Cine/Teatro General

El festín de Babette, o el arte de darse a los demás

Por el 16 septiembre, 2012

A veces, la mentalidad imperante quiere obligarnos a pensar que el sacrificio y la renuncia son lo mejor para nosotros mismos y para los que nos rodean, que el mundo de las emociones o del placer están reñidos con el del espíritu o la salud y que dejar que ese tipo de sentimientos entren en nuestras vidas es abrir la puerta a la inquietud, la angustia, la enfermedad o la desesperación. Son muchas las sociedades que han sido, y son, gobernadas por este tipo de preceptos, muchas las épocas en que la humanidad ha entrado en ese juego de renunciar a la vida para preparar la vida del más allá… ¿Cuántas veces no habremos oído aquello de que el corazón está reñido con la razón, o de que hay que renunciar al hoy por el mañana? La orientación de nuestras sociedades hacia la automortificación tienen orígenes muy diversos, pero indudablemente la tradición judeocristiana se ha llevado la palma en nuestro país, como la calvinista y la luterana en otros, o la hinduista y la islamista en muchos más. Es algo que vemos a diario, incluso con cosas tan banales como la estética ¿Cuánto hace, por ejemplo, que no escuchas frases del tipo “Un minuto en la boca y toda la vida en las caderas”? Por no hablar de todo lo referente al sexo. Cuando era niño decían que por masturbarte te ibas a quedar ciego. Algo hemos avanzado, pero no tanto como creemos. Esa pesada herencia, ese inconsciente colectivo tan lastrante, todavía está muy dentro de muchos de nosotros. Precisamente de este tema trata la película de la que hoy vamos a hablar: “El festín de Babette”, de Gabriel Axel.

Basada en un cuento de Isak Dinesen (la Karen Blixen recordada para siempre por sus memorias de su vida en Kenia llevadas a la pantalla por Sidney Pollack en “Out of Africa”), nos cuenta la historia de dos jóvenes noruegas que viven en un pequeño pueblo de Jutlandia en el siglo XIX que renuncian al amor, a vivir su propia vida, para ayudar a la labor religiosa que hace su padre, un rígido pastor fundamentalista que ha creado su propia religión. Los preceptos de esa religión niegan la más mínima posibilidad al placer de vivir, al amor, al hedonismo, al sexo… a una simple comida sabrosa. Todo en ella es pecado, todo está mal, todo nos aparta del camino hacia Dios ideado por ese fanático pastor. Las dos jóvenes renuncian a vivir la historia de amor a la que la vida les invita a través de dos forasteros que llegan a su pequeño pueblo: un joven y apuesto militar, y un afamado cantante lírico que quiere llevarse a una de ellas de allí para convertirla en una diva. Ambas dejan escapar la oportunidad que la vida les ofrece. Son conscientes, al hacerlo, de que jamás tendrán otra. A ese anónimo pueblo casi nunca llegan forasteros y a ellas ni se les ocurre pensar en la idea de poder salir de allí. Sus convicciones y esa férrea educación que han recibido las lleva a cerrar la puerta a otro tipo de vida sin siquiera haberlo probado. Ni la muerte del padre cambia su determinación. Ellas deciden continuar con la labor que él emprendió y ayudar a salvar las almas de sus vecinos.

