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Coro del Ejército Rojo

Por el 1 enero, 2017

Habían llevado sus canciones a todos los lugares del mundo durante casi noventa años. Allí donde iban también cantaban temas populares de las tierras que les acogían. Sus voces, prodigiosas, recorrían con alegría el folclore popular del mundo entero. Eran respetados y admirados por todos los públicos para los que actuaban. Eran el Coro Alexandrov del Ejército Rojo. Sesenta y cuatro de sus componentes murieron el día de Navidad. El destino, vestido de accidente aéreo, quiso que aquellas voces se apagaran para siempre. Seguirán vivos en el corazón de quienes tuvimos la fortuna de verles cantando y bailando esas melodías llenas de nostalgia que nos traían de lo más profundo de su tierra.


El coro se creó en 1928 de la mano del profesor, compositor y folclorista Alexandr Alexandrov. Compuesto al principio por una docena de artistas, pronto llegó a contar con más de trescientos miembros. Desde el principio el pueblo ruso lo hizo suyo, pero especialmente cuando, durante la segunda guerra mundial, la guerra sagrada como la llaman los rusos, dieron más de mil quinientos conciertos y sus canciones acompañaron a los soldados a través de la radio allí donde estuvieran. Fue un elemento de cohesión de las repúblicas que formaron la antigua Unión Soviética. El pueblo ruso es un pueblo amante de la música, de la danza y la poesía. Los componentes del coro Alexandrov eran reconocidos por la gente por la calle. Eran muy queridos y admirados. En sus voces encontraban consuelo sus lamentos, eran el grito de orgullo de un pueblo que envió a sus hijos a luchar contra los nazis, eran el canto de esperanza de quienes perdieron a millones de sus hijos para ganar una guerra que cambió el curso de la Historia.

Por eso el pueblo ruso hoy llora a sus héroes caídos, a estos músicos, bailarines y cantantes que han llevado el espíritu de sus hijos perdidos más allá de todas las fronteras. Pocas veces se ha dado una unión tan fuerte entre un grupo musical y un pueblo, entre unas voces y un sentimiento compartido por todo un pueblo. Eran capaces de interpretar las canciones más profundas de su tierra y de compaginarlas con los temas más conocidos del rock internacional imprimiéndoles su sello personal.

El 24 de junio de 1941 aparecieron en los periódicos Krásnaya Zvezdá e Izvestia unos versos escritos por Vasili Lébedev-Kumach que llamaban a la defensa frente a los primeros días de la invasión nazi. Un día más tarde Alexandr Alexandrov los musicó y el 26 de junio su coro del ejército rojo cantó por primera vez aquella canción en la estación de tren Bielorusski de Moscú. Desde entonces la canción “La guerra sagrada” es un himno para el pueblo ruso y el que formaba parte de las repúblicas de la extinta Unión Soviética.

Solo las palabras de Boris Alexandrov, hijo del fundador del coro sobre lo que sucedió el día del estreno pueden ayudarnos a entender lo que aquella canción supuso, y sigue suponiendo, para el pueblo ruso: “Ahora pienso que la canción fue escrita de una sola vez. Justo al día siguiente la canción ya estaba escrita y mi padre escribió en la pizarra las notas porque no había tiempo de imprimirlas, teníamos prisa. Los cantantes copiaron las letras y la música para recordarlas rápidamente y al día siguiente actuamos con esa canción en la Estación de Bielorusski. Se sentaron los soldados y oficiales, fumando. Acabó de sonar la canción. Y no hubo aplausos de manera inmediata. ¿Y si es un fracaso? Mi padre se azoró. Y de repente estalló una ráfaga de ovaciones. Recuerdo cómo el coro repetía la canción una vez, dos, temo exagerar, pero la interpretaron muchas veces. Teníamos que interpretar allí un programa de concierto completo, pero resultó que cantamos sólo esa canción y los soldados así, con esa canción, se fueron al frente”

El Coro Alexandrov del Ejército Rojo es querido y recordado en todo el mundo. El propio cuerpo de policía de Nueva York se ha sumado a las muestras de dolor por su pérdida al recordar que fueron ellos quienes quisieron participar en el homenaje a las víctimas del 11-S con motivo del décimo aniversario de los atentados en un concierto lleno de emoción celebrado en Nueva York que les recordó que la música es un idioma universal que todo el mundo entiende y que puede no solo derribar todos los muros que nos separan, sino construir ese mundo nuevo donde todos y todas cabemos.

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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