamos a depositar con extremo cuidado todos nuestros sueños, aquella hoja que llegaría a las manos de nuestro ser amado, aquel pedazo de papel que verían sus ojos, esos ojos que nos hacían sentir tan vivos…

 Al borrador, hecho y rehecho una y mil veces, seguía el amoroso trabajo de copiar la carta en limpio, esa carta que sería la que ella vería y que no podía tener el más mínimo fallo, ninguna mancha por insignificante que fuera, porque esa carta era importante para nosotros, muy importante, porque en esa carta habíamos puesto todo nuestro amor. Una vez acabada, la leíamos y la releíamos para asegurarnos de que no nos habíamos dejado nada, de que todo lo que queríamos decir estaba escrito en aquellas líneas perfectamente ordenadas que llenaban las dos o tres hojas que nuestras cartas de amor solían tener… se pueden decir tantas cosas en dos o tres hojas…

 Y, finalmente, la doblábamos con un cuidado exquisito y la metíamos en un sobre del mismo color en el que escribíamos su nombre y su dirección en una especie de ritual mágico que haría que la mano anónima de un cartero llevase nuestros sueños a nuestra amada… Tras pegar con sumo cuidado el sello y depositarla en un buzón como si fuera nuestro más preciado tesoro, empezaba otro juego maravilloso: el de imaginar por dónde iría esa carta, dónde estaría, cuánto faltaría para que ella la recibiera, cómo la recibiría, dónde, qué estaría haciendo, qué cara pondría al ver el sobre con nuestro remite, dónde se refugiaría para leerla en soledad…

 Y luego, inevitablemente, empezaba la última parte de aquel juego que mantuvo vivas a generaciones enteras: el de la espera, la sempiterna y esperanzada espera de su carta, y el de la inquietud por tener en nuestras manos, ante nosotros, todos los sueños que ella quisiera compartir con nosotros… Aquella espera sin tiempo, porque nada hay más relativo que la duración del tiempo cuando se ama, podía hacerse eterna, pero nos mantenía vivos, maravillosa e intensamente vivos: cada día revisábamos, ansiosos, nuestra correspondencia con la esperanza de encontrarnos con su carta, y cada día seguíamos soñando en el contenido de aquella carta que, cuando llegaba, porque aquellas cartas siempre llegaban, mirábamos con devoción antes de atrevernos a abrirla. Dejábamos que nuestros dedos recorrieran lentamente aquel sobre en el que ella había escrito nuestro nombre, contemplábamos extasiados la belleza de su letra, una letra redonda, precisa y perfecta que sólo ella podía haber escrito. Antes de atrevernos a abrirla la sopesábamos, calculábamos secretamente las hojas que tendría y nos refugiábamos con ella en nuestras manos en el lugar más solitario de la casa, allí donde nada ni nadie pudiera interrumpir el ansiado momento de encontrarnos, al fin, a solas con ella…

 ¿Dónde han ido todas las cartas?, ¿Por qué hemos dejado de escribir poniendo todo nuestro amor al hacerlo?, ¿Cómo es posible que hayamos renunciado al inmenso placer de dedicar esos momentos tan íntimos a la persona a la que amamos?, ¿Por qué no nos rebelamos de una vez contra todo esto y volvemos a escribir cartas de amor…?

Ahora me gustaría que, si quieres, invitásemos a acompañarnos a la inolvidable Marlene Dietrich con su versión del “Where have all the flowers gone?”, la maravillosa canción de protesta pacifista de Pete Seeger que me ha sugerido el título de esta entrada.

Hablar de cartas y no hablar de amor es como hablar del agua sin haber visto nunca el mar. Así que, venga, vamos a hablar un rato del amor. Dice Silvio Rodríguez que los amores cobardes no llegan a amores ni a historias, se quedan allí, ni el recuerdo los puede salvar… Pero hay otros amores, los que sí merecen vivirse porque dan sentido a una vida. Uno de ellos fue el de Pedro Salinas por Katherine Whitmore. Fue un amor clandestino, un amor a distancia, un amor verdadero que nada supo de obstáculos ni fronteras, un amor valiente que, más allá del espacio y del tiempo, nos llega en cada uno de los versos del poeta y en cada una de las cartas que escribió a su amada.