Pero la vida es caprichosa y hace que, muchos años después, vuelvan a rencontrarse, de una u otra forma, con sus antiguos amores. El cantante de ópera envía a aquel pequeño pueblo a una mujer francesa que huye de la guerra que vive su país. Les pide que le den refugio. Es Babette. Una humilde mujer que acepta trabajar como cocinera y ama de llaves en casa de las dos solteronas a cambio de cama y comida. Necesita tranquilidad y silencio. No quiere nada más. Pero para ello tiene que adaptarse a las costumbres y los gustos de las dos ya ancianas, tiene que renunciar a sus raíces y a la única forma de vida que conoce. Atrás deja el horror, pero frente a ella se levanta, irremisiblemente, un horizonte que solo promete sacrificio, aburrimiento y rutina. La sopa con pan de cerveza es el plato principal de la dieta que comen ella, las ancianas y los necesitados de la zona a los que las ancianas cuidan. La sobriedad y la austeridad en las que viven son extremas, como lo es también el frío que hace en ese diminuto pueblo perdido en las montañas de la nada. La fortuna, sin embargo, no está de acuerdo con esas rígidas reglas y se empeña en intervenir haciendo que, catorce años después, a Babette le toque un premio de 10.000 francos en la lotería. Una verdadera fortuna. En su mano está, por primera vez, la posibilidad de elegir, la posibilidad de volver a su país o de emprender una nueva vida donde quiera. Pero ella decide quedarse allí, con las dos ancianas, y decide hacerlo por todo lo alto. Para celebrar el centenario del nacimiento del pastor les pide que le dejen preparar una cena especial, una cena francesa como las que ella sabe preparar. Las ancianas acceden sin saber muy bien de qué se trata. Hacen extensiva la invitación a todo el pueblo (no más de diez habitantes). Los vecinos aceptan tan extraña invitación como muestra de cortesía, pero su actitud cambia cuando ven descargar de un barco los suculentos manjares que les van a servir: tortuga, codornices, vino, champagne… Convencidos de que aquello es obra del maligno, de que comer aquellas cosas tiene que ser pecado, pactan ir a cenar pero no pronunciar ni un solo elogio o comentario de admiración sobre lo que cenen y beban. El viejo cupido, tozudo como pocos, tampoco quería quedarse atrás y hace coincidir precisamente en esas fechas la visita al pueblo del joven militar que fue el gran y único amor de la otra hermana. Acude a la cena acompañando a su tía y ya vestido con el uniforme que ha ganado tras tantos años de servicio: el de general. Pocas veces han hablado tanto las miradas y los silencios como lo hacen en esta película. La sorpresa ante las viandas que les van presentando y el mal disimulado placer que les produce a todos no consigue hacerles romper su voto de silencio. El único que, ajeno a aquel pacto, alaba las maravillas que van poniendo frente a él es el general. La escena del festín, con Babette preparando la cena y los comensales dando buena cuenta de ella, es inolvidable. Con un sentido del humor finísimo y una atención a los más mínimos detalles, la sabia dirección de Gabriel Axel nos hace sentir como un comensal más: degustamos cada plato, saboreamos cada especia, nos dejamos embriagar por cada uno de los vinos que se sirven, olemos el aroma de cada fuente… Y aquí es donde se produce el milagro. Aquellas gentes que no habían visto algo así en su vida, que ni siquiera habían oído hablar de aquellos placeres culinarios, no tienen más remedio que rendirse a la evidencia y, sin romper su voto de silencio, dar buena cuenta de todo lo que les sirven. Las nuevas y desconocidas sensaciones que experimentan hacen que la rigidez de su comportamiento, que las ancestrales pequeñas rencillas que les separaban, se vayan diluyendo para dejar paso a una camaradería abierta y sincera, a un dejarse llevar, a un estar dispuesto a amar y a compartir la maravillosa sensación de felicidad que todos sienten alrededor de aquella mesa…

Puede parecer una historia sencilla. Y lo es. Pero, como todas las historias sencillas, tiene múltiples lecturas: algunos lo verán como una simple cena, otros como un encuentro entre familiares y amigos, otros como una muestra infinita de amor, de ese amor que, lejos de apartarnos de la espiritualidad, nos acerca a ella… Atrás queda la represión de los sentimientos tantos años escondidos, las mentiras, las palabras no dichas, los abrazos no dados… Atrás queda todo lo que separó a esas insignificantes personas que han vivido su vida sin salir de su pequeño pueblo, ni soñar siquiera con poder hacerlo…

