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De saltimbanquis, arlequines y payasos…

circo 30Bajo la carpa del circo vive la verdadera vida, esa vida cotidiana formada por nuestros sueños, nuestros recuerdos, nuestros anhelos y nuestros miedos. Acróbatas, saltimbanquis, trapecistas y malabaristas, eterna metáfora del sufrimiento humano, escenifican el difícil equilibrio en el que vive el hombre de hoy,  atrapado en la incomprensión de sus sentimientos, esos sentimientos que le invitan a devorar la vida, a dejar atrás la cordura para atreverse a vivir en libertad, siendo sólo fiel a sí mismo, a su capacidad de amar y a su soledad.

circo 12Cuando estamos solos sobre el alambre miramos al frente, siempre adelante, allá donde viven nuestros sueños y utopías, nuestra vida real, porque sabemos que abajo sólo nos espera la muerte. Nuestro paso por el alambre, como la vida, es fugaz, un instante nada más, un maravilloso instante que podemos llenar de ilusiones, de emociones, de magia y de poesía, o que, simplemente y casi sin darnos cuenta, podemos dejar escapar al no atrevernos a vivirlo intensamente, o ni siquiera vivirlo si dejamos que el miedo, que todos nuestros miedos, nos dominen.

He invitado a Vangelis para que, si quieres, nos acompañe en el viaje de hoy.

circo 31Bajo la carpa del circo, ese universo azul donde, como en la vida, todo puede pasar, viven los payasos. Bufones, arlequines y Pierrots, esos extraños seres nacidos para hacernos reír o para ayudarnos a llorar, nada saben del destino, sólo son lo que han elegido ser: seres libres y sencillos que nos cuentan sus vivencias, su profunda incomprensión del absurdo mundo que les rodea y que, un día sí y otro también, se empeña en no dejarles alcanzar sus sueños. Ellos también miran al frente, siempre adelante, allá donde viven sus sueños y utopías, su vida real, esa que vive en la inocente mirada del niño que nunca debimos dejar de ser. Los ojos del payaso, tristes a veces, alegres las más, son el espejo puesto ante nosotros para que veamos lo que estamos haciendo con nuestra propia vida.

circo 21Pocos como Picasso supieron captar la magia del circo. Asiduo a todas las funciones de los circos ambulantes y permanente espectador del Circo Medrano en París, Picasso encontró en la gente del circo, los circasianos o habitantes de Circa, es decir extranjeros, su alma gemela. Acabado el espectáculo se unía invariablemente a ellos en las tabernas y los bares de alrededor para intercambiar su experiencia vital. Fue mucho lo que aprendió en aquellas tertulias del amanecer…

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Ellos le enseñaron que si el arlequín se viste con los retales de lo que fue, nosotros, los engreídos ilusos que nos reímos de él, lo hacemos con los retales de lo que podríamos haber sido. Desde que entró en contacto con ellos jamás dejó que le abandonaran. Picasso era un arlequín, el más grande payaso de todos los tiempos, un clown capaz de reírse hasta la saciedad de sí mismo para poder ir más allá de la forma y llegar a la esencia de lo que somos: un universo capaz de romper todas las barreras para crearse cada día a sí mismo.

circo 17Picasso adoraba a los payasos, quizá porque sabía que, en la sencillez de sus risas, eran seres absolutamente libres, y por ello, creadores. Acróbatas, arlequines y equilibristas compartían la pista de sus cuadros con sensuales amazonas cargadas de erotismo y vida que, alegremente, se contorneaban buscando las figuras imposibles frente al rostro del viejo payaso que siempre fue él. Picasso sabía que los payasos y los artistas conocen las verdades eternas y también sabía que sólo ellos son capaces de vivir consecuentemente con ellas. Por ello no se limitó a representarlos durante sus actuaciones. Siempre buscó lo más profundo: la autenticidad del ser. Por eso en sus cuadros les podemos ver siempre ensayando o viviendo su vida diaria, la que no vemos, esa que se esconde más allá de la pista y en la que habitan sus sentimientos, sus emociones y esos sueños que les han llevado, desde que el hombre es hombre, de pueblo en pueblo y de ciudad en ciudad, hasta nosotros. Sus carromatos están cargados de sueños, de leyendas, de mitos y vivencias, de todas esas penas y alegrías que siempre, a la luz de la hoguera, ofrecen a quien los quiera compartir. Hace ya tiempo que no les dejan encender fuego en sus campamentos. Poco importa, porque ellos se han transformado en fuego, en el último resquicio de nuestra hoguera, esa que calienta nuestros sueños y nos recuerda que todavía podemos vivir todo lo que aún no hemos sido.

circo 22Hace algún tiempo pude entender todo lo que Picasso había encontrado en las gentes del circo y que tanto marcó su vida. Me invitaron a asistir a una función del circo de los hermanos TONELLI, una fantástica troupe familiar que lleva varios años recorriendo nuestro país. Con ellos volví a reír, a emocionarme y a sentirme maravillosamente vivo. Fue una tarde inolvidable. Acabada la función me invitaron a visitar sus carromatos. Puede que ahora sean enormes camiones y confortables caravanas, pero conservan todo el sabor de los antiguos carromatos, el sabor de la alegría, de la solidaridad y del saber que la vida es viaje, constante y maravilloso viaje al fondo de nosotros mismos.

circo 26Allí, sentado junto a los hermanos TONELLI, sus parejas, sus hijos y la maestra que viaja todo el año con ellos, entendí lo que significan palabras como amistad y hospitalidad. Me regalaron su mundo, todo su mundo, un mundo hecho de sueños y realidades, de alegrías y de penas. Me contaron su historia, la de su familia, la historia de las gentes del circo, esas gentes de mirada clara y mano tendida siempre dispuestas a compartir todo lo que tienen. Vagabundos errantes que recorren nuestro mundo casi de puntillas, como si no quisieran molestarnos. Saben que estamos muy ocupados viendo la televisión, pagando nuestras hipotecas y haciendo piruetas para llegar a fin de mes, en ese sempiterno más difícil todavía particular que todos, de una u otra manera, nos creamos. Ellos no han querido echar raíces. No podrían hacerlo: han nacido para ser libres. Son ciudadanos del mundo que, de generación en generación, han ido transmitiendo sus secretos de padres a hijos.

circo 20Entrada ya la noche, al despedirnos, una pequeña de tres años se acercó hasta nosotros. Se llamaba Laura. Nos miró fijamente y una sonrisa pícara se dibujó en su diminuta cara. De repente, aquel retaco rubio y de unos maravillosos ojos azules, empezó a dar volteretas y más volteretas con una agilidad y una gracia increíbles. Son muchas las generaciones de gentes del circo que corren por sus venas. Su corazón late al alegre ritmo de su imaginación y de sus fantasías porque, como todos los circasianos, sabe que la mentira no está en los sueños que no llegan a convertirse en realidad, sino en la realidad que no nos atrevemos a vivir como un sueño…

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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