 Salinas la había conocido en el verano 1.932, cuando ella, estudiante norteamericana, asistía a unas conferencias que él dio en la Residencia de Estudiantes de Madrid. Algo mayor que ella, él estaba ya casado y era un reputado intelectual y profesor universitario. Tiempo después ella regresó a Estados Unidos y sólo volvieron a verse esporádicamente. Durante quince años mantuvieron una intensa relación amorosa, a pesar de la enorme distancia que les separaba. Salinas conoció la crueldad de la guerra y el dolor del exilio, un dolor que marcó profundamente su vida y su poesía.  La vio por última vez en la primavera de 1.951, pocos meses antes de morir. Ella murió en 1.982. Durante toda su vida guardó las cartas que él le había escrito, aquellas cartas en las que vivía su amor y que, tras muchas dudas, legó a la Houghton Library de la Universidad de Harvard, unas cartas que, entre otras muchas cosas, dicen:

 “ Por primera vez escribo en un sobre: Prospect Street. ¡Tu casa! Mi carta lo sabrá todo. Sabrá todo lo que yo no sé, lo que quisiera saber. Cómo es Northampton, cómo es tu calle. Subirá la escalera de tu casa, entrará por la puerta por donde tú entras, llegará a tu mismo cuarto. Y la carta que va, que anda, que llega, no tiene ojos, y ciega no podrá ver lo que yo con todos mis ojos abiertos, ansiando ver, no puedo ver tampoco. ¿La envidio o no? ¿Quién estará más cerca de ti, ella o yo? ¿Es preferible ser la materia que está a tu lado, aunque sea sorda, ciega, o el alma que está lejos, viva, despierta, queriéndote? Los dos incompletos, la carta y yo. Pero qué envidia poder estar en tu mano, bajo tus ojos, vivir a la luz de tu mirada, como estas letras. Toda esa fortuna la tendrá este trozo de papel, pasivo, que la recibirá sin saberlo. ¡Y yo, mientras! Katherine, ahora me acuerdo de una frase que oí en el tren a un joven andaluz, que se quejaba del largo camino diciendo: “¡Qué lejos está tó!”. Sí, es verdad, qué lejos está todo. Y entre esta enorme distancia, este puente de papel, que yo te tiendo cada día por encima de todo, para que por encima de él pase un alma con todos sus deseos, sus ilusiones, su querer… Otra vez me pregunto ¿será posible, será posible que ella me quiera? Repaso tus perfecciones, una por una, me recreo en pensar en tu belleza, en tu espíritu, en tu gracia corporal y del alma, en tu mirada, en tu tono de voz, en tu hablar. A veces tengo miedo de que las cosas que te digo te parezcan tonterías, ¿sabes? ¡Soy tan apasionado, tan impetuoso para ti! Mira, Amor, tal alegría tuve ayer al leer tus palabras, que sentí necesidad de decírtelo pronto, fuera como fuera. Te puse un radio, que supongo te habrá alcanzado en el Columbus, sólo con estas palabras: Always, wonder. ¡Y qué infantil gozo sentí al pensar en tu sorpresa al recibirlo! ¿Sabes?, fue toda una historia. ¡España! Aunque te parezca mentira, en Telégrafos, en Alicante, nunca se había puesto un radio para un barco yendo a América. Consultaron no sé cuántos libros y tarifas, me entretuvieron diez minutos y me miraron con cara de asombro. Yo, que quería pasar inadvertido, me hice famoso en la oficina. Pero, ¿sabes?, es que no podía callar; necesitaba hablarte, lanzarte dos palabras sobre el mar…

…¡Fin del día! ¡Por fin, fin del día! Se acabaron ya los asuntos enojosos, los quehaceres de los demás, el mundo tangente. Luz apagada en mi cuarto, sólo queda la lámpara que me alumbra para escribirte. No más luz que la necesaria para ti y para mí: lo demás es sombra… Tengo la sensación, íntimamente deliciosa, de encender nuestro mundo, de apagar el mundo restante. Hay fronteras. Fronteras de luz, para nuestro reino de luz. Lejos del vasto conjunto del mundo un espacio, unos centímetros cuadrados, una isla. Nuestra isla, esta luz, esta noche. Alrededor, sordo, enorme, cercándonos, lo demás, los demás…

