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Las mujeres que no conocemos

JLGuerin6Hoy me gustaría hablaros de la exposición fotográfica que el cineasta José Luis Guerín preparó para la Bienal de Venecia de hace un par de años y que tuve la oportunidad de ver en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB). Realmente era impresionante. Se llamaba “Las mujeres  que no conocemos”, y era una invitación a soñar con los besos no dados, con todas nuestras vidas no vividas, porque, como dice Guerín, las mujeres que no conocemos son vidas que no hemos vivido…

Aquella exposición se trataba de un montaje fotosecuencial, formato intermedio entre el cine y la fotografía, que Guerin definía como un film en 24 cuadros. La instalación aprovechaba perfectamente las ventajas del espacio, invitándonos a seguir un solitario y oscuro camino lleno de recovecos y silencios que  hacía que nos sintiéramos como invadiendo una JLGuerin11intimidad, la intimidad de esas mujeres que no conocemos pero con las que soñamos despiertos cada día, de todas esas mujeres anónimas a las que Guerin ha querido robar un instante de su vida, ese instante que nos ofrece en la claridad del blanco y negro que ilumina la oscuridad de las salas, ese instante fugaz en el que cruzamos con ellas una mirada, una emoción o tan solo un deseo… En sus rostros hablan todos los silencios; en sus ojos habitan los misterios y los sueños, todos nuestros sueños, y en su intimidad robada todas las vidas que no nos atrevimos a vivir. ¿Qué habría pasado si hubiera llegado a hablar con aquella mujer que estaba leyendo junto a mí en aquella terraza solitaria al atardecer?, ¿y si me hubiera atrevido a besar a aquella joven a la que jamás volví a ver?, ¿y si hubiera cambiado mis planes de viaje para quedarme una noche más en aquella ciudad de provincias en la que me crucé con aquella mujer que llevaba la nostalgia por mirada?, ¿y si…?, ¿y si…?, ¿y si…? Son tantas las mujeres que no conocemos, tantas las vidas que no vivimos… tantas las que no nos atrevemos a vivir. Puede que recordemos el primer beso, seguro que el último y probablemente unos cuantos más, quizá los más intensos, pero, por desgracia, los que nunca llegamos a olvidar son los que no nos atrevimos a dar…

JLGuerin4Esta entrada no habla de cine, ni de televisión, ni de teatro. Ni siquiera habla de fotografía. Habla simplemente de las cosas de la vida, de todas esas vidas no vividas, porque la vida es una elección continua, y por eso está llena de oportunidades perdidas, de sueños muchas veces despedazados por nuestro miedo a vivir. Siempre podemos perdonarnos los errores que cometemos, pero lo que jamás nos perdonamos es lo que no nos hemos atrevido a vivir…

Cuando tenía trece años, pasé unas Navidades con mi familia en un pequeño hotel de alta montaña. Allí coincidí con la niña más guapa que he visto jamás. Tenía quince años. Era preciosa. Todavía veo sus tejanos ajustados, el poncho anaranjado que llevaba sobre los hombros y el brillante cuello blanco de su camisa… Nunca llegué a hablar con ella: mi timidez me lo impidió. Era francesa. Se marcharon del hotel a principios de enero. Recuerdo el día en que se fue como uno de los más tristes de mi vida. Necesitaba volver a verla, hablar con ella, necesitaba que supiera todo lo que sentía. Tenía que ponerme en contacto con ella como fuera. Aquella noche, en medio del silencio, entrada ya la madrugada, bajé en pijama a la recepción del hotel y robé la tarjeta del registro con su dirección. Nunca me atreví a escribirle y jamás la he vuelto a ver, pero hoy, pasados casi cuarenta años os puedo decir que se llamaba Sophie Ramstid, y que vivía en 42, Rue Le Castillon, Le Boriscat, Bordeaux, France…

JLGuerin13Vivir la vida es atreverse a hacerlo con todas las consecuencias y en todas las circunstancias. ¿Cuántas veces hemos dejado de hacer algo que realmente queríamos por hacer caso a los demás o a la voz de ese Pepito Grillo que siempre frena nuestros impulsos?. Vivir la vida es aceptar correr riesgos, es prescindir de la falsa seguridad que nos rodea, es atreverse a enfrentarse a los problemas, y hacerlo, muchas veces, en solitario y nadando contra corriente. Seguramente si Kandinski hubiera hecho caso a esa voz el mundo habría tenido un mediocre abogado más… y la pintura abstracta no existiría como la conocemos hoy.

