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Al Pacino, la visión de un actor

Hoy voy a hablar, parafraseando a Almodóvar, de “su majestad” Al Pacino, para mí, uno de los mejores actores de todos los tiempos. Pocos como él han sabido traspasar la pantalla para hacernos llegar sus sentimientos más profundos. Capaz de helar nuestro corazón o de incendiarlo hasta límites insospechados, Pacino, estrella de cine contra su voluntad, siempre se ha considerado a sí mismo como un hombre de teatro. De origen humilde, descendiente de emigrantes sicilianos, nació en Nueva York, en pleno barrio del Bronx, un barrio que marcó profundamente su personalidad desde pequeño. Supo que quería ser actor al ver, con catorce años, una representación de “La gaviota” de Chejov.

Y para hablar de una personalidad tan marcada por sus orígenes, os propongo que sea Bruce Springsteen, otro enamorado sin remedio de su New Jersey natal, quien, si queréis,  nos cuente en My hometown una historia de barrio. Pacino es un apasionado de Nueva York, no hay quien le saque de allí. Cuando cumplió cincuenta años, paseando por la calle, se encontró con Bruce que, al enterarse de que era su cumpleaños y no tener en ese momento ningún regalo para él, se quitó su propia cazadora y se la regaló.

Jugador de béisbol frustrado, Pacino se matriculó en la  High School of Performing Arts. Allí tomó contacto por primera vez con Stanislavsky y el Método, pero le pareció aburridísimo: “¿Qué puede enseñarme Stanislavsky? Él es ruso y yo del Bronx.” Intentó entrar en el Actor´s Studio, pero no pasó la prueba de acceso. Tras un año en la  High School of Performing Arts tuvo que dejar los estudios de interpretación para ponerse a trabajar. Fue mensajero, vendedor de zapatos, cajero de supermercado, repartidor de diarios, limpiabotas, acomodador… A mediados de los sesenta, con un amigo, empezó a escribir escenas cómicas que representaban en los cafés de Greenwich Village (“Hacíamos obras y luego pasábamos el sombrero. Así vivíamos. Yo era realmente un actor de la calle, un gitano, sin techo y sin blanca. Mi educación procede de los sesenta. Vivía en antros y en basureros, en pensiones y hoteles de mierda. Para mí, cualquier lugar que tuviera agua corriente y baño en la habitación era el paraíso”). Participó en numerosas obras de teatro (“En el escenario sentí que, por primera vez, podía hablar. Los personajes decían cosas que yo nunca hubiera podido decir, cosas que siempre había deseado decir, y eso fue muy liberador. Me liberó, me hizo sentir bien.”) Cuatro años después volvió a presentarse a la prueba del Actor´s Studio y fue admitido. Recordaba que una profesora del Perfoming Arts le había dicho que tenía una gran naturalidad para actuar y se pasó años buscando ser natural. “No sabía la diferencia entre ser natural y ser real”, recuerda Pacino. El Actor´s Studio fue fundamental no sólo en su carrera, sino también en su vida: “Me infundieron confianza y me dieron un lugar donde trabajar, donde conectar con otras personas. Allí pude hacer de todo – Shakespeare, O´Neill-; era un lugar en constante actividad al cual llegaban actores a todas horas. Fue una etapa importantísima de mi vida. Siempre se lo agradeceré al Studio. Me gustaría casarme con ellos.”

Tras un pequeño papel en “Yo, Natalie” en 1969, y después de llevar casi diez años trabajando en el teatro, Pacino aceptó su primer papel protagonista en el cine: “Pánico en Needle Park”, en 1971. Antes de aceptar aquel papel había rechazado once más. Tremendamente exigente consigo mismo, al verse en pantalla pensó: ” tiene talento, sí, pero necesita trabajo. Necesita trabajar y aprender. Pero tiene talento.”

