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Anthony “Zorba” Quinn

quinn 34Hoy recordaremos no sólo a uno de los actores más grandes, sino, posiblemente, al que fue uno de los últimos humanistas del Renacimiento: Anthony Quinn. Pintor, escultor, escritor, arquitecto, actor… Lo que Quinn fue por encima de todo es amante de la belleza. Supo encontrarla en todo lo que le rodeaba.

Nacido en Chihuahua, México, en 1915 (en plena revolución, no podía ser de otra manera), de padre irlandés y madre india mejicana, supo lo que era la pobreza desde muy pequeño. Pronto emigró con su familia a Los Ángeles, donde fue limpiabotas y vendedor de periódicos.

Nada mejor que un corrido revolucionario para recordar a este ser irrepetible que vivió, y nos hizo vivir, todas las vidas ¡Va por tí, Quinn, donde quiera que estés!

 

Nunca fue un buen estudiante, pero desde muy joven mostró su vocación artística. “Yo quería ser pintor, pero acabé siendo actor por accidente” solía repetir, y tenía toda la razón. En su adolescencia soñaba con ser arquitecto, y no dudó en llevar personalmente sus dibujos al despacho de uno de los mejores arquitectos del mundo: Frank Lloyd Wright que, sorprendido por la audacia del chaval, le hizo pasar a su despacho para ver detenidamente aquellos dibujos. Fue Lloyd Wright quien, en aquella pequeña charla, se dio cuenta de que Quinn tenía un  problema de dicción por tener el frenillo de la lengua demasiado grande. Le recomendó operarse y que se tratase con una logopeda pues “un buen arquitecto no solo debe saber dibujar, sino que tiene que poder defender bien sus ideas. Cuando acabes el tratamiento ven a verme” le dijo…

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La logopeda trabajaba en una escuela de teatro donde Quinn acudía regularmente a recuperación, a pesar de tener que pagarse aquellas sesiones trabajando como boxeador, taxista o haciendo las cosas más inverosímiles para ganar algo de dinero. En una de aquellas sesiones, mientras Quinn ejercitaba la dicción pronunciando un texto, F. Pollock, que en aquel momento dirigía una obra de teatro con alumnos de la escuela le oyó y le propuso inmediatamente sustituir a un joven actor que se había puesto enfermo. quinn 42Esos fueron sus primeros pasos en un mundo que ya no abandonaría jamás, aunque él siempre se sintió más pintor y escultor que actor. Lo que Quinn fue en realidad es un enamorado de la vida y de la belleza. Por eso la buscó en todo lo que hizo. Lo que más le gustaba eran las mujeres (se casó tres veces, tuvo trece hijos y, según cuentan las habladurías,  tuvo más amantes que películas, y eso que su filmografía supera las doscientas… “Siempre me enamoro de mis compañeras de reparto”, solía decir sin ningún tipo de reparo).

quinn 29En su fantástica autobiografía “El pecado original”, Quinn dice, entre otras cosas, que “Ser incapaz de amar incondicionalmente es para mí el pecado original, el que engendra todos los otros”. Son muchas las anécdotas deliciosas que cuenta en ese libro. La de su llegada a los grandes estudios de Hollywood y su encuentro con el todopoderoso Cecil B. de Mille no tiene desperdicio. Estaban cerrando el casting de “The plainsman”, dirigida por el propio de Mille, con Gary Cooper como protagonista cuando Quinn, que, aparte del teatro, solo había trabajado como extra en un par de películas, fue a ver al director de casting para decirle que era el indio cheyenne que necesitaban. Apoyándose en su físico tan característico, juró y perjuró que él era un cheyenne puro. Se inventó un idioma que “sonaba” a indio y convenció al director de casting. Antes de presentárselo a De Mille, el director de casting le pidió que no hablase ni una sola palabra en inglés, para convencer a De Mille de que, sin lugar a dudas, él era el indio quinn 30que estaban buscando. Le dieron el papel: el de un jefe indio que tenía que soltar una arenga revolucionaria contra los blancos ante diez mil indios. Era la oportunidad de su vida. Aprendió a montar a caballo en una semana (antes de aquel día no había visto un caballo de verdad en su vida) y se presentó el día del rodaje en los estudios tras haber pasado toda la semana estudiando como un poseso un texto de más de cinco páginas en cheyenne del que él no entendía ni una sola palabra y ni sabía siquiera cómo debía pronunciarlo. Su primera sorpresa fue cuando, en lugar de darle un traje de jefe indio lleno de plumas, los de vestuario le dieron un simple taparrabos y una pluma en la cabeza. Atravesó la calle que le separaba del plató lleno de vergüenza tapándose como podía el trasero al cruzarse con todos los que, hasta aquel día, habían sido sus mitos de la pantalla.

