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Fernando Fernán-Gómez: Un hombre que se atrevió a ser libre

ffg3“El actor viejo está leyendo una novela. No lee en voz alta, sino sólo con la mirada. Mas, por deformación profesional, no puede evitar una tensión en las cuerdas vocales cuando lee los diálogos. Interiormente los pronuncia, los interpreta. No lee el actor como los demás lectores, sino sintiéndose a sí mismo en cada personaje de la historia. Al actor viejo le invade una profunda melancolía. Se le han agotado, además de su propia juventud, las múltiples juventudes de los personajes que ya no interpretará nunca…” Estas palabras pertenecen a uno de los más grandes actores de todos los tiempos: Fernando Fernán-Gómez. Hablar de Fernán-Gómez es como hablar del mar: es inmenso, profundo, misterioso, fuerte, melancólico, poético, tempestuoso a veces, juguetón las más y, por encima de todo, absolutamente libre. Porque eso es lo que fue Fernando Fernán-Gómez: un hombre que tuvo el valor de ser libre.

ffg6Alto, desgarbado, pelirrojo, de grandes orejas y nariz prominente, no parecía contar con un físico adecuado para triunfar en su profesión y, menos aún, en su verdadera, y quizás única, vocación: la del seductor que desde siempre supo que vivir no es más que amar. A veces pienso que la naturaleza se equivocó con él, no por ese físico tan particular, sino porque le hizo nacer con varios siglos de retraso ya que Fernán-Gómez fue, quizá, el último humanista del Renacimiento que habitó este mundo. Polifacético como pocos, con una cultura, una sensibilidad, una inteligencia y una creatividad que le permitían embarcarse en cualquier aventura dejando en puerto el temor al fracaso, cada día salía a navegar nuevos mares en pos de todas esas Ítacas que siempre le llamaron y, sobre todo, de todas esas utopías que, con su vida, nos acercó a los demás.

el viaje a ninguna parte, cartelActor, director, escritor, dramaturgo, académico, guionista, poeta… son tantas las formas que halló para compartir con nosotros su mundo interior… Leer sus memorias, “El tiempo amarillo”, es adentrarse en una visión fascinante de la verdadera historia de este país y de todos los mundos que habitan en él, todos esos mundos que, de una u otra forma, invariablemente recalaban en el Café Gijón, el puerto en el que Fernán-Gómez preparaba todas las singladuras de esa inmensa nave que construyó para dar cabida a cuantos quisieron embarcarse con él en ese maravilloso viaje a ninguna parte que es la vida, esa nave que siempre enarboló la única bandera en la que él creyó: la roja y negra.

ffg4En un mundo como el que nos ha tocado vivir, un mundo donde cada día 60.000 personas mueren de hambre mientras nosotros callamos y miramos a otro lado, donde los países autoproclamados civilizados permiten, cuando no propician, el genocidio de pueblos enteros, en un mundo en el que, como diría León Felipe, la vida no vale más que el orín de los perros, y en donde palabras como dignidad, justicia o libertad han perdido todo su significado, personas como Fernán-Gómez son más necesarias que nunca. Sé que fue un ser irrepetible, que nunca más habrá nadie como él. Sin embargo, utópico sin remedio, quiero creer que la naturaleza no se equivocó al hacerle nacer con unos siglos de retraso, sino que lo hizo al traerle a este mundo con algunas décadas de adelanto y que su ejemplo será seguido por las generaciones que vendrán, que se atreverán a alzar su voz, a ser libres y a cambiar de una vez todo esto.

En una de las paredes de su adorado Café Gijón cuelga una placa en la que se dice que el tiempo no es más que el espacio entre nuestros recuerdos. Yo no tuve la oportunidad de conocerle personalmente, pero son tantos los recuerdos que guardo de él y son tantas las ocasiones en las que su voz, no sé de dónde, surge libre y altanera para gritarme ¡Pero qué coño estás haciendo, chaval!,que siento que ese tiempo se ha detenido porque ya casi no hay espacio entre mis recuerdos. 

ffg1Releer a Fernán-Gómez es asistir en primera fila a una clase magistral de interpretación. Pocos como él han definido tan bien el trabajo del actor: “Nadie tiene conciencia más clara de su incapacidad que el actor. Domina sus herramientas y las tiene siempre dispuestas: la memoria, la voz, los ademanes. Con una atinada elección de vestuario, una peluca y unos toques de maquillaje, su físico puede aparentar el físico de otro, del personaje. Pero el actor sabe que, en el fondo, no se trata de eso. El actor siente que debe evadirse de sí mismo, que tiene que llegar no ya a incorporar a otro, sino a ser otro. En eso consiste su trabajo. Por arriesgado o simple que parezca, éste es el juego, un juego que no es posible ganar más que con trampas de tahúr. El actor debe mentir, es su oficio. Y necesita, al acabar su trabajo, que alguien entre a decirle que no ha sido mentira, que ha sido verdad, que alguien le ha creído. Necesita elogios y alabanzas que le ayuden a paliar en alguna medida… su inevitable fracaso.” Su opinión sobre la raíz de nuestra vocación de actores no tenía desperdicio: “Ser actor es algo que emana del deseo latente que tienen todos los niños hasta que son domesticados. Es el deseo de ser muchas personas a la vez, un deseo que se ve truncado porque después te educan para ser una sola persona…”

Su fina ironía, su profunda inteligencia y su personalísimo sentido del humor empapan todos sus escritos: “La vida para todos es igual de larga, pero en los personajes de teatro no es así. Los personajes de teatro cuando terminan su cometido desaparecen; los actores retornan a su camerino y el personaje se desintegra al salir el actor del escenario… La diferencia entre los hombres de la realidad y los personajes teatrales es que los hombres de la realidad siempre son protagonistas, todos son protagonistas, aún cuando al mismo tiempo sean personajes secundarios en las peripecias ajenas. Rara y admirable cualidad la que tienen algunas personas de saber cuándo deben comportarse como secundarios. ¿Crees tú – le pregunté una tarde a un amigo- que eres el protagonista de tu vida, o un simple comparsa de la mía?

ffg5Ha pasado poco más de un año desde que Fernando Fernán-Gómez emprendió el único viaje al que no le pudimos seguir. Su ausencia se hace cada vez más presente. Son tantas y tantas las cosas que han pasado desde entonces, y es tanto lo que se añora escuchar aquella voz rota y profunda sacudiendo nuestras conciencias y alborotando nuestros sueños… Sin embargo, hoy se le siente más cerca de nosotros que nunca, porque, como él decía: “Todo lo que está demasiado lejos, como la luna, los recuerdos y los muertos, no puede nunca separarse de nosotros…”

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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