Poco después Francis Ford Coppola se empeñó en que Pacino debía ser Michael Corleone. Nadie en los estudios apostó por él y Pacino se sintió rechazado por todos durante las pruebas y gran parte del rodaje. El empecinamiento de Coppola logró convencer a los productores de que la atípica interpretación de un gánster que estaba haciendo Pacino acabaría siendo una de las mejores creaciones de personaje de la historia del cine. “Basta de audiciones, por favor, basta de pruebas de pantalla, Francis- le decía a Coppola- yo no quiero estar donde no me quieren. Puedo vivir sin esta película”. “No, debes hacerla” le contestó Coppola. “En el primer Padrino, lo que quise fue crear una especie de enigma, una persona de tipo enigmático. De manera que al mirar a esta persona sintieras que realmente no lo conocías. Cuando ves a Michael en alguna de esas escenas, como envuelto en una especie de trance, como si tuviera la mente completamente llena de ideas…, eso es lo que traté de hacer. De hecho para lograr ese aspecto me dediqué a escuchar a Stravinsky en el plató. Sentí que ése era el drama del personaje, que eso era lo único que lo haría dramático. De otra manera podía ser muy soso. Nunca he trabajado un papel como ése. Ha sido el papel más difícil que he tocado…” Tras la muerte de Marlon Brando, un mito viviente para Pacino, Evans, uno de los productores de la película, reconoció que nunca había querido a Pacino para el papel de Michael Corleone, pero que Brando le llamó y le convenció diciéndole. “Pacino es una persona meditabunda, y si es mi hijo eso es lo que necesitas, porque yo soy meditabundo…”. A partir de aquel día el papel fue suyo.

Tras “El padrino”, Pacino rodó “El espantapájaros”, una road movie sobrecogedora junto al siempre soberbio Gene Hackman, en la que da vida, porque Pacino no interpreta, sino que da vida a sus personajes, a Lyon, un joven con problemas mentales que cruza el país para llevar un juguete a su hijo, un hijo al que todavía no conoce porque su madre se lo impide. De nada le sirve cruzar el país entero. Jamás podrá conocer a su hijo. La escena final en la fuente en la que, tras jugar con unos niños imitando a Long John Silver, se manifiestan definitivamente los problemas mentales de Lyon, es impresionante.

Pacino es, por encima de todo, un amante del teatro: El Living Theatre y O´Neill, Chéjov e Ibsen ocupan un lugar destacado en su vida, siempre detrás, eso sí, de Shakespeare, posiblemente la influencia más grande que ha tenido: “Shakespeare es el escritor más capaz de conmovernos, porque habla de las emociones y sentimientos que hay en todos nosotros, y lo hace de la manera más grandiosa… Si habla de amor, lo hace tal como tú lo has sentido cuando más enamorado has estado… Me paso días enteros haciendo Shakespeare por mi cuenta, sólo por el placer de leerlo, de decir esas palabras… Hago Shakespeare cuando me siento en cierta forma. A veces me paso el día y la noche sentado aquí, interpretando algunos papeles. Puedo pasarme hasta diez horas seguidas así. Es como tocar una pieza musical, como acertar en cada nota. Una gran terapia… Para mí actuar es una necesidad. La necesidad lo es todo… Después de setenta funciones de Ricardo III empezaba a entender escenas que antes pensaba que nunca llegaría a entender. Sabía que tenía mucho que aprender… Con Shakespeare saber un poco te llevará muy lejos. Saber demasiado te jode… La palabra clave es sobriedad.”

“La repetición es algo importante para mí. Alguien dijo alguna vez que la repetición nos permite conservar la inocencia. Me identifico con ello… Lo que uno realmente se esfuerza por aprender al actuar es cómo no actuar. De eso se trata. Actuar es no actuar… Actuar es usar lo que tengas a mano. Llevo toda mi vida actuando, y cuanto más lo hago más me doy cuenta de cuánto me falta por aprender… La interpretación sigue siendo un misterio para mí. No llego a entenderla. Uno ensaya, se las arregla para lidiar con el aburrimiento, con la espera… pero la interpretación, la interpretación en sí, no logro entenderla todavía…” Pacino es un actor al que le gusta explorar sus propios límites y experimentarlo todo personalmente, especialmente cuando trabaja en la construcción de sus personajes: “Si haces de tu personaje un ser humano, la gente puede identificarse con él. La gente se identifica si sus fragilidades y cualidades son visibles… No siento que aprenda nada observando. No me gusta observar. Aprendo más y mejor cuando lo hago yo mismo y cometo mis propios errores. De otra manera hay cierta tendencia a evitar errores que podrían ser útlies.”

