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Porque la felicidad no es una zanahoria…

felicidad 11Hoy me gustaría hablaros de la felicidad, algo que, muchas veces, creemos que debe existir; que algunas veces,  intuímos que existe; y que muy pocas veces, somos plenamente conscientes de que verdaderamente existe,  porque en esos momentos somos felices… casi sin darnos cuenta.

Y para este viaje que hoy os propongo, me gustaría que una joven cantante estadounidense nos acompañara: Melody Gardot.

ffg3En la entrada de este blog que dediqué  hace unos meses a Fernando Fernán-Gómez decía que él escribió en una ocasión que “la diferencia entre los hombres de la realidad y los personajes teatrales es que los hombres de la realidad siempre son protagonistas, todos son protagonistas, aún cuando al mismo tiempo sean personajes secundarios en las peripecias ajenas…”

felicidad 22Cuánta sabiduría se esconde en esas palabras o ¿acaso hemos conocido a alguien que se limite de verdad a ser un personaje secundario de nuestras vidas…? o, lo que todavía es peor, ¿cuándo hemos admitido nosotros ser un simple comparsa en la vida de los demás? Siempre nos creemos el centro del mundo, tenemos muy claro que todo debe girar a nuestro alrededor, que nuestras opiniones deben prevalecer sobre las de los demás, simplemente porque son nuestras… ¡ay de aquel que ose llevarnos la contraria en los temas que verdaderamente nos importan!

felicidad 33Tenemos tanto ego que nos cegamos a nosotros mismos, empeñándonos en sentirnos infelices. Vivimos prisioneros de nuestros deseos, somos esclavos de nuestros anhelos, sin saber, o sin querer saber, que un deseo hecho realidad no supone alcanzar la felicidad. Y, sin embargo, nos empeñamos en creerlo. Siempre pensamos que la felicidad es algo futuro que, tarde o temprano, vendrá desde no sabemos dónde ni por qué, a dar sentido al sinsentido de nuestra vida. Creemos que la felicidad es una especie de zanahoria tras la que nos pasamos la vida corriendo… sin saber que jamás llegaremos a alcanzarla, porque la felicidad nunca ha sido, ni será, una zanahoria.

felicidad 37Otros, en cambio, se quedan anclados en la idealización de un pasado que nunca les dio, ni les dará, la felicidad, proclamando una y mil veces que algún día fueron felices…cuando, en realidad nunca lo fueron y, lo que es peor, ese haberse quedado viviendo del recuerdo les aleja más y más de la verdadera felicidad que habita en el único mundo que verdaderamente existe: el del aquí y el ahora. ¿Tanto cuesta limitarnos a vivir este aquí y este ahora?, ¿tan difícil es aceptar que no somos el centro del universo, que cada una de las personas con las que nos cruzamos a diario tiene su propia vida en la que nosotros no somos más que un personaje secundario o un figurante? Infaliblemente, cuando conocemos a alguien pensamos en lo que nos podría llegar a dar o, en el mejor de los casos, nos limitamos a ignorarle porque no nos interesa lo más mínimo. ¿Cuándo ha sido la última vez que, al conocer a alguien, lo primero que hemos pensado, de verdad, ha sido “en qué puedo ayudarle yo”?

felicidad 38La vocecita de nuestra conciencia, esa voz que nos habla desde nuestro interior, es un dictador insaciable que nos habla continuamente para impedirnos escuchar el silencio. Pero esa voz no es nuestra voz, es la voz de nuestro ego, y está siempre hablando para no dejarnos pensar, para impedir que nuestra mente se calme y se serene. Su vida depende de ello, por eso habla todo el rato. Es un continuo yo, yo, yo… Los demás no existen para esa voz más que como compañeros u obstáculos de nuestro caminar, porque para nuestro ego los demás carecen de vida propia. Si cada vez que habla esa voz aprendemos a observarla, nos daremos cuenta de que, en realidad, nosotros somos el observador, no esa voz, y ese será el primer paso del largo camino que nos llevará a silenciarla.

felicidad 30Nosotros, como actores, sabemos muy bien que, para empezar a vivir cualquier personaje, lo primero que debemos hacer es acallar la vocecita de ese juez inclemente y pesadísimo que siempre nos acompaña cuando nos sentimos inseguros o tenemos miedo a arriesgarnos de verdad a ser libres. No es fácil, desde luego, acallar esa voz, pero tenemos la ventaja de que sabemos que esa voz no sólo no nos ayuda en absoluto, sino que dificulta muchísimo nuestra labor. Acallar esa voz  es el primer paso de nuestro camino creativo, y esa es una de las ventajas que tenemos los actores, ya que tenemos muchas más oportunidades de aprender a acallarla que el resto de los mortales.