Una vez en el set resultó que no tenía ninguna secuencia con diez mil indios, sino un mano a mano con Gary Cooper, al que tenía que soltarle toda la perorata en cheyenne. Quinn tenía que subirse a un caballo y acercarse cantando una canción india (que, por supuesto improvisó allí mismo), a una hoguera que encuentra en el bosque, bajarse del caballo y quedarse en pie junto al fuego, donde le asaltaría Gary Cooper y él le soltaría el discurso mexico-el-oscar-anthony-quinn-parte-i-L-XvB2tWcon las manos arrriba. La primera toma fue fantástica hasta que, al llegar junto al fuego, dió un salto y se escondió tras un árbol. “¡Corten!” gritó cabreadísimo De Mille. “¿Es que no le han explicado a ese imbécil lo que tiene que hacer? ¡Quiero que se quede junto al fuego!”. Quinn, aparentando no saber inglés, escuchó pacientemente la traducción que le hicieron a su inventado idioma cheyenne. La segunda toma también iba muy bien hasta que, al llegar junto al fuego, de nuevo dió un salto y se escondió tras el árbol. El cabreo de De Mille era de impresión y exigió que trajeran a otro actor porque aquel indio estúpido le estaba haciendo perder un montón de dinero. Gary Cooper, que en maquillaje había coincidido con Quinn y estaba al corriente de la farsa, le pidió a De Mille que le diese otra oportunidad. Lo hicieron, pero Quinn volvió a hacer exactamente lo mismo: esconderse tras el árbol. De Mille, ya fuera de sí, dijo que lo sacaran del estudio inmediatamente, y entonces Quinn, en inglés, se dirigió a aquel hombre que todo lo podía en Hollywood y a quien nadie osaba enfrentarse y le dijo: “Mire Sr. De Mille, yo no soy indio, soy actor. He trabajado en teatro. Métase los setenta y cinco dólares que me paga por donde le quepan. Usted tendrá mucho dinero pero de dirigir películas no tiene ni idea. Ese fuego ha sido encendido por un blanco y mi personaje, un indio, es imposible que no se dé cuenta de eso, por eso reacciona escondiéndose tras un árbol, porque sabe que debe andar cereca un hombre blanco…”

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quinn 41Cuentan que el silencio en el plató fue impresionante. Tras unos interminables segundos mirándose fijamente el uno al otro, De Mille dijo “El chico tiene razón, cambien el guión, se esconderá tras el árbol.” Tenían previsto rodar aquella escena en tres días. Lo hicieron en uno sólo y De Mille le hizo personalmente una prueba a Quinn para su siguiente película una semana después. Desde aquel día Quinn fue famoso en todo Hollywood por haber sido capaz de enfrentarse a De Mille. Un año después se casó con Katharine, la hija del propio De Mille.

