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Dennis Hopper, un actor de leyenda

Hoy quiero rendir mi pequeño homenaje a uno de esos actores de leyenda que ha dado la historia del cine: Dennis Hopper. Polifacético como el que más, Hopper ha devorado todos y cada uno de los días de su vida en un viaje sin billete de retorno al fondo de sí mismo. Cowboy de mirada triste, hippy libre, inconformista y libertario, de vuelta de todo y de todos, quizá Hopper es, por encima de todo, un hombre que se ha atrevido a vivir su vida a fondo. Su faceta más conocida ha sido la de la interpretación, pero también es un fotógrafo de primera línea, un gran pintor, un excelente guionista y un gran director.

Para hablar de él puede que os apetezca escuchar To let myself go,  una fantástica balada de Ane Brun que habla de lo que siempre ha sido uno de los motores de la vida de Dennis Hopper: la necesidad de ser y de sentirse libre.

Empezó trabajando en series de televisión hasta que Nicolas Ray le invitó a debutar en el cine en la mítica Johnny Guitar. También le ofreció un pequeño papel en Rebelde sin causa, donde concoció a James Dean, con el que volvería a trabajar poco después en Gigante, y al que le uniría una estrecha y sólida amistad. Su prematura muerte le marcó profundamente. Intentó imitarle en todo y emprendió un proceso de autodestrucción donde conoció a fondo el mundo del alcohol y las drogas. Esa actitud frente a la vida y su marcada personalidad pronto le granjearon la etiqueta de actor rebelde y problemático. Apasionado con las técnicas de improvisación que estaba aprendiendo en el Actor´s Studio, durante el rodaje de Del infierno a Texas, de Henry Hathaway, hizo que algunas tomas se repitieran más de ochenta veces para poner en práctica todo lo que estaba aprendiendo. La consecuencia de todo aquello fue su obligado exilio de Hollywood. Se refugió en series de televisión como Bonanza y en películas de serie B. Es en esta época cuando empieza a probar suerte con la fotografía y la pintura y se hace gran amigo de Andy Warhol.

Diez años fueron suficientes para que en Hollywood olvidasen su fama de actor conflictivo y le permitieran reconciliarse con la industria del cine. Hasta el propio Hathaway le perdonó y le dio un gran papel en Valor de ley, donde conoció a John Wayne, que marcó profundamente la forma de trabajar de Hopper. En 1969 dirije por primera vez, y lo hace nada más y nada menos que con una película que cambió para siempre la industria del cine: Easy Rider, que demostró que una buena película se podía hacer con poco presupuesto y que era posible llegar a ser al mismo tiempo una película de culto y un éxito de crítica y de taquilla. Con guión del propio Hopper y de Peter Fonda y protagonizada por ambos, junto a un Jack Nicholson que empezaba a dar sus primeros pasos, Easy Rider nos muestra la realidad de la incomprensión y el fanatismo de la América profunda a través de los ojos de dos hippies aventureros que, a bordo de sus motos, recorren el país en un viaje hacia la libertad. La genereación del 68 y la oposición a la guerra de Vietnam que marcaban la vida de los jóvenes de aquellos años corren por sus venas.

Aquel éxito le abrió las puertas como director, aunque sus siguientes proyectos, tanto artísticos como personales, fueron un auténtico desastre. Las brutales fiestas que organizaba continuamente en las que se consumía de todo fueron famosas y tuvieron la culpa de aquellos desastres que le llevaron a un nuevo exilio forzoso, esta vez a Europa, donde trabajó a las órdenes de Orson Welles en una película que jamás se llegó a estrenar: El otro lado del viento.

Francis Ford Coppola se atrevió a confiar de nuevo en él y le ofreció el papel del fotógrafo en Apocalypse Now y también volvió a contar con él en otra película posterior: La ley de la calle. Sus problemas con las drogas le llevaron a autolesionarse para intentar acallar las voces que decía que permanentemente oía en su cabeza. A partir de ahí inicia un proceso de desintoxicación para superar sus adicciones que le lleva a una etapa más madura en la que vuelve a poner en evidencia su inmenso talento interpetativo en películas como Terciopelo Azul, de David Linch. De esta época es su inolvidable papel de un exalcohólico en Hoosiers (Más que ídolos), que le valió su nominación al Oscar como mejor actor de reparto. Rodó Extraño vínculo de sangre, el debut como director de Sean Penn, y ha seguido participando en numerosas películas y series de televisión (Crash) hasta nuestros días. Entre sus trabajos como director destaca Colors (Colores de guerra), ambientada en el submundo de las bandas juveniles de Los Ángeles.

Actor de mirada triste y sonrisa melancólica, por su rostro pasan todas las emociones, los sinsabores, las alegrías y los sueños de un hombre que, por encima de todo, ama estar vivo. Puede que su enorme talento, su impulsiva personalidad y su camaleónica versatilidad no hayan encontrado todas las posibilidades que ofrecen en un mundo tan cerrado como el del cine, un mundo que siempre ha intentado encasillarle en papeles de neurótico solitario, de hombre atormentado por la inseguridad, de un ser devorado por la culpa y el remordimiento… Intentaron encerrarle en el sempiterno papel del perdedor; puede que Hopper lo fuera, sí, pero nunca le vencieron, porque él siempre fue un perdedor indomable.

Me gustaría acabar esta entrada con una secuencia, quizá una de las más famosas de la historia reciente del cine, de True Romance (Amor a quemarropa), esa joya dirigida en 1993 por Tony Scott con guión de un jovencísimo Tarantino, que aún no había dirigido ninguna película, y un reparto excepcional con cameos de Brad Pitt, Gary Oldman, Samuel L. Jackson, James Gandolfini o Val Kilmer entre otros, en la que Hopper da vida a un expolicía jubilado que trabaja como guarda de seguridad y que intenta proteger a su hijo (Christian Slater) y a su chica (Patricia Arquette), que han robado un cargamento de cocaína a la mafia y han emprendido la huída. Christopher Walken, inmenso como siempre, es el jefe de la mafia que interroga a Hopper para saber dónde ha huído su hijo. Walken es consciente de que necesita hacerle hablar; Hopper, acorralado y sin salida, sabe que, hable o calle, morirá y por eso su objetivo no es otro que provocar que le maten cuanto antes para que no le obliguen a decir dónde está su hijo. Esta secuencia es una verdadera obra maestra: las soberbias interpretaciones de Christopher Walken y de Dennis Hopper son inolvidables; el guión es alucinante; la luz y la fotografía son magistrales; las posiciones de la cámara y los sutiles contrapicados ceden todo el protagonismo a los actores haciendo que nos sintamos como si nosotros mismos estuviésemos en esa habitación; los secundarios, apenas figurantes en esta escena, con Gandolfini entre ellos, están espléndidos; la sorprendente utilización de la música empuja la acción y la emoción hasta límites insospechados… En fin, que os dejo con ella para que la disfrutéis a tope. He insertado la versión original y la doblada al castellano para que no os perdáis el más mínimo detalle. Al escribir estas líneas, leo en prensa que en estos momentos Hopper está librando una de las últimas y más duras batallas de su vida: un cáncer de próstata. ¡Va por ti Dennis, por ti, por no haberte dejado vencer nunca, por luchar siempre hasta el final… y por todas esas interpretaciones inolvidables que nos has regalado!

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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