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Por los ojos de Raquel Meller

Por el 10 Junio, 2012

Se llamaba Francisca Marqués López. Había nacido en 1888 en el seno de una familia humilde en Tarazona, un pequeño pueblo de la provincia de Zaragoza. Tras un breve período en Montpellier donde una tía monja intentó darle una educación religiosa que ella no aguantó, se fue a vivir con sus padres al barrio del Poble Sec, en Barcelona. Desde su paso por el coro del colegio religioso de Montpellier su afición por el canto es irrefrenable y no deja de cantar durante todo el día. Con quince años empieza a trabajar de costurera en un taller que frecuentaban las tonadilleras y artistas de la época. Una de ellas la oye cantar y, fascinada por su particular forma de hacerlo, decide darle una oportunidad apadrinándola en La Gran Peña, donde debuta en 1908 con el nombre de La Bella Raquel. Como pequeño homenaje a un amor de juventud (un marinero belga de origen alemán llamado Peter Moeller) cambia definitivamente su nombre artístico por el de Raquel Meller. En 1911 hace su debut en el Teatro Arnau de Barcelona. A partir de entonces, con canciones como La violetera o El relicario, triunfa definitivamente. Compagina su vida de cantante con la de actriz, protagonizando varias películas de cine mudo. Su fuerte personalidad y su particular manera de cantar y de vivir sus canciones hacen que el éxito traspase nuestras fronteras. Nueva York, Chicago, Boston, Filadelfia, París, Londres, Buenos Aires… se rinden ante ella, como lo hacen muchos de los intelectuales y artistas de la época: Manuel Machado, los hermanos Álvarez Quintero, Benito Pérez Galdós, Jacinto Benavente, Joaquín Sorolla… Y no solo los españoles, también caen rendidos ante ella artistas como Charles Chaplin, Sarah Bernhardt, Rodolfo Valentino, Carlos Gardel, Maeterlink, Cecil B. De Mille, Walter Benjamín, Eleanora Duse, Isadora Duncan, Josephine Baker… Pero eran tiempos de guerras y de profundos cambios. La aparición del cine sonoro provocó un cambio tan drástico y rápido en los gustos de la época que el cuplé cayó en el olvido, y con él la que ha sido la figura artística más grande de nuestra historia. La suya fue una maravillosa voz a la que el cine sonoro silenció para siempre. Pero aquella época y Raquel no han muerto. Hoy, si quieres, puedes volver a vivir aquella historia, puedes viajar hasta aquellos años y sumergirte en la atmósfera de los cafés cantantes, de las candilejas, de las artistas de cuplé y variedades. En la sala Tribueñe, todos los fines de semana de Junio, se representa la obra “POR LOS OJOS DE RAQUEL MELLER”, de Hugo Pérez. Una verdadera obra de arte que evoca poéticamente el mundo perdido de aquellos años desde la incomparable figura de una mujer que se atrevió a vivir la vida que quería y que nunca se rindió ante nada.

Contemporánea de los Picasso, Casas, Rusiñol, etc. que formaban la bohemia de la Barcelona de principios del siglo XX, Raquel Meller vivió una vida de película. Destinada a ser una humilde costurerilla, tomó las riendas de su destino y para ello lo apostó todo. De fuerte personalidad y carácter temperamental, aunque también muy solitaria y retraída, no dudó en dejar el taller de costura para lanzarse a la aventura de vivir de lo que más le gustaba: cantar. Para ella cantar una canción era vivirla intensamente. Por ello hacía de cada cuplé una pequeña representación teatral, con su cambio de vestuario, de decorado, de actitud… Un crítico de la época definió perfectamente la razón de su inevitable éxito: Mientras todos los demás artistas cantan para todo el público, Raquel, aunque esté cantando ante dos mil personas, en realidad canta solo para ti. Siempre tuvo una gran intuición y no tardó en darse cuenta del potencial que tenían algunos cuplés que cantaban otras cupletistas sin pena ni gloria. Fue el caso de El relicario o de La violetera. Sin dudarlo un instante, compró los derechos y recreó los temas a su manera que, al poco, pasaron a formar parte de la historia de la música.