quinn 8Quinn ha sido, probablemente, uno de los actores más camaleónicos de la historia del cine. Ha sido cura rural, Papa, esquimal, indio, bucanero, ganster, pintor, mafioso, magnate griego (Onassis), soldado, revolucionario, jorobado de Notre Dame, etc., etc., etc. A lo largo de su carrera ganó dos Oscars como mejor actor secundario por sus papeles de hermano de Emiliano Zapata, junto a Marlon Brando, en “Viva Zapata”, 1952 y de Paul Gauguin, junto a Kirk Douglas en “El loco del pelo rojo”, en 1956. Sin embargo nunca consiguió el Oscar al mejor actor, a pesar de haber estado nominado por uno de los papeles más inolvidables de la historia del cine: el de Zorba el griego (Rex Harrison lo ganó aquel año por My Fair Lady). Dirigió una única película, “Los bucaneros”, en 1958.

quinn 15Alguna vez definió lo que buscaba como actor: “Lo que realmente quiere un actor es encontrar el personaje que le permitirá poner un espejo frente a todos los sueños que nunca ha expresado, a todas sus ansias, a su soledad, un papel que le asegure un lugar en el muro de la verdad absoluta.” En contra de la imagen que daba, él mismo se consideraba como una persona muy insegura, tanto es así que, siendo ya una estrella consagrada, en una ocasión se bloqueó durante un rodaje debido a esa inseguridad.

quinn 4Acostumbrado a necesitar una sola toma, Quinn cuenta que un día se le atravesó una secuencia fácil y no podía hacerla. Tan sólo tenía que ponerse frente a la cámara y decir “Siento llegar tarde. Me atrasé por complicaciones imprevistas.”, pero no había forma. Se iba haciendo cada vez más tarde y él fallaba una toma tras otra. Los nervios empezaron a inundar el set y él, cada vez que oía “cámara”, se bloqueaba. Todos intentaron ayudarle. La actriz con la que compartía la escena llegó a decirle “Calma, Toñito, calma, ¿puedo ayudarte en algo?”. Pero él seguía bloqueado y angustiado por una situación totalmente nueva para él. Tras veintisiete tomas, el director, indignado, le dijo a voz en grito que si no podía hacer aquella escena cambiarían el guión, pero que no podían perder más tiempo. Todos los miembros del equipo se pusieron a temblar pues Quinn tenía fama de ser una persona de carácter muy fuerte y nadie le había gritado nunca en un plató. Quinn aguantó la bronca en silencio, llamó inmediatamente al productor y preguntó a todos los miembros del equipo si estaban dispuestos a hacer horas extraordinarias, que él pagaría de su bolsillo, hasta que la secuencia saliera. Todos le dijeron que sí. Liberado de la presión, la secuencia quedó redonda en la siguiente toma. Recordando esta anécdota, comentó que era de todos conocido que Tracy o Gable tenían que repetir muchas veces sus secuencias porque se quedaban bloqueados, pero ellos podían hacerlo sin problemas porque, a diferencia de él, tenían tanta seguridad en sí mismos, que podían reírse de ellos mismos, y él no.

quinn 19Su pasión por la pintura le llevó a pedir que, en las pausas de los rodajes que tenía en localizaciones perdidas de esas donde no había nada que hacer, le trajesen sus bártulos y le dejasen pintar. Nunca dejó de hacerlo en toda su vida. El otro día escuché en las noticias a un chico enfermo del síndrome de ELA (Esclerosis Lateral Amiotrófica, enfermedad muscular degenerativa que lleva a la parálisis), decir que él no tenía tiempo para tener un mal día en su vida. Realmente era toda una lección de coraje y de sabiduría.Tengo muy claro que Quinn era de los que compartían esta forma tan maravillosa de vivir la vida.

la rancuneSocarrón consigo mismo, solía decir que él nunca se casaba con la chica al final de la película. Sin embargo, en la vida real, su físico de hombre recio y duro, su fuerte personalidad tan libre y arrolladora y esa ternura innata que era capaz de transmitir en todo lo que hacía, le convirtieron en un seductor sin remedio. Siempre alegre, dicharachero y soñador, Quinn era humanidad en estado puro. Cansado de la rigidez y los planteamientos del star system hollywoodiense, pasó muchas etapas de su vida viviendo en Europa (Roma),  trabajando en el cine europeo, a las órdenes de Fellini, Minelli, etc.

