General

Amor a primera vista

Si digo “En un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme…” todo el mundo sabe que estoy diciendo la primera frase del Quijote. Sin embargo muy pocos recuerdan la frase con la que acaba. La segunda parte del Quijote acaba con la palabra “Vale”, que en latín quiere decir adiós. La primera frase de una novela es como la primera mirada que cruzamos con una persona desconocida: de ella puede no salir nada o puede surgir la más bella historia de amor que se haya escrito jamás. Hoy voy a hablaros de las primeras frases, esos amores a primera vista que nos pueden llevar lejos, muy, muy lejos… allí donde viven todos los sueños.

Y ya que, en cierta medida, vamos a hablar de historias de amor, qué mejor que dejar que la sensual voz de Haris Alexiou nos acompañe.

La primera frase de una novela debe llegarnos muy dentro, tiene que provocarnos, incitar nuestra curiosidad, ponernos inmediatamente en situación diciéndonos de qué va a ir la historia que nos van a contar, pero, al mismo tiempo, debe prometer menos de lo que después nos dará esa historia, o nos provocará, irremediablemente, una enorme decepción. De ahí la dificultad para encontrar esa primera frase, una frase que debe ser apasionada y equilibrada a un tiempo, clara y directa, pero también evocadora, universal y a la vez personal…

La última novela de Ángeles Caso, “Contra el viento”, empieza diciendo: “Siempre he envidiado a quienes sienten que tienen el control de sus vidas…” Es una primera frase fantástica, porque no sólo nos pone en situación de lo que nos va a contar (la historia de una amistad entre una mujer española y la inmigrante a la que contrata como asistenta del hogar), sino que, además, nos define perfectamente la personalidad de la protagonista, esa mujer española dubitativa que, en lugar de vivir, se ha dedicado a ver pasar su vida, de la antagonista, la inmigrante que ha tenido que luchar toda su vida para poder sobrevivir, y el tono desde el que nos va a contar la historia.

Otra primera frase que me encanta y que ya os comenté en anteriores entradas, es la que utiliza Ana María Matute para empezar “Paraíso inhabitado”: “Nací cuando mis padres ya no se querían…” Pocas primeras frases pueden acercarnos con tan pocas palabras a la historia de esta niña que, poco a poco, descubre el mundo de los adultos mientras le arrebatan el suyo para siempre. Todo está en esa primera frase: la sensación de haber llegado tarde y de haber invadido un mundo que no era el suyo, la culpa por haberlo hecho, el desamor del amor que nunca fue, la soledad del desamor, el sufrimiento de la infancia que le va a tocar vivir… Son tantas las cosas que encierra esa primera frase…

“Tú también te casarás con quien yo diga”- le dijo la señora Rupa Mehra a su hija pequeña”, es la frase con la que Vikram Seth nos mete de lleno en “Un buen partido”, la fantástica novela de más de mil trescientas páginas en la que nos cuenta la historia de la India de los años cincuenta, una historia forjada a través de matrimonios de conveniencia.

Un genio de la literatura como Henry Miller tampoco desaprovecha nunca la oportunidad de meternos de lleno en su mundo con la primera frase de sus novelas. En “El coloso de Marusi”, donde nos cuenta la experiencia de su maravilloso viaje a Grecia, y donde, como en todas sus obras, no deja de hablarnos de su loca pasión por las mujeres, la primera frase que elige es: “De no haber sido por una muchacha llamada Betty Ryan que vivía en la misma casa que yo en París, nunca hubiera ido a Grecia…”

En su primera frase de “Las uvas de la ira”, John Steinbeck nos traslada a la realidad de la sequía que sufría el campo en Estados Unidos durante la Gran Depresión y que va a condicionar toda su historia: “Las últimas lluvias cayeron con suavidad sobre los campos rojos y parte de los campos grises de Oklahoma, y no hendieron la tierra llena de cicatrices…”