Pero volvamos al tema que nos ocupa, el de la felicidad. Siempre hemos creído que la felicidad es algo que vendrá algún día, porque, sin lugar a dudas, está fuera de nosotros, y, en verdad, nada más lejos de la realidad. La felicidad, como todas las cosas que verdaderamente importan, siempre ha estado, y está, dentro de nosotros. Voy a poneros algunos ejemplos de la vida real que pueden ayudarnos a entender mejor todo esto.

Hace cinco años, una chica paseaba en bicicleta por una calle de una pequeña ciudad estadounidense. Tenía diecinueve años y toda una vida por delante. Un coche se cruzó en su camino y la atropelló brutalmente. Amaba la música. Billie Holiday, Ella Fiztgerald y Nina Simone eran sus cantantes favoritas. El jazz era su pasión. Los médicos lucharon desesperadamente por salvar su vida. Entre las secuelas que tenía, sufría de amnesia. Su felicidad 3neurocirujano, al saber que le gustaba tanto la música, le pidió que, como parte de la terapia para recuperar la memoria, dedicase muchas horas a cantar y a componer canciones. Y ella, tumbada en la cama, empezó a componer unas canciones preciosas. Su maravillosa voz le permitió grabarlas en la que fue la primera maqueta que hizo y que alguien llevó a un productor musical. Esa chica se llama Melody Gardot, es esa maravillosa voz que acabáis de escuchar, hoy tiene veinticuatro años y, aunque todavía tiene que subir a los escenarios ayudada por un bastón y con gafas de sol para protegerse de la fotofobia que le causó aquel accidente, es una de las promesas más firmes y con mayor proyección internacional del jazz. Si le preguntas por su discapacidad, te mira directamente a los ojos, te contesta: “¿Acaso, de alguna manera, no tenemos todos alguna?” y te sonríe.

Ahora me gustaría invitaros a escuchar una música que para mí es muy especial. Es un mantra tibetano interpretado por el Lama Gyurme y por un joven músico francés llamado Jean Philippe Rykiel.

 

felicidad 7El Lama, muy sabio, consciente de que los occidentales no estamos muy acostumbrados a este tipo de música, suele decir que los mantras son la aspirina que cura nuestros males, y la música del piano de Rykiel el agua para que podamos tragarla. He tenido la fortuna de escucharles varias veces en directo. Jamás olvidaré la primera vez que les oí. Fue hace algunos años en la Basílica de Santa María del Mar, en Barcelona. Un precioso juego de luces azules y anaranjadas iluminaba sus impresionantes columnas manteniendo el resto del templo en la oscuridad. También había muchas flores adornando el altar, desde donde ambos músicos daban aquel concierto. Tras ellos había varios thangkas tibetanos enormes y de los colores más vivos representando el mandala del Kalachakra y varios Bodhisattvas. Era un marco incomparable para un concierto como aquel. Os aseguro que, viendo tanta belleza, lloré de emoción. Imaginé lo que debían sentir los dos músicos viendo todo aquello, cuando me dí cuenta de que Jean Philipe Rykiel es ciego. En aquel momento sentí una inmensa pena por él. Hoy sé que me equivocaba, y que él también veía la belleza de aquella noche inolvidable, porque la belleza está dentro de nosotros, fuera simplemente está la luz que, iluminándola, puede ayudarnos a contemplarla, pero nunca la veríamos si no supiéramos sacarla de nuestro propio interior donde, al cerrar los ojos, si miramos el silencio de nuestro yo más profundo, jamás dejamos de verla.

He vivido muy de cerca la experiencia de un niño que tenía una enfermedad congénita incurable de riñón. Se la diagnosticaron cuando tenía ocho años: al llegar a la pubertad se le secarían ambos riñones y tendría que acabar en diálisis o en un trasplante. El médico no se equivocó y, al llegar a los doce años, se le secaron los dos riñones. Tuvo la suerte de encontrar un felicidad 28donante y ser trasplantado sin necesidad de pasar por diálisis. Al salir del hospital su peso había pasado de treinta a casi cincuenta kilos por efecto de la medicación. Estaba irreconocible y, cuando pudo empezar a salir a la calle y se cruzaba con sus compañeros de clase, muchas veces no le reconocían. Él se daba cuenta y lo comentaba, pero de su boca nunca salió un lamento ni un reproche. No sé cómo, pero aprendió a considerarlo como algo normal que le estaba pasando y que tenía que asumir. Tuvo que dejar de hacer lo que más le gustaba, jugar al fútbol, y hacer un ejercicio impresionante de autocontrol para no olvidarse de tomar ni una sola de las casi veinte medicinas que tenía que tomar a diario.