Viendo la vida aislada que los vecinos de ese insignificante pueblo viven podemos sentirnos inclinados a pensar que es un modelo de vida propio de una época felizmente superada y que nuestro mundo de hoy ya nada tiene que ver con ella. Sin embargo, si cambiamos el objetivo que les guiaba a ellos, agradar a su dios, por uno que conocemos mejor, el de agradarnos a nosotros mismos, y si miramos atentamente nuestra forma de vida actual, nuestras costumbres y rutinas, quizá veamos que no estamos tan lejos de ellos. Hoy vivimos encerrados en nosotros mismos, y lo hacemos en un mundo aparentemente libre y abierto en el que no existen las distancias y los medios de comunicación nos acercan a nuestros semejantes, pero la desgarradora sensación de soledad que experimentamos hoy es incluso mayor que la que podían sentir ellos en su pequeño pueblo. Ellos vivían aislados geográficamente, les aislaba su territorio; a nosotros nos aisla otro territorio, el de nuestro egoísmo. Ellos vivían aislados pero en comunidad, dispuestos a ayudarse unos a otros, ¿podemos decir lo mismo de nosotros?, ¿Qué sabemos en verdad de nuestro vecino, de esa persona que vive en nuesto mismo edificio, con la que coincidimos en el ascensor y con la que, como mucho, cruzamos un buenos días y unos cuantos tópicos meteorológicos? Hemos sustituido el silencio y la naturaleza en la que ellos vivían por el ruido y las urbes en las que lo hacemos nosotros, pero eso no nos ha acercado unos a otros. También vivimos en otro tiempo, a otra velocidad: ellos vivían despacio, en una inmensa balsa de lentitud, nosotros lo hacemos a toda prisa, siempre corriendo de un lado para otro, y, sin embargo, ellos tenían tiempo para todo y nosotros no lo tenemos para nada. Ellos escondían sus sentimientos, ocultaban sus emociones y evitaban expresar sus anhelos. ¿De verdad creemos que hoy no hacemos exacatamente lo mismo? Lo hacemos por otras razones, pero lo seguimos haciendo. No somos mucho más libres o felices de lo que ellos eran, por mucho que creamos que sí lo somos… En tanto no cambiemos de actitud, de forma de vivir y de afrontar la vida, en tanto no nos concozcamos de verdad y estemos abiertos a compartir nuestra vida con los demás, no habremos avanzado nada. Ellos tuvieron a una Babette que vino a cambiar su mundo. ¿Quién o qué será nuestra Babette, esa Babette que nos haga dar cuenta de que la vida es otra cosa, que vivir no es sobrevivir o esperar, que vivir es disfrutar cada instante de nuestra vida y hacerlo compartiéndolo con  los demás…?

Esta verdadera joya de película nos obliga a hacernos muchas preguntas: ¿Qué preferimos: amar o ser amados?, ¿Qué es lo que de verdad preferimos: dar o recibir?, ¿Se puede amar sin dar?, ¿De verdad se puede amar si no damos incondicionalmente lo mejor de nosotros mismos?, y a la inversa, ¿amar es solo sacrificio y abnegación? Creamos para compartir con los demás, para darles una parte, la mejor, de nosotros mismos. ¿No es la creación un acto de generosidad del artista?, ¿No es acaso un arte el dar, el darse a los demás…? y ¿cómo o dónde lo aprendemos, quién nos lo enseña, en qué escuela se aprende eso?

Son muchas las cosas que nos enseña “El festín de Babette”: el sinsentido de la rigidez mental, de la falta de miras, de la cerrazón espiritual, el poder castrador de la religión, el aborregamiento social, el vacío de la falta de pensamiento propio, de opinión propia, la manipulación de las masas, el error de confundir amor con sacrificio, compasión con pena… y también nos muestra la otra cara de la moneda: la alegría de dar, de compartir lo mejor de nosotros mismos con los demás, la felicidad de amar, de regalar a los demás todo lo que llevamos dentro… Son muchos los platos exquisitos que se sirven en esa cena, pero son más, muchos más, los secretos y las verdades que se esconden tras las viandas del festín de Babette, esos secretos y verdades que nos enseñan a despojarnos de certezas y prejuicios, que nos impulsan a dar, a compartir lo mejor de nosotros mismos con los demás, que nos invitan a vivir y a amar…

http://www.youtube.com/watch?v=_hjjIIgq_io

En este link tienes la película entera doblada al español. No he podido insertarlo en la entrada porque la inserción está desactivada, pero si pulsas sobre “Ver en You tube” podrás verla. Busca un buen momento, siéntate con calma, no tengas nada de comer al alcance (pongas lo que pongas se quedará corto cuando en pantalla veas lo que es capaz de preparar Babette), relájate, déjate llevar a ese mundo que refleja tantos mundos, respira profundamente y disfruta de este viaje al universo de los sentidos y los sentimientos que es El festín de Babette…

http://youtu.be/_hjjIIgq_io

ETIQUETAS
ENTRADAS RELACIONADAS
Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

Doble·Rol
Todas las entradas
Categorías
Clandestino en Facebook
Facebook By Weblizar Powered By Weblizar