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El equilibrio de la vida

gente calleHoy no voy a escribir sobre grandes nombres del mundo del cine, del teatro o de la canción. Hoy quiero compartir con vosotros una historia que conocéis muy bien porque todos, en un momento u otro de nuestras vidas, la hemos vivido o la estamos viviendo. Es una historia que habla de seres muchas veces anónimos, poco conocidos o incluso conocidos por todos, eso poco importa; en cualquier caso, esta historia habla de todos esos seres cargados de sueños y esperanzas que han elegido, quizá, uno de los caminos más hermosos, pero también más difíciles, que se pueden seguir: el de luchar por ser ellos mismos.

Cuando pienso en ellos suelo acordarme de una canción de Umebayasi Shigeru, el tema de Yumeji, de la B.S.O. de la película “In the mood for love”. Si queréis podéis escucharla mientras os cuento su historia…

foto cola en taquillaCada noche hay gente que se agrupa frente a la diminuta ventana de la taquilla. Son los que siempre llegan cuando la función está a punto de empezar. Ella, deteniendo el tiempo, les atiende con exquisita amabilidad. Nunca falta una sonrisa en sus labios; en sus ojos nunca se apaga la luz. Milagrosamente, cuando el último espectador toma asiento en el patio de butacas, se apagan las luces de la sala para dar paso al silencio, a ese silencio mágico que siempre precede a una representación teatral. Nada impresiona tanto como el silencio en una sala llena de público. La expectación es máxima: afuera, dormidas, quedan las últimas preocupaciones; frente al espacio vacío del escenario solo nos acompañan nuestros sueños…

foto entradas teatroEn silencio, sola, ella va recogiendo lo que antes era un turbulento río lleno de vida. Cuadra la caja, ordena los últimos papeles y envía los informes que, cada noche, determinarán si mañana podremos volver a vivir nuestros sueños. Hoy la recaudación no ha estado mal: más de media entrada y solo un puñado de invitaciones. Mañana volverá a haber función.

Desde dentro, de cuando en cuando, se cuela el fragor de las risas. Iluminada por una pequeña tulipa verde, ella saca unos papeles de su bolso y los lee atentamente. Están subrayados en uno y mil colores diferentes: colores vivos, hermosos… Son las frases del papel que está preparando para la enésima prueba que, como otras muchas actrices en paro venidas de todas las partes del país, hará la semana que viene. Siempre una prueba. Siempre la semana que viene…

foto puerta teatro colón

Al rato empiezan a oírse los enfebrecidos aplausos del público que, aunque sólo haya sido por un par de horas, se ha sentido vivo, hermosa y apasiondamente vivo. Ella, lentamente, guarda todas esas hojas donde viven sus sueños en su pequeño bolso negro. Cuando los espectadores van saliendo a la calle, entra en la sala. Aguarda pacientemente a que, entre risotadas y jocosos comentarios sobre lo que han disfrutado con lo que acaban de vivir, hayan salido los últimos. Tras ellos son los actores los que, uno a uno, van saliendo a ese mundo irreal en el que les toca vivir hasta la noche siguiente…

Sola, revisando que, como cada noche, todo esté en orden, va acercándose a la puerta. Allí todavía siguen recibiendo efusivas felicitaciones de un puñado de espectadores los protagonistas de la obra. En silencio, ella se apoya discretamente en una columna y aguarda a que el último se haya ido. Nunca dice nada, solo escucha, solo calla y escucha…

 

foto sala teatro vacíaCuando ya no hay allí nadie más que ella, apaga las luces de la calle, cierra la puerta y vuelve a la platea. El terciopelo grana de las butacas vacías ilumina ese espacio sagrado donde, desde hace más de cien años, cada noche, la libertad se atreve a vivir. Se detiene en medio del pasillo que lleva al escenario, ese escenario donde, como alguien dijo alguna vez, navegan los barcos sin mar y maduran los campos sin flor y allí, como cada noche, cierra sus ojos y aspira profundamente la magia y el misterio que inundan el aire. Las voces del silencio le susurran sus secretos al oído.

trapecista 1

Tras esos intensos momentos de soledad con lo más profundo de sí misma, sube al escenario donde, con un sutil y leve movimiento de muñeca, descuelga una enorme tela verde desde lo más alto de las bambalinas y ella, ligera, etérea, empieza a trepar por ella y a hacer todo tipo de cabriolas y volteretas. A veces parece un arlequín a punto de romperse en mil pedazos. Piernas y brazos surgen, como de la nada, para asomarse al vacío más insondable. Una tras otra las figuras más inverosímiles son dibujadas con exactitud milimétrica. Su cuerpo parece flotar gravitando en un espacio sin tiempo donde todo puede ocurrir. Una y otra vez asciende y desciende vertiginosamente por ese pedazo de tela verde que le da la vida. Tras la tela, el trapecio, ese trapecio donde todos sus sueños se hacen realidad. Las luces iluminan el patio de butacas vacío. Solo un foco ilumina a esa solitaria trapecista del silencio…

Serie Perfume 2Cada noche, a eso de la una, se decuelga definitivamente de la tela, la guarda cuidadosamente, se despide del escenario, apaga las últimas luces y sale a la calle. En la oscuridad se la ve caminar con ese paso silencioso y etéreo de los soñadores sin remedio. Viéndola desde fuera muchos pensarán que no se tata más que de una actriz en paro. Sé que se llama Ester, que nunca ha dejado de soñar… y que jamás dejará de volar.

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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