Mike Newell, director de Donnie Brasco, comentó sobre Pacino:” No estaba seguro de que estuviera preparado para transformarse en alguien absolutamente absurdo. después de todo se trataba del tipo que había hecho de Michael Corleone. Pero estuvo magnífico. Eligió opciones arriesgadísimas. Fue como trabajar con Alec Guinness, el cual confesaba comenzar a construir un personaje desde los zapatos hacia arriba. Los actores de teatro famosos se dan cuenta de que lo externo es muy importante. Y Pacino siempre se considerará actor de teatro antes que cualquier otra cosa.” De hecho, cada cierto tiempo, cuando está cansado de los rodajes, necesita refugiarse de nuevo en el teatro y no es extraño verle actuar en salas alternativas de ochenta o cien localidades haciendo ocho funciones por semana.

Michael Mann, otro director que ha dirigido a Pacino, compara la forma de constrruir un personaje que tiene Pacino con la de otro actor con el que siempre se han empeñado en compararle: Robert De Niro: ” De Niro ve el papel como una construcción. Lo trabaja con mucho esfuerzo, detalle a detalle, confeccionando el personaje poco a poco. La forma que tiene Pacino de penetrar en su personaje es distinta. Es como Picasso observando un lienzo en blanco durante horas, en estado de concentración intensa. Y luego da una serie de pinceladas. Y una parte del personaje cobra vida.”

Chris O´Donnell, coprotagonista de “Esencia de mujer” por la que Pacino ganó el Oscar en 1992, tuvo la oportunidad de verle construir aquel inolvidable personaje del coronel ciego: “Es un hombre poderoso. Todo en él lo es. Su voz, incluso en su más bajo voltaje, irradia energía. Es un perfeccionista completo. Uno cree que su talento es innato, pero la verdad es que se esfuerza muchísimo. Todos los días, en los vestidores, le escuchaba trabajar en las escenas de los próximos días, y siempre se le ocurrían ideas nuevas. Quería hacer cada escena de cuarenta maneras distintas. Su creatividad era infinita. ¿Cómo se le podían ocurrir tantas ideas? Era abrumador.”

Son muchas las escenas que todos recordamos de aquella película, pero la del famoso tango de aquel ciego seductor y mujeriego con la joven desconocida del restaurante, quizá está por encima de todas. Y muchos deben ser también los recuerdos que debe guardar O´Donnell de aquella experiencia. Fascinado por haber hecho su primer protagonista en una película junto a Al Pacino, se quedó boquiabierto cuando, pocos días después de acabado el rodaje, recibió en su casa una nota de Pacino en la que le decía: “Enhorabuena chico, me han dicho que has estado magnífico. Lástima que yo no te haya podido ver…”

Garry Marshall, que dirigió a Pacino en Frankie y Johnny y dice de él que es tan puro, tan honesto y tan artístico que es como un pequeño don Quijote caminando por Hollywood, recuerda la diferente forma de trabajar de Pacino con la que fue su pareja en aquella película, Michelle Pfeiffer: “A Al no le gusta aprender nada de memoria. Le gusta improvisar al principio, hasta que se siente cómodo; y entonces llega uno a ver la versión final. Michelle es todo lo contrario. Le gusta perfeccionar cada palabra y luego intentar otra versión. A Al le gusta intentar ochenta cosas desde el principio. A pesar de ello, la química entre los dos fue maravillosa.”