Para que te hagas una idea de lo que fue aquella época y te sumerjas en el universo de esa figura irrepetible que fue Raquel Meller, aquí tienes un video de la obra “Por los ojos de Raquel Meller”, soberbiamente interpretado por Maribel Per e Irina Kouberskaya en el papel de la Raquel de su juventud y la Raquel de la madurez. Es un montaje excepcional escrito y dirigido por Hugo Pérez, con unas interpretaciones formidables y una puesta en escena que incluye más de sesenta cambios de vestuario capaz de transportarte a los años y a los teatros donde actuó Raquel, capaz de hacerte ver y oír a Raquel. Es emoción en estado puro: risas, lágrimas, sentimientos a flor de piel…

Como decía, la vida de Raquel Meller fue una vida de película. Cuando su carrera empezaba a despegar, mientras actuaba en Madrid, recibió una invitación del rey Alfonso XIII para que actuase en una fiesta privada. Ella rechazó la invitación y contestó que si quería verla que fuese al teatro, como todos. La noticia trascendió y el rey y la reina Victoria Eugenia fueron a verla al teatro llevándole un ramo de flores. Raquel era ya la musa de todos los artistas e intelectuales de la época, pero seguía soltera. En 1917 conoció en Madrid al diplomático, escritor y bohemio guatemalteco Enrique Gómez Carrillo, muy conocido en París, entre otras cosas, por haber sido amor de la famosa espía Mata-Hari. Se casaron por lo civil en Biarritz en 1919. El tenía cuarenta y seis años; ella treinta y uno. Fueron testigos de la boda Benito Pérez Galdós y el Conde de Romanones. Locamente enamorado de Raquel, le dedicó un libro titulado sencillamente “Raquel Meller” en el que, entre otras cosas, decía: “ Su poesía, su armonía, su malicia y su ternura están en su propio ser y resultan siempre originales, siempre admirables, a veces sublimes… Raquel encarna a todas las mujeres y toda la mujer, bella de mil bellezas, tierna de mil ternuras, picaresca de las infinitas picardías del instinto y fogosa hasta el punto de parecer, a veces, arder en una llama que la acaricia y la devora. ¡Raquel la innumerable!… Todo su arte es un suspiro, una confidencia, un anhelo íntimo, se nota que no canta más que para sí y para su amante. Siendo múltiple e inexplicable, es siempre ella misma y no es más que ella; es decir, el más armonioso, el más inquietante y el más divino de los seres humanos…” En aquel libro invitó a algunos amigos a escribir sobre lo que para ellos era Raquel. La gran María Guerrero, por ejemplo, dijo de ella: “La enorme fuerza de expresión de sus ojos interesa y atrae desde el primer momento. ¡Qué estupenda actriz se ha perdido con esta moda del cuplé en España!” El cubano Hernández Catá escribió: “He aquí una mujer menuda y terrible. Ojos de mar, carne traslúcida que deja entrever en cada momento la luz del alma, movilidad suave de gestos y casi de facciones por la cual se transforma en muchas mujeres, en todas las mujeres; en la mujer eterno vampiro y meta eterna del anhelo viril…”

Ya va siendo hora de que escuches cantar a Raquel. Aquí la tienes interpretando uno de los cuplés con los que ha pasado a la historia: La violetera.

El matrimonio con Gómez Carrillo, sin embargo, duró poco. Eran dos personalidades demasiado fuertes como para poder convivir más de tres años. Se divorciaron en 1922. La carrera de Raquel estaba en pleno apogeo. Es la década de sus grandes éxitos en el cine europeo y de las grandes giras americanas (en 1926 es portada de la revista Time). En 1930 Charles Chaplin le ofrece el papel principal de su película “Luces de la ciudad”. Raquel, a pesar de tener experiencia en rodajes internacionales ya que había rodado varias películas en Francia, rechaza el papel. Como homenaje particular a la artista, Chaplin incluye una versión instrumental del tema de La Violetera en la escena de la película en la que el vagabundo conoce a la florista ciega.