… Soy tan apasionado, tan arrebatado, que me dejo llevar. Pienso que te escribo demasiado. Te resultaré abrumador, excesivo. No tendrás tiempo de leer mis cartas. Subrayo leerlas porque una carta tiene que pasar, para ser leída, por muchos estados. Primero recorrerla con la vista, lectura material, pero ya captando al pasar  lo más esencial. Luego leerla con el recuerdo. Ya nos hemos dejado la carta en casa, estamos en nuestras obligaciones, vamos por la calle, o muchas veces se tiene un libro en la mano, parece que se lee el libro y no es así: la vista, distraída, se aparta del libro impreso, y lo que leemos en realidad es aquella carta que está en casa o en el bolsillo. ¿No me lees tú mentalmente, mucho? Yo a ti enormemente. Lectura del pensamiento: deliciosa, encantadora: recordamos frases enteras, ideas, palabras cariñosas, y con todo ello nos creamos nosotros la carta otra vez. ¡Cuántas veces ando yo por la calle, o estoy sentado en mi despacho y te leo así! Luego viene la tercera fase: Es mucho más fecunda que la primera. Ya la conocemos, ya nos detenemos en los pasajes más queridos, y acaso descubrimos otros nuevos. Es la perfección de la lectura, ya total, pasada por completo por el alma y por la vista. Y después no hay sino dejarla ya, que se pose en la memoria, que grabe allí lo que más hondamente impresionó, que se incorpore a nuestra vida: ya la hemos hecho nuestra. ¡Delicadísimo, esto de leer una carta!…

…¡Qué suerte tengo en quererte, a ti, entre todas! Amor misterio, sí, como tú dices, amor prodigio como yo me repito a diario. No puedo creer que nuestro primer encuentro, nuestro primer cruce de miradas fue en un aula de la Residencia, una tarde de agosto, no. Eso son apariencias, no más. Veníamos de mucho antes… Yo me entregué a ti, desde muy pronto. Te quise sin reserva, por una orden interna que me mandaba fiarme de ti, darte mi confianza total. ¿Es eso lógico, prudente, sensato? No, ¡era amor!. No se me pasó por la cabeza ni un momento la idea de una aventura, de un capricho, que me aconsejaran poner cálculo o precaución en nada. Me di, a ti, antes de saber si tú te dabas a mí en algo más que en simpatía o en gusto momentáneo…

… Ayer tuve una sensación más, aguda, vivísima, de mi nuevo estado, del nuevo ser que soy desde agosto. Son estos días los días de difuntos, y acostumbro a ir todos los años a llevar flores al sepulcro de mis padres. Me gusta ir siempre solo. Es como un retorno en memoria a ese mundo de mi niñez ya hundido, a mi ser más remoto en el tiempo… Me siento al sol, un rato, renuncio a la prisa y hasta la prisa parece que renuncia a mí. Y suelto mis pensamientos. Una confidencia, una confesión, en silencio, de todo lo que siento. ¿Confidencia, a quién? No sé. ¿A mis padres, enterrados allí? No creo. Más bien a esa parte de uno mismo enterrada ya también en el tiempo, si no en la tierra. A mi yo de ayer. A ese yo que en los años anteriores iba al cementerio en estos mismos días, y se sentía ya como terminado, como habiendo pasado la parte mayor de la vida y sin embargo con mucho afán de vivir aún. ¡Qué bueno es eso de confrontarse así, de una vez, con el pasado y con la muerte! Es como tomarse la tensión vital, del mismo modo que un doctor te toma la tensión arterial. ¡Tensión vital, es decir, capacidad, flexibilidad de los canales de la vida, de las arterias de la vida, para conducir la fuerza de vivir! ¡Cuántas veces, en estos últimos años, me he sentido, alma mía, bajo de tensión, desconfiado de mi sistema arterial-vital! Inclinado a rendirme, a ceder, a esa terrible cosa de seguir siendo, en vez de ser. Pero ahora, ayer, mi tensión vital (me la tomaba el pasado, el sol, el aire, la soledad, ciñéndome como la pulsera del médico) la sentí más firme, más voluntariosa que nunca. ¡Quiero vivir, y no seguir viviendo! Soy, soy, mi Katherine me confirma que soy. Y mientras ella me quiera seré ese nuevo hombre que ayer daba gracias a la vida, la deseaba totalmente, allí, en ese lugar donde se acaba…

 …No tiene ningún valor, Katherine, que un ser sienta a otro cuando lo ve o lo toca o lo oye. Es pura reacción de los sentidos. No se existe, entonces, del todo. Cuando se existe plenamente es cuando un ser siente a otro a miles de kilómetros, sin verle ni oírle, como yo te siento a ti. Y más aún. Cuando se siente a ese otro ser no como color, o voz o forma, ni por recuerdo simple de los sentidos, sino por su esencia total, por encima de todo lo particular. Te siento en mi vida. ¡Estás, eres! ¿Dónde? ¿Cómo? No lo sé. Pero me llena la vida la simple noción de tu existencia. De tu realidad. Nadie más que tú en el mundo sabe que yo llevo dentro de mí un ser feliz, un ser nuevo. Tú eres la causa y el efecto de mi alegría. Por ti, hoy, en medio de mi vida, en ese momento terrible en que uno parece que empieza a echar de menos lo pasado, yo empiezo a echar de menos lo futuro. Envejecer es querer revivir lo ocurrido. Ser joven es querer vivir lo no ocurrido aún. Y yo, que envejecía, lo sentía en mí, hoy ya no envejezco. Hoy quiero vivir lo no sucedido. Vivir, no revivir…