Sydney Lumet, otro de los directores que mejor han trabajado con Pacino, recuerda de él que “todo proviene de cierto núcleo increíble que tiene dentro de sí, un lugar al cual no pienso acercarme porque sería como acercarse al centro de la tierra. Lo que sale de este núcleo le pertenece de una forma excepcional. Pacino no confía en nada más. Es evidente que se trata de un hombre solitario.” Al empezar el rodaje de “Tarde de perros”, la célebre historia basada en el hecho real del atraco a un banco por dos delincuentes inexpertos que se transforma en el primer asalto con rehenes televisado en directo, Pacino pidió ver las secuencias rodadas el primer día. “Allí sólo ví a un actor buscando a su personaje, no había nada más. Estuve toda la noche dándole vueltas y más vueltas hasta que me dí cuenta de lo que pasaba: Yo llegaba al banco con las gafas de sol puestas. Y pensé : No, él no debería llevar gafas, debería habérselas olvidado en casa el día del asalto, porque no tiene experiencia, está muy nervioso y, subconscientemente, quiere que lo capturen…” Al día siguiente Lumet accedió a rodar de nuevo las secuencias, esta vez como todos las conocemos: sin gafas. Hay otra anécdota de ese rodaje también muy conocida: cuando Pacino sale a la calle para dialogar con la policía que le tiene rodeado y les suelta aquel inolvidable “Bésame”, al que contesta el atónito policía con un escueto “¿Qué?” y Pacino responde “Sí, bésame, me gusta que me besen en la boca cuando me joden…” Cuando se rodó aquella secuencia, estaba muy fresca en la memoria de los estadounidenses la dura represión policial que acababa de ocurrir en la prisión de Attica donde, para sofocar un motín en el que los presos exigían mejores condiciones carcelarias, la policía engañó a los presos haciéndoles creer que estaba dispuesta a negociar y, en lugar de negociar, asaltó la prisión. En aquel asalto murieron 39 personas, diez de ellas policías y funcionarios civiles. Pues bien, tras ensayar la secuencia, el ayudante de dirección le susurró a Pacino, justo antes de rodar la secuencia, que gritase “Attica” a los figurantes que aguardan tras el cordón policial. Nadie más sabía que Pacino iba a hacerlo. Aquel grito fue como un aldabonazo que fue coreado por todos los figurantes que, como si se tratase de una manifestación, se identificaron con el inexperto atracador de bancos e inmediatamente tomaron partido por él. La reacción fue tan auténtica que los figurantes que hacían de policías tuvieron serios problemas para contener a los manifestantes. Es una secuencia que forma parte de la historia del cine.

Son tantas las anécdotas de Pacino, y tanta la experiencia, la intuición, la sabiduría que hay en su forma de interpretar… Y él siempre acude a Shakespeare, su fuente inagotable; incluso cuando quiere definir el trabajo del actor lo hace usando las palabras de Hamlet: ” No seáis demasiado dóciles… dejad que vuestro criterio sea vuestro tutor: que la acción convenga a la palabra, la palabra a la acción… Ahora bien, todo ello, exagerado o a destiempo, tan solo enturbia el juicio, la censura del cual, en vuestra balanza, tendrá que pesar más que un teatro entero de los otros…”

“Si eres equilibrista, tu trabajo es caminar por la cuerda floja. Tienes que subir, y si te caes, ¡eso es el teatro! En las películas hay cuerda, pero está en el suelo. Ésa es la diferencia. Cuando estás en un escenario tu cuerpo cambia. La química de tu cuerpo cambia para sobrellevarlo. La vida que se lleva en el cine es distinta. No es que tenga menos arte u oficio. Son dos cosas distintas… Me preocupan más las obras de teatro que haré que las películas. Me siento más cómodo en una obra de teatro. En una película siempre hay una cierta sensación de control, de contención. En el escenario es muy distinto. hay que actuar más. Al actor de teatro se le exigen más cosas, debe pasar por más experiencias. El oficio cambia cuando se está sobre el escenario. La obra es la fuente y está orquestada con palabras. Cuando actúas para la cámara, la cámara recibe y nunca da nada a cambio. Cuando actúas frente a un público, el púbico reacciona, de manera que en cierto sentido el público y el actor se dan algo mutuamente. Es extraordinario. Es un territorio salvaje. En mitad de un diálogo te giras hacia el público y te das cuenta de que hay una mujer con la espalda deformada que te está mirando intensamente; y entonces piensas: “Estamos volando, ¿no es cierto? ¡Nos estamos moviendo!”. Es difícil de explicar. La vez que hice “Pavlo Hummel” en Boston, mi mirada se encontró de repente con un par de ojos del público, y pensé: “Es increíble, estos ojos me penetran”. Me pasé la función entera relacionándome sólo con aquellos ojos. No podía esperar a que cayera el telón para averiguar de quién se trataba. Cuando finalmente cayó, miré en dirección a los ojos y descubrí que eran los de un perro lazarillo. Pertenecía a una chica ciega. No podía salir de mi asombro: la compasión, la intensidad,  la comprensión de esos ojos… y eran de un perro…”