En 1932 rodó en Francia su primera película sonora (Violetas imperiales). Pasaba la mayor parte del tiempo en París, donde tenía una lujosa mansión con cuadros de Picasso, Tolouse-Lautrec, Renoir o Matisse colgando de sus paredes. Era una estrella millonaria, y vivía como vivían entonces las estrellas millonarias: viajaba con vías ferroviarias libres, tres cocineros, decenas de sirvientes, cientos de baúles… Pero también era una mujer solidaria que no olvidaba sus orígenes y ayudaba a todo aquel que lo necesitaba. La guerra civil española la sorprende en su residencia de Villefranche y decide marcharse a Argentina. Trabaja allí hasta 1939 cuando, acabada la guerra, decide volver a Barcelona. Se casa con Demon Sayac, un empresario francés al que había conocido tiempo atrás en Niza. Tampoco tuvo suerte con su segundo matrimonio. Tras cuatro años de convivencia no se separan legalmente, pero cada uno se va a vivir por su lado.

Raquel no tuvo hijos, pero adoptó a dos: Agustina Gómez Carrillo y Jordi Enric Sayac. Con ninguna mantuvo una relación afectuosa y estrecha. La guerra civil española y, sobre todo, la Segunda Guerra Mundial, cambiaron la suerte de Raquel. En Francia tuvo problemas con el fisco y le expropiaron casi todas sus propiedades. Es entonces cuando decide venderlo todo y quedarse a vivir en un piso de la calle Rosellón de Barcelona, donde vivirá sola hasta su muerte acompañada por unos cuantos perros y gatos. El cine sonoro, y con él las orquestas de baile y la gran comedia americana, se había consolidado definitivamente y el cuplé había quedado relegado a la historia. Dos figuras entrañables de la escena barcelonesa, Franz Joham y Arthur Kaps, al frente de la Compañía Vienesa de Revistas, admiradores incondicionales de Raquel, deciden apostar por ella y le dan una oportunidad en 1946, pero el público ya no responde como antes. El tiempo del cuplé, el tiempo de Raquel, ha muerto. La posterior aparición de otras tonadilleras como Sara Montiel o Lilián de Celis que se declaran seguidoras de Raquel hace que ella se rebele. En 1958, con setenta años, hace su última aparición en un escenario tratando de reivindicar su arte y su figura. Fue un clamoroso fracaso. Nadie recordaba ya a Raquel Meller. Murió cuatro años después en el Hospital de la Cruz Roja de Barcelona, acompañada únicamente por su hijo y por la Presidenta del Hospital y gran amiga suya, la Condesa de Lacambra. Ironías de la vida. Su muerte causó un gran impacto social y a su funeral asistieron miles de personas, quizá todos aquellos que no fueron a verla al teatro cuando ella más les necesitaba.

La vida de Raquel Meller es como la del siglo que le tocó vivir. Sus primeras décadas fueron las de los ideales, las de los sueños, las de la infinita alegría y la eterna aventura. Todo podía ocurrir para quienes tenían la audacia y el coraje de tomar las riendas de su destino.  Luego vinieron los años del éxito, un éxito clamoroso que todo lo invadió, para más tarde, de repente y sin aviso, toparse de bruces con la tragedia y el olvido. Es una injusticia que hoy el nombre de Raquel Meller sea solo una sombra del pasado, una sombra que puebla nuestros recuerdos, un algo que existió y que cantaba… o algo así, que sea una perfecta desconocida entre los más. Una iniciativa como la de la gente de la Sala Tribueñe, sempiternos soñadores sin remedio, amantes del arte y de todas las causas perdidas que luchan sin descanso para que algún día puedan dejar de serlo, esa maravillosa iniciativa de llevar a escena una obra como “LOS OJOS DE RAQUEL MELLER”, es algo que todos debemos celebrar, porque es un auténtico regalo.  He tenido la fortuna de ver el montaje. He viajado con ellos en el tiempo, he visto a Raquel entre candilejas, la he escuchado cantando y viviendo su vida, he sufrido, con ella el desgarro de las dos Españas, el dolor, la injusticia y el olvido, pero, por encima de todo, he salido del teatro con el corazón alborozado, sintiéndome intensamente vivo, con el alma llena de pasión y de belleza, la que nos da el compartir unos instantes de nuestra vida con personas tan sensibles y valientes como Raquel o como las que, desde la Tribueñe, nos recuerdan que personas como ella no morirán jamás porque siempre vivirán en todos los que, de una u otra forma, amamos la belleza, el arte y todo lo que significa ser un ser humano. ¡Brindo por Raquel y brindo por las gentes de la Tribueñe! ¡Gracias!

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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