Recuerdo que hace ya muchos años, acababa de cumplir los dieciocho, pedí un coche prestado y me fui sólo a recorrer Europa. Quería ver el mundo, conocer todos los mundos. Mi viaje me llevó a la antigua Yugoeslavia. Tras cruzar Italia de parte a parte, entré en aquel país que era una invitación a la aventura y fui recorriendo todos los secretos de su costa. Alguien me habló del Parque Nacional de Plitvice, un maravilloso paraje formado por 16 lagos unidos por cascadas y, sin dudarlo, me dirigí a él. Al llegar, envuelto todavía por las brumas de las primeras horas del día a través de las que, tímidamente, se colaban los rayos del sol, JLGuerin5encontré un pequeño refugio de montaña en el que estaba el único bar que había en todo el parque. Era una preciosa cabaña de madera que nada tenía que envidiar al paradisíaco Walden de Thoreau. No había mucha gente: tres o cuatro personas y algún turista tan perdido como yo. Estaba en la barra esperando a pedir un café con leche bien caliente cuando, de repente, se abrió la puerta que daba a la cocina y por ella apareció una chica que tendría poco más de quince años. Nunca había visto tanta luz en la mirada de una mujer. Sólo pude aguantar su mirada unos segundos, unos segundos en los que me habló de sus sueños, de sus emociones, de sus sentimientos más secretos y de sus irrefrenables ganas de vivir. Yo también intenté darle todo en aquellos segundos: mis ganas de conocerla, de abrazarla, de compartir mi vida entera con ella… No me atreví a decirle nada. Ella tampoco lo hizo pero, buscando mis ojos de vez en cuando, me dio el mejor de los regalos al  enseñarme a jugar al más maravilloso de los juegos. Antes de salir de la cabaña me detuve para mirarla por última vez. Pocos años después la crueldad de la guerra destrozó aquel país. Fueron cientos de miles los que sufrieron y murieron en aquella guerra. Nunca más he vuelto a saber de ella. Siempre me he preguntado qué debió ser de aquella niña que me enseñó a soñar. Han pasado más de treinta años y ni un solo día he olvidado la luz de la mirada de aquella casi mujer, una luz que volví a encontrar en las fotos de Guerín.

dublineses 7Pero todas esas vidas no vividas no se reducen solo a las oportunidades perdidas con mujeres desconocidas, a los encuentros no encontrados, sino que, a veces, las mujeres que no conocemos son precisamente las que están a nuestro lado, junto a nosotros, las mujeres con las que hemos compartido una vida entera y que creíamos conocer. Si la timidez era la que nos impedía acercarnos y conocer a esas desconocidas con las que podríamos haber vivido una vida,  nuestra incapacidad para amar y para entender lo que verdaderamente significa amar, es lo que nos impide vivir nuestra verdadera vida.

dublineses 3Acabo de leer un libro imprescindible: Historia de un matrimonio, de Andrew Sean Greer, que empieza así: “Creemos conocer a quienes amamos. Al marido. A la esposa. Los conocemos, somos ellos; a veces, por separado en una fiesta, nos sorprendemos expresando sus opiniones, sus preferencias respecto a comida o libros, contando una anécdota que no nos sucedió a nosotros, sino a ellos. Observamos su manera característica de hablar, conducirse y vestirse; cómo acercan el terrón de azúcar al café y lo ven pasar de blanco a marrón y entonces, satisfechos, lo dejan caer en la taza. Creemos conocerlos. Y amarlos. pero lo que amamos resulta ser una mala traducción, hecha por nosotros, de un idioma que apenas dominamos. Con ella tratamos de llegar al original, aunque jamás lo conseguimos. Lo hemos visto todo. Pero ¿qué hemos entendido de verdad?. Una mañana despertamos. Junto a nosotros duerme ese cuerpo familiar: en cierto modo, un desconocido…”

dublineses 8Esa novela me ha recordado mucho a un maravilloso relato de James Joyce, Los muertos, el último relato de Dublineses, magistralmente llevado al cine por John Huston, en la que fue su última película, y su verdadero testamento. Los diez minutos finales de la película, en los que Huston pone en boca de Gabriel, el protagonista, su reflexión más personal sobre el amor, la vida y la muerte en un monólogo inolvidable, son de lo mejor de la historia del cine. La escena transcurre en el dormitorio de Gretta y Gabriel, cuando, tras contarle Gretta a su marido que de joven había vivido una apasionada historia de amor platónico con un joven llamado Michael Furey, que murió por ella cuando apenas tenía 17 años, él se da cuenta de que no conoce a su mujer, a esa mujer capaz de amar con esa pasión que él envidia con todas sus fuerzas, porque es incapaz de sentir algo así. Y siente una profunda envidia de aquel joven que sí supo amar a su esposa con esa intensidad, aunque solo fuera por un instante, y que fue capaz de dublineses 6morir por su amor. En ese desgarrado monólogo final, Gabriel/Huston, en plena noche, mirando caer la nieve por la ventana mientras su mujer duerme en la cama, nos dice: “¡Qué pequeño papel he representado en tu vida, es casi como si no hubiera sido tu marido, como si nunca hubiésemos convivido como marido y mujer… Uno a uno todos nos convertiremos en sombras, es mejor pasar a ese otro mundo impúdicamente, en la plena euforia de una pasión que irse apagando y marchitarse tristemente con la edad… ¿Cuánto tiempo has guardado en tu corazón la imagen de los ojos de tu amado diciéndote que no deseaba vivir? Yo no he sentido nada así por ninguna mujer, dublineses 4pero sé que ese sentimiento debe ser amor… Piensa en todos los que alguna vez han vivido, desde el principio de los tiempos, y en mí, transeúnte como ellos, fluctuando también hacia su mundo gris, como todo lo que me rodea, este mismo sólido mundo en el que ellos se criaron y vivieron se desmorona y se disuelve. Cae la nieve, cae sobre ese solitario cementerio en el que Michael Furey yace enterrado. Cae lánguidamente en todo el universo y lánguidamente cae como en el descenso de su último final sobre todos los vivos y los muertos.”

Un último plano azulado de la nieve cayendo sobre el silencio de la noche pone fin a la película en el que, sin duda, es el mejor epitafio para la tumba de un gigante del cine y de la vida como John Huston, un  ser humano que nunca huyó de las elecciones de la vida y que, por eso, vivió y devoró todos los instantes de todas las vidas.

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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