En 2006, Pacino se decidió, por fin, a publicar uno de sus tesoros mejor guardados: un pack de cuatro películas aparecido en EEUU bajo el nombre de “Al Pacino: An actor´s vision”, que incluye cuatro auténticas joyas con comentarios del propio Pacino sobre su experiencia al rodarlas: la imprescindible “Looking for Richard”, ese tratado sobre Shakespeare y la interpretación que dirigió el propio Pacino y que podéis ver en la página de clandestino de actores; “Chinese Coffee”, dirigida por Pacino, una verdadera clase magistral de interpretación en un mano a mano fantástico entre el propio Pacino, en el papel de un escritor frustrado y el siempre genial Jerry Orbach, en el papel de su amigo y en el que, sobre el impresionante texto de Ira Lewis, asistimos a un análisis en profundidad del  verdadero significado de la amistad; “The local stigmatic”, codirigida por Pacino y David F. Wheeler, otro espectacular mano a mano interpretativo entre Pacino y Paul Guilfoyle, con un perfecto acento Cockney por parte de ambos, en el que interpretan a dos parias de los suburbios de Londres que apalean a un famoso actor al que encuentran en un pub por el simple hecho de que él es famoso y ellos no; y por último, “Babbleonia”, una entrevista a Pacino de una hora en la que desgrana su vida, una vida dedicada a la interpetación. Si tenéis oportunidad, no os perdáis ninguna de estas cuatro verdaderas obras maestras.

El propio Pacino habla de ellas con verdadera pasión: “Para mí, no debían verse como películas. No son películas, son obras de teatro que se han filmado con el estilo de una película… En cierto sentido lo que hacen estas obras es acomodarse al medio del cine, pero manteniendo al  mismo tiempo la vitalidad y el ritmo de la obra de teatro. Se trata de mantener la idea del teatro en la película… No sé si estas obras son muy accesibles ni si a la gente le interesa verlas; pero eso no quiere decir que no tengan valor. Creo que son tan valiosas como las películas comerciales que la gente va a ver. Creo que estas películas pueden afectar a la vida de la gente. La gente reflexionará sobre lo que ha visto, tendrá opiniones, sentirá cosas. Estas películas tienen un valor, no las sacaría a la luz si no lo creyera. Hice Stigmatic en el teatro en 1969, y fue la única vez que fui abucheado, lo cual me hizo pensar que había dado con algo bueno… El acento cockney en Stigmatic es imprescindible, no se puede hacer “Lo que el viento de llevó” con acento de Nueva York, ¿te puedes imaginar el concierto para piano de Mozart sin el piano?… Chinese Coffee es la exploración de un tipo de amistad; es muy frágil esta cosa que llamamos amistad. Sé que no es una película para ser estrenada en cines comerciales. Si supiera que la iban a proyectar en un museo o en un cine especializado en este tipo de películas de manera que la gente sabe lo que va a ver, sí la habría estrenado, pero no pudo ser, y esa es la razón por la que nunca la estrené como película. En cuanto a Babbleonia pensé que podría ser útil a los actores. Me puse a asociar ideas libremente. Soy del Actor´s Studio. Creo que este video explica lo que el Studio fue y es para mí… Tengo debilidad por Stigmatic. Esta película tiene algo. Son películas personales. No Richard, pero sí las otras tres; son como bocetos. Para mí Richard es un retrato, lo demás son bocetos. Los “Padrinos” serían grandes óleos, pero no tienen nada que ver conmigo, yo simplemente tengo una relación con ellas. Con estas películas tengo una relación más íntima, reflejan un aspecto de mi forma de ver las cosas… Ahora, mientras crecen mis hijos, espero dejar un legado del que puedan encargarse. Por eso he hecho esta colección de mis películas independientes: para que sepan quién era su padre.”

Tres ideas de Pacino reflejan su filosofía de la vida y de la interpretación que, en su caso, vienen a ser lo mismo: “No soy más que un actor: un reto es un papel que te resulta difícil, hacer un gran papel es una oportunidad, y el verdadero regalo es poder interpretar un papel que te permita liberar tu talento… Creo en el vivir cada día: el hoy es todo lo que uno tiene… La felicidad no existe, sólo la concentración. Cuando estás concentrado, eres feliz. También eres feliz cuando no estás pensando demasiado en tí mismo…” Me gustaría acabar esta entrada utilizando una de las citas de Shakespeare que Pacino emplea más y que, quizá, debería ayudarnos, como a él, a replantearnos algunas cosas: ” La conciencia nos hace a todos cobardes, y así la natural tintura del valor se debilita con el pálido barniz de la prudencia…”

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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