Cine/Teatro General Literatura

Lorca ha vuelto a la residencia de estudiantes

Por el 23 octubre, 2016

image_content_5557983_20161021012835He tenido el privilegio de ver a Irene Escolar en su formidable lectura de Lorca en la residencia de estudiantes. Verla subir al escenario de una sala abarrotada y expectante para dar allí su voz al poeta es algo que nunca olvidaré, como tampoco la mayoría de quienes estuvimos allí. Irene hizo lo más difícil que puede hacer una actriz: ceder su voz y su cuerpo para que los habite la palabra que otra persona escribió con las lágrimas del alma. Por eso, la otra noche, Irene fue Lorca, hizo que Lorca volviese de nuevo a su adorada residencia de estudiantes. Sola en el escenario vacío, libre de trucos, trampas o artificios, se atrevió a dejarse habitar por el poeta para devolverle a la vida. Hay que ser generoso, muy generoso, para hacer algo así. Son muchos los secretos y las vivencias de Lorca que duermen entre los muros de la residencia de estudiantes, entre lo que representan, entre lo que fueron, entre lo que nunca dejarán de ser…. Irene dijo a Lorca de la única manera que puede decirse: desde las entrañas, desde el corazón, 20161021_214026desde el yo más profundo, desde la más absoluta desnudez del alma. A lo largo de la lectura de unos textos cuidadosamente elegidos por ella, la vimos encarnar a la novia y a la madre de “Bodas de sangre”, a esa Doña Rosita que habita todas las soledades, a la Julieta renacida y al caballo blanco de “El público”, a esa mujer yerma que sueña con los manantiales de vida, a esos niños que han de venir de los que habla el “Grito a Roma”, a ese poeta que canta desesperado sus sonetos del amor oscuro, a Rafael Rodríguez Ranpún, su amor, al propio poeta y a todos a los que Lorca, de una u otra forma, nos enseñó a amar. Solo Bernarda, su Bernarda, quedó fuera de la lectura pues, como bien señaló Irene, él nunca llegó a verla representada, le asesinaron pocos meses antes de su estreno. Estremecedora la lectura de lo que debió ser su muerte escrita por Ian Gibson. El silencio que inundó la sala escuchando aquellas palabras sin duda era hermano del que el poeta debió vivir ante sus asesinos.

La simbiosis entre Irene y Federico fue absoluta, era como si estuviera leyéndonos una carta personal que el poeta le daliehubiera escrito más allá del tiempo y de la muerte. Escuchándola pudimos sentir su calor, su alegría, su ternura, su desesperación, su dolor, su tristeza, su pasión, sobre todo su pasión, y también el helado contacto con la fría tierra que le cubre, el peso de su ausencia, el ahogado sonido las balas entrando en su cuerpo, el desgarrador silencio que sigue al tiro de gracia y el vergonzoso y cobarde silencio de quienes nunca quisieron juzgar a sus verdugos, esos que, al matarle a él, también mataron una parte de todos nosotros.

Los versos de Lorca están escritos con lágrimas y sangre, y así es como los dijo Irene, desnudos y despojados de todo artificio porque cuando estás frente a la poesía, como cuando estás frente a la verdad o la muerte, no caben artificios. Hay que ser valiente, muy valiente, para desnudarte a escribir versos como estos, y hay que ser valiente, muy valiente, para decirlos desnudando totalmente tu alma para dejar que te cubran y te fecunden, para que de ti salga ese niño al que impidieron nacer, los versos que no le dejaron escribir, las palabras que Lorca nos regaló aún sin haberlas llegado a escribir… Eso es lo que nos regaló Irene la otra noche en la residencia de estudiantes: las palabras de Lorca y la invitación a que habitasen en nosotros todas las palabras, las que escribió y las que le silenciaron, fecundándonos y llenándonos de vida.

Nunca había visto a Irene en un escenario. Eran muchas y muy buenas las cosas que había oído 20161023_005408decir de ella. Se quedaron cortas, todas se quedaron cortas. No hay palabras para definir lo que es ella sobre un escenario, solo versos, todos los versos… En sus ojos, en sus diminutas manos, en su frágil cuerpo, en esos estilizados dedos que hablan, se abrazan la poesía y la vida, la palabra y el silencio. Porque Irene habita la palabra, toda la palabra, y sobre todo el silencio, un silencio al que invita a hablar de lo que fuimos, de lo que somos, de lo que podríamos haber sido y, sobre todo, de lo que aún podemos ser.

Verla desde su imponente fragilidad dedicar en silencio y con lágrimas en los ojos unos versos de amor a su chico, sentado en la tercera fila, en ese lenguaje sin palabras que solo hablan los que aman, es, quizá, el mayor homenaje que se le puede rendir a un poeta. La poesía no ha nacido para vivir encerrada en los libros, sino para habitar el aire, ese aire que nos da la vida trece veces por minuto. Solo cuando es dicha, cuando es bien dicha, es capaz de hacerse presente para elevarnos alto, muy alto, allí donde no llegan las nieblas ni el olvido, allí donde nacen los poetas y se aparean los violines, donde se desvelan todos los misterios, donde el alma abraza nuestra soledad para recordarnos que no estamos solos.

Irene es una mujer con mirada de niña, mirada alegre y juguetona, como la de Lorca, y tiene una sonrisa que ilumina, como la que sin duda tuvo el poeta viéndola la otra noche en la residencia de estudiantes, en su residencia, esa a la que Irene le trajo para que se abrazase a todos nosotros.

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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