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El silencio de la luna

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Hoy quiero hablaros de una de las cosas que más me gustan: entrar en una librería y buscar, uno a uno, sin prisa, saboreándolos, todos esos tesoros que están esperando a que los “descubramos”… Y para hacerlo quiero que nos acompañe una de mis canciones favoritas: “Famous Blue Raincoat”, de Leonard Cohen, pero versionada esta vez por Tori Amos, una de las voces más personales y sensuales que conozco… Espero que os guste tanto como a mí.

Siempre me ha gustado entrar en una librería y perderme entre sus libros, dejar que sean los libros quienes me lleven de aquí para allá sin mayor pretensión que el placer de encontrar a unos cuantos viejos amigos que, desde cada estantería, me invitan a charlar un rato. Puede que las librerías, como las iglesias cuando están vacías, sean ya los últimos templos del silencio, ese silencio imprescindible y necesario que, entre todos, hemos ahogado a fuerza de ignorarlo. La paz que todavía se respira en una de esas viejas librerías tiene algo de monasterio, con su gregoriano, sus vísperas y sus maitines… sus recovecos, como los claustros, nos invitan a pasear, a dialogar con nosotros mismos o con nuestros dioses.

librería10También tienen las viejas librerías algo de balneario, de espacio sin tiempo, de callado santuario de reposo, de reposo del alma que, conforme se va adentrando y dejándose llevar, pronto olvida sus penas. Realmente nada hay para curar los males del alma como un buen masaje literario y un cálido baño de poesía, siempre poesía… porque, como decía Bécquer, siempre habrá poesía.

jardín2Aunque, si tuviera que quedarme con una única imagen, la que escogería sería la de un parque o un jardín, porque una librería es un jardín, un cuidado jardín en primavera, con sus flores, sus senderos y su estanque, sus enormes árboles y su hierba siempre verde y fresca. La librería es el jardín de los solitarios que, cada día, al caer el sol, solemos salir a pasear en busca de un nuevo encuentro, de una caricia o de una mirada: la mirada de los sueños. Lentamente recorremos todos los pasillos, dejándonos llevar por unos libros que, callados, gritan nuestro nombre. Nos acercamos a ellos, los tomamos en nuestras manos, hay algo sensual en ese encuentro, empezamos a hojearlos… ante nosotros la promesa de un mundo nuevo, o simplemente la voz sincera de alguien que quiere contarnos una historia… A veces incluso agachamos la cabeza para oler ese libro, el aroma de esa flor que acaba de abrirse entre nuestros dedos…

librería 1Las buenas librerías suelen esconder, al fondo, su lugar más preciado, esa sección en la que, si por casualidad ves a alguien saboreando uno de esos libros a tu lado, si le ves disfrutando de toda la belleza que duerme en esas páginas olvidadas, eres capaz de recuperar la esperanza y la fe en el ser humano. Esa sección es la de poesía, el sendero de los perfumes de nuestro jardín secreto.

librería9Allí encontré, no hace mucho, una de las flores más bellas que he visto jamás. Se llama “El silencio de la luna” y pertenece a una exótica y deslumbrante especie que, durante toda su vida, se ha dedicado a plantar, a podar y a cuidar un maravilloso poeta (¿o debería decir jardinero de la palabra?) mejicano: José Emilio Pacheco. Aquel título atrajo poderosamente mi atención, me acerqué y dejé que mis dedos resbalaran por sus hojas. Uno a uno sus versos empezaron a volar, a llevarme a ese no lugar donde nacen los dioses y viven los poetas… Aquí tenéis uno de los poemas de Pacheco que parece escrito para todos los que hemos aprendido que sólo avanzamos de verdad cuando perdemos el miedo a fracasar, cuando, pase lo que pase, confiamos en nosotros mismos, no nos paramos y seguimos adelante, siempre adelante, hacia ese puerto que, como Ítaca, nos dará lo más importante: el viaje…

“TITANIC

Nuestro barco ha encallado tantas veces

que no tenemos miedo de ir hasta el fondo.

Nos deja indiferentes la palabra catástrofe.

Reímos de quien presagia males mayores.

Navegantes fantasmas, continuamos

hacia el puerto espectral que retrocede.

El punto de partida ya se esfumó.

Sabemos hace mucho que no hay retorno posible.

Y si anclamos en medio de la nada

seremos devorados por los sargazos.

El único destino es seguir navegando

en paz y calma hacia el siguiente naufragio.”

mar1“El silencio de la luna” me habló de poetas, de mares y sirenas, de magia, de los sueños, del amor, me habló de ti y de mí, de nosotros y de lo que aún podemos ser… fue ese viento del sur que se llevó la niebla, porque la niebla sólo tiene color de olvido y fue la luz del atardecer, esa luz que, desde siempre, nos ha enseñado a ver…

Y ya que hablamos del mar, quiero compartir contigo un poema que escribí hace algunos años, al son de los versos del gran Vinicius de Moraes:

POEMA AÚN SIN TITULO

De lejos me llega

el silencioso latido de la eternidad,

siempre ha estado allí

y poco le importa que mi vida

acelere ya su paso,

porque él siempre ha estado allí.

Vio mis juegos de ayer,

mar2cobijó mis amores primeros,

acunó mi soledad,

me dio el azul,

la caricia y los sueños…

También me dio el primer beso,

la infinita alegría del primer verso

y susurró en mi oído su canción,

esa canción que habla

de bergantines naufragados

en la costa del olvido,

de piratas, de princesas,

de los mundos que perdimos

más allá del viento y la memoria,

de lejanas tierras

que ya nunca veré…

Otros vendrán

y se creerán dioses,

aunque, quizá, no sean más que hombres

zorba 1y, como yo, abrirán sus brazos frente a él,

y desnudarán su alma entera

y él, callado, les hará poetas,

les dará, como a mí,

el amor, la pasión y la ternura…

Y, más tarde, les verá también partir,

les mirará en silencio,

siempre en silencio,

y silbará de nuevo su canción,

porque el mar, como la vida,

siempre canta la misma canción,

esa canción que habla

de ti y de mí…

y de todo lo que habríamos

podido ser…

mar6Y, para acabar, quiero despedirme hoy de vosotros con un pequeño poema que escribí una tarde, navegando por el infinito azul del Mediterráneo.

A CUALQUIER OLA…

Corres, saltas, vuelas,

nadie sabe adónde vas,

eres alma sin cadenas

nacida para no volver

Tras de ti no hay huella,

ni forma, ni color,

vagabunda errante del eterno navegar,

tras de ti no hay huella,

tu huella eres tú.

mar7Silenciosa galopas

sobre el prado azul,

a tu grupa el viento,

blanco jinete del atardecer…

¿Quién sabe dónde estarás mañana?

¿Quién sabe dónde estaré yo?

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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