…Katherine, si yo te hubiese invitado a un camino liso, sin quiebras, tú al seguirme no valdrías tanto, no te elevarías tanto como al haber  querido aceptar esta marcha por la vida, entre relámpagos, entre destellos y riesgos. Katherine, no es por quererme a mí, no, sino por querer así, por lo que tu alma, toda tú, me pareces tan bella, tan superior… Créeme, alma, si tú me sigues queriendo es que estás penetrada de un sentido de la vida en el que puedes y quieres encontrarte conmigo, es que quieres vivir como pocos, como poquísimos, amar en la cúspide del amar, no por ventaja, por cálculo, por goce material, por comodidad, por simple gusto, no, sino por vivir en el grado máximo del vivir, porque eres de esas naturalezas superiores que no quieren apagarse en la vida sin haber dado antes la llama más alta, aunque así duren menos. Sí, Katherine, no hay que consumirse despacio, como la vela; mejor la vida como yo hago arder, arder por dentro, ser todo ya combustible del más alto fuego. Eso quema, sí, pero peor para los que no quieren acercarse al fuego en la vida. Tú, alma, eres de los otros y el encontrarte, a ti, así como eres, fue un instante crítico, decisivo de mi destino. Todo se echó a suertes en aquel momento. Gané. Ojalá no me huya nunca de las manos este tesoro…

…En Madrid, otra vez. ¡Qué buen viaje el último! ¿Sabes? Esos días de viaje son ya los únicos que me quedan de descanso. Nadie viene a importunarme, no hay teléfono que me moleste, siento aire fresco en la cara, veo el mundo correr a mi lado. Todo está en suspenso. Todo está entre. Te puedo escribir sin que me espere nada. Dejo vagar la imaginación hacia ti… Hice una cosa que no recibirás, pero que fue. Me acordé de la playa, de cuando escribía tu nombre y empecé sobre el vidrio empañado de la ventanilla del departamento a escribir tu nombre, como en una playa en invierno. Lo hice semiinconscientemente, pero no puedes figurarte el turbión de recuerdos que eso me provocó. Yo de niño he sido un niño triste, delicaducho, pálido. Muy encerrado en casa. El balcón era mi escape al mundo. Por él miraba la vida. Pero a ratos, cansado de mirar la vida, echaba el aliento sobre el cristal del balcón, y en la superficie empañada escribía con el dedo otra vida, letras, signos, muñecos, mi otra vida de niño. Ésas fueron mis primeras poesías, mis versos inconscientes y sin palabras… También allí, en el tren, estaba escribiendo otra vida. Tu nombre no quedaba en el cristal. Lo escribía en la noche, en el cielo, en el mundo. Un dedo movido por un impulso de niño escribía sobre el mundo, quería grabar en su tersa lámina nocturna el nombre de la más amada, para que no se borrara nunca. ¡Y ni siquiera llegaba a estar escrito! Katherine, juego de niño, amor de hombre, cómo se me juntaban ayer en el corazón. Y llegué a Madrid, procedente no de Santander, sino de ti. Y llegué a tus cartas… Sé que el pasado es pasado, que a ti te pertenecen el presente y el futuro…”

Salinas nos enseña que lo importante es amar, que vivir no es más que amar y que hacerlo es no poner reglas al juego, es atreverse a vivir un amor sin límites y hasta el final. Tiene razón Silvio cuando condena los amores cobardes. Viendo la forma de amar de Salinas entendemos que el amor es del que ama, del que se atreve a amar, del que se arriesga a darlo todo. Otros se contentan con ser amados o con limitarse a hablar del amor. Los cobardes nunca sabrán lo que es amar.

Sólo a través de estas cartas podemos llegar a entender de verdad los sentimientos que Salinas vertió en su poesía, en esa imprescindible trilogía del amor que forman “La voz a ti debida”, “Razón de amor” y “Largo lamento”, esos versos en los que dice: “Qué alegría vivir sintiéndose vivido. Rendirse a la gran certidumbre, oscuramente, de que otro ser, fuera de mí, muy lejos, me está viviendo… Morirse en la alta confianza de que este vivir mío no era sólo mi vivir: era el nuestro. Y que me vive otro ser por detrás de la no muerte.”

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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