C.S.Lewis nos cuenta en “Una pena en observación”, magistralmente llevada al cine por Richard Attenborough bajo el título de “Tierras de penumbra”, el dolor y la desesperación por la pérdida del ser amado de un hombre ya maduro, él, que conoce por primera vez el amor en la etapa final de su vida. La primera frase con la que empieza a contarnos su historia es desgarradora: “Nadie me había dicho nunca que la pena se viviese como miedo…”

J.D.Salinger, quizá el escritor que más celosamente ha guardado su intimidad en la historia de la literatura, empieza la novela que le hizo famoso, “El guardián entre el centeno”, con toda una declaración de intenciones: “Si de verdad les interesa lo que voy a contarles, lo primero que querrán saber es dónde nací, cómo fue todo ese rollo de mi infancia, qué hacían mis padres antes de tenerme a mí, y demás puñetas estilo David Copperfield, pero no tengo ganas de contarles nada de eso…”

Pero si hay alguien a quien admiro profundamente, además de por su inimitable forma de escribir, por la elección de sus primeras frases, ese es Gabriel García Márquez.. En “El amor en los tiempos del cólera”, por ejemplo, nos describe con esa frase todas las dificultades que encontrará en vida el doctor Juvenal Urbino para poder amar a la mujer a la que de verdad ama: “Era inevitable: el olor de las almendras amargas le recordaba siempre el destino de los amores contrariados…” Cómo olvidar la primera frase de “Cien años de soledad”: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en la que su padre lo llevó a conocer el hielo…”

Si hay una primera frase que me gusta destacar, sin duda, es con la que García Márquez empieza “Memoria de mis putas tristes”: “El año de mis noventa años, quise regalarme una noche de amor loco con una adolescente virgen…” ¡Dios! ¡Qué gran primera frase para empezar una novela! Es algo así como una mano abierta que nos invita a adentrarnos en un mundo nuevo, en un universo de sensaciones y sentimientos de un ser humano, hombre y viejo por más señas, un ser capaz de amar y de mantener viva la necesidad de amar hasta el último de sus días, un hombre que jamás dejará de sentirse como tal, aunque su cuerpo se empeñe en no acompañarle en la etapa final del viaje de su vida, un viejo que jamás lo fue…

Son tantas las cosas que insinúa y dice esa primera frase: no habla del día de su aniversario, sino del año en que cumplió los noventa años, porque a esa edad puede que el tiempo pase muy rápido pero el placer no, el placer requiere siempre su momento, su antes, su ahora y su después… y eso es algo que ese viejo sabio conoce muy bien; tampoco habla de los regalos que recibió, tan sólo de uno: el que él mismo se hizo, porque, a esa edad, estamos solos, tremendamente solos y aislados en un mundo desconocido para nosotros que, inexorablemente, ha sustituido al que era nuestro, ya no nos queda un amigo, todos se han ido; esa primera frase también nos habla de una noche, de una sola noche, porque una sola noche puede dar sentido a toda una vida, porque en una sola noche, precisamente en esa, se puede vivir toda una vida; y, lo más memorable de esa gran primera frase, también nos habla de vivir un amor loco, porque eso es el amor, pura locura ¿Quién diablos puede ansiar vivir una historia de amor cuerdo? ¡Que se queden su cordura! El amor, como la libertad, es entrega, es darse por completo sin importar a quién o por qué… y quizá por eso nos asuste tanto: hay que ser muy valiente para darnos por entero, sin reservas y sin esperar nada a cambio, y eso es lo que ese viejo hace: tener la valentía y el coraje de amar y de ser libre; y Gabo acaba esa primera e inimitable frase hablando de una adolescente virgen, no de una mujer hermosa o experta que pueda satisfacer todos los deseos carnales de ese hombre, sino de una adolescente virgen a la que ese viejo quiere amar con toda su alma. Ella es el objeto del deseo, pero no de un deseo egoísta y posesivo como el que puedan sentir todos los que al leer esta frase tan solo vean en ella un elogio al machismo o a la pederastia, ella es el objeto del deseo de un ser humano, hombre y viejo por más señas, que quiere dar lo único que le queda en la vida, todo su ser, a otra persona, a otra persona que nace a la vida y que ocupará en ella su lugar, a otra persona vulnerable a la que el destino, o todos los que no hacemos nada por cambiarlo, ha reservado un largo camino de dolor y sufrimiento. Y esa es la única razón por la que la elige a ella: para darle toda su ternura, su cariño, todo su amor loco y poder mostrarle, como probablemente nadie más lo hará en la vida, que ella merece ser amada, que ella también ha nacido para amar y ser amada, que ella también tiene derecho a ser feliz… aunque sólo sea por una noche porque, como dice Gabo, “el sexo es el consuelo que uno tiene cuando no le alcanza el amor…”