Al llegar a la adolescencia su cuerpo empezó a rechazar el riñón trasplantado y a tener serios problemas para evitar las fuertes subidas de su tensión arterial. Se pasó más de tres meses internado en un hospital hasta que, finalmente, tuvieron que extraerle el riñon trasplantado, ya que había dejado de funcionar y había acabado siendo únicamente un foco de infección. Pasó más de felicidad 29un año sometiéndose a sesiones de cuatro y cinco horas de diálisis tres veces por semana. Impresionaba verles a todos en aquella sala charlando animadamente de sus cosas en un mundo y con un lenguaje totalmente ajenos al nuestro. El compañero más joven que tenía en aquella sala pasaba de los treinta años; él no había cumplido aún los diecisiete y ya esperaba su segundo trasplante. Nunca le oí quejarse ni hacerse la pregunta que, seguramente, todos nos habríamos hecho en su situación: “¿Por qué me ha tenido que pasar a mí?”. Al revés, él siempre ha estado de buen humor, alegre, preocupándose por los problemas de los demás, sin quejarse jamás de los suyos.  Durante todo aquel tiempo estuvo en lista de espera para un nuevo trasplante. Un día le llamaron para que fuera urgentemente al hospital porque había un riñon que podía ser compatible para él. Le hicieron el crossmatching, la prueba de compatibilidad entre donante y receptor, pero no dio el resultado esperado y tuvo que volver a casa sin haber sido trasplantado. Meses después volvieron a llamarle. De nuevo falló el crossmatching, y de nuevo volvió a su casa de vacío y a tener que seguir con las sesiones de diálisis. Él nunca se quejó, a pesar de que su cara y sus brazos reflejaban el sufrimiento de su cuerpo. En el colegio decidió hacer su trabajo de investigación precisamente sobre el mundo de los trasplantes. Quería compartir su experiencia con todos los demás y, al hacerlo, ayudar a quien lo pudiera necesitar. Se entrevistó con todos los médicos que le habían tratado, las enfermeras le dieron muchísimo material  y él se documentó a fondo sobre todo aquello. Por aquel trabajo consiguió una matrícula de honor. Hace tres años, apareció, por fin, el riñón que tanto había deseado. El segundo trasplante salió muy bien, ni siquiera engordó gracias a la nueva medicación, y hoy ese chaval es un joven de veintiún años perfectamente normal con el que te puedes cruzar a diario por la calle, que va a la universidad, que tiene novia, que ha vuelto a jugar al fútbol y que, de vez en cuando, se acerca a charlar un rato con sus antiguos compañeros de diálisis que aún no han sido trasplantados.

felicidad 25Las experiencias de este chaval y la de Melody Gardot, no son excepcionales, en todos los hospitales puedes encontrar muchos casos parecidos. Son personas que han intuído, o a las que el dolor les ha enseñado, que la felicidad está dentro de ellos, en su aquí y en su ahora, y que para alcanzarla no hay que esperar recibir nada, sino todo lo contrario, dar todo eso que llevamos dentro y compartirlo con los demás. Ellos han creído en sí mismos, se han atrevido a confiar en ellos, porque se han dado cuenta de que la seguridad también es algo que está dentro de ellos, y que depende de una sóla cosa: la actitud. Esa es la clave: la actitud positiva en todo momento, hacia todos y hacia todo. 

Y esa es otra de las ventajas que tenemos los actores: creemos en nosotros mismos, y estamos en esto sabiendo que cuando se acabe esta obra, esta peli o esta serie, volveremos a estar sin trabajo, pero seguimos aquí, haciendo lo que nos gusta, viviendo nuesto aquí y nuestro ahora, confiando en que, tarde o temprano, encontraremos un nuevo proyecto en el que nos embarcaremos para hacer eso que verdaderamente queremos hacer: actuar. Así que tenemos la ventaja de que el amor a nuestra profesión nos puede ayudar a dar los dos primeros pasos en el camino hacia la felicidad: acallar la voz interior y creer en nosotros mismos viviendo nuestro aquí y nuestro ahora. Mira por dónde, puede que, sin saberlo, no nos falte tanto para encontrar la felicidad…

felicidad 17Dicen los maestros budistas que la felicidad consiste en aprender a superar el sufrimiento. Si la felicidad fuera una mesa, las cuatro patas que tendría, seguramente, serían: superar el deseo, amar a los demás, acallar el ego y vivir el aquí y el ahora. Puede que, algún día, cuando hallamos superado el deseo, perdido el miedo a amar, acallado la voz de nuestro ego y nos atrevamos, de verdad, a vivir nuestro aquí y nuestro ahora, invitemos a todos los que nos rodean a compartir una charla alegre y sincera sentados alrededor de esa mesa en la que ya a nadie le importará no ser el protagonista de la velada.

 

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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