En 1964 rodó el que sería el papel por el que siempre será recordado: Zorba el griego. Nunca ha habido una simbiosis actor/personaje como aquella. La película, dirigida por Michael Cacoyannis, basada en la novela homónima de Nikos Kazantzakis y con la inolvidable banda sonora de Mikis Theodorakis, es uno de los más bellos cantos a la amistad y a la libertad que se han hecho jamás.

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Cuenta la historia de la amistad entre un joven escritor inglés (Alan Bates), que llega a una isla griega para hacerse cargo de lo único que tiene en el mundo (una vieja mina abandonada que acaba de heredar), y Alexis Zorba (Anthony Quinn), un hombre absolutamente libre y sabio que le enseña a vivir de la única manera que él sabe: disfrutando cada instante. El contraste entre la educada personalidad del inglés y la espontaneidad salvaje y mediterrénea de Zorba es delicioso. Zorba empieza a trabajar para el inglés y le ayuda a abrir de nuevo la mina. El fracaso es estrepitoso ya que aquella mina está agotada, pero Zorba, imaginativo como nadie, convence al inglés para que invierta sus últimos ahorros en la costrucción de un estrambótico teleférico con el que podrán bajar hasta el mar los árboles que pueden talar de un bosque que pertenece a un monasterio de popes ortodoxos que hay en lo alto de la montaña. Zorba diseña quinn 13el teleférico y gasta hasta el último penique de su amigo inglés en la construcción de aquel invento. El día de la ansiada inauguración todo el pueblo acude al bautizo del artefacto. Popes, vecinos y cabras deambulan por la playa cuando Zorba da la orden de soltar el primer tronco que, paulatinamente, va cogiendo más y más velocidad produciendo un estruendo amenazador que hace que todos, temiéndose lo peor, salgan corriendo. Tras asegurar que nada malo va a ocurrir, Zorba da de nuevo la orden para que suelten un tronco más. Al segundo le sigue un tercero. La velocidad ahora es ya aterradora y, a su paso, el tronco va derribando todos los soportes del invento. Popes, vecinos y cabras huyen despavoridos y se tiran al mar. Todo el teleférico rueda por los suelos y no queda nada de los ahorros del inglés. Y ahí, en ese preciso momento, Zorba le dice a su amigo inglés, que acaba de perderlo todo, una frase maravillosa: “Jefe- le dice- yo tengo que decírselo, porque le quiero, usted lo tiene todo para ser feliz, absolutamente todo…menos una cosa ¡la locura! Tiene que romper la cuerda que nos ata y  no nos deja ser libres…” El inglés, influenciado ya sin remedio por la maravillosa personalidad de Zorba, le responde: “Zorba, enséñame a bailar”, y Zorba le enseña a bailar el sirtaki más famoso de la historia, y es ahí cuando, en una lección de sabiduría como hay pocas, contemplando todo lo que se ha perdido, Zorba le dice: ” Pero bueno, Jefe, ¿ha visto usted alguna vez una catástrofe más esplendorosa?” y los dos se echan a reír y a bailar en un final de la película imposible de olvidar.

quinn 53Nikos Kazantzakis, uno de los mejores escritores griegos del siglo XX, es el autor de la novela de Zorba el griego, ese Zorba que, desde entonces, no puede ser otro que Anthony Quinn. Luchador contra la dictadura, Kazantzakis fue, por encima de todo, un hombre libre. En su tumba puede leerse un epitafio que define su arrolladora personalidad y que, a buen seguro, también podría estar en la tumba de Anthony “Zorba” Quinn:

“NADA TEMO,

NADA DESEO,

SOY LIBRE” 

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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