Escribir una novela es una experiencia incomparable. Durante mucho tiempo vas sintiendo en tu interior que algo va naciendo, que hay algo ahí que va tomando forma y que quiere salir. Te pasas meses, años, dándole vueltas y más vueltas a eso que quieres contar y que todavía no es ni una historia. Una novela es algo vivo, algo que nace en lo más profundo de nosotros y que se va nutriendo de todo lo que vemos, de todo lo que nos rodea… Cuando la novela todavía no es más que una idea que sólo vive en nuestra cabeza, somos como el capitán de un velero que ve su barco fondeado en medio de la bahía esperando que lleguen los vientos favorables. Mientras espera, ese capitán va recorriendo las cantinas y las tabernas del puerto recogiendo historias y buscando los personajes de su novela, esos personajes que serán la tripulación con la que su velero se hará a la mar. Uno a uno los va encontrando, toma una cosa de éste, otra del de más allá, y, al fin, les invita a subir al barco que, bien entrada la noche, leva anclas al soltar esa primera frase que tanto tiempo lleva madurando y se pone a navegar. Sólo el capitán sabe dónde quiere ir, pero nadie, ni él mismo, sabe el rumbo que seguirá para llegar allí. Ya fuera de la bahía es el viento quien decide el rumbo a seguir. A lo largo de la travesía serán muchas las aventuras que vivirán. Fondearán en calas desiertas, visitarán islas perdidas y puertos olvidados o ni siquiera nacidos, se cruzarán con otros barcos, capearán calmas y temporales, otros tripulantes subirán también al barco; algunos bajarán de él sin esperar a llegar al final del viaje… y, de repente, como surgido de una niebla espesa y blanca, de esa niebla que se llama soledad, llega un día en que, al amanecer, el velero entra en puerto, en Ítaca, porque nuestro velero siempre arriba a Ítaca, y allí, sentado a popa, ves bajar por la pasarela a toda la tripulación. Uno a uno tus personajes van bajando. Sabes que nunca más les volverás a ver. Has pasado mucho tiempo con ellos. Les has dado vida; te han dado la vida… y les dejas partir para que compartan su historia con quien les quiera escuchar… Normalmente la novela, el diario de a bordo de aquel viaje, suele acabar en el olvido de algún cajón en espera de editor. Otras, las menos, llega a verse publicada y un día, de repente, ves tu libro en el escaparate de una librería, y te das cuenta de que ya no es tu libro, que es el libro de los lectores, porque serán ellos quienes, a partir de ahora, compartan con él sus vidas…

Y ya que hablamos de amores y de aventuras, quiero acabar esta entrada con mi escena favorita de la historia del cine: la escena final de Casablanca, ¡cómo no!. Hoy hemos hablado de la importancia de la primera frase en una novela, esa primera frase que nos transporta a un mundo nuevo y que jamás olvidamos. En el cine, por el contrario, suele ser la última frase la que nos evoca ese mundo nuevo y  que recordamos siempre ¿O es que acaso es posible olvidar aquello de “…presiento que éste es el comienzo de una hermosa amistad…”?

ETIQUETAS
RELATED POSTS
Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

Todas las entradas
Categorías
Clandestino en Facebook
Facebook By Weblizar